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Francisco Lazo Toledo |
Tercera
selección de Mientras tanto (anotación
vírica):
Existió el día. Tenía intención de continuar con mi
anotación vírica cuando supe, en un segundo, que estaba perdido: qué parte del
día habitaba en ese preciso momento. Pensé. Me busqué.
Existió otro día. No escribía. Aguardaba simplemente
que se gastara el tiempo. Me sentía lejos de la escritura, y lejano a la
poesía, a cualquier clase de lectura. En esa circunstancia insípida supe que
ignoraba en qué día de la semana me hallaba, y descubría la sensación de haber
dejado de ser. Pensé. Me busqué.
Existió la noche. Volví a ver a mi padre vivo, una
secuencia ubicada en sus últimos días. Hablábamos y todo parecía posible en la
noche. La muerte no era en esa oscuridad de madrugada. Sentí que ambos
estábamos vivos. Pensé. Me busqué.
¿Cómo se hace para dejar de ser?
De a poco, los límites de la eternidad se deslizan
relativos. El aroma del aislamiento los desboceta.
La escritura es,
toma entidad, cuando la pulsión al fin se suelta dentro del ritmo respiratorio.
Un oficio respiratorio. Muchas veces es la memoria: se hace aire y tinta que va
y viene. Entonces vuelven mundos habitados por fantasmas, buenos y malos.
Regresa la escritura de la novela propia, la historia de vida. Como flecos de
barrilete en vuelo, los relatos levantan altura.
Frente a esta pantalla en blanco, el cursor estelar de
mi escritura avanza. De a pocas palabras, así se forman estas líneas en otro
día de aislamiento. Existe un estar en frío de mis almas. Hace días que me
frena. No digo tanto como siento. Pocas son las presencias que me salvan.
Muchas las ausencias que duelen esas
memorias a las que vuelvo, y de las que tan poco anoto. Una escritura en
abstracción. Miro a través de un vidrio quizá demasiado sucio.
Durante el fin de semana pasado, la lluvia llegó hasta
el otoño. Días pintados en gris. Volvía desde el mercadito chino cuando
empezaron a caer las primeras gotas. Sábado al mediodía. Sentí los primeros
impactos en el pelo. Miré buscando las gotitas sobre la vereda. Mientras
buscaba me di cuenta de mi andar lento. Caminaba despacio y pensaba despacio,
que es la manera de andar y pensar que nací
en el aislamiento. Me di cuenta de que la vereda era una presencia en sí misma.
Era una parte del camino, y era el camino.
Pisaba de una manera distinta, o mejor, pisaba como nunca antes había pisado en
una vereda de calle Muñiz. Iba, existía entre el chino y el refugio. Iba hacia
mi todo. Casi nada.
Un susurro entre las almas. Justo cuando sentía que el
día había empezado a apagarse. Del más allá de unas cuadras de barrio, el buen
fantasma venido del sol me empujó a la calle.
Al despertar en este 9 de mayo tuve el presentimiento
de que el día iba a ser especial.
Ayer habló el presidente. Continúa el aislamiento.
Pero, aun así, no percibía el día como repetición.
A media mañana llegó un hola cariñoso en el llamado de
mi hija. Algo volvía a respirar en mi paisaje interior.
Hice caso al sol y me encaminé hacia el mercadito
chino. Soporté el tironeo: A que me apago, jugaba a insistir el día. A que no,
y seguí, a pesar de que en un momento caminé incómodo: es tan extraño sentir y
ver cómo las personas se alejan en el miedo. El barbijo no ayuda. Escucho,
siento, el arrastre del aire que se queda sin aire. Caminé a la sombra. Caminé
al sol mientras soñaba el humano andar de su mejor fantasma.
Ayer 12 de mayo volví a salir a la calle tratando de
encontrar el rastro del sol. Apenas pasado el mediodía, decidí caminar
alrededor de dos manzanas vecinas, ubicadas frente a mi refugio. Oh,
aislamiento que me aplastas. En la ciudad se decretaron nuevos permisos:
apertura de comercios, más personas autorizadas a salir de sus casas, siempre
que se dirijan hasta negocios de cercanía. Ya había hecho la compra en el
mercadito chino. Dejé la bolsa en el departamento y salí.
El día en el exterior se presentaba como un típico día
del ayer, de la vida, criticada por cierto, que teníamos antes. Autos a
velocidad en las avenidas, muchas personas caminando con apuro, con objetivos
marcados. Las diferencias con ese ayer están en el uso de barbijo, en las colas
que se forman afuera de los comercios, en la distancia entre las personas, en
cierta repulsión correspondida entre los caminantes. Desde que vi los ojos del
sol, que los busco en cada salida. Caminé lento para disfrutar el recreo, de la
misma manera como demoro la lectura de una buena novela. Ahora pienso en Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar y en
Nudos de hierro de mi amigo Gabriel
Montergous. Leer como se demora la mirada enamorada, el beso o la caricia
profunda. Llegué a la zona de la parrilla, en la esquina con la avenida, y me
detuve frente a esa especie de muelle que las casas de comida extienden sobre
la calle, en un tramo coincidente con la fachada. Un corralito metálico para
ubicar un puñado de mesas en el exterior. La palabra aparecida fue vestigio.
Vestigios de ayer los macetones rectangulares de cemento que fueran decoración
compañera en el muelle alumbrado. Vestigios de ayer, los nombro así a partir de
la altura de los yuyos salvajes, libres, que tiemblan en el viento. Las últimas
banderas en una ciudad, en apariencia, hasta hace pocos días, abandonada.
La información llega a través de la radio. En la
ciudad de Buenos Aires, a diario, aumenta el número de infectados en las villas
miseria, en los paradores donde pasan la noche las personas que no tienen
vivienda. Personas con un alto grado de vulnerabilidad, así se llama a los
pobres desde el gobierno neoliberal que maneja hace trece años la ciudad.
Vulnerables también los que habitan un geriátrico. Ante la imposibilidad de
tapar el número de casos, ahora sí, la dirigencia de amarillo reacciona, afirma
que está haciendo. Hacer precisamente aquello que tendría que haber hecho:
prever, cuidar. Hoy: 13 de mayo. Al parecer nadie sabía, nadie imaginaba que,
en esta ciudad, en esta sociedad, todos los días nacen ciudadanos de segunda y
de tercera. La intención de los que gobiernan es la que puede hacer la
diferencia con el destino cruel que pinta el capital y sus adoradores. Los
primeros en la lista de la muerte siempre son los pobres, los números del mundo
en pandemia rubrican esta certeza en la historia universal. Primero los pobres.
Lícito es reconocer el tino del Gobierno Nacional en la toma de medidas. Pero a
esta altura las decisiones se reparten. Tras casi dos meses de aislamiento, se
estudia y procede a hacer movimientos de apertura, y entonces aparecen en la
escena decisiva los que gobiernan los distintos lugares del país. La ciudad de
Buenos Aires está en manos del sueño neoliberal, por eso las desatenciones
varias. Desatención de clase, motivación ideológica, establecimiento de
prioridades.
A las dos de la tarde el cielo empezó a parir nubes.
También su paleta de grises. Necesitaba salir a caminar unas cuadras. Abrí la
puerta cancel. Crucé Garay y subí a Mármol. Caminé, sin darme apenas cuenta, un
par de cuadras. Caminé solo, nadie más en el paisaje. El silencio se rompió
cuando llegué cerca de la esquina con Las Casas. Dos muchachos hablaban entre
ellos mientras lavaban un auto. Para qué, pienso ahora, lavar a metros de una
lluvia. Las voces llamaron mi atención, y fue así que vi tantos colores,
presencias. Desde el auto de los muchachos y hasta la esquina, en ambas orillas
de Mármol, se repartían siete escarabajos de buena colorería y porte. Autos de otro tiempo esperando a los viajeros
que elijan escapar al pasado. Siete escarabajos siete. Número mágico. El rojo
impecable. Mármol y Las Casas. Una cartografía de la constelación del
escarabajo.
Pensé, sin razón alguna, que debía encaminarme por Las
Casas y así lo hice. Descubrí en el centro de la encrucijada que forma esta
calle y Castro: prolijas, todas sobre uno solo de los cables que rayan ese
trozo específico de cielo boedense, una convención de palomas inmóviles,
silenciosas. Pasé la susodicha encrucijada con mucho reparo, ni el mismísimo
Diablo hubiera tensado tanto. Nunca fueron de mi agrado las ratas con alas.
Caminando por Mármol, por Las Casas, esta tarde, antes
de la lluvia que al fin se haría esperar hasta la alta tarde, me sentí el
primero de los espectadores que entraba a la platea para así espiar esta parte
del barrio. Boedo parecía dormido, hacía la siesta, soñaba silencioso,
fantástico; siendo misterioso decorado soñaba como fantasma que regresa
envuelto entre las hojas quietas, las que bocetan encuentros en las veredas.