Una
aparición es fugaz. Un click. Como el sonido de la muerte. Arremete. Está. Es. La sustancia de una aparición es la
libertad. Se deja llevar. Se entrega a las vueltas del cauce por donde en ese
momento juega el río de la memoria. Una aparición se deja. Aquí estoy. Te digo
que dispuesta soy. Sedienta. Real. Mentirosa. Una aparición es de mañana. También es de tarde. Pero mejor si es cuando la noche. Una aparición es un
fruto en el árbol desde donde semillan
gran cantidad de sucedidos. Viajeros y náufragos. También crónicas fantasma. Regresados.
Porque toda aparición verdadera cuenta de ayer. ¿Cuándo fue el susodicho ayer?,
es la primera pregunta. A veces una aparición viene de boca floja y cuenta sin
reserva. En otras la aparición calla. En otras esconde. Fue sin querer queriendo, es sabido. Nunca por capricho. Siempre es
mejor una aparición que lleve su cuota de misterio. Una aparición como si fuera
un cuento clásico de misterio y engaño. De disimulo y juego. Una aparición es
una magia. Un barrilete armado con huesería
y poema humano. Y otra vez. Con misterio. Y además. Imagen y palabras. Y papel
fino para remontar variados colores. Sucedió de todas estas formas su regreso.
Era medianoche de una noche cualquiera del último mes, cuando Satanás volvió.
Retornó. Arremetió. Fue una aparición. Es
una aparición mientras ocurre esta escritura.
No queda
nadie que sepa por qué lo llamaban Satanás. Sí queda quien dice que a ese
muchacho que está sentado frente al televisor lo mentaban Satanás en su tierra.
Fue mi tía Marta, en un diálogo circunstancial alrededor de la familia, quien
trajo el nombre hasta el presente. Marta es hermana menor de mi madre. Trató de
bosquejar de dónde venía el personaje. De tal lado de la familia. Hijo de tal y
tal. Nacido en el pueblo de Santa Teresa. Tuvo algún problema durante el
servicio militar obligatorio. No recuerdo si mi tía dijo o sabe algo más sobre
Satanás. Como sea, esa posible información no es decisiva para la escritura de esta
aparición. Sí agrego que en los tiempos cercanos a la colimba, Satanás estuvo
en la provincia de Buenos Aires. Más precisamente en mi casa de infancia, en
Martín Coronado. Desde el río, el árbol y el barrilete de la memoria, cuando
sonaban vida adentro las palabras de mi tía, se descolgó la aparición. Resumí
la imagen para Marta. Y ella, sin dudar un instante, afirmó: Era Satanás. Aparecido
en la voz de mi tía. Aparecido en una medianoche cualquiera. Aparecido en el
blanco de la hoja. Pero en muchas otras oportunidades aparecido desde mi
memoria, en el mientras tanto de casi
toda mi vida. Ahí estaba. Otra vez. Sentado en su silla. Muchacho sin nombre.
Lo dicho, hace no más de un par de meses que sé que el aparecido recurrente era
Satanás, que así lo mentaban en su tierra.
Una
aparición fugaz. En la fugacidad de un profundo blanco y negro. El muchacho
sentado en una silla. La silla delante de la mesita de luz. El conjunto dentro
del ancho del pasillito formado por la pared del dormitorio y la cama
matrimonial. El muchacho lleva un pullover oscuro con escote en v. Veo el
cuello de la camisa blanca. Está cruzado de piernas. Tiene el pelo corto. Es
flaco. Un morocho. Un primo lejano venido del campo. De Santa Teresa. De ese
pueblo del sur de Santa Fe era toda la familia de mi madre, recientemente
fallecida. Recostado en la cama está mi padre. Mi madre no está en la foto. Año
1970. Mi hermano aún no había nacido. Le doy la espalda al televisor. Miro
hacia mi padre y el muchacho que en cada aparición no tendrá nombre. Mi padre y
el muchacho miran atentos hacia el televisor. En blanco y negro el mundial de
fútbol del 70. En blanco y negro la maravilla de Pelé. Hasta aquí la foto. El
aparecido sin nombre. A mis 8 años guardé su imagen. Sólo su imagen. Quizá lo
salvé del olvido por su enigmática presencia. Y por su paso fugaz por la casa
de Martín Coronado.
No estoy
seguro. Uno o dos días. Me inclino a pensar que fueron dos los días que duró la
visita del primo Satanás en la casa. Lo recuerdo mirando el televisor. Siempre
sentado. No lo veo entrar a la casa. Tampoco lo veo salir. Siempre sigue el
partido. No recuerdo el día en que se fue. No hay despedida de Satanás. Nada se
descuelga desde la memoria. Quizás una única sospecha. Una discusión con mi
padre. Un algo misterio por lo general oculto a los pibitos de 8 años.
Aparece,
además, una pregunta. Un enigma por sobre la ruleta de los días. Por qué quedó
en mí su imagen. Cuál el disparador para el interés del pibito. Cuál el
encuadre para esa foto en blanco y negro. En el muchacho morocho de pelo corto
el pullover era oscuro y la camisa blanca. No recuerdo la voz de Satanás. Nada
más mira hacia el televisor. Mira fútbol. Mirará el mundo de Martín Coronado
hasta su partida en silencio. De la misma manera que como llegó.
En una
medianoche cualquiera del último mes apareció Satanás. Como ayer, seguía
sentado en la silla. Supe en ese momento que debería contar el personaje. La
situación. Debería fijarlo en la escritura. Entonces la tinta alumbró el camino
hacia una brevedad, ese híbrido entre ciertas convenciones de la prosa y cierta
búsqueda y, con suerte, encuentro con el poema:
no queda nadie que sepa por qué lo llamaban Satanás / sí queda quien dice que a ese / que está sentado
frente al televisor / lo mentaban Satanás en su tierra / por qué? ya no hay
manera (…)
Pero la
escritura de la brevedad no alcanzaba. El tiempo transcurrido quería más. Había
una necesidad mayor de contar. Supe así que terminaría escribiendo esta
aparición que ahora respira entre brevedad y relato. Recordé en una noche a
principios de agosto que Tom Waits varias veces me cantó que Satanás no existía,
que era el mismísimo Dios cuando estaba borracho. Imposible esquivar el
pensamiento, la idea.
Por qué
llamarlo Satanás. Qué es lo que había hecho. Cuál el proceder que lo define,
explica, y lo nombra. No hay manera de saber. Ya no.
(…) desde
la silla y atento a la pantalla / el primo segundo llegado del campo / de Santa
Teresa / donde había nacido mi madre / desde allá lejos / luego de tanto tiempo
regresa fugaz / como aparecido en el viento / el mismísimo Satanás // (…) vaya
uno a saber de los sucedidos / silencioso se deshizo en el aire / quiere contar
la memoria que sin decir adiós se fue / y como en un tango nunca más volvió / pero
mi pibito de ocho años lo tenía a salvo del olvido // (…)
Anoto hoy,
a más de 50 años de la presencia de Satanás en la casa de infancia, que quizá.
Que tal vez. Que creo. Que un bote de entresueño rescató y guardó la imagen en
la memoria por tratarse simplemente de un hombre anónimo. Uno de tantos. Un
hombre más con la posibilidad de que sus manos hagan el bien o el mal. Un
habitante más de la condición humana. Así lo veo como aparecido. Así lo veo
volviendo desde que mi tía Marta dijo que ese muchacho joven en mi memoria, que
ése era Satanás. Este pensamiento me llevó de regreso a Tom Waits y sus
canciones. Que Satanás no existe, que es Dios mismo cuando está borracho,
asegura Tom mientras saborea, muy cercano al creador, un Jesús de chocolate. La
aparición de Satanás en Martín Coronado quiere significar, tal vez, al menos
así me gusta pensarlo, la conjunción de lo humano frente al siempre misterioso
desafío de la vida. Y quizá la posibilidad de jugar a entender esta necesidad me
llama a contar este casi nada de aquel Satanás de infancia. A veces el día es una
cuestión de elección. Desde dónde se escribe la novela propia. Ser Dios y
Diablo en la misma mano.