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Dibujo de Alejandro Lois |
Dos de la
madrugada sobre la mesa roja del comedor. Empieza el partido. Abierto el
estadio. Corridos los mantelitos individuales. Los vasos. Las migas de la cena flaca.
El médium abre cancha. La hoja en blanco. El lápiz negro en bandolera.
El
dibujante tiene una necesidad primera. Parar la bulla que traen los días desde
el fatídico diciembre. En el paisaje del país todo queda a mano de la cadena
que gira y tiembla y el grito que amenaza. La mayoría de los viajeros:
condenados. Los hay conscientes. Y están los que no. Hay caras con certidumbre.
Y están esas caras de los que creen no estar en la lista de los condenados. A
ellos no les va a tocar. O la cara que ponen los que dicen que hay que dar
tiempo a los asesinos. Que recién empieza el cambio. Que ojalá les vaya bien.
La bulla de la víctima que nada sabe de su rol. Los que perdieron la
oportunidad de andar entre las miradas de la historia. Los que no hicieron
camino. Los que no construyeron idea, memoria e identidad. La bulla desde la
incertidumbre. Y la resistencia de todos aquellos que saben de la bulla cruel
de la motosierra. Y en el mientras tanto los precios. Licuada la moneda.
Amenaza. Violencia. Odio. Bulla cruel sobre el paisaje. A diario. Una mano de
provocación y humo. Un golpe certero en el corazón de la vida. Bienvenidos al
circo de la crueldad.
El médium,
que no sabía que lo era, pero que sí sabía que era dibujante, venía de días de
bulla devastadora. Se sabía, en esta noche, condenado al insomnio. Entonces
decidió resistir al tiempo que la resistencia se fundaba también como recreo,
como un viaje. Decidió intentar su arte. Auténtico. Motivado simplemente por
ideas. Arte creativo. Una jugada que, al menos, por un tiempito, se lo llevara
lejos de la bulla cruel del destructivista.
La casa
paterna del dibujante es de cara angosta al frente. El terreno corre fino al
principio, y desde la mitad hacia el fondo alcanza su mayor anchura. La casa siempre
tuvo dos patios conectados por su nombre. En límite imaginario, como si se
tratara de dos barrios, el patio de adelante se transforma en el patio del
fondo. Y hacia el patio del fondo es que, de repente, el dibujante dirige la
mirada. Sus ojos sobre la puerta mosquitero que da al patio del fondo de la
casa de Martín Coronado. Algo atrajo su atención cuando se disponía a dibujar
sobre la mesa roja del comedor.
El patio
del fondo lleva hasta el taller de pintura de su padre, que desde hace un
puñado de años vive en la muerte. El patio también lleva hasta un galponcito
rústico que guarda objetos y utensilios que dicen de la vida pasada. El patio
del fondo es donde con mayor decisión se acentúa el paso del tiempo. El
dibujante sabe que la casa toda es tiempo pasado, pero el maelstrom está en el fondo. Los viejos canteros y macetas quedan bajo
la mirada atenta de su madre. Ella ordena los trabajos que las plantas
necesitan, y el dibujante procede mientras ella descubre brotes y flores nuevas,
mientras se sigue sorprendiendo por el quehacer casi mágico de la naturaleza.
Repartidos en el patio y en los canteros junto a las plantas, hay dispuestos,
con el mejor celo de curador, una serie de objetos que también dicen el paso
del tiempo. Hay una cocina, un lavarropas, restos de un par de computadoras,
una parrilla puro óxido, y una cantidad de escombro metálico que alguna vez
formó parte de la vida en el mundo. Una exposición. Una de las posibles
crónicas donde ensayar sobre los recovecos de los días.
El
dibujante está a punto de entrarle a su intento de arte. Sucede en la primera
parte de la madrugada. En el mientras
tanto del silencio de la noche. Duerme su madre. Duerme en la noche
estrellada de un día a fines del verano.
De repente
supo del fantasma. Se expandió, se abrió su flor en el fondo de la casa, casi
en el corazón del patio. Presintió. Adivinó. El fantasma se detuvo frente a la
puerta. Se detuvo parte de su sustancia frente al tejido mosquitero. Pero a
través del silencio y la noche, el aroma que trajo, que era la mismísima aparición,
entró en la casa. El dibujante nada veía tras el límite de la puerta. Todo era
quietud y aroma en la clara presencia.
No había ni
una pizca de brisa. El aroma que se extendió por la cocina y el comedor gozaba
de propia voluntad. En la mesa roja, sobre ella, se instaló el aroma nacido de
la tierra mojada. Era la tierra mojada. Su buen fantasma. Su sustancia. Su
poema dicho en la noche.
El
dibujante se vio sorprendido. Incrédulo ante esta forma de la magia, ajustó el
esfuerzo de su mirada hacia el fondo de la casa. No dudó. Y se puso de pie de
manera lenta. Y lento caminó sobre la tierra mojada que respiraba en la cocina.
Cuando llegó a la puerta mosquitero, levantó la mirada. Bien al frente. Avisaba
que iba a salir al patio. Pedía permiso para abrir la puerta. Aterrizó en el
cemento alisado. Ahí donde la tierra mojada era el patio del fondo. Reconoció el
escalón en la oscuridad. Subió. En el aire, como si flotara un planeta, vio el
zapallo gigante que cuelga desde la parra. Otra magia que siempre nombra su
madre. Lo dicho, su felicidad está en el asombro que le provoca la naturaleza.
Caminó por el patio. Habían pasado dos días después de la última lluvia. La
tierra estaba seca. Y sin embargo el dibujante caminaba en medio de la tierra
mojada.
Volvió
sobre sus pasos. Todo su universo, su exposición, estaba en su lugar. La
aparición del fantasma de la tierra mojada no había afectado el paso del tiempo
ni su representación. Al menos eso creyó.
La puerta
mosquitero lanzó su queja metálica cuando se cerró. No recordaba haberla
escuchado al salir. Acercó su cara al mosquitero a modo de saludo. Giró y
caminó hasta la mesa. Sobre el rojo. En el silencio. En la noche. El aroma a
tierra mojada. Aspiró en profundidad. Una vez. Dos veces. Se aflojó su cuerpo.
Desaparecieron los dolores físicos. Recuerda que alcanzó a tomar el lápiz en
medio de la tierra mojada. Y al parecer dibujó.
Vio a su
padre salir del taller. Traía en su mano izquierda el cartón donde dormía el
boceto del último cuadro, el que quedó sin pintar. El viejo caballete ya estaba
abierto en el centro del universo patio. Igual la mesita de patas altas donde
se apoya la paleta. Desde debajo del limonero fantasma volvió Batuque, el
primer perro. Hizo la fiesta de siempre, como cuando era ayer. Volvió Garúa y
sus ojos de miel desde su lugar al costado del galponcito. Se puso en dos
patas, casi de la altura del padre. Se corrieron en silencio las baldosas blancas
apoyadas sobre la tierra, y volvió Trueno, el peludito, el tercero de los
festejantes. Mientras el padre del dibujante pintaba, los tres perros
merodeaban a su alrededor. Husmeaban misterios y colores y regresos de más allá
entre las bondades del aroma a la tierra mojada.
Cuando
despertó, el dibujante estaba feliz, aliviado. A veces se quedaba dormido con
la cabeza apoyada en la mesa. Pero esta vez se sentía distinto. Al dibujo que
no recordaba haber hecho, le faltaban algunos detalles. Trabajo para mañana.
Recordó el
aroma a tierra mojada. Una ausencia en el paisaje. Dudó. Acaso realidad. Acaso
sueño. Tal vez el persistente deseo de regresar a la felicidad de ayer, y a la
posibilidad de la felicidad en el presente.
Pensó en la
tierra mojada como metáfora del nacimiento de la esperanza de una nueva vida.
Eso me dije. El dibujante llevaba en su interior, sin saberlo, y sin saber que
era médium a través de su arte, el deseo de una metáfora que lo ayudara a ver y
escuchar entre la bulla de estos tiempos tristes. A no olvidar jamás la función
en el circo de la crueldad. Eso me dije. Habrá que renovar fuerzas. Tierra
mojada como resistencia. Tierra mojada como felicidad. Tierra mojada como
verdad. Tierra mojada como amor. Tierra mojada como país. Tierra mojada como solidaria
presencia. Tierra mojada como renovada victoria.
Retorna la
vida. Volver. Otra vuelta en la calesita de los días. Regreso, Resurrección
desde el buen fantasma de la tierra mojada.
Eso me dije. Luego escribí el sucedido que narró el dibujante, mi hermano.