Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 16 de abril de 2012

Una historia para Julia (I)





La certeza se pierde. Apareció tu nombre, no sé cómo, junto a otro: Lucía. Pero rápido fuiste Julia. Cuando empezamos a nombrarte, recordé el tema de Los Beatles: Julia, de Lennon y McCartney, pero mucho más de John porque Julia fue su mamá. Letra y melodía: un rastro fileteado de amor y recuerdo. Fue después que mi amiga Mónica, López como la llaman en su casa, ella es escritora y periodista, preguntó: Escuchaste Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo y cantada por Paco Ibáñez. No, no la habíamos escuchado y la busqué. Después de escucharla fuiste cien veces Julia. Soñé, te soñé conociendo este himno de vida. Una manera de ser, de movida nomás, muy sincero con vos. La vida es hermosa, y lo será más con tus ojos en nuestro barrio. También es bueno que sepas que nada se regala en los días que nos tocan. Cuando te nombré las primeras veces recordé a una tía de mi mamá, guardo su imagen desde mi infancia, la tía Julia, y nunca olvidé una sensación, además de su cara y su pelo rubio, me quedó su bondad: en mí quedó su cariño.
Quiero decirte que sólo creo en las personas, en aquellas que llegan a ser buena gente, la mayor distinción a alcanzar. Te sueño buena piba, una persona solidaria, amiga, hermana, compañera.
Nena, la primera vez que te vi tenías veintitrés milímetros. Vi cómo latía tu corazón en el alma de tu mamá Evangelina: tu corazón dentro de un cuerpo de fideo moñito de los más chiquitos.Hace unos días te vi la cara, ibas de ojos cerrados esperando el día. Una de tus manos tapaba tu boca, claro, la sonrisa es para los primeros días de mayo.

San Cristóbal, Boedo y Martín Coronado en mi barrio (fragmento)








Hace veinte años que conservo un reloj de arena entre las señales físicas que anclan mi vida a la memoria, mi gente, mi casa y el barrio. En realidad es un reloj de mentirita, apenas un juguete, un simulacro basado en aquellos otros con cuerpos de metal o madera vieja y con vidrio nacido en la cantera del último misterio, esas máquinas del sueño que tomaban temperatura a través de la caricia de una arena amanecida en alguna costa olvidada. Mi simulacro está construido, y otra vez los diminutivos, de maderitas y arenita, y lleva vidrio pequeño de imitación. Pero me queda claro que en él, a través de su alma, circula, transita, mi amigo, el tiempo, que ofrece una vez más un trago en vaso chico, ofrece el elixir de lo vital y lo frágil, un tinto inevitable cosechado en la más pura y eterna dualidad: felicidad y desamparo, y por favor: todo a fondo blanco.El relojito tiene doce centímetros de altura, me acompañó por todas mis casas provisorias, y tengo la costumbre de volcarlo cada día para que fluya su sangre, de color celeste y símil arena, durante el minuto con cuarenta segundos que tiene de caminata entre nacimiento y muerte. Es una pequeña ceremonia, un saludo a la vida, que hago cada vez que, por accidente o por elección, detecto su presencia en el paisaje. Es el tiempo que respira, sí, siempre el tiempo y su hermana, la memoria. El tiempo transita, y nosotros en él, con él. El susodicho es el empujón que nos lleva tanto hacia el mañana como al barrio de los recuerdos; que sigue siendo barrio, pero algo distinto, guarda calles y coincidencias antojadizas, es barrio con un aire cargado de mucha verdad y mucha mentira, aire que respira en coctelera salvaje en la que además se anotan nuestros sueños. Por suerte me sucede que, si de barrio se trata, siempre conservo más de una certeza. Si bien siempre hay invitaciones para la elucubración literaria, sé cuáles son las calles por donde circula la esencia de mis patrias internas.