Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















UPCN Feria del libro 2018

UPCN Feria del libro 2018
Presentación de "La marca de Gualeguay 1".

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 16 de abril de 2024

Fotos en Buenos Aires

 


Abrir y cerrar de ojos. Principio y fin de una mirada. Como en un click. Como cuando el sonido de la muerte. Una foto. Otra. Y otra más. Fotos en Buenos Aires. Fotos sin la celeridad de un disparo de celular. Fotografías para ver. Para ver diversos quehaceres de ciertos viajeros en la ciudad. Buenos Aires hoy. Fotos escritas en la memoria reciente. Dirá el tango que aún no se escribe que la ciudad es paisaje cruel. Que lo es el país todo. Que los destructivistas están de regreso. Volvieron aprovechando olvidos. Volvieron subidos a desesperaciones. Esas individuales y salvajes maneras de ser. Cuando el mérito es única religión. Cuando el otro, la patria, no importa. Fotos en Buenos Aires. Hoy. Ahora que ellos han vuelto. Abrir y cerrar los ojos en el mientras tanto del paisaje urbano.

 

Transcurre el viento sobre la vereda de la estación Federico Lacroze. Donde nace y termina el ferrocarril Urquiza. A principios de la mañana. Van y vienen. En tránsito los viajeros. Afán e intención. Apuro. Poco a la vista en medio de la velocidad que funda el olvido. Febo, alto en el cielo de la ciudad, casi siempre evapora, y con rapidez, la memoria. Un muchacho, que sale del hall de la estación, lleva un cigarrillo a su boca. Guarda el atado en la mochila. Busca el encendedor. Detiene su avance mientras dispone el fuego. Un instante. La oportunidad del momento mínimo. Llega hasta el muchacho que enciende el cigarrillo, un hombre. A juzgar por la huesería y las canas. Por la curvatura de los escombros. Un hombre no menor de 70 años. Se mueve su brazo derecho, su mano levanta vuelo en el viento. Roza sus labios. Fuma un cigarrillo fantasma exactamente como fuman los fantasmas. Fumar con la mano vacía. La boca vacía. La mirada también silenciosa y vacía. El gesto sale a jugar en la mañana. Imposible negar su lugar en el paisaje. Ya es parte de la urbanía que contiene ciertas señales de la vida.

El muchacho termina de encender su cigarrillo. No piensa en el hombre viejo que pide un cigarrillo. No piensa en el gesto a mano alzada. Tampoco piensa en que él mismo mañana pueda ser un hombre viejo que pide un cigarrillo. En esta foto que escribo digo que el muchacho, en el momento del cara a cara, quizá sí hace cuentas. Que cuánto es lo que podría compartir. Que cuánto es lo que quiero compartir. Finalmente, ¿quiero compartir? Fue cuando encontró la respuesta. Movió su cabeza. De un lado a otro. Dijo que no al pedido del otro.

El hombre viejo. El fantasma. Dejó de fumar en el viento. Como fuman los fantasmas en el viento. Sin cigarrillo. Libre la mano. Cambió pucho por ademán de saludo con desgano. Al mismo tiempo llegaba –raspaba- su mirada sobre la vereda.

Apenas. Hizo falta apenas una puntita de aviso. Humo sobre la vereda. Humito como mapa del tesoro. No es humo sobre el agua, pero la música del momento tiene su solo. Un punteo de hombre solo que se agacha con lentitud. Otra vez es su mano derecha la que avanza. Una foto dentro de la foto. Humea el pucho, el sobrante de lo que fuera cigarrillo. Filtro con acaso de efímera sustancia. Humea en la mano derecha del hombre viejo. El hombre viste remera negra y pantalón negro. En ambos el trajín de los días. Se apoya contra una baranda de metal del frente de la estación, y fuma. Aspira profundo. Descansa. Se afloja la expresión en su cara. Chupa. Bebe de manera placentera. El hombre viejo en el viento. El humo en el viento.

 

La mujer lleva puesto un gorrito negro. Este recorte de vida. La foto. Sucede sobre la vereda de una avenida. La mujer levanta sus utensilios del dormitorio. Pliega y guarda dentro de un changuito. Trapos y cartones. Dormitorio a mitad de cuadra. Ocho y media de la mañana. La ciudad sucede a velocidad. Así hasta en la noche. Una mujer que lleva gorrito. A dos cuadras de Avenida La Plata y México. A dos cuadras de la esquina tapera que guarda el casco descolorido del México. Café de ayer. Alejandra, la moza, repite dentro de la memoria del bar el estribillo que usaba como amuleto para la vida: Qué se le va a hacer… Vieja foto de Alejandra dentro de la película del tiempo. A dos cuadras del refugio para fantasmas del México, una mujer que ya no es una piba y que lleva gorrito negro -insiste el click de esta escritura- levanta su dormitorio en la avenida. Hoy. En Buenos Aires.

 

Cansados. Sobreviviendo. Refugiados en el sueño. En el borde -el filo- de los tiempos que corren. De la ciudad cruel. Un hombre y una mujer. Ellos, los que descansan a principios de la mañana. El dormitorio bajo techo. El colchón para dos en la ochava. La encrucijada de barrio se presenta desierta. El paisaje a unas cuadras de La Plata y Cobo. Pasa un auto negro. Dentro del auto uno de los viajeros intenta dar testimonio del sueño de la pareja. Guarda en la memoria. Escribe la foto en el viento. En Buenos Aires. Hoy.

 

Desde la noche surgen como aparecidos tres muchachos jóvenes. Duermen en la mañana. Viven en la calle. Uno duerme bajo el techo de una parada de colectivos. Sobre el banco. Cuelga desde el banco de madera. Quizá la remera le sirva de falsa almohada. Otro muchacho duerme acurrucado contra la persiana de un comercio cerrado. Un tercer muchacho duerme a unos metros de los otros dos. Duerme dentro de lo que semeja una mordida en la línea de edificación de la avenida. Duerme como contorsionista, apenas tiene el lugar necesario para el simulacro. Los tres refugiados que llegan desde la noche quedan a la vista sobre Avenida La Plata. En cercanías del recuerdo del Viejo Gasómetro de la cuervería. En cercanías del predio recuperado por San Lorenzo, y que fuera usado como vacunatorio contra el covid. Sucede cada foto. Hoy. En Buenos Aires.

 

Ella en viaje. Blanca en canas. Bondi a velocidad por la avenida. Viaja sentada en uno de los asientos ubicados a la espalda del bondinero. La viajera lleva su mano izquierda a la altura de su cabeza. Intriga. Qué es lo que intenta hacer esta mujer. Qué es lo que hace. Parece sostener su oreja. La cubre como si doliera. La cubre como si pudiera caer al piso. Ojos bien abiertos. La mujer no mira por la ventanilla. No importa la mirada del pasajero. Viaja ensimismada. Reacomoda su mano izquierda. No deja ver su oreja. Su pelo tan blanco llega hasta el hombro. Se suman las cuadras. Aumenta el misterio. Qué es lo que hace la anciana. Hasta que al fin un movimiento la delata. Lleva en su mano. Con disimulo. Se sabe viajera de otro tiempo. Casi hasta de otro planeta. La mujer acerca una radio pequeña a su oreja. Nada de celular con cables. Una radio de ayer. Una radio para debajo de la almohada. Esa maravillosa magia. La radio durante todo el día. La mujer se va de viaje. En la mañana. En la ciudad de hoy.

La radio es mi única compañera. Día y noche. Programas elegidos a conciencia. Cuando supe al fin que la mujer que iba en el colectivo llevaba una radio chiquita apoyada en su oreja, la imaginé dentro de la imposibilidad de abandonar la escucha. Algo llegaba –sucedía- a través de la radio. Entonces jugué a imaginar que la mujer escuchaba lo mismo que yo había escuchado el día anterior a principios de la tarde. Ocurrió esta foto en Rosario. Un muchacho de unos 20 años, de nombre Ezequiel, había muerto. Cirujeaba con su carro cuando se le ocurrió cortar unos cables de la red eléctrica subterránea. Esa necesidad de llegar a unos mangos más. Esa tentación de Ezequiel. Y las consecuencias en un video parido viral. Ezequiel quemado. Nublado. Perdido luego de la explosión. Las palabras del convite (hashtag) en X: “uno menos”. Sí, dale que sí. Un chorro menos. Dale un “me gusta”. En la radio escucho la voz de Melina, que fuera maestra de Ezequiel. Escribió en las redes sociales luego de leer comentarios de muchos festejantes de la muerte. Melina escribió y sacudió el tablero: No quiero que lo recuerden así. (…) Era tan dulce y siempre sonreía. Yo no quiero que lo recuerden así. Estamos en deuda. Qué crueldad. Él tiraba de su carro, andaba cirujeando. El hambre no espera. Era tan dulce, tiraba de su carro. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Cuánto dolor. Entonces el eco llegó hasta algunas radios de Buenos Aires. Escucho las palabras de Melina, su mirada, su foto de Ezequiel, su escritura de los recuerdos. Guardé emoción y verdad en la memoria.

Ella, la mujer, blanca en canas, escucha radio en el colectivo. En una radio de ayer. Mientras ella viaja imagino que llega, se repite, la mirada clara de Melina. Cuenta el paisaje triste por donde Ezequiel empujaba el carro. Así el mientras tanto de miles de viajeros. Apenas un puñado de fotos en la urbana crueldad mientras el llanto, la palabra, la idea, la resistencia.

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