Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 18 de julio de 2014

Bitácora de lluvia, la primera novela de Edgardo Lois por Tuky Carboni



Generalmente, los escritores solemos tener reparos en mostrar nuestros primeros trabajos. En esa cautela, hay algo de la necesaria autocrítica que debemos ejercer sobre lo que escribimos; estamos aprendiendo a caminar por el bello sendero de las letras y nos sentimos vulnerables, inseguros. De todas maneras, esta actitud de responsabilidad ante el lector es, creo, mucho más deseable que la posición opuesta: creernos genios o escritores iluminados que sólo debemos lanzarnos al ruedo y esperar que los demás aplaudan, deslumbrados por nuestra pericia en manejar el lenguaje. La primera actitud, la de caminar con pie de plomo por la explanada de las letras es, creo, más inteligente; sobre todo si somos sensibles; porque nos permite estar conscientes del riesgo que corremos: lastimarnos seriamente e infligirnos una herida que tardará en cicatrizar; si cicatriza. La segunda, la de la confianza ciega, tal vez sea más brillante y tentadora; pero, al dar la impresión de saberlo todo acerca de la escritura, desanimamos los aportes constructivos que los demás podrían hacernos para mejorar nuestro trabajo. Y nos perdemos la lección. Este sería, de cualquier forma, un mal comienzo. Cuando, con el correr del tiempo, presentemos otro trabajo, más burilado, más mesurado, más digno de un escritor, ya se habrá instalado en los lectores o los críticos ese sentimiento de rechazo que generamos, a medias con nuestro texto y a medias con nuestra actitud.
Cuando mi nuevo amigo Edgardo Lois me obsequió “Bitácora de  Lluvia”, su primera novela, me aconsejó “que lo tomara con calma”; así está escrito en la dedicatoria. Me preparé entonces, anímica e intelectualmente, para leer un típico trabajo de principiante. Falsa alarma. El libro, por fuera, da toda la sensación de ser una edición cuidada, y prolija. Buen tipo de letra, buen papel, hermosa portada (“El Diluvio” de Vito Campanella) y ese “algo” misterioso pero innegable, que nos hace elegir un libro de entre otros muchos.
Por dentro, esta novela se “ganó la lectura” desde el inicio. Desde “Palabras Previas” que, muy bien elegidas, saben presentar un portal sumamente atractivo para comenzar a transitar el texto.
La idea central me pareció muy interesante y original. Los diálogos son ágiles y muy creíbles; los capítulos breves permiten seguir el desarrollo de la historia, bastante compleja, sin perdernos en el laberinto que proponen. Me gustó, especialmente, esa interacción con un personaje que se fuga de las páginas de una novela y hace su incursión en lo que llamamos “realidad”: el  viejo “contador de historias”; éste es y se comporta como un indigente; pero no habla como uno; para hacer patente la distinción, basta leer su sabia disquisición sobre la esencia del Ser: dónde termina el Ser, si el Ser  puede expandirse mediante la gracia del amor y si es posible su fusión con lo que amamos. Maravilloso.
El paisaje donde se desarrolla la novela tiene mucho de esa inconsistencia que tienen las  situaciones oníricas: cierta levedad vaporosa, escenarios que se transforman súbitamente, la presencia infaltable de la lluvia, con su doble propuesta: intimidad e intemperie. Además, hay afirmaciones que no puedo sino compartir; por ejemplo, la de que, al escribirse, un texto se transforma en real (ya lo dijo Archibald Mac Leish: “un texto no significa algo; Es  algo”.); otro tópico interesante y compartido es la tesis de la multiplicidad del Yo, ya propuesto por grandes poetas y escritores, como Rilke o Proust. Tema apasionante para debatir en una  larga charla entre amigos.
Para destacar: con el correr de las páginas, Julio, el hombre muerto entre cuyas ropas se encuentra el manuscrito, se gana un lugar en nuestro espectro afectivo por su condición de librero apasionado, enamorado de los libros, por su culto a la amistad y por la delicada ternura que manifiesta en su trato diario y en sus diálogos con Edesma, la mujer que ama. Una ternura que sólo se permiten los hombres bien hombres, los que no tienen duda alguna acerca de su condición de tales.
Otro recurso que utiliza Edgardo y que me pareció excelente, es hacer entrar en el texto de su novela a amigos entrañables, esta vez de carne y hueso, como Hugo Ditaranto y Gabriel Montergous; es como si hubiera un intercambio tácito de responsabilidades, los amigos queridos, para custodiar la novela; y para ellos, un pase de magia para que accedan a esa suerte de eternidad que, según “Bitácora de lluvia” tienen los personajes, mediante la ópera prima de otro escritor.
Como corolario de esta novela apasionante, me queda una duda; pero esa duda me confirma la cualidad onírica del relato: Edesma, ¿existió, realmente? ¿Abandonó a Julio? O, ¿se diluyó en la lluvia? Misterio muy, pero muy bien logrado.

No hay comentarios: