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Francisco Lazo Toledo
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Sexta
selección de Mientras tanto:
Ese poder de la criatura para asestar el garrotazo, la
patada, la bala. Para arrodillarse sobre el cuello de un hombre indefenso, para
apuntar con posta de goma al ojo de quien resiste el atropello. También la
criatura que atropella a un pibe con su camioneta de propietario. Siempre el
mismo pensamiento. Vuelvo a él: ese poder hacer de la criatura humana que,
alquilada por los dueños de todo –oficio que, con puerta abierta, siempre necesita
trabajadores-, le rompe la cabeza al vecino del barrio, que nada más se
manifiesta a favor de la vida. Que en barrios vivimos todos. Menos los dueños.
Los Ellos, los que mandan a patear a los osados, los revoltosos, los violentos
que alteran el orden del día. Falta aún anotar en todas las historias el nombre
de los responsables, los que derraman la primera sangre.
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Caminé rápido hasta el mercadito chino. Por el
circuito más corto. Sábado 6 de junio, en la hora de la siesta. Habían caído
algunas gotas. Ida y vuelta fugaz.
Entré al refugio con la idea de dejar la bolsa con la
compra. Volví a la vereda. En la última cuadra del regreso se soltó una primera
caricia de garúa. No quería perder la ceremonia de caminar por Boedo en ese
momento. El toque ínfimo de cada gotita en la frente, en las mejillas; el
barbijo aceptaría su parte. Pasar la mano sobre el pelo bajo la llovizna. Todo
mi cuento duró una vuelta manzana: Garay, Treinta y tres orientales, Pavón,
Mármol: una constelación donde lo fantástico se hace posible. Regresé bendecido
al refugio. La garúa se seca -vuelve a su naturaleza primera- mientras escribo.
El murmullo húmedo sigue de ronda en la memoria.
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Se puede caminar por la ciudad neoliberal. También se
puede morir en una esquina: Luis Sáenz Peña y Chile. Puede ocurrir que el
miércoles te desalojen de la pieza del hotelucho. Causa: falta de pago. Se
puede armar ranchada en la esquina. Puede ocurrir que un hombre muera en una
esquina. Causa: frío o el real fantasma sintomático del virus. Se puede morir
en una esquina de Buenos Aires a principios del domingo. Se puede morir junto a
tu pareja, en domingo, en Buenos Aires, de cara a las nubes y la noche. Bien lo
sabe María Soledad. Bien lo saben los vecinos que asistieron y ayudaron al
enfermo los días previos. El sábado llegó manta de tapar la ausencia de luna y
estrellas. Nos ocuparemos, así dijo el sin nombre del Gobierno de la Ciudad. Se
puede morir en una esquina de Buenos Aires, de frío, de mucha humedad, de puro
bicho a fondo en los pulmones. Bien que lo entendió Leonardo Javier Macrino. Se
puede morir a metros del hotel donde te desalojaron. De poder, avisaría a los
que no tienen culpa. Las víctimas de la ciudad salvaje. En esta puta ciudad, cantó el poeta. Sobre el fondo de chapas que
rodea la esquina se puede ver el cartel publicitario: por 219 te llevás el
combo del día. Al pie del cartel los utensilios de sobrevivir de Leonardo y
María Soledad.
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Caminé unas pocas cuadras esta tarde. Iba distraído
por Treinta y tres orientales. Apenas tomo por Inclán, por mi izquierda, pasa
un perro de la calle. Perro marca perro, mantito negro, marroncito claro en
pecho y patas, petiso. Pensé en Batuque, el perro que fue de nosotros -más de
mi viejo-, y que hoy duerme bajo el limonero, también en la muerte. Allá, en
Martín Coronado. Miró el pichicho cuando pasaba a mi lado, murmullo de uñas
largas sobre la vereda. Nos miramos con ojos oscuros. Dos perros marca perro
por Boedo. Él, tan simple, como leve mi figura caminante. Se detuvo el perro en
la esquina de Mármol. Había tres obreros sentados a unos bancos de cemento. De
recreo. No mantenían la distancia sugerida para un feliz aislamiento. No usaban
barbijo. Sí tomaban gaseosa con vaso propio. Esa necesidad de aire. El perro se
detuvo frente a ellos, tal vez esperando una sobra de comida o gesto de amor.
No hubo nada para el perro, y perros hubo en esta
escritura, este mientras tanto de la
vereda por donde hoy se anota la vida.
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Llega la palabra de mi hija en la mañana, buen día, y
además llega el saludo de buenas noches, papá. Saberla, quererla desde este
aislamiento. Nombrarla, como a veces sucede, en el día, en la noche, en algún
suspiro en las horas. La nombro: Julia -un guiño entre mis almas-, como al
pasar, en el vientito de la vida. Nombrar en voz alta para escuchar su nombre,
y buscarla en nuestra foto –enmarcada sobre la mesita de luz-, cuando ella era
tan bebé. Volverá el abrazo en el boceto de un nuevo cotidiano. Volverá el día.
Las palabras. Las miradas. Sus sintonías otras, cuando termine el aislamiento.
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Jueves 11 de junio. Un centenar de tumbas. Un puñado
de fotos. Una intervención en la playa de Copacabana. Hombres y mujeres,
vestidos con la protección de los trabajadores de la salud, caminan entre las
tumbas bocetadas en la arena. Palas en mano. Palabra artística que pinta un
paisaje desolador. Banderas de Brasil enganchadas en algunas cruces negras. La
cantidad de muertos casi llega a cuarenta mil. Infectados quién sabe.
Bolsonaro, el presidente del país, insiste en su decisión de no parar el
mercado por una gripecita.
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Intrigado por la desaparición del Gauchito Gil de su
altar en el árbol de Las Casas, decidí caminar hasta el lugar. La curiosidad
como parte de la caminata diaria. Saber de la calle ayuda a transitar el día.
La figura sigue ausente. En su lugar hay un alambre
oxidado, sujeto a la base, que sostiene una estampa mínima del gaucho. A su
lado sigue el vasito con vino tinto. Hoy servido hasta la mitad.
Hubo cambios en la disposición de las ofrendas a los
pies del árbol. Un pozo chico en la tierra, entre el árbol y el límite de la
vereda, cercano al cordón. Las tapitas plásticas formaban una montañita sobre
la vereda, a un lado del árbol. Desaparecieron los dos bidones, vacíos de agua
y llenos de tapitas, y apareció uno, pero lleno de corchos de botella de vino.
Sin novedad para la olla de barro cocido con agua al pie del árbol, en medio de
unas piedritas blancas dispersas sobre la tierra. Del otro lado del árbol, San
Expedito tampoco registraba cambios.
Un viento frío apareció en el paisaje por donde
caminaba. Fue tránsito corto. Un puñado de minutos después regresé al
aislamiento en el refugio.
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Un par de tragos hasta el final. Una delgada línea en
la botella de gaseosa barata. Una bolsita transparente guarda algunas facturas.
Una tortita negra en primer plano. Un hombre de unos cuarenta años duerme sobre
la vereda de la escuela: Avenida Garay casi Avenida La Plata. En cercanías de
las cuatro de la tarde. Duerme sobre una cama hecha de trapos y cartones. Los
colores de una sábana, único refuerzo de abrigo para la noche.
Vuelvo a mi refugio. Luego de caminar unas cuadras.
Clima pesado. El nuberío
creciente confirma el acento en la condena.
Quién parará la lluvia.
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Cruza frente a mis ojos una lady de clase media. Espléndida. Exhibe figura al tono con su
velocidad. El andar prepotente de una juventud que sabe tiene el marroco
asegurado. Flamea tras su paso un último modelo de changuito de mercado
estampado con marca reconocible.
Mientras la damisela marca el paso en su camino para
hacer la compra, sobre Avenida Pavón, un hombre de unos cuarenta años -barba
entrecana, remera roja- tira de los extremos de dos cintas gruesas: el manubrio
desde donde se gobierna el paso errante del carrito cartonero. Un carrito flaco
como el hombre, sin caños; más bien chico si pienso en esas naves que muchas
veces se ven rodando en la ciudad, y controladas increíblemente por un solo
hombre. Asombra el carrito. Cartones perfectamente plegados. Un aprovechamiento
total del espacio. Tiempo para grandes bolsas. La bodega guarda sus secretos de
supervivencia. Las paredes del carrito, hechas de bolsas tejidas en plástico,
casi llegan hasta el cemento. Apenas se ven dos de las cuatro ruedas enanas que
lo hacen rodar por la avenida. Cruza Avenida La Plata el hombre y su
herramienta. Se estaciona contra el cordón de la estación de servicio. El
hombre toma la mochila vieja apoyada sobre dos bolsas negras. Levanta una y la
esconde debajo. Recién entonces se dirige hasta el contenedor cercano.
Postales de mi Buenos Aires, ciudad en aislamiento.