Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El cielo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de diciembre 2015)

El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza, de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que intentan guiar a los que aún están vivos.
Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que en una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón con poco cerebro: Karate.
Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años ‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude ver la serie Rumbo a lo Desconocido.

Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No. Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y vuelta a la nada.  Mi viejo tuvo razón: el secreto está en el cielo. 

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