Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVII)


El “mostro” de polenta hizo una aparición salvaje, explícita. Cuando mamá Evangelina logró que aceptaras abrir la boca para empezar a comer, nuestra atención se la llevaba la novedosa ceremonia de la comida. Rápidamente te hiciste amiga de la polenta, los fideos, la morcilla. Parte del consejo de los que saben, era que tu contacto con el morfi debía ser directo, y para ello valía todo, desde ya la boca y sus aledaños, la ropa, las manos, o sea dedos libres sobre el barro fundacional. A resultas de tamaño consejo, las manitos te brillaban, la boca igual, la mayoría de las veces ibas directo a la bañera a hacer un “al agua, pato”, y tu ropa partía en vuelo directo al lavarropa. Hasta ahí todo bien, pero apareció el “mostro” y marcó una diferencia. Fue un mediodía de polenta, tu cara presentaba un maquillaje de arena amarilla muy trabajado, a lo Lon Chaney, en el que claramente se representaba una figura que metía miedo, al menos al contacto dado la apariencia pringosa del ser escapado de la olla anclada en la cocina. Te vi, me dio risa, y entonces dije: el monstruo de polenta, y enseguida me di cuenta de que sobraba la “n”, la aparición exigía una anomalía de la lengua, por eso corregí y dije: el mostro de polenta. Fue en ese momento, que vos, sonriente, enseñando tus dos dientes de arriba y el solito de abajo, emitiste un sonido corto y amenazante, algo así como el “ajjjgrrr” que aparecen en los globos de algunas historietas. Me reí, retrocedí un paso tapándome la cara debido a la aparición del mostro: oh, no, el mostro. Te reías, volviste a emitir el sonido, y entonces mamá Evangelina también tuvo miedo del mostro. El juego se repitió esa y otras veces, y vos respondías. El paso del tiempo lo convirtió en un clásico. Los que saben de su existencia, te preguntan por el mostro y vos le das entidad sonora. El otro día, tu prima Juana, de dos años y pico, mientras estaban en tu corralito, te preguntó por el mostro, y le devolviste el gruñido. Recuerdo que estábamos en la puerta de casa, porque ahora tenemos parecita y vereda. Por la vereda de enfrente caminaban unos chicos. Al oído te dije que había que avisarles que acá vivía el mostro de polenta: escuchaste mostro y soltaste el “ajjjgrrr” de convocar el juego. A veces, cuando te estás durmiendo en mis brazos, con tu cabeza apoyada en mi hombro, proponés un juego. Emitís un sonido o alguna de esas palabras misteriosas que no podemos descifrar, un ta, un titipi, solo un sonido, y esperás para escuchar el que yo te devuelvo, también corto y parecido a los tuyos. En medio de este juego te gusta deslizar un gruñido de mostro al que yo respondo divertido.

Siempre me gustó la polenta, y ahora mucho más.

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