Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El llanto (La foto: Diario Tiempo Argentino: 02 de noviembre de 2014)



Va tantas veces el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana. Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción, a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre, llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en domingo, en soledad.

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