Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 10 de julio de 2009

Oíd, inmortales, el chillido sagrado

El jabón picó hacia el cielo descascarado del baño. Escapó de mis manos, nunca me había sucedido. Subió y subió hasta que ya no, y como la manzana del señor Newton inició el camino de vuelta a casa. Pero esto no significó que volviera a mis manos cual bumerang de Príncipe Dinosaurio. El pan de jabón, un extraño maná si se quiere, que caía del cielo eligió un atajo lateral para llegar mucho más abajo de su lugar de partida. Fue cuando sucedió lo inesperado: no rebotó contra la bañera y luego derivó cual hollyday on esmaltado entre las paredes de la misma. El objeto volador identificado hizo centro sobre el empeine de mi pie derecho. Fue el tiempo del dolor y la puteada, después llegó el de la reflexión. Porque uno está preparado para agresiones conocidas, amenazas con marcas registradas, censadas en la pulsión cotidiana. Había aprendido que el fuego quemaba, pero no que el jabón podía atacarme.
¿Qué hice?, anoté al posible agresor en la lista de utensilios con capacidad de lastimar: jabón: hace arder los ojos, puede hacerme patinar para terminar estrellado debajo del firmamento, puede clavarse -como estaca impulsada por el gran Peter Cushing sobre el pecho del otro grande: Christopher Lee- sobre casi todas las partes de la humanidad de cualquier pajarón que tanto se preocupa por la limpieza. Una vez censado, el jabón ya no podría tener todas las facilidades para hacerme daño: cuestión de moverse con las antenas paradas, diría un agradecido Gregorio Samsa.
Pensé en todas estas cuestiones y creí que la disertación interna guardaba cierta cordura o lógica. Pero después salí a la calle.
En la esquina de Estados Unidos y Jujuy, luego de saludar a Lucas, el diariero, y a Gabriel, el empleado de la carnicería que terminaba de acomodar su moto en la vereda, vi cómo una joven damisela de buen revolotear esquinero, hablaba apasionadamente por su celular. Ademanes, risas, giros rápidos y un movimiento repetido de todo su cuerpo que sugería sorpresa, y no me equivocaba, lo supe cuando la escuché repetir una especie de estribillo no muy original: ¿En serio, boluda? Pero el asunto que se planteaba no era la conversación, sino su danza. No estaba parada sobre el cordón, se mantenía voyante sobre la calle, como si esperara que un viento fuerte por fin se la llevara del barrio de San Cristóbal. Al parecer había brisa dudante porque ella seguía hablando fuera de tiempo, y sí, también fuera de lugar. Los autos le pasaban cerca y cerquita, pero la niña no dejaba de hablar con la que debía ser, a juzgar por la repetición del término, decididamente una boluda, que no entendía y que en consecuencia demoraba una decisión vital de parte de mi observada. Cualquier conductor podía llevársela puesta, sin embargo ella siguió en su mundo ausente cuando emprendí mi caminata.
No había llegado a la esquina de Jujuy e Independencia cuando vi que una dulce viejecita, una abuelita, santa y perfecta como todas, se largaba a cruzar la avenida jujeña a mitad de cuadra y en diagonal. A no ser que la señora mayor estuviera siguiendo las indicaciones de un mapa que en teoría la conducía al descubrimiento de un tesoro, me dije: la dama está cometiendo una pequeña gran locura. Más claro lo tuve cuando reparé en la velocidad de avance en pista y la especial atracción que ejercía la fuerza de gravedad de la cintura para arriba de la doña. Encorvada y adicta a las pastillas de freno, se mandó a buscar el tesoro al final del arco iris. Se ve que no tenía en cuenta que los gnomos, con seguridad, ya se lo habían birlado y que con la guita habían comprado autos, muchos autos, como los que, no sé si en ese momento explícitamente conducidos por gnomos, la esquivaban por lástima o porque no querían demorarse con el papeleo posterior y luego en el chapista. Me asombra ver cómo las acciones más arriesgadas de cruce de calles son practicadas por gente mayor, parece que la cuenta es: a menor capacidad de movimiento mayor el riesgo asumido.
Recuerdo que en mis días de pibe disfrutaba mucho con la velocidad de Meteoro. Un héroe de dibujito, novia bonita, el hermano enmascarado, un auto que saltaba abismos. Hoy, cada vez que salgo a la calle pienso en que Meteoro era uno solo y que corría en pistas diseñadas para correr o en caminos de cornisa dispuestos para la boludez del macho en velocidad. Lo pienso porque parece que estos días no alcanzan para mantener héroes y mucho menos para fundarlos. En cada caminata por avenida Jujuy veo cómo un nuevo Meteoro, clonación mediante, volvió para ser millones. Meteoros sin filosofía, sin justicia, alcanzo a pensar cuando veo una nave partir con códigos de firmamento un semáforo en rojo. Hombres en velocidad, hombres lanzados hacia el futuro, muchos refugiados tras vidrios polarizados y reforzados en la defensa con fríos anteojos oscuros.
Un caso mucho más peligroso de meteorismo es el que parido clon termina tras los mandos de un colectivo. Dueño y señor del reino de las calles ciudadanas, el señor bondinero, queda a salvo de cualquier rastro de culpa mientras aprieta del cogote al acelerador y hecha mano, por suerte solo tiene dos, a la falta total de respeto por los semejantes. Recuerdo que Meteoro, más de una vez, no sabía que en la cajuela del Mark 5 se escondían Chispita y Chito, el nene y el monito, y lo mismo ocurre con esta categoría de quía manejador que conduce, transita y aplasta en la ciudad, sin entender que lleva a un buen puñado de mortales en su pedazo de cajuela.
Insisto, yo no sabía de las facultades agresivas de un pan de jabón, pero ahora sí. Me dije que una acción lógica era anotar, guardar en la memoria, y luego acariciar mis nuevas antenas. Recuerdo que inicié la vuelta.
De regreso al barrio, a casa, caí en la tentación de espiar una vez más sobre cuál era el estado de salud de mi país, de mi mundo globalizado. Pandemia, kill the chanchos. Horror, algo parecido a Los Pájaros de Hitchcock: afuera, sí, asomándote apenas un poquito, un bicho te puede poner vuelta y vuelta sobre la parrilla. El asunto parece serio, hay hechos confirmados, hay muertos, y los muertos preocupan, ahora son más de sesenta y eran como cuarenta y cuatro cuando habló el nuevo Ministro de Salud, sí, ese al que le cuesta atar dos palabras seguidas. Llegó la porcina para quedarse, los muertos por el hambre, el frío o el dengue, deberán esperar. Primero es lo primero y los medios de comunicación la tienen clara.
El viejo Charles Fort coleccionó información de lluvias extrañas: peces, lluvias de colores, de barro, pero nunca anotó en su Libro de los condenados una lluvia diluviante de gripe porcina. Una cosa es avisar, informar, y otra muy distinta es agitar por motivaciones varias: económicas, políticas o simplemente para sumar más escuchas, lectores o televidentes. La cantidad de boludeces descubiertas en la tv a propósito de la cuestión entregan una nueva muestra gratis del momento histórico que vivimos, estamos perdidos sin mayores defensas frente a la ignorancia y las conveniencias de turno. La peste ataca al mundo todo, y al igual que ante un aviso de invasión marciana en las pampas, es necesario que la gente sepa, ante todo, cómo enloquecerse, y para eso te asusto con el plato volador, los hombrecitos verdes y los chanchos. Busqué cambiar el foco informativo frente a toda esta ola de miedo supremo, y llegué a una noticia recogida en el blog del escritor Carlos Rigel (diariopersonalrigel.blogspot.com): Deschanchizar la pandemia. Debido al descuajeringado alerta mundial de Pandemia de Gripe Porcina -que parece que sí pero también que no, entre el 4 y el 5 de 6, según la OMS-, la Asociación Internacional de Cerdos (AIC), la Federación Mundial de Chanchos Unidos (FMCU) y la Fundación Felices los Cerdos de Orwell, deslindan responsabilidades con la misma. “Hay que avanzar hacia la deschanchización de la pandemia”. A su vez el Senado de la Nación y la Asociación de Jueces reportan numerosas ausencias laborales injustificadas en las distintos rubros regionales de cada gremio y se declaran en sesión permanente.”Todos los cerdos somos iguales ante la ley, aunque algunos sean más iguales que otros, pero eso no quiere decir nada”. También ponen en conocimiento público que se descontarán los días no trabajados de no presentar los comprobantes médicos extendidos por organismos oficiales. Sí, busqué aire limpio para poder respirar un toque de cordura ácida, a lo Rigel..
La amenaza está presente, y la duda es cuánto es lo que hay de verdad; en el agite diario se pierde la cuestión central y prima la estupidez. Haría falta que el estado dejara de jugar a las escondidas a la hora de bajar la información, y a la hora de tomar las medidas necesarias para combatir el virus: tres vivas por la instalación sin cargo de un centro informativo, operativo y decisorio único para desmalezar la cuestión. Deseos de buen funcionamiento: muchachos, trabajen con la verdad, a mantenerse libres de ataduras económicas, a ser creíbles.
Y a no descuidar un detalle: nosotros. Son, y cada vez en mayor número en esta sociedad, los que eligen sentirse inmortales y proceder en consecuencia: si no me preocupo por mi vida poco o nada voy a preocuparme por la vida de mis semejantes. Este es otro virus peligroso que desde hace tiempo nos viene pegando feo. Me paro distraída en cualquier lado porque hablo por celular, cruzo la calle por donde se me ocurre, manejo a toda velocidad, me olvido de que llevo cuarenta vidas a bordo, y ahora, que me aseguran que la gripe A (H1N1) avanza a pie firme, decido concurrir a lugares cerrados y desbordantes de humanidad para encontrarle un sentido a la vida.

1 comentario:

viruta dijo...

leéme y después, si te dan ganas, opiná.