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Xul Solar |
El tiempo avanza inexorable en su andar
recreativo de guadaña. Cada hombre se funda en la construcción de su ciudad. Pero
los guiños del sol y la luna van opacando ese hogar. Esa manera de estar que
tiene la vida: al tiempo que avanza, y ella que cede, descuenta. La ciudad se
irá refundando como otra. Una pura otredad a la vista que apenas, y con suerte,
deja unos pocos mojones del ayer marcados en un mapa del tesoro que no importa
a neopiratas. Ciudades perdidas para muchos ausentes de cuerpo presente. Pero la
que ayer fuera centro de universo no completa el tango triste cuando el
ciudadano activa el artilugio mágico de la memoria, su mecanismo de refugio, de
regreso creativo.
Escribí unas líneas que reflejaban un
recuerdo de mi infancia. En pandemia vi, sobre Avenida Garay, un hombre que, en
lugar de protegerse del virus con barbijo, usaba una recreación perfecta de la
máscara de la Momia de Titanes en el Ring de Martín Karadagian. La momia
descubierta, tan cercana en cuadras a lo que fuera el Cine Nilo sobre el mil y
pico del ayer de Boedo, lavaba autos dentro de una sombra generosa. Envié el
textito al amigo poeta Rubén Derlis. Festejó la semblanza, y anotó: Siempre es un rescate. Rescate, palabra muy
querida por Santoro.
Contesté que sí, que rescatar es salvar,
traer desde la picadora universal. Sacarle la letra del buche. Un acto de
resistencia poética, diría el amigo poeta José Muchnik, conocido como Josecito
de la ferretería, una nave que fuera de su padre, aterrizada en el 1561 de
Boedo.
Derlis agregó: Y no se equivoca.
Estoy seguro de que en ese momento
Derlis se abrazó a la palabra resistencia, poética y de las otras que también
lo son, porque la poesía anda siempre en el aire que toman todas las cosas y
los seres de este mundo. Y Derlis anotó: Yo,
en lo más profundo e íntimo siento que ya no tengo “mi” ciudad, sino que estoy
viviendo en una ciudad de otros. Pero
bueno, a llorar a la iglesia. Te digo que este tema da para un seminario.
Rubén Derlis escribió en Guía para vagabarrios (2003): (…) Por las calles de Boedo lo invisible
permanente rebasa de emociones el alma, hay que sostener muy fuerte el corazón,
amarrarlo a la hombría, para que las palabras vueltas poemas en cada esquina no
le desacomoden peligrosamente los latidos, porque este es esencialmente un
barrio para sentir. (...) En este barrio, casi no quedan cosas materiales que
palpar, talismanes porteños de invocación para acercar la magia: la puerta y el
cancel de la casa donde habitó un pintor, el café convocante de los últimos y
veros bohemios, la mesa predilecta del poeta junto a una hiniestra inexistente.
(...) Quedan escasos lugares visibles de aquellos que cobijaron a los tantos
nombrados (...).
El hombre lo sabe, y trata de empatar la
historia con la emoción que lo habita. Él también es como una ciudad que vuelve
cuando se encuentra con su propia mirada en el espejo del baño.
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Xul Solar |
Los lugares de pertenencia, de identidad,
que hacen a las ciudades, que nos irá ocultando el transcurrir de nuestro
tiempo, crecen, se dan desde la naturaleza humana, las maneras de ser y las
historias de las personas que, en tanto mortales, van quedando en la memoria de
momentos y ambientes. Desde estas ciudades volvemos con la caricia de la
nostalgia, el toque melanco, la saudade.
Al poeta Derlis le contaba que me siento
extraño visitante en una ciudad que no me gusta. La arquitectura se mueve, apresta
su juego de escondidas. No adhiero a ciertas ansiedades que no hacen más que
allanar el desesperado interés por lograr la abundancia de moneda. Llegado
desde mi ciudad busco la vieja encrucijada de San Juan y Boedo, busco el
boliche mistongo donde era una fiesta entrarle al especial de salame y queso
junto a una ventana. En sus baldosas vivían remembranzas de varias Buenos
Aires. Y después me gustaba más la ciudad que contenía al amigo poeta Rafael
Vásquez en su café La Junta de 1810, sobre Avenida de Mayo, a cuadras de su casa.
Me gusta cómo sigo viendo al poeta, tan parecido al Quijote, Hugo Salerno, que
ya partió para su ciudad, ahí la mesa donde escribió su Baldío natal. ¿Dónde lo veo?, en la trastienda del café Margot,
donde sigo saludando a tantos ausentes que, de vez en cuando, aparecen por mis
escrituras del regreso. Tantos buenos fantasmas en Margot. Hola, Profe Ricardo
De Biase, poeta. Hola, Silvia Palferro, poeta. Hola, Alfredo De La Fuente,
poeta, escritor. La ciudad, la mía, la que ya no es y sigue siendo, quedó más a
la vista dentro del silencio del aislamiento primero. Sin la velocidad de la
bulla era más fácil encontrar sus señales en pandemia. Una ciudad más
solidaria, no tan de emprendedores con calculadora.
Esta ciudad de Buenos Aires no es la
mía, y sin embargo sigo siendo en ella, la dama que me lleva mientras somos
dueños de la maravillosa calesita de la memoria. La vida es con cada vuelta.
Siendo extraños en el presente, ante la percepción de ausencia, comienza a
girar el mecanismo del mágico artilugio que reconstruye ciudades dentro de
nuestra presencia poética, siempre barquitos de papel en el cauce del río que
nos lleva.
Escribió José Muchnik en su Buenos Aires Guía poética (2002), más
precisamente en Como una nostalgia
abierta avisa al caminante: (…) No sé
si le servirá esta ayudita, ya le dije, acá se vive del rebusque, cada uno se
fabrica sus nostalgias, con sus pentagramas, sus vacíos y sus silencios. No hay
recetas. (…).
En Desde
estos años (2017), en el poema Badalona,
Derlis y la receta para habitar su fantasmagoría de la ciudad: Cuando a dos manos y entrecerrados ojos /
escarbo en mis entrañas, / me toco Buenos Aires / y su magia convoca la poesía.
// Allí están tus esquinas de veladas nostalgias, / tus calles donde yacen bajo
el absurdo asfalto / adoquines insomnes y fragmentos de vías, / y mi vagar por
“los barrios amados”, / cenizas de otros sueños. (…).
No, no hay receta para la fantasmagoría
que represente el fantasma que somos en la ciudad otra, y el que seremos cuando
el último giro de la calesita. Pero en el mientras
tanto importa el recuerdo, y las herramientas del artesano: un poema, una
foto, una caricia, un beso, un escenario, una película, una charla;
herramientas a la mano sobre una mesa de café, dentro de una pantalla, o mientras
se otea el techo del refugio desde la cama.