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Francisco Lazo Toledo |
Décima y última selección de Mientras tanto:
Una seguidilla de días nublados. Neblinantes. Lenta la garúa más lenta, la acariciante. Gotas
perdidas, de vez en cuando, sobre la chapa del techo del dormitorio, el
refugio. Buenos Aires melanco. Hablo
con Julia. Hablo con amigos: Mario, Marcelo. Recibo mensajes de Horacio. Hablo
con mi vieja. Hablo en sueños cuando la siesta. Me está pasando que extraño la
vida, y extrañarla me tiene nervioso. Cómo se sale de la pandemia. Cómo se
entra nuevamente a la vida. Movimientos conocidos y simples de ayer aparecen
inseguros después de emprender el regreso de los dos, mejor tres, aislamientos:
el neoliberal, el personal y el del virus. Casi como regresado desde la tumba.
Extraño la vida, y extraño me siento frente a la posibilidad de una vida nueva.
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Ayer sábado. En pleno mediodía. Caminaba por Inclán
hacia Avenida de La Plata. Tenía hambre. Apuraba el paso para llegar al
refugio.
Levanté la mirada y vi la fila de personas. Esperaban
a la sombra. Estaba fresco. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. Cuál el
negocio, me pregunté.
Hasta que vi la olla grande sobre una mesa, en la
esquina. La fila: media cuadra. Separación por pandemia entre los esperantes. El cucharón no se detenía.
Cada uno en la fila con un recipiente y una bolsa.
Comí en silencio. Fue silencio en el refugio.
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Acabo de regresar. Pasadas las 3 de la tarde. Caminata
de media hora por el barrio. Domingo 26 de julio. Paisaje lento. Ciudad
deshabitada. Solitaria. Pasa un hombre en bicicleta por Pavón, dirección a
Boedo. Lleva, como si fuera patente trasera de su pensamiento, un prolijo
cartel plastificado. En él se lee: Hisopado = Fraude. Cruza la avenida un carro
de cartonero. Repleto, pesado. Dos muchachos ponen el cuerpo. Camino y la tristeza
me gana. A pasos lentos me pierdo. Sé que no debería, o sí, pero, de repente,
en la calle, me siento terriblemente solo. Asoma el sol. Ganan las nubes. El
sol vuelve. Camino. Sigo en camino, a pesar del susto. Acabo de regresar.
Recuerdo. Escribo.
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La esquina de Mármol y Pavón. En medio de la fuerza
del sol del mediodía. 31 de julio. Dos mujeres mayores se encuentran en la
vereda. La más baja se encorva, apenas, como si necesitara refugio. La otra se
acerca dos pasos y la toma de un brazo. La mujer escorada llora. La otra la
acompaña hasta que logra que se afirme en la parecita del negocio cerrado, que
fuera café de esquina, luego verdulería en pandemia, y después solo persianas
negras bajas. Dos mujeres abrazadas dentro de la claridad y tibieza del sol.
Suspenso el protocolo, el aislamiento. El abrazo solidario frente al dolor. En
una esquina de Boedo.
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Que no me alcance la muerte habitando tan lejos de la
vida. Que no me abrace en estos días. Que no me alcances, muerte. Que no me
sueltes, vida. Que el destino no sea pasar del encierro en vida al encierro de
la muerte. Que no me olvide la vida en este aislamiento. Temor a que no me
recuerdes, vida, en tanta soledad. En el silencio diario garúa la madre de las
incógnitas: Y mañana qué, cuándo… El
deseo alumbra esperanzas. Pero si acaso sucediera el comienzo desbocetado de mis días, quisiera la
oportunidad de contarme un puñado de historias. Ceremonia y murmullo de blues,
palabras de último mientras tanto.
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Regreso a la caminata. Transcurre la mañana de sábado.
8 de agosto. Día nublado, muy húmedo. Día dentro del aislamiento, sin embargo,
camino por el barrio de las casitas. Por Estrada hacia Parque Chacabuco. Voy
como si un alguien misterio me hubiese invitado: dale, vení, sentí el camino, no
estamos solos, te llevo de la mano, apoyo sueños sobre tu hombro. Caminé dentro
del silencio y la contemplación, la palabra y la belleza.
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Resistir el cielo oscuro de la pandemia, la incógnita
de cada día, de cada mientras tanto.
Una eternidad de esperanzas y miedos. Tanta soledad y silencio. Desde mitad de
marzo hasta esta mitad de agosto. La vida en el refugio. Un vaso de licuadora,
vidrio grueso que tiembla, sacudidos los ánimos y sus sombras. Bébase en jarro
o pase la lengua por el piso. En estos días de agosto todo ha comenzado a
cambiar. El paisaje pinta sus criaturas: vivir bajo un riesgo mayor. Hay
cansancio y descuido en la calle. Suceden los días. Aumentan los contagios, los
muertos. Los números desgraciados del mundo poco importan una vez retomada la
velocidad que nace la bulla. Duerme el ciudadano. ¿Y mañana la vida qué, mañana
la vida cuándo?
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Mis caminatas mutaron sintonías. Fuimos personas
haciendo la vida en aislamiento, en nuestras casas y en la calle. Podía llamar
la atención una imagen, un silencio, el encuadre de la foto, tan parecida y
distinta a la de ayer. Movimientos, maneras de andar del ciudadano corrido de
la bulla. Existiendo a consciencia. Con miedo. Amenazado.
Poco es lo entrevisto en las últimas caminatas. No
aparece la mirada de detalle, de recorte. Torna el encuadre, se limita, al
plano general del paisaje. Alcanza el plano para abrir la caminata del día,
pero poco o nada es lo que se ve dentro del marco. Una pérdida de primeros
planos, un silencio sin intersticios.
Hoy vi un colchón oculto tras una baranda plástica
amarilla, contra un rincón; bajo la autopista un simulacro de cama. Vi rodar el
carro de un cartonero: alta nave, repleta de riquezas, altura de galeón en la
avenida. Pero ambas apariciones se perciben desdibujadas dentro de la velocidad
del retorno. Los ciudadanos han vuelto desde las fracturas del aislamiento.
Después de meses de silencio y soledad, de presencias reales, han regresado los
malos fantasmas de ayer.
Patear el hormiguero. Y entonces el trazo grueso de
grafito se hace polvo y cae sobre el camino sin huella. Sopla el viento que
trae la velocidad de la no consciencia, la pura bulla que limpia desde los
altares de la mentira. Retornados sus dioses.
Arde la mirada. Poco puedo ver. Soy uno más en la
calle. La bulla, el regreso de esta maldita bulla que escribo.
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Francisco Lazo Toledo |
Llevo el carancho a un lado de mi cabeza. Sucedió
antes del aislamiento. Un carancho me vio mirarlo. Él desde el tender suspenso
en el balcón interno. Mi mirada detrás del vidrio de la puerta ventana. Me
acompaña desde aquel día, desde que el rapaz descubrió el primero de mis
aislamientos. Percutada la decisión por propia mano.
Uso barbijo tapaboca color verde. Debajo de mi único
ojo. Solo tres de nosotros portan ojo, uno por presencia. Los demás, nada. Hubo
una vez un mundo en el que había poco para ver. Hoy alcanza ese mismo ojo. Para
ver el silencio en este refugio.
Tensión, temor, silencio, soledad, sorpresa. Somos un
puñado de fantasmas sorprendidos. Bocetos de lo humano, partes que sugieren el
todo, trazos de la criatura del doctor amigo de Mary, la de Villa Diodati.
Mi puñado de almas en colores puros, fuertes,
luminosos. Almas sorprendidas por la mirada del creador en medio de un festejo
sin motivo. Ahora la quietud sugiere. Y en ella el virus, la pandemia, las
pandemias, garúa, dale que va, en negro, dentro del viento que despeina la
memoria de los fantasmas.
En primer plano, un alma de ojo bien abierto, porta un
algo espejo que mira al frente, hacia el observador. No hay palacio ni reyes.
Solo el miedo, el silencio: los testigos. Un espejo con apariencia de cielo
vacío. Cuelgan las banderitas triangulares de colores, al fondo, sobre las
cabezas de los que poco podrán intuir, ver, una vez más, en el fuera de campo.
Al fondo ventanas, el cielo bajo, una puerta, paredes. Todo en colores vivos,
ansiosos frente al afuera. Piso de baldosas.
Un refugio más, un deseo de vida, un sueño en el
barrio de Boedo, en esta Buenos Aires entre pandemias, azotes certeros de lo
nuestro, lo humano.
Todas las presencias fueron nacidas por el artista
plástico Francisco Lazo Toledo.
La obra acompaña desde hace meses la escritura
rumiante del aislado, que se dijo, en un momento de resistencia: Si estos
textos fueran a vestirse de libro, además del vuelo que tuvieron en el
periódico Desde Boedo y en las redes,
la imagen de Lazo Toledo será el motivo de tapa.