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Francisco Lazo Toledo |
Séptima
selección de Mientras tanto:
No hubo lluvia en el paisaje de la noche triste. Solo
hubo rendija ancha de avenida para que sople el viento frío. En la mañana
alumbró el sol, una vez más, sobre la vereda contraria a la escuela. El hombre
nace en el tiempo, me dijo un día mi amigo, el pensador Eise Osman, y muere en
el espacio. La sociedad del olvido: un espacio tan grande como salvaje. La
ciudad de las pandemias despierta cada día.
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El motor de un auto convoca a ronda cercana a tres
muchachos. Mecánicos y el dueño de una nave que brilla de punta en blanco. Solo
uno de los muy cercanos -que los motores tienen esa manía de atraer para mejor
ver- lleva barbijo arriado al cuello. Pude ver, en la caminata de esta tarde,
esta escena de cercanos en cada taller descubierto.
Cercanía del bajo autopista, calle paralela a Avenida
La Plata. Dos nenes jugando en la vereda, meta patín, sin barbijo, día martes
no entra en fin de semana recreativo.
En cada bajo autopista aparecen las señales del día
que señalan desde la noche anterior hasta la noche por venir. Disimulados en
rincones: colchones, trapos, mantas, alguna silla. La sobrevivencia de los que
viven en la calle.
Cuando arranqué la caminata pasé junto al refugio
vacío del hombre que, hace días, duerme sobre la vereda de la escuela, en
Avenida Garay.
En las calles del aislamiento, en esta ciudad triste,
se ve el límite claro: los ciudadanos condenados. En la misma ciudad aquellos
que por cansancio arriesgan movimientos sin lógica, como arriesgo mis pasos
vivos en la caminata que salva -un día más- el ánimo.
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Ayer fui hijo que extraña al padre en el día del
padre. Ayer fui padre que extraña a la hija en el día del padre. Fue emotivo
que el saludo de Julia superara los doscientos kilómetros entre ciudades. Su
voz aislando este aislamiento. Hablamos. Fui feliz al escucharla, se lo dije.
Recordé al abuelo Rolando. Le dije que extrañaba a mi papá. Que tanto te
extraño, hija querida. El día no fue fácil para este hijo y padre que ahora anota
en el Mientras tanto. Tironeado por
buenos recuerdos y por extrañezas, soledades, tan de alto oleaje marino, a
veces, la memoria. Lejanos los árboles, el sol, esta tierra de barrio con
historia. Alumbré nombres en el aire del refugio para escucharme decir. Hubo
además el llanto. Existió este 21 de junio.
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Mañana gris. Sensación de calesita. Por acá ya pasé. A
poco de bajar desde el dormitorio. Pasé, bajé. Hace un rato. Ayer. Y antes de
ayer. Más de noventa días, los ayeres en mi segundo aislamiento. Un algo
desesperación me golpeó el pecho. Un golpe desde adentro. Sucedió cuando vi la
olla vacía sobre la mesada de la cocina. Así se repite el mundo, pensé. Otra
vez acá. Otra vez en el día siguiente.
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Hoy es día triste de junio, de derrota. Sucede que
comprendí, una vez, otra vez, y una vez más, que perro que ladra no muerde.
Comprendí que hay que ser rápido y certero en el tarascón y mordida. Así quiero
ver nacer la otra historia. Muerdo porque me defiendo. Pero el perro sigue
ladrando, demasía de pedir permiso, permiso, y descuida el campito grande, la
tierra con dueño. Ladraderas maneras
construyen derrotas, pienso hoy, en día triste.
La olla vacía y el mundo, el paisaje en su lugar.
Mientras tanto sucede, repetido, el día.
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Una Buenos Aires del pasado. Lejana y vital. Una
memoria. Con fuerza. Me veo, siento que sigo parado en aquella historia. Aire
de presente continuo. Sigo en eterno mientras
tanto. 1987. Mis pasos en la aldea natal. Esquina de Callao y Corrientes.
Escuché el comienzo de una canción: Ciudad
de pobres corazones de Fito Páez. No recuerdo el nombre de la disquería,
ubicada sobre Corrientes, a media cuadra de la encrucijada lunar. Bafles en la
puerta a buen volumen. Atendía Juan, el recuerdo de un buen tipo. Trabajé
varios años, luego del servicio militar, en un local de venta de loterías
provinciales, en el hall de la estación Callao. Entre compras mutuas conocí a
Juan. Escuché En esta puta ciudad...
y quise saber a quién pertenecía la canción. Me llevé el long play bajo el
brazo. No lo dudé. Desde mi querida Buenos Aires ya tenía noticia de su
condición traicionera. Buenos Aires, la amada, la odiada, toda una historia de
amor. Real. Salvaje. Desde Callao y Corrientes sentí el impulso de andar, de
escribir mi propia Buenos Aires, la ciudad de donde nunca me tendría que haber
ido. La ciudad a la que regresé. La ciudad donde hoy vivo el aislamiento. En
Buenos Aires mi fundación, mi amor y mi desamor. Mis soledades y mis miedos. El
poeta me invitó aquella vez a ser en la ciudad, una identidad devenida desde la
poética urbanía.
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Quien fugó dólares, lo seguirá haciendo. ¿Cómo es que
mi presidente saluda el “compromiso” del fugador? Un compromiso con el país, la
patria. ¿La patria de quién?, me pregunté la vez que me tocó ser soldado y
defender a la patria: repito ¿la patria de quién? La de Ellos no es la mía. El latifundista
solo piensa en su compromiso con el latifundio.
Tiembla el cuore, duele la historia que hace pocos
días me contó el egregio José Saramago en su Levantando del suelo. El poder económico en Portugal, en la región
del Alentejo, los modos salvajes de los dueños del latifundio. Pobreza, hambre,
muerte. El hombre sojuzgado por el hombre. La violencia del sistema, cada día,
sobre la mesa del pobre.
No se debe felicitar al latifundista -cualquiera sea
su nombre- si se está a favor de la vida y la justicia.
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Ayer escuché a mi presidente extender y reforzar las
medidas del aislamiento. Es necesario. El paisaje está claro. Entiendo el paso
atrás. Al mismo tiempo, y por primera vez, sentí miedo. La incertidumbre, su
esencia, su sima, se acomodó memoria adentro. Pensé en mis amores, mis personas
queridas. Sentí miedo frente a las horas futuras de la distancia. La radio
sobre la cama. Sentado. Solo. Cien días en la vida. Voy, vamos por más. La
mirada sobre el piso del refugio. Pensé. No tengo miedo a la ruleta rusa
cargada de virus. Pensé. Sentí. Tengo miedo a la continuidad de los encierros.
Que el diálogo sea entre mi puñado de almas, como hasta ahora. Ojalá.
La incertidumbre susurra una pregunta chiquita, un
algo astilla que crece en el cansancio: ¿podré?, y otra: ¿dónde está escrito el
destino de los extras? Me guardo en las fotos, blanco, negro y la memoria del
sol. Me sigo guardando en este Mientras
tanto.
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La manita de la empleada del banco, una muchachita que
se ofreció –desliz impensado- a corroborar una aplicación, tocó apenas mi
aparato celular. Nada ofrecía la tecnología en mi poder. Entonces me estiré y
recuperé el tumor que le había pasado a la empleada. Mientras me recitaba un
mal poema de autor bancario, su manita volaba alto sobre el teclado de su
computadora. La manita estaba ansiosa. Aún mejor, pensé, con mayor decisión que
cuando esa manita busca entre lances de amor. Ansiosa, victoriosa la manita, al
fin, llega hasta la botella con pico aplicador de alcohol en gel. Recién ahí
aflojó la caripela del asco que llevaba entre los dedos finos de manita, y
entre los ojos claros de toda esta muchachita. Un asco goteante, lovecraftiano,
viscoso, tenebroso, un color que cayó del cielo. Un asco tan establecido en la
sociedad del aislamiento. Asco y miedo, una manera de despreciarnos de manera
civilizada. Oh, nuestro señor del desprecio. Una presencia así en la tierra
como en el cielo de cada día. Un asco y miedo por lo físico originado en el
otro, que seguro copula con el virus sin cuidarse. Quedó viejo el cartel:
perimido ser solo despreciado por pobre, extranjero, zurdo, peronista, negro.
Esa costumbre de escenificar el asco por el otro, el miedo por el otro. Ah, sí,
fue cierta la manito. Un fotograma de detalle en la película que nos contiene
como extras. Cierto el asco. Cierto el miedo. Ciertas las distancias.