Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 28 de julio de 2013

Cuestiones con la vida de Humberto Costantini (en Tiempo Argentino 28 de julio)

Cuando llegó el momento de abandonar mi ciudad, pensé en Cuestiones… y fui a buscarlo a la biblioteca. Ahí estaba, un libro en Buenos Aires, y ahí debe seguir el fantasma de mi ejemplar, de mi estante y también mi fantasma acercando la mano. Soy de Boedo y de San Cristóbal, a la manera de Costantini creo haberle apretado la cintura a Buenos Aires, y quizá, que otro lo diga, haberle hecho un hijo de sangre y memoria. Cuando llegó el momento de hallarme en mi nueva ciudad: Gualeguay, pensé en Cuestiones…, y ya no hubo que buscar, y no hubo necesidad de fantasmas, sólo pasar páginas, espiar, ausentarse y volver: “te aprieto como nunca, / te me entrego, / mientras como en un sueño / te digo amor, / te digo / ya nunca más exilio, / ya nunca más lejos de vos, / paloma, primavera, regazo, / Buenos Aires”. Cuando llegue el momento de dejar todas las ciudades del mundo, pensaré en Cuestiones…, ojalá lo tenga cerca, para irme desde Buenos Aires, mi ciudad cuna, no sin antes pasar por Gualeguay.

viernes, 26 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLV)


Cuando cumplí treinta y tres años recuerdo que el abuelo Rolando me dijo: Parece mentira, si ayer nomás te traje a casa recién nacido. Siempre me acuerdo de esto, y en esta anécdota pienso cuando te veo sentada sobre las baldosas y con un libro abierto entre las manos. Más allá de mi felicidad porque ya tengas trato con el amigo libro, pienso en la velocidad: si ayer nomás eras la recién nacida, cómo ahora sumás quince meses entre libros. El abuelo Rolando tuvo razón. Primero tuviste dos libritos plásticos, después apareció uno de cartón bien duro con una cabeza de títere en su parte superior. Libros juguetes que cumplen, pero la cuestión cambió cuando de mi biblioteca saqué dos libros de una amiga, la escritora Laura Roldán. “Zongos y borondongos” y “La marca del garbanzo” son libros que ella escribió junto a su mamá Laura Devetach, una gran autora de literatura infantil, casada, fijate qué dupla, con el notable Gustavo Roldán, uno de los más destacados escritores argentinos que trabajaron la literatura para chicos. El primero está ilustrado por Gustavo Roldán (h.), el hermano de mi amiga, ¡qué familia!, y de él es el cuadro que está colgado en tu dormitorio: El vibroperro. El segundo libro está ilustrado por Isol, y este señor es el creador de un dibujo que mucho te alegra. En “Orquesta con bichos raros”: el que toca los platillos. ¿Qué es?, no sé, ni él debe saber, pero te divierte cada vez que llegás a la página. Te veo venir con un libro en la mano. Pasito corto, el libro que casi toca el piso. A estos títulos se han agregado cuatro de María Elena Walsh, otra señora destacada: “Dailan Kifki”, “El mundo del Revés”, “Cuentopos de Gulubú” y “Manuelita ¿dónde vas?”. De todos mirás los dibujos. Aprendiste a pasar las páginas. Te hago upa para ubicarte sobre mi pierna derecha, así me lo pedís, y te preparás para mirar el libro. Sucede varias veces al día. Qué grande que estás, pienso, y cuando aparece el bicho dibujado por Isol, sencillamente me hago chiquito en tu alegría.
Como intento ser un padre sincero, voy a contarte que en estos momentos hay un libro más. Está muy linda la historia y te gustan los dibujos. Papá prefiere escritores que cuentan buenas historias y además son buena gente, con fallas, seguro, pero buenos seres humanos, sinceros. Hay escritores que son así, y hay otros que no, por eso no pude evitar dejar para el final el libro que te regaló nuestra amiga Paola de Bogotá: “Fonchito y la Luna” de Mario Vargas Llosa, que es un buen escritor, y nada más.

miércoles, 17 de julio de 2013

Estado desmesurado de conciencia

Acrílico de Rolando Lois
La calle del cementerio era adoquinada. Inicié el camino hacia la salida. Lloraba, hacía tiempo que no lloraba por la muerte de un amigo. No era la primera vez que desandaba el camino desde el Crematorio de La Chacarita. Mi amiga Liliana había elegido las cenizas.
En ese momento me descubrí entrando a un lugar donde, al menos en estado de conciencia, nunca había estado. Fue como estar dentro de una onda expansiva, fue sentirme sustancia e impulso de recién llegado, y a la vez sentir la pertenencia a esa misma fuerza en expansión. A poco de la experiencia encontré estas palabras para nombrar lo ocurrido: un estado desmesurado de conciencia. Experimenté una manera de quedarme sin límites. Fue ahí que sentí, entenderlo desde lo intelectual fue trabajo para después, que era parte de una sabiduría, del misterio de la naturaleza. Fue algo así como entender que no estaba solo. Sé que en muchos momentos de la vida del ser humano, la soledad es el gran peldaño, pero no hablo de ese correlato cotidiano, hablo de sentirme conectado en la profundidad donde arañan las raíces. Me hubiese encantado poder contarle esto a mi amiga Liliana, se hubiese apasionado, ella siempre caminó por mundos distintos.
Sucedió que en pocos días supe de abismarme dos veces, la primera: en el cementerio, la segunda: momentos después de haber salido de la sala de parto donde nació mi hija Julia, una semana después de la muerte de Liliana. Digo que momentos después de haber salido de la sala, porque todo sucedió cuando la doctora me entregó a Julia recién nacida. Apenas se movía, supongo que extrañaría el mar y el silencio, y tenía los ojos bien abiertos. Voy a hablar de otra mirada. Nada importa que alguien me quiera explicar que en el momento en que nace un bebé no puede distinguir formas precisas. Yo hablo, como anoté, de la otra mirada. Ella desde su mundo, y yo desde el mío. Hablo de un encuentro. Y en él, los temblores, las emociones, y las preguntas. Porque dentro de mi hija había fundada una manera de ser, de sentir y de sentirse, en Julia había un alma. Pero había un alma: ¿desde cuándo?, y desconociendo el dato temporal, ¿cómo es que nace un alma?, es más: ¿de dónde vino la suya? En voz muy baja le pregunté: ¿de dónde venís, hija?
Liliana era de andar caminando entre mundos distintos, y tal vez yo también practique esa manera de caminar, quizás a un ritmo más reposado, que es la mejor sintonía para encontrarse con las ideas y las palabras sobre el papel.
En todo mi papelerío manchado con mi intento de dar con la literatura, podría afirmar que siempre le anduve husmeando el rastro a la muerte. No por miedo, sino porque ella fue en mi vida, lo sigue siendo, inspiración y cachetada certera para no dejar las acciones para mañana. Si mañana puedo no estar, si los próximos cinco minutos pueden ser mis últimos cinco minutos, debo vivir hoy, ahora. Pensar lo contrario es ser un creído, un semidios de lo más estúpido y simplista. Debo admitir que esta clase de ejercicios cercanos a la búsqueda de algún tipo de filosofía de vida, lo llevan a uno a afantasmarse cuando, en tren pensamientos, búsquedas y cuestionamientos, uno da, por ejemplo, con la incómoda sensación que brinda entender la absurdidad que rodea la existencia toda.
Entonces me encuentro en una encrucijada. No toco blues, pero es cierto que lo escucho con pasión. Me descubrí en tratos con una pertenencia, un barrio que queda un poco más allá, pero en el “mientras tanto” lo absurdo de una existencia insípida llena casi todos los casilleros.
Los viernes por la noche acudo a la catedral. Se entra por una puertita plena de misterio y enmarcada por una gran persiana que preserva el teatro del mundo. Está ubicada a una cuadra de la plaza y a un lado de la catedral verdadera. Se la conoce como la catedral del asado. En ella se juntan diez o doce amigos a comer. Ellos también van por la carne y el vino tinto, “hacen” misa clandestina. Cuando se acerca el final de la ceremonia, cuando las brasas se alejan en soledad, todos levantan sus vasos al cielo de chapa y brindan por los ausentes: Mingo y el Negro Carnevale. Estoy seguro de que más de uno esconde, muerde la lágrima. Es emocionante ser testigo y ser parte del homenaje.
Ahí no quedan dudas: no hay soledad en la naturaleza, y no quedan dudas de lo absurdo del recurso, pleno de impotencia, ante el hambre voraz del abismo y el gran misterio. Mientras tanto, nosotros, los afantasmados, a conciencia limpia o fragmentada, porque nunca olvidamos que la muerte nos espera, nos aferramos a la memoria.

jueves, 11 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIV)

En el comedor está el baúl de madera que hicieron los tíos Marta y Juan. Sobre el mismo teníamos algunas bebidas (ya las mudamos), y tenemos una planta muy linda, una foto tuya de tu primer día de vida, y una de las lámparas más lindas que hizo el tío Juan. La lámpara tiene dos bornes dorados y permanece desenchufada hasta que necesitamos encenderla. Desde que iniciaste las caminatas lunares por la casa, el baúl fue una especie de imán: debido a que estaban las botellas y unas copas, y a que era una superficie que quedaba de maravillas para tu altura. Mamá Evangelina se dio cuenta de que uno de los bornes estaba flojo. De vernos aprendiste rápido a que todo lo que sobresale en una superficie puede muy bien girar. Por eso los dedos de tu manito giran y giran sobre toda clase de utensilios. Cada vez giran con mayor precisión y el borne, el tornillo de caripela dorada flaqueó en su labor de ajustar. Otra acción que aprendiste es a pasar un trapo o una servilleta de papel sobre la mesa o tu silla para comer. Nos ves limpiar, y vos limpiás. Mamá te tejió una bufanda corta de color fucsia. Siempre estamos atentos a tus aterrizajes sobre el baúl debido a que tu foto tiene marco con vidrio, y por el detalle citado de la lámpara. La otra noche andabas con la bufandita en la mano. Llegaste al baúl y comenzaste a acercarte a la lámpara. Sabés que no hay que tocar, pero te acercabas. Comenzaste a limpiar todo aquello que había cerca: el baúl, el borde del corralito, un libro, y seguías acercándote en busca del borne que gira. La limpieza llegó a la lámpara. A cada momento me mirabas para saber si yo te espiaba, y sí, mi mirada era explícita. Vos dale que dale con la limpieza. Me volvés a relojear y entonces disimulo mi control. Enseguida largás la bufanda y tus deditos inician la labor. Te dejo hacer unos instantes, y vuelvo a mirarte. En un segundo tu manito estaba nuevamente sobre la bufanda y limpiabas con afán admirable. Tenés catorce meses, aprendiste muchas cosas, siempre estás atenta, tu mirada avisa de que en vos vive la inteligencia, por eso, de manera tan inteligente, hija, a tan corta edad ya aprendiste a hacer algo muy necesario en esta vida. Te miro y me digo: Julia ya aprendió a hacerse la boluda.

sábado, 6 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIII)


Levantás la vista y te reís. Estamos lejos. Vos pegada a la mesada de la cocina, yo cerca de la mesa del comedor. Un trecho largo para tu destreza recién adquirida. Me mirás. ¿Pensarás en las posibilidades de éxito? Me agacho y te estiro los brazos: dale, vení con papá. Te reís. Das un paso y frenás. Soltás gritito de alegría y te largás. Levantás tus dos bracitos hasta la altura de tus hombros y venís, venís. Pasos cortos y balanceo. Avanzás cada vez con mayor seguridad. Manos en el aire. Te acercás. Estiro mis brazos. Llegás hasta papá y nos hacemos abrazo. En tu travesía la ubicación de tus brazos me hicieron recordar a la criatura del doctor Frankenstein, o mejor, a la criatura compuesta por el gran Boris Karloff para aquella vieja película. Me reí de la asociación y dejé que la maravillosa criatura me tomara del cuello.

lunes, 1 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLII)

Después de despertarte por última vez en tu cama, cerca de las cinco o seis de la mañana, pasás a dormir un rato más en la cama grande. Cuando despertás en cancha de 11 te gusta jugar entre nosotros: hablás, gateás, te cuento que aprendiste a gatear después de aprender a caminar, y llevás a cabo tu primer show de monerías. Existió el día en que desperté y vos estabas sentada bien cerca de mi cabeza. Me ganó el bostezo. Vos terminabas de sacarte una media: el movimiento fue perfecto, la guardaste en mi boca. En otra mañana, mientras mamá Evangelina preparaba la mamadera en la cocina, ocurrió la siguiente escena. Estabas sentada y te dejaste caer sobre la almohada. En un segundo empezaste a hablar en tu idioma indescifrable. Tuve la segura impresión de que en tu lengua había oraciones, expresiones claras y que tu palabra transmitía sensaciones que alguien entendía. Tuve la impresión de que charlabas amigablemente, tus brazos en movimiento reforzaban mi idea. En todo momento mirabas al techo. Explicabas andá a saber qué cosa o contabas una historia, que de eso se trata esta vida. Catorce meses y parecías sentada a una mesa de café. Habrás hablado un par de minutos, después el silencio, tu mirada, la sonrisa, el misterio, tu regreso a la cama.