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Marta Marchi junto al barrilete (Foto de Bruno Marchi, papá). |
Una acción
simple. Guardamos un papel con valor emotivo: una carta, una anotación mínima,
el primer dibujito hecho por la hija, en un cajón de madera que todavía
pertenece a un mueble. Momento simple en el que desconocemos que el susodicho
cajón acaba de nacer como memoria, y que como tal procederá. Puede afirmarse
con vera argumentación que el cajón está en condiciones de abandonar el mueble
para compartir algunas de las imágenes que guarda, y que para ello, en cierto
modo, puede, necesita, tomar vuelo, como hace -así juega- la memoria cuando
siente la caricia urgente de una intención, sea a consciencia, o bien debida a una
misteriosa, impensada, presencia nacida de un cruce azaroso de palabras en el
cotidiano simple, por ejemplo, en un día más en el aislamiento repetido causado
por una pandemia cualquiera.
Hablaba por
teléfono con Adela, mi vieja, cuando la palabra abrió besana, y entonces se abrieron
caminos nuevos. Dijo ella que a Marta Marchi le había gustado el video. El
artefacto artístico cultural señalado se debía al arte, como locutor, de
Claudio Fabián Hernández Ramos, un amigo que leía las primeras líneas de una
crónica que escribí hace un tiempo, y en la que aparecía el nombre de algunas
calles del barrio de Boedo. El video llegó a mi hermano Alejandro, y desde su
celular afincado en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires, viajó al de
Marta Jaime, mi tía, mi madrina, hermana menor de Adela, que vive en tierras
del temible Imperio del Norte, y desde allá lejos arribó al celular de Marta
Marchi en provincia de Buenos Aires. Ella vio y escuchó cómo Claudio leía, y
recordó, y luego comentó a mi vieja su emoción frente a los nombres de calles
por las que caminó en la infancia y juventud.
Cuando Adela
refirió el comentario agregó un dato propio: la casa de los padres de Marta
Marchi estaba en Quintino Bocayuva. Instantáneamente pensé: ¿en Boedo?; pensé:
yo estuve en esa casa; pensé: siempre vuelvo a lo visto e imaginado en esa casa;
pensé: nunca supe su ubicación. Adela contó que el barrio era lindo, que la
puerta de la casa estaba siempre abierta a la vereda, en una esquina, y que entraban
muchos gatos. Dije que la recordaba. Ella confirmó: Vos eras chico. Arriesgué
una cifra: 10 años. Y menos también, dijo Adela. Pensé: entonces estuve a
finales de los 60.
¿Quién es
Marta Marchi?, una amiga y compañera de estudios de Marta, mi tía. Allá lejos
se hicieron amigas, y como se ha visto siguen conectadas en la distancia.
Las
palabras alumbraron un camino impensado. El azaroso descorche de la memoria
había renovado la besana, y me llevaba a abismarme sobre una imagen eterna.
Pregunté a
Adela: Quintino y qué. Me dije: voy hasta la esquina, debo volver al lugar. No
me acuerdo, fue la respuesta. ¿Podrás averiguar? La tía Marta aseguró Quintino
y Yapeyú. Aclaré que eran paralelas.
Así llegué
hasta Marta Marchi. Hasta ella y su historia de había una vez.
Necesario
es a esta altura anotar que, allá por el 69, cuando pibito fui y estuve de
visita en la casa de Marta, se fijó entre mis almas un detalle sobre el que fue
inevitable preguntar. Recuerdo la luz del mediodía en el ambiente grande que
daba a la esquina: el comedor. Mi interés de chico fue atrapado por el mundo
que flotaba cerca de un techo. A altura considerable, eran tiempos de casas con
techos lejanos, casi como cielos, colgaban los esqueletos de algunas máquinas
voladoras, barriletes nunca vistos ni imaginados. Los sigo viendo. Hace más de 50
años que los veo suspensos en la memoria. Por eso los sigo modificando,
interviniendo. Llegué, urgido ante tanta invitación al vuelo, a agrandar las alas
a uno para que fuera más avión que barrilete. Conté mi recuerdo a Marta y ella
agregó palabras.
Marta
Marchi de regreso a la casa de la abuela paterna: Fany. Casa de infancia que
tuvo dos claves en letras y números: Quito 3902 y Yapeyú 405: una esquina con todo
el cielo. En la casa los papis de Marta: don Bruno Marchi y doña Isabel
Valenti. Bruno siempre orbitado por sus hermanos: tío Aurelio y tío Héctor.
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Quito y Yapeyú hoy. |
Habló Marta
de cajón volador, de cajones voladores, sí, de esos barriletes que yo había
visto despojados de papel, cercanos al cielo de después de esta historia. Hubo
un primer barrilete, y un primer vuelo de bautismo desde el techo de la
esquina, y además se utilizaron los techos de una casa contigua, que también
era propiedad de la abuela Fany. Ocurrió en la navidad de 1943. Frente a los
ojos de niña de una Marta maravillada. Ella cuenta que en su casa siempre
sucedían maravillas y fantasías. Una ensoñación alegre le gana la voz. Asegura
la memoriosa que en algún cajón, entre más papeles, papelitos y fotos queridas,
debe estar la foto que también dice
de la navidad del 43, cuando fue verdad el primer barrilete, cuando fue verdad -una
marca en el cuaderno del tiempo- el primer vuelo.
Aquel
primer barrilete tuvo forma rectangular. Un metro de ancho. Y dos metros de
largo. El armazón estaba trabajado con varillas finas de madera. Sobre el lomo
del artefacto celeste surgían, desde el centro del cuerpo, dos alas de unos
cincuenta centímetros, y que se afinaban hacia los extremos. En el centro de la
nave estaban dispuestas las ventanas por donde pasaba y se embolsaba el viento.
A diferencia de los barriletes comunes, no llevaba cola de trapo. Y sí
coincidía con otros ejemplares de su especie en la vestimenta: llevaba papel de
barrilete sobre el armazón. Y aquí es donde se abre una puerta notable en este
cielo y barrio de ayer. Podría decir que aquella fue una navidad en colores.
Porque los colores tentaron a los hermanos Marchi, y entonces quisieron
acentuarlos.
Marta
aclaró un detalle de importancia: El
barrilete tenía los colores de San Lorenzo. Y hubo un piolín resistente
para remontar el poderoso artilugio, y -aquí el acento Marchi- hubo además un
cable como accesorio de vuelo. En el cable lamparitas rojas y azules llegaban y
decoraban la máquina voladora. Entre 50 y 60 metros de piolín y cable. Una vez
izado en el cuerpo del aire de la noche, uno de los hacedores -vaya uno a saber
cuál- se encargó de enchufar y desenchufar –a buen ritmo- el cable para
iluminar la presencia cuerva en el cielo del barrio.
El mágico navío
estelar alborotó a algunos vecinos. Siempre da su presente el extraño que ante
todo se asusta y no festeja, que no sabe o no puede, y entonces llama a la
policía. La fuerza llegó a investigar los sucesos en la casa de los Marchi. La orden
fue detener el arbolito azulgrana en el cielo.
Cuenta
Marta: Mi papá era un genio, con los
hermanos hacían barriletes de muchos tamaños y globos de papel grandes, ¡ay,
esas calles de Quito y Yapeyú! Soy la única sobreviviente de esa casa. Me
acuerdo de cómo prendían y apagaban las luces del barrilete, era espectacular,
esas cosas que maravillan. Y yo era tan chiquita. Recuerdo también los globos
grandes elevándose desde la terraza de la casa. Se remontaban los cajones en
navidad, y en otros días, íbamos a los costados de la General Paz, con más
lugar debido al tamaño.
El cajón
rectangular con los colores y luces cuervas se dibujó en el mueble del aire, y
nació barrilete para mejor decir esta historia de barrio feliz. El cajón de la
mesita de madera donde el escritor trabaja guarda sucedidos, como así lo hace
la memoria. Ambos artefactos, artilugios, magias y máquinas para atesorar ciertos
hechos, pueden hacerse al vuelo
consciente o azaroso. Remontó el cajón. Remontó la memoria. Remontó la memoria
de Marta hasta la navidad del 43. Remontó mi memoria hasta aquella casa allá
por el 69. El día que vi los armazones de la gesta y sueño colgando del techo.
Remontar desde este presente con pandemia, en estos tiempos complicados. Desde
este nuestro mundo de hoy volver a ciertos momentos. El arte de representar lo
que ya no es, pero que sin embargo está, y sigue siendo mientras la memoria
boceta imágenes de fantasmagorías de esta ciudad de Buenos Aires. Sucedió,
sucede cerca del límite donde Almagro se hace Boedo, y Boedo se hace Almagro, una
tierra de abrazos porque es de dos, podría poemar
Rubén Derlis, tantos barrios, y tantas personas, sucedidos, y todos los tiempos
que hicieron, que hacen el tiempo.