Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 18 de marzo de 2012

Mi vida como fantasma









Ocurre cada vez más seguido. Pienso en mi vida como fantasma. Cuando mañana sea la muerte fundiré mis almas en la simulación de la ausencia. Lo pienso como conjuro contra la Parca, porque, tristezas a silencio, es esta vida una maravilla para disfrutar hasta el último trago. Una vez recibido de fantasma debo tener ya visto un lugar de ronda. Mi amigo Gabriel, uno de los fantasmas que me acompañan en este mientras tanto de los días, eligió andar de recorrida en los alrededores de la cima del Mogote Bayo, en Merlo, San Luis. Con seguridad disfruta al contemplar desde la altura la extensa calma de un valle que al minuto deviene en mar. Porque el cerro es proa de navío, mirador marino, astilla verde en el aire verde de las sierras. En pensamientos reiterados llegué a imaginarme en una altura y de cara a uno de los mares posibles. Igual que Gabriel, me dije. Él mira el valle y ve el mar, mira el mar y ve el más allá. Pienso en la mejor de las rondas en mi cotidiano de fantasma: rondar un lugar desde donde todavía permanezca cerca, y un lugar desde donde pueda otear el más allá. Rondar así un tiempo hasta que perdamos la ansiedad por nuestra gente, porque se debe rondar extrañando. Mi lugar de ronda será en los barrios aledaños a un faro, un farol, mi último farol, como cuna para la otra vida: rondando en la tierra para mejor ver en el sueño. Una ola de gran porte saludará mi llegada. Elijo un faro viejo con memoria, dejo lo nuevo para los que sólo se ensuciaron en presente. Elijo un faro en Portugal, se cuenta que por sus costas vive de ronda el fantasma de Fernando Pessoa.

Texto aparecido sin firma (en el marco de un pedido de mejoras laborales por parte de los periodistas de los diarios) en el suplemento cultural de Tiempo Argentino (18/03/2012).

Los muertos de abril



Ocurre cada vez que se acerca abril. Pienso en los muertos, en los que se quedaron en las islas. Y pienso también en los muertos que de a poco empezaron a morir en las islas para luego ser enterrados acá, en casa, en la patria. Cuando abril se acerca, de manera inevitable, me voy en recuerdos y pensamientos.
Mi servicio militar obligatorio terminó veintitantos días antes del desembarco. Veo a mi vieja llorar por los rincones de la cocina de la casa de Martín Coronado. El fantasma de la reincorporación casi se la lleva de la mano.
Un soldado clase 62: en ese momento de la vida yo era un reverendo estúpido. No pensé en la guerra. Mi reacción frente a los hechos fue saber que no quería volver a cortar el pasto del ejército argentino, que no quería que ningún integrante del arma volviera a humillarme, y tampoco a golpearme porque simplemente el Estado autorizaba por ley la construcción moral de los hombres dignos, únicos habitantes deseados para una patria gloriosa como la nuestra. Y no quería volver a pensar en mis ganas de acomodar un disparo de 7,62 en la cabeza de mi cabo, mi cabo primero, mi sargento: la primera línea de pobres colocada por el poder vertical en contra de los más pobres del cuartel. Los oficiales a los que también fantaseé con descontar paseaban a caballo disfrutando del paisaje que les brindaba la casta.
No fui a Malvinas. No volví a la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. No volví a estar en manos de la escoria armada. No volví a hacer guardia cerca del campo de concentración cercano; lo supe después: fue como haber ayudado a los carceleros. No volví a andar armado con fusil automático liviano en la estación José León Suárez husmeando los documentos de la gente que iba al trabajo. Fue una de las suertes que tuve en mi vida: no volví. En Campo de Mayo no me hice hombre, y sí aprendí las peores prácticas: robé, odié, no fui solidario, y hubiera matado, pero no al chileno al que debía apuntarle en el polígono, sino a ellos, los enemigos de la vida.
Hoy me sigo preguntando si la susodicha gesta puede ser llamada patriótica, ¿lo es cuando una dictadura fue la que dio la orden, la que se enancó sobre la bastardeada idea de patria con el solo fin de sostenerse en el poder? Una dictadura te manda a la muerte por pura especulación política, y como quien no quiere la cosa, ay cómo se amontona el tiempo, el rastro de los asesinos deviene en conveniente pompa. Queda la gesta, se liman los detalles, lo de siempre, avivemos el fuego sagrado de la historia que pide héroes, esa maldita necesidad de parir dioses y apostar las fichas del juego al más allá en detrimento del aire puro sobre esta única tierra y esta única vida. Pasan los años y sigue flameando la consigna “volveremos”: estuvieron ahí y gritan “volveremos”, ¿a qué?, ¿a ser engañados otra vez?
Las islas pertenecen al país y estoy con el reclamo civilizado. El circo de las armas montado en estos días por extraños y conocidos sólo condimenta con barullo la cuestión. Y con barullo, se sabe, pocos son los que escuchan.
No lo puedo evitar, me acuerdo de los muertos, de todos los muertos, los de abril, y en ellos no veo, no puedo ver héroes. Ellos son víctimas de la misma dictadura a la que le iba mejor pateando puertas en la noche.Llega abril, un nuevo abril. Ellos, los muertos. Treinta años de historia y en el paisaje de la memoria, ellos, siempre ellos, los asesinados por la dictadura.