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Francisco Lazo Toledo |
Quinta
selección de Mientras tanto:
Entre los festejos por el sol también encontré tiempo
para sentir el interrogante del miedo. Mucha gente caminando por la calle.
Había tantos autos. Pensé en la cantidad de virus que anda de mano en mano,
esperando comprador. Entonces el miedo en la gran ciudad. ¿Será necesario que
tanta gente ande en la calle? No parecía día de aislamiento. Solo el barbijo
nos hacía habitantes de la pandemia. El tiempo dirá, una vez más, el tiempo
dirá.
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La escritura, mi barrio. En ella respiro. Vero andante
entre sus calles. Dentro de ella sé de la lluvia y el sol. Luego, sé de mis
ánimos, de la memoria, de sus buenos fantasmas, y de los malos. Desde mi barrio
sé que sigo presente en el paisaje general.
Escribo un puñado de líneas y dejo. Soy, existo y, a
veces, hasta me gusta lo hallado. Existen también las veces en que la página me
expulsa, y que de casualidad me permite, complotadas todas mis almas, asomarme
apenas para anotar una línea, un par de palabras que guarden una imagen, una
señal que resista hasta otro día, hasta un tiempo en el que vuelvo a ser en mi
barrio: renovado el trago de sueño, idea y tinta, a fondo blanco.
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Busqué la calle en este 21 de mayo. Nublado. Pintaba
de lluvia pronta. Salí como tentando a la suerte: saber si me toca la sortija.
Habitante de Mármol que acaba de dejar Garay, me llamó una joven garúa al
primer giro en la calesita de la tarde. Esta vez elegí caminar por Salcedo, y
lo hice. Pero también caminé por mi tiempo de garúa. Primero se existe en el
tiempo.
Recordé a Garúa, el perro de ni viejo, la persona
canina de ojos de miel que hace años duerme bajo la sombra fantasma del
limonero muerto. Y desde el barrio de Boedo salí detrás de muchas garúas.
Porque sintonías diversas sueñan dentro de ella.
Caminé alrededor de una sobremesa de amigos, una isla
anclada en un jardín, de madrugada. Se charlaba el vino y las memorias. Caminé,
volví a esa primera parte de la alta noche –a lejanas anécdotas- bajo la
expresión más leve de la garúa, esa caricia llamada rocío.
Caminé en la escritura fina hacia la llovizna triste
que acompañó mi regreso a la ciudad triste. En los días, en la vida otra antes
del aislamiento, la pandemia.
Desde mi fundación como homo boedensis que guardo ceremonia secreta con la garúa de antes
del ayer: llovizna la feliz urbanía
en la mismísima aldea natal, en una damisela feliz.
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Otro mundo, otro paisaje de barrio, se alumbró a
primera hora de la tarde. En Boedo. Caminaba en cercanías del refugio cuando en
la postal apareció una magia. De repente vi altísimas palmeras. ¿Pensando en
nada o en todo llegué hasta un país otro? No, de ninguna manera, estaba parado
en Castro y Rondeau. La esquina de las flacas y altas palmeras. Una encrucijada
con árboles otros, de gran porte. Una esquina para un blues. El hombre haciendo
un pacto con la presencia árbol. Guitarra lenta, memoriosa, verde.
A unos metros aparecen dos palmeras anchas, gruesas,
no muy altas. En una vereda mediana -pasa un hombre caminando junto a la pared
en tiempos de aislamiento- una palmera a cada lado de la puerta de casa.
Recortadas las raíces, y el tronco que llega hasta el cordón. Me detuve a
mirarlas desde la vereda de enfrente, y luego crucé. Cuánto el tiempo
transcurrido desde que esas palmeras ocupan esta tierra para ser mirada y
sorpresa sobre Castro, entre Rondeau y Gibson. Cuántos los testigos. En testigo
hoy me convierto, uno más frente al misterio.
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Un colchón que aparece quemado en la tarde, desnudo su
cuerpo en la avenida, al lado de un contenedor para la basura, habla de una
noche que no pudo ser. Noche incierta. De ficción, noche por escribir. Noche
cerrada sobre la vereda hasta que se hizo la llama. Tuvo actitud de salvaje
roedor. Fue rata del Marqués cuando contó 120 días en Sodoma, la llama que se
mandó colchón adentro buscando esencia y pulsión en cada bocado. Hambre de
vivir bocetando la aventura de la muerte simple. Blanco de dientes en el
interior de la llama que entró al colchón de alguien que sigue viviendo en la calle.
Transcurre otra vida en la noche.
Camino el barrio. Descubro la huesería oxidada de un tiempo/espacio que seguro supo de refugio y
amor. Esas ganas de creer que, al menos, al principio de las historias, la
felicidad se hace de felicidad, y no de supuestos.
Palabras a partir de un colchón quemado. Filas de
resortes en la quietud de la foto. Rectángulo de una plaza con borde chamuscado
sobre la vereda. Enfiladas las palabras, y el dibujo de otra vida que no pudo
ser.
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29 de mayo. Camino bastante seguido por la vereda de
la pizzería. Es parte de la extensión posible del recorrido que me lleva hasta
el mercadito chino. “Buenos Muchachos” -boliche mezcla: aire parido entre el
barrio de tango y la viola metalera- cerró por vacaciones durante febrero. Las remodelaciones
anunciadas comenzaron en esos días. Un caos revolucionario reinaba en los
primeros días de marzo. Luego la pandemia del virus, el aislamiento, las
imposibilidades.
Antes del covid19, los sábados, cuando alcanzaba la
moneda, iba por la noche a comprar cuatro empanadas de carne (buen porte:
contundencia y relleno), mi cena. Completaba con una botella de vino. Único
festejo de sábado.
Pero entonces el mundo respiró aún más descalabrado.
Cada vez que paso frente a la pizzería miro a través
del cristal. Sillas y mesas amontonadas, heladeras fuera de lugar. Un caos en
la profundidad del local. Pero en cercanía del cristal hay una mesa y una
silla, y otros cuerpos de la vieja decoración. Cada vez que paso veo el rastro
fantasmal que dejó la última persona que hizo labor en el lugar. Quieto el
fantasma y sus utensilios de hacer. Una o dos botellas chicas de gaseosa
vacías. Un casco negro para la moto apoyado sobre una tarima, suelto, caído al
pasar. Presencias sobre la mesa: alambres, palos, sobras diversas, polvo. En la
foto: toda la quietud de un mundo revuelto, extraño.
Quietud encontró mi amigo Mario sobre Avenida Cobo,
cerca de la esquina con Viel. Descubrió, una mañana de aislamiento, que el
puesto del canillita amigo ya no era en el paisaje. Sobre la vereda la quietud
de otra foto. Una de ausencia. Otra ausencia en pandemia.
Ausencia de los buenos muchachos y muchachas que
ofrendaban mis empanadas de sábado por la noche. Ausencia del hombre que
facilitaba Página 12 el domingo a la
mañana. Ausencia de las personas que hacen a la vida y el cariño. Sin querer
transcurre el tiempo. Sin querer nace la pertenencia. Simples cuestiones de la
criatura que sabe de querencia, y luego de memoria. Siempre la ñata contra el vidrio de la historia.
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Por qué razón, hoy 31 de mayo, falta la figura del
Gauchito Gil de su plataforma atornillada al árbol en la vereda de Las Casas.
Miré entre las ofrendas. Nadie en el piso. El Gauchito no había caído.
Una ráfaga fuerte de viento frío llevó mi mechón de
canas a la cara. El movimiento hizo que mirara al cielo.
Entonces me permití buscar al desaparecido.
Quizá caminara árbol arriba esperando regresar a casa.
Se vienen tiempos de tapera. Cómo será la vuelta a
casa después del aislamiento, la pandemia. Qué del sabor del regreso, de la
partida, las ausencias. Qué de ciertas historias. Qué de las incógnitas.
De pie frente al altar vacío pedí seguir caminando el
sueño. En Boedo, mi barrio.
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Mayo. Desde el interior de un contenedor volaban
cartones sobre el cemento; en el buche un muchacho era ágil laboro. Cuál la
retribución por su sacrificio. El carro de metal y bolsón plástico esperaba
cercano. Cercana a otro contenedor quedó la caja nueva -un buen bocado para
cualquier cartonero- de la tv más grande de nuestro mundo. Una complicación,
tirar semejante caja, para el feliz comprador de la pantalla que puede reflejar
lo que resta de este: nuestro mundo de las pandemias.
El mundo estalla alrededor de dos contenedores. En
esta, mi aldea natal, hoy mismo. Salí a buscar el sustento. Caminar y mirar.
Quise anotar que tantas son las personas que viven en la calle. De la calle. El
cartón no alcanza. Cartón para vender. Cartón para que la viejita, frente al
Congreso Nacional, use la materia base en forma de caja, y funde un simulacro
de mesa. Así es como funciona en su vida. Desayunar el día oscuro, bajo el sol
de la mañana.
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