Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 22 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXII)

En nuestro lugar de vacaciones terminaste de hacer un descubrimiento. La presencia te intrigaba, tus investigaciones habían comenzado en casa, pero fue en Gualeguay donde al fin atrapaste la cara escurridiza de tu sombra. Un camino de cemento, una cinta gris sobre el pasto cortito del parque, comunicaba la puerta de calle y nuestro refugio cercano al gran sauce y las piletas. A un lado del camino se levantaban unas plantas de regular altura, unos arbolitos a los que vos, de pasada, le sacabas alguna hojita. Mamá Evangelina te sacó una linda foto practicando cacería en verde. Descubrí que disfrutabas mucho cuando te sostenía en el aire, paralela al piso, y vos mirabas hacia abajo, como si fueras en un avión. Te interesaba ver el pasto, la tierra, el camino de cemento, y fue así que mientras te llevaba de esta manera por ese camino, descubriste, en un regreso desde la calle, que a tu izquierda se deslizaba una mancha oscura sobre el pasto. Nos seguían nuestras sombras a buen paso. A partir del hallazgo y en viajes posteriores, tus ojos fueron en exclusividad para la presencia sombra. Luego ocurrió que una noche se me dio por sentarte en la camita que había en el comedor, y yo me tiré a un lado. Mamá Evangelina preparaba la cena. La luz del ambiente te acompañaba desde el mejor lugar, por lo que tu sombra dijo presente sobre el almohadón grande que estaba sobre la cama y que se apoyaba contra la pared. Te miré justito cuando descubrías la sombra, cuando te descubrías recortada en oscuro. Te quedaste quieta. Después te moviste un poco, siempre sin dejar de mirarte sobre el almohadón. Fue un lento reconocimiento. Duró unos minutos, hasta que vi cómo estirabas tu manito para tocar las manos de la sombra. La punta de tus deditos llegaron al almohadón y vos pegaste un grito de alegría. Enseguida pensé en la novela que escribo hace un par de años, trata de la sombra y de la vida del abuelo Rolando. Con mi dedo índice de la mano derecha rocé tu cara, y pensé en esas señales que aparecen mientras trato de contar mis historias: señales del misterio que provienen de ese costado mágico que tienen los días.

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