Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 11 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIV)

En el comedor está el baúl de madera que hicieron los tíos Marta y Juan. Sobre el mismo teníamos algunas bebidas (ya las mudamos), y tenemos una planta muy linda, una foto tuya de tu primer día de vida, y una de las lámparas más lindas que hizo el tío Juan. La lámpara tiene dos bornes dorados y permanece desenchufada hasta que necesitamos encenderla. Desde que iniciaste las caminatas lunares por la casa, el baúl fue una especie de imán: debido a que estaban las botellas y unas copas, y a que era una superficie que quedaba de maravillas para tu altura. Mamá Evangelina se dio cuenta de que uno de los bornes estaba flojo. De vernos aprendiste rápido a que todo lo que sobresale en una superficie puede muy bien girar. Por eso los dedos de tu manito giran y giran sobre toda clase de utensilios. Cada vez giran con mayor precisión y el borne, el tornillo de caripela dorada flaqueó en su labor de ajustar. Otra acción que aprendiste es a pasar un trapo o una servilleta de papel sobre la mesa o tu silla para comer. Nos ves limpiar, y vos limpiás. Mamá te tejió una bufanda corta de color fucsia. Siempre estamos atentos a tus aterrizajes sobre el baúl debido a que tu foto tiene marco con vidrio, y por el detalle citado de la lámpara. La otra noche andabas con la bufandita en la mano. Llegaste al baúl y comenzaste a acercarte a la lámpara. Sabés que no hay que tocar, pero te acercabas. Comenzaste a limpiar todo aquello que había cerca: el baúl, el borde del corralito, un libro, y seguías acercándote en busca del borne que gira. La limpieza llegó a la lámpara. A cada momento me mirabas para saber si yo te espiaba, y sí, mi mirada era explícita. Vos dale que dale con la limpieza. Me volvés a relojear y entonces disimulo mi control. Enseguida largás la bufanda y tus deditos inician la labor. Te dejo hacer unos instantes, y vuelvo a mirarte. En un segundo tu manito estaba nuevamente sobre la bufanda y limpiabas con afán admirable. Tenés catorce meses, aprendiste muchas cosas, siempre estás atenta, tu mirada avisa de que en vos vive la inteligencia, por eso, de manera tan inteligente, hija, a tan corta edad ya aprendiste a hacer algo muy necesario en esta vida. Te miro y me digo: Julia ya aprendió a hacerse la boluda.

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