Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 15 de enero de 2010

3 de noviembre: día intervenido



a Gabriel Montergous, amigo, maestro, fantasma maravilloso

Transcurre el 3 de noviembre en la tinta de Rainer M. Rilke. Anota la fecha en su diario de Schmargendorf. Tiene veintitrés años.
Pienso: Es joven y brillante. Su escritura es forma y contenido. Corre el año 1899.
Registra la fecha cuatro veces a lo largo del día, cuatro entradas: 3. Noviembre 1899; 3, noviembre (de noche); (3 noviembre, de noche); (3 noviembre, cerca de medianoche). Rilke invita y acepto. Entro en su día y cuando casi estoy llegando al final, muy cerca de la hora establecida para la aparición de los fantasmas, reparo en un detalle: estoy leyendo su 3 de noviembre de 1899 dentro de mi 3 de noviembre de 2009: ciento diez años entre su escritura y mi lectura, ciento diez años y un puñado de días más entre su escritura y la mía.
Algo ocurrió, hubo un toque entre mis patrias internas: un disparo de misterio entre mis ideas. La lectura y la sensación aparecida debido a la presencia del tiempo; la coincidencia o la casualidad, no creo que todo en este mundo deba tener una causa, marcó un posible sendero para arribar al final de un nuevo día.
Como si de abrir una puerta se tratara, pienso que, quizá, de esta manera el mundo de los fantasmas pueda manifestarse del otro lado: llegar a través de la literatura, llegar con un libro como médium.
Una cuestión de tiempo, de nombres y fechas, de elementos que necesitan un lugar donde reunirse. Algo así pensé cuando hace unos días anoté en un papel suelto el número 7279. La cifra guarda un lugar dentro del Cementerio de La Chacarita. Desconozco el dato concerniente al pabellón. El nicho 7279 guarda los restos de los padres de mi abuela paterna: José Grappi, de Sondrio, en la Lombardía, y de María Fancolli, de Castión, supongo que también perteneciente a la misma región de Italia. En ese nicho también se guardan los restos de Ángela Grappi, mi abuela, y de Julio Martín Lois, mi abuelo, el poeta. Mi viejo me entregó los elementos a través de una charla telefónica. Anoté sin saber para qué lo hacía, quizá sólo haciendo caso, cumpliendo con parte del sentido mediúmnico que muchos llevamos dentro. Como escribió alguna vez el mismísimo Rilke, todos llevamos, todos contenemos a nuestra propia muerte. Ella vive con, en, nosotros. Pienso entonces que tal vez, así como llevamos la muerte en el viaje, muy bien podemos cobijar una pequeña ansiedad por querer otear, espiar, vislumbrar, el otro lado en el más allá, un más allá propio que gasta minutos en nuestra sangre única: nuestros días.
No sé con qué finalidad anoté la señal encriptada en el 7279; tampoco sé qué fue lo intuido, mi sospecha, en ese 3 de noviembre de Rilke. Muchas veces sucede de esta manera: de repente sé que debo escribir, y poco importa que las razones no aparezcan claras. Aparece el impulso y es suficiente. En una mesa de café cualquiera inicio el recorrido.
El libro como médium, disfruto la línea; lo sé cuando elijo leer la primera anotación de Rilke.

Me gustan los comienzos pese a su miedo y a la incertidumbre común a todos ellos. Si me he ganado una alegría o una recompensa, o si quiero que algo no haya sido, si quiero privar de su derecho de permanecer en mi pasado a una experiencia… comienzo en ese segundo. ¿Qué? Comienzo. Así he comenzado ya mil vidas. Me parece como si debiera venir una generación a culminar todas esas vidas, porque acaso no deban quedar en ciernes; pero, al mismo tiempo, temo que la generación que se atormente en esas mil vidas sea desdichada y descontenta, agotada y desavenida entre sus mil sentidos.

Con todo, acaso esté yo a punto de haber comenzado mi vida. Ésa que ya no se deja antes de haberla culminado, salvo que uno perezca en esa honorable labor; pero, entonces, esta vida que, pese a todo, se poseyó como propia, pasa a algún otro, o a un paisaje, o a Dios. Si has llegado a un determinado punto, entonces se culmina a cualquier precio –en tu presencia o más tarde… ¿quién se preocupa de eso?

Cada una de las vidas posibles transcurre en el mientras tanto de los días, y es en ese transcurrir que las pequeñas historias se hacen vida, durante el tránsito inexorable sobre la huella que llega hasta la tumba.
El paso de los días, nuestro tiempo, nace, por suerte y por desgracia, en una misma respiración. Un momento único que se tensa: ahora luz, ahora oscuridad. Una pena y una alegría, así las baldosas del camino: ahora, siempre ahora, en una encrucijada de sabores opuestos.
En una conversación casual reparé en que a lo largo de mi hasta ahora vida de escritor había escrito quince libros. Pensé, me dije, qué barbaridad, cuánto trabajo. Por un lado la aparición de cierto orgullo por la tarea realizada; para mal o para bien, la escritura es mi elección de vida. Pero a la vez, una suma de imágenes/recuerdos me llevó a contemplar el tiempo grande, tan grande como la mitad de mi vida: veinte años de trabajo no es poca tinta: muchos años que, se quiera o no, se fueron, se hicieron muecas de fantasma: caritas entre la alegría y el miedo.
Noté que mi reloj atrasaba casi media hora. Fui a la relojería del barrio. Es la pila, sentencié con seguridad; pero a la vez la duda daba su presente. No recordaba con exactitud la fecha del cambio anterior.
Cuando entré al local pronuncié mi “buen día” reglamentario a las personas que ahí se encontraban. De manera mecánica miré mi reloj y vi que marcaba las diez y quince de esa mañana. Levanté la vista y vi que no uno, sino unos diez o doce relojes, de los tantos que había colgados en la pared, daban una misma hora: diez y diez, apenas cinco minutos menos que en el mío. Dudé, estaba casi seguro de que antes de salir de mi departamento el reloj atrasaba. La duda fue tal que barajé la posibilidad de salir de la relojería. Una duda temporal que duró hasta que vi un reloj que marcaba las diez y cuarenta y cinco. Para recuperar el paraíso horario perdido, miré el celular: estaba en lo cierto, mi reloj, yo mismo, seguía atrasando casi media hora. Hice el comentario de lo que me había pasado al señor relojero como para abrir algún tipo de diálogo, con él y conmigo, pero mi miedo no interesó mucho. El hombre se limitó a comentar que los relojes estaban todos detenidos. Era la bruta realidad, no había visto que los segunderos no avanzaban, el miedo me hizo ver menos, un poco menos de todo el paisaje.
El señor relojero corrió la pequeña lápida y revisó el interior de mi máquina. No es la pila, fue el veredicto. Debe estar sucio, agregó. Tomé durante un minuto el reloj con mi mano derecha y luego lo apoyé sobre el mostrador. El martes, dijo él.
Salí de la relojería pensando en la suciedad, en basuritas, pero enseguida dije, anoté en mi cielo, la palabra: pedacitos. Tomé conciencia del tiempo. Mi reloj es mi reloj desde que una mujer me lo regaló hace unos veinte años. Salvo cambiarle la pila, el reloj jamás necesitó algún tipo de revisión. Otra vez me encontré con el rastro del tiempo, y con el rastro de una de mis vidas, mis vidas otras que nunca dejan de dar su presente mientras voy, mientras sigo, en el sueño de la construcción del mejor refugio. Es el tiempo, es su paso cuando a paso cierto me acerco a la condición de no estar. Mientras es una maravilla de palabra, la anoto una vez más: mientras sigo en la huella hacia la lejanía de la tumba. Saber que la tumba está al final de la cuesta me sirve para no dejar la vida para mañana.
Pedacitos de tiempo es lo que traba mi reloj. Me sentí feliz al comprobar que hace veinte años que cuido mi reloj, y a la vez percibí el sabor abismal de tantos años, así como así, amontonados: mi vida de historias amontonadas. Quizás el sabor a abismo, ese sabor tan lleno de vida y abismo, me llevó a tomar aire en profundidad. Aspiré en la mañana y suspendí funciones, me detuve, pensé. Me dije que tal vez al reloj le haya sucedido lo mismo: ahí el origen de la casi media hora faltante.
El tiempo se hace pedacitos y estos se adhieren sobre las almas, los cuerpos y las máquinas. En los pedacitos de tiempo es donde de alguna forma se apoya nuestra manera de ser, en ellos nacen nuestras historias: una selección muchas veces azarosa marcará el cimiento de los días. Y son esos mismos pedacitos de tiempo los que también nos avisarán del abismo. Cuando el gran reloj respira sólo debería haber lugar para los comienzos.
3, noviembre (de noche), escribe Rilke en su diario. Tal vez sea de noche cuando mejor se puede sacar la sortija: a calesitero no llega cualquiera.

Viene, en suma, la mayor parte de la caducidad, decadencia e inconsistencia del no-haber-sido de muchos hombres. No basta haber nacido. Hay que implicarse en alguna gran conducta; pero también hay que aislarse, para no defraudar, gastar y perder la corriente que nos lleva. Seguir es todo; pero sin ver a qué se va a parar, tendiéndose con cien sedales brillantes hasta el próximo pilar. ¿No es así?

Reflexiono sobre tantas cosas, aunque mis pensamientos son como niños en los fuegos artificiales. Se apiñan, miran en la noche y esperan los cohetes. Y los corazones se arrebatan y los sienten en la garganta, a veces también les palpita la sangre en los párpados: así aguardan. Pero cuando el cohete se eleva, madura y estalla, justo tienen algo que decirse y se pierden todo. Y siguen allá, en pie, con el corazón en acecho, y esperan, y miran sólo la noche y las estrellas plácidas y amigables.
Pero esas estrellas son, para ellos, más que las otras, las contempladas y echadas a perder por el resplandor rojo, blanco y argénteo de las bengalas. Y, a veces, van mis pensamientos más allá de las estrellas, cuando las noches se oscurecen y ahondan tras ellas. Entonces, oigo una voz que canta:

Al tiempo que calla el postrer son
queda un silencio, hondo y ancho:
las estrellas sólo son muchas palabras
para una sola oscuridad.

Aún hay mucho en mí que detesto, pero ya siento que es extraño, casual, que no conecta conmigo. De eso me viene esta confianza y esta fuerza.
No sé si llegaré alguna vez a marchar con mi propio ropaje. En todo caso, primero quiero desnudarme, el resto vendrá por sí.

Cuando pienso en la historia universal, no la encuentro injusta, sino pobre. Tiene que limitarse a tener por vivido sólo lo decible. Es un niño que viaja por el mapa: Italia está muy cerca de Dinamarca y no hay mayor impedimento.
Por lo demás, está bien que se tome a nuestros azares por nuestras experiencias. Así queda nuestra vida de pura e indemne, pero también, para nosotros, de sorprendente y extraña.

En mis buenos momentos, tomaré tu sonrisa como una ciudad, una remota ciudad que resplandece y vive. Una palabra tuya la descubriré como una isla donde se alzan abedules o abetos, en todo caso, ciertos árboles silenciosos y solemnes. Tendré a tu mirada por un pozo donde se pierden las cosas y sobre el que incluso el cielo teme, radiante y dubitativo, caer dentro. Sabré que todo eso existe, que se puede entrar en esa ciudad, que la he vislumbrado más de una vez, y también sé con certeza cuando está más solitario el borde del pozo. Pero si me preguntas, me harás vacilar: no sé con seguridad si el bosque por el que marchamos no es más que mi estado de ánimo –oscuro, sombrío-. Quién sabe: acaso también Venecia es sólo un sentimiento.

Mejor se gira sobre el caballito cuando la duda acompaña. Mejor se respira cuando la duda se va de idas y vueltas con las ganas, con los deseos. ¿Existen los fantasmas?, sí, claro que sí, y entonces me encantaría saber, comprobar, que hay boleto bondinero con destino de más allá. Pero así como los fantasmas son posibles, se hacen imposibles entre tanta realidad. Intento llegar hasta ellos en el momento en que la vida es posible, cuando estoy; cuando me siento cerca de mis fantasmas, los convoco, los acerco todavía más, soy en ellos, soy en el momento, en la duda. Todo aparece y todo desaparece en segundos, voy tras cada quimera como observador de navío dudante: encaramado en el extremo del mástil mayor viajo atento a los encuentros para acentuar mi relación, mi espera; me la paso esperando a muertos y vivos, porque los vivos también pueden ser buenos o malos fantasmas: entonces acentúo y abro un libro: entonces leo y dudo. Leer en Buenos Aires, mi ciudad fantasma. Leer el libro que estoy, que sigo, escribiendo.

¿Por qué escribo tanto de una vez? Porque, de nuevo, empiezo. Hoy, de una vez, es “hoy”, un comienzo, un Uno. ¿Comienzo de qué? ¿Un Uno ante qué? Ante una cifra larga, acaso de millones. Y no se sabe de cuántas cifras ha resultado la suma. Nunca he sumado, pero encuentro un resultado al margen de una página, y la vuelvo, y no me llevo nada a la siguiente. ¿Para qué? Todo es un libro.

Nadie tiene asegurada la tinta para la próxima página. Ni siquiera cuando se ha encontrado la respiración adecuada para cada intento. Escribir es algo así como estar intentando un equilibrio en el borde de un barranco. Se escribe sobre la línea, un movimiento hacia el abismo y otro en contrario que convoca hacia la tierra encolumnada en la página anterior: una invitación a seguir con la sensación de tener un punto de apoyo. Maravillosos pedacitos de tiempo. Entonces sigo. Me apoyo en la muerte para buscar en esta vida, me apoyo en la duda para buscar en la muerte y en la vida que se esconde en la escritura. Mis fantasmas acompañan. No sé cómo se escribe un libro, nada más los escribo.
Es cerca de la medianoche en la palabra del señor Rilke: siempre tan lejos y tan cerca.

Sólo temo en mí esas contradicciones que tienen tendencia a la conciliación. Ése tiene que ser un pasaje bien estrecho de mi vida, puesto que es concebible tocarse las manos de lado a lado. Mis contradicciones debieran escucharse entre sí raramente y sólo en rumores. Como dos príncipes de países lejanos que, de golpe, supieran que se odian, porque ambos han partido a solicitar a la misma muchacha. Pero, la chica… aunque, ¿para qué contarlo todo? A veces, es uno capaz de decir: soy feliz. Y, para quien te comprende, es suficiente; puede, sin más, ser confidente de tu dicha. O, por el contrario, dices: estoy triste; y, de hecho, tu estado es un simple estar triste que no admite otra descripción. Entre esos dos ánimos, sin embargo, hay toda una serie de matices, transiciones, sentimientos vacilantes con prolongados sones que redundan y se pierden. Para describirlos, dices: estoy… no, creo que, más bien, dices: es…
Por ejemplo, una tarde en un cuarto; ante la ventana, un luminoso crepúsculo avivado con los inciertos perfiles de las copas de los árboles. Adentro, todo luz en torno a un matiz más hondo, plácido, agradable. Y hay juntas algunas personas jóvenes cuya conversación acaba de interrumpirse. Están con los uniformes desabotonados y los altos cuellos sueltos, sin mayor cuidado y como olvidados unos de otros. Entonces, uno hace un movimiento repentino, como si quisiera huir, pero se vuelve a su vecino, un joven pálido y rubio con grandes ojos pensativos. “Toca algo, Sascha”, dice en voz muy alta y como hablando a alguien más allá. Los otros espabilan y empujan al joven con los tristes ojos meditabundos hacia el pequeño piano anticuado, y le ponen las manos en el teclado. Y el joven, en la extraña habitación en la que, sabe Dios por qué, están juntos y se animan, siente quién ha tocado en ese teclado antes que él; siente dos manos junto a las suyas, como si lo instruyeran, pero muy quedamente, y también vislumbra el rostro de esas dos manos. Un rostro de chica, de contornos discretos y delicados. Ante el crepúsculo de una ventana, se alza, es casi la silueta y algo más; por ejemplo, se ve un ojo entornado, casi enteramente oculto por el párpado, y, sobre él, la frente tranquila, sombría hasta el nacimiento del cabello revuelto, donde ha quedado prendido algo de viento. Y Sascha toca dócilmente la canción de esa chica, tal y como lo desean las teclas. Sigue y sigue tocando la canción de aquella ausente, extraña, tal vez incluso muerta. Así cae la oscuridad en la habitación. Los otros están casi perdidos en la sombra, porque tienen las cabezas gachas, escuchando. Sólo de vez en cuando se alza, acá o allá, una frente. Cuando dos de ellos tienen un escalofrío, levantan los ojos a la vez y se interrogan oscuramente.

Me sucede cada vez más que no puedo decir: soy… sino que tengo que decir: es… pero entonces suelo guardar silencio.

Nuestros sentimientos me hacen el efecto de cortinas ante las acciones. Basta que una luz se alce al fondo para que, enseguida, se agiten grandes sombras misteriosas en la superficie de la cortina. Y haríamos bien en medir nuestros sentimientos y no dejar que se expandan sobre nosotros más que cuando son tan simples y sencillos que los vivamos en nuestros gestos y ademanes o, por el contrario, tan gráficos y profundos que podamos narrarlos como algo que sucedió a los antepasados, antes… en los días extraños.
Ése es nuestro progreso: los temas ya no son tan graves, tan importantes. Los podemos usar y crear dramas consumados, sólo para hacernos conscientes de un solo sentimiento, es decir, para enriquecernos con un nuevo sentimiento.

Puedo ser uno, pero también puedo ser dos o tres. La mentira no tiene cabida en esta cuestión de ser un puñado de tipos dentro de un tipo. Una multitud de barrios conviven en esta ciudad fantasma, en la Buenos Aires abismal, tengo la sensación de ser ciudad, habitado por distintos barrios. No es lo mismo Boedo que Palermo. Me gustan, siempre me gustaron, los cuentos de fantasmas. Sigo encontrándome cuando anoto que soy mientras juego a la religión de la mirada, soy lo que veo hacia fuera, soy lo que sospecho hacia adentro; entre mirada y sospecha trato de encontrarme en la sortija de una vuelta más. Esta ciudad es enamorada, es fantasma, es soñadora, es comprometida, es amiga, es amante, es escritura.



El señor Rilke es de convocar fantasmas, sabía de los convocados en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y ahora me encontré con la señorita del piano. Estoy convencido, en los buenos fantasmas está la vida. Llego a ellos a través de los libros y de las sombras, propias y prestadas. Abro un libro futuro, me veo en un nuevo 3 de noviembre; y también me descubro en una oficina preguntando por el pabellón que guarda el número 7279.
Memoria, fantasma, duda, y un libro como puente.

1 comentario:

Diana María dijo...

Hola no suelo comentar mucho, porque no soy tan buena como quien escribió el texto... En realidad no escribo, pero lo hago porque de verdad me gustó mucho lo que leí. He tenido muchas de esas sensaciones pero nunca las hubiese podido expresar tan claramente con palabras, me identifiqué con varios apartes por eso, no sé, ha de ser el don que posees y la ventaja de tu profesión.
La ciudad, el tiempo, el miedo y los fantasmas, buenos elementos para una historia casi perfecta...
¡Me encantó!.