Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 11 de mayo de 2014

Un bote sobre adoquines (La foto, Tiempo Argentino: 11/05/2014)



Desde que supe que en Gualeguay vivió Catón, el río de adoquines de la calle San Lorenzo, que pasa junto a la iglesia San Antonio, me atrae decidido. Lo contemplo desde la escalinata de la iglesia, camino sobre sus aguas y sobre los distintos brillos con que el sol acompaña su discurrir calmo. Es inevitable, pienso en este río, y también en el Gualeguay, que corre unas cuadras más abajo. Pienso en los dos ríos cuando Catón es hombre muerto desde hace tantos años. Vivía con su madre en una casa que hoy nadie ubica. Pasó sus días, y muchas de sus noches en la puerta de la iglesia. El café con leche se lo regalaban en el Irún. Los cortejos fúnebres venían por San Lorenzo. Camino al cementerio pasaban frente a su mirada. Incluso los que provenían de los asentamientos en las tierras blancas. Él los recibía. Su vocabulario era escaso. Cuentan que fue un niño, un muchacho y un hombre con problemas bajo la boina. Preguntaba: ¿quién es el finadito? Escuchó los nombres de cantidad de gualeyos difuntos. Se colocaba entonces a la cabeza del cortejo. Como si se subiera a un bote pobre, tanto o más que él, y derivara por el río de adoquines que, en alguna vuelta de los misterios que hacen al hombre, bien podría unirse al Gualeguay de siempre, que muertos también se lleva cada verano. Catón a veces lloraba. Siempre guardaba respeto. El muerto, se cree, iba a su lado en el bote. Como si fuera un amigo que, con cara de perro bonachón, acompaña el alma a la otra orilla. Dicen que Catón se fue solo, que nadie lo acompañó. Preocupa la muerte en Gualeguay desde que falta el llevador en su bote.

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