Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 17 de julio de 2013

Estado desmesurado de conciencia

Acrílico de Rolando Lois
La calle del cementerio era adoquinada. Inicié el camino hacia la salida. Lloraba, hacía tiempo que no lloraba por la muerte de un amigo. No era la primera vez que desandaba el camino desde el Crematorio de La Chacarita. Mi amiga Liliana había elegido las cenizas.
En ese momento me descubrí entrando a un lugar donde, al menos en estado de conciencia, nunca había estado. Fue como estar dentro de una onda expansiva, fue sentirme sustancia e impulso de recién llegado, y a la vez sentir la pertenencia a esa misma fuerza en expansión. A poco de la experiencia encontré estas palabras para nombrar lo ocurrido: un estado desmesurado de conciencia. Experimenté una manera de quedarme sin límites. Fue ahí que sentí, entenderlo desde lo intelectual fue trabajo para después, que era parte de una sabiduría, del misterio de la naturaleza. Fue algo así como entender que no estaba solo. Sé que en muchos momentos de la vida del ser humano, la soledad es el gran peldaño, pero no hablo de ese correlato cotidiano, hablo de sentirme conectado en la profundidad donde arañan las raíces. Me hubiese encantado poder contarle esto a mi amiga Liliana, se hubiese apasionado, ella siempre caminó por mundos distintos.
Sucedió que en pocos días supe de abismarme dos veces, la primera: en el cementerio, la segunda: momentos después de haber salido de la sala de parto donde nació mi hija Julia, una semana después de la muerte de Liliana. Digo que momentos después de haber salido de la sala, porque todo sucedió cuando la doctora me entregó a Julia recién nacida. Apenas se movía, supongo que extrañaría el mar y el silencio, y tenía los ojos bien abiertos. Voy a hablar de otra mirada. Nada importa que alguien me quiera explicar que en el momento en que nace un bebé no puede distinguir formas precisas. Yo hablo, como anoté, de la otra mirada. Ella desde su mundo, y yo desde el mío. Hablo de un encuentro. Y en él, los temblores, las emociones, y las preguntas. Porque dentro de mi hija había fundada una manera de ser, de sentir y de sentirse, en Julia había un alma. Pero había un alma: ¿desde cuándo?, y desconociendo el dato temporal, ¿cómo es que nace un alma?, es más: ¿de dónde vino la suya? En voz muy baja le pregunté: ¿de dónde venís, hija?
Liliana era de andar caminando entre mundos distintos, y tal vez yo también practique esa manera de caminar, quizás a un ritmo más reposado, que es la mejor sintonía para encontrarse con las ideas y las palabras sobre el papel.
En todo mi papelerío manchado con mi intento de dar con la literatura, podría afirmar que siempre le anduve husmeando el rastro a la muerte. No por miedo, sino porque ella fue en mi vida, lo sigue siendo, inspiración y cachetada certera para no dejar las acciones para mañana. Si mañana puedo no estar, si los próximos cinco minutos pueden ser mis últimos cinco minutos, debo vivir hoy, ahora. Pensar lo contrario es ser un creído, un semidios de lo más estúpido y simplista. Debo admitir que esta clase de ejercicios cercanos a la búsqueda de algún tipo de filosofía de vida, lo llevan a uno a afantasmarse cuando, en tren pensamientos, búsquedas y cuestionamientos, uno da, por ejemplo, con la incómoda sensación que brinda entender la absurdidad que rodea la existencia toda.
Entonces me encuentro en una encrucijada. No toco blues, pero es cierto que lo escucho con pasión. Me descubrí en tratos con una pertenencia, un barrio que queda un poco más allá, pero en el “mientras tanto” lo absurdo de una existencia insípida llena casi todos los casilleros.
Los viernes por la noche acudo a la catedral. Se entra por una puertita plena de misterio y enmarcada por una gran persiana que preserva el teatro del mundo. Está ubicada a una cuadra de la plaza y a un lado de la catedral verdadera. Se la conoce como la catedral del asado. En ella se juntan diez o doce amigos a comer. Ellos también van por la carne y el vino tinto, “hacen” misa clandestina. Cuando se acerca el final de la ceremonia, cuando las brasas se alejan en soledad, todos levantan sus vasos al cielo de chapa y brindan por los ausentes: Mingo y el Negro Carnevale. Estoy seguro de que más de uno esconde, muerde la lágrima. Es emocionante ser testigo y ser parte del homenaje.
Ahí no quedan dudas: no hay soledad en la naturaleza, y no quedan dudas de lo absurdo del recurso, pleno de impotencia, ante el hambre voraz del abismo y el gran misterio. Mientras tanto, nosotros, los afantasmados, a conciencia limpia o fragmentada, porque nunca olvidamos que la muerte nos espera, nos aferramos a la memoria.

No hay comentarios: