Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad de Mario Bellocchio

Se hace nueva eternidad el puñado de años que me tiene a distancia de mi Boedo, de mi Buenos Aires: las coordenadas emotivas que señalan el centro de mi universo y memoria. En esta nueva eternidad, porque la vida no es más que una sumatoria de estas damas de límites certeros, llegué hasta otra galaxia, también recostada sobre un río, la ciudad/río de Gualeguay. No sé cuánto tiempo hacía que no visitaba mi barrio, la patria primera, que no vestía en presente mi esencia de homo boedensis para luego poder ser homo porteñensis, categorías absolutas acuñadas en la fragua urbana del amigo poeta Rubén Derlis.
Y entonces hoy, ahora, estoy de regreso desde mi más allá de chacra gualeya, vuelvo siendo medio fantasma para saludar afectos; vuelvo al café, a las calles que me nacieron por segunda vez.
Volví a nacer en Boedo. Se lo escuché decir al poeta Ricardo Maldonado de Nogoyá, Entre Ríos: el hombre nace dos veces, cuando la mujer, la madre, y cuando las circunstancias de la vida fundan su identidad. Digo además que vuelvo al barrio donde mi viejo se hizo hombre, y entonces vuelvo a la memoria toda. Y digo también que no puede haber mejor regreso que este, porque hoy, mi amigo Mario Bellocchio, presenta su Luminoso Boedo La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad.
La publicación de este trabajo es un escalón que el quehacer de Mario, como trabajador de la cultura, merecía desde hacía tiempo. Es algo así como una pincelada decisiva dentro de su compromiso con su identidad como hombre, y como habitante lúcido de su lugar de pertenencia, su aldea. No voy a entrar en detalles de la obra. Sí, voy a decir, que esta cosecha necesitó de tiempo de cocción, una de esas eternidades que a veces nos tocan en suerte, tiempo que va desde el momento en que despunta el impulso, la idea, hasta el tiempo necesario para llegar al día en que se consignó la primera línea. Y después el tiempo del tránsito, el laburo en amigable soledad. Mario es de esas personas que sabe del trabajo, y que sabe disfrutar de su mientras tanto. Es un trabajador a conciencia que habita el mundo usando varas altas. Nunca se lo pregunté, pero lo imagino uno de esos hombres que se miran, cada mañana, en el espejo del baño para buscar y encontrarse con el tipo que no defrauda a su comunidad de almas. Se asegura de que todas ocupen su puesto, y arranca hacia el compromiso con el día.
Así trabaja desde hace una eternidad, otra más, en su periódico Desde Boedo: que es un lugar, un espacio/tiempo, una memoria llena de afectos, un amigo de papel que nunca se abandona; anoto esto y pienso en los amigos Carlos Caffarena y Diego Ruiz, que desde la memoria, siguen de buena compañía en el Desde Boedo, esta patria interna que también es barrio y obra nacida por Mario Bellocchio.
Digo que este mi regreso es perfecto porque mi amigo funda broli de chamuyo histórico, funda historias escritas con palabra sincera. Y además es libro que cuenta de los días de otro habitante de Boedo, el señor Zamora: un hacedor. Pienso en detalles: un hacedor contado por otro hacedor. Cada uno en su eternidad, y los dos en un mismo barrio.
En Desde Boedo aparecieron las primeras pistas del trabajo de Mario sobre Zamora, es que tanto tiene de fundante en nuestras vidas de colaboradores la presencia del periódico. A esta altura de la ensalada pienso al susodicho de papel, tinta y palabra como alter ego de mi amigo. Ellos: los abrazados en la memoria del barrio. En sus páginas se fundaron algunos de mis libros; la historia de mi escritura, mis horas como trabajador de la cultura, mis patrias internas, agradecen la oportunidad ofrecida por esta eternidad alumbrada en almas memoriosas.
Crecí como escritor y periodista, y fui mejor persona habitando el Desde Boedo, desde aquel convite de Derlis y Mario en un sombrío 2001. En todos estos años, ahí estuvo el Dire: apoyando, alentando, dando la mano sin que se la pidan; siendo humano, siendo cada vez ese hombre sensible, apasionado, tan cercano a la lágrima y, también, por qué no, a la calentura frente a los que solo se mueven porque los lleva el viento. Mario es uno de esos tipos de verdad que tuve la suerte de conocer en esta: mi eternidad hecha de eternidades.
Mario Bellocchio es un vasto y querido lugar de mi memoria, un maravilloso puñado de buenos recuerdos; y lo bien que hace contar con su presencia. Y este hombre además escribe, y lo hace bien, por más que él siga llamando a su escritura “garrapateo”, porque es un tipo respetuoso ante el trabajo del otro, y esa es otra de sus bondades: puede disfrutar de la escritura del otro, de su crecimiento, y puede decírselo sin problemas. Porque a Mario le importa el hermano que se esfuerza, le importa su destino como hombre. Me unen con el Dire muchas puntas, una de ellas es que nos importa mirar y acompañar al otro, que es sinónimo de patria.
Junto a mis amigos: Rubén Derlis y Mario Bellocchio
Casi a mano alzada, utilizando mis herramientas: la mirada, la palabra y la memoria, anoté esta serie de coordenadas emotivas. Traté de esquivar toques edulcorados, espero haber tenido éxito, y si se escapó alguno, sepan disculpar, vengo de regreso desde mi más allá de chacra gualeya, medio afantasmado, y justo vengo a caer en una noche de suprema felicidad. Y a la felicidad no hay que descuidarla, hay que estar atento a los recreos que prueban su existencia. Hace unos días, mi amigo, y vecino de calle de tierra con mucho verde, Luis Curvale, me dijo: La felicidad se come a pedacitos, como las rodajas finas de salame. Lo anoté al lado de una línea propia: A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero. Entonces brindo por esta, nuestra felicidad de ahora mismo, y por la felicidad de mi amigo.
Hasta aquí mi palabrería.

Hasta la memoria siempre, que es una victoria.

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