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Dibujo de Alejandro Lois |
en
la palma de la mano de mi madre / semillas de zapallo
/ maravillada de naturaleza repite / mire hijo aquello que era y aquello que
será / así la vida dijo con mano plena / en su tierra presentó semillas de
despedida / antes de dormirse para siempre / después de la siesta / en una
tarde de mayo / ella mi madre en día de mayo nacida
escribe
poemas avisa murmura dice / la muerte siempre dice / para
que nadie olvide // llega en el viento / en el viento espera a lo largo de la
vida / adentro y afuera pincela los días // fui testigo de su certeza su
cercanía / llega en el viento y se descalza en el aire que rodea al viajero / de
a poco en silencio se instala y busca / pinta paisaje hasta que aparece la
tensión / la muerte ha decidido / en un ademán simple al paso como al descuido
// apenas una resistencia / luego dejarse estar en el filo del muelle / subir
al bote al río // trago a trago de barrio en barrio de historia en historia / habitar
la muerte luego de la última encrucijada / un cruce de caminos sin ruido un
tajo sin sangre / de una vez juntar el puñado de recuerdos y cerrar el mono / echarse
a andar por el otro barrio
trato
de encontrar la palabra que diga el vacío / anoto tu
ausencia / imposible escucharte / saber que no estás cuando pienso en hablarte
/ nos quedamos solos / vos allá de regreso en Santa Teresa / nosotros al fin
entendiendo qué es la soledad / quizá por eso trato de encontrar la palabra que
diga el vacío / anoto tu ausencia / digo que distinto es el día sin la madre / distinto
cuando ya no hay sortija en la calesita que nos regresaba a casa
Escribo brevedades. Textos entre la
prosa y el poema. Brevedad, una brevedad, brevedades, así las nombra mi amiga
Antonia. Otro camino de escritura. De contar el sucedido. Trabajar en la
memoria para quien guste. Entonces una primera brevedad para decir la muerte de
mi madre. A continuación otra brevedad para decir la última ronda. Y una pista
posible que anota la soledad. Escribir a la madre de la misma manera, palabra a
palabra, como la madre escribió al hijo, punto a punto, en cada giro de la lana,
en la bufanda negra que me abriga cada invierno. En el renglón de la bufanda,
desde sus manos, su manera de decir, de anotar la vida.
Pienso en mi madre. En saber cómo está.
En decirle que estoy bien. En avisarle. Pienso
en mi madre para hablar un momento. Para
que ambos escuchemos nuestra voz. Para que tengamos noticia. Aunque más no sea
para comentarnos el clima. Para contarnos los precios asesinos que parió el
payaso cruel de la licuadora y la motosierra. Apenas un instante después de
pensar en mi madre aparece el silencio que trae la voz que me dice que ya no.
No mandar el audio, el mensaje. No abrir la puerta del comedor. Ya no. Encontrarla
sentada a la cabecera de la mesa roja de toda la vida. Ya no. En estos primeros
días del después de su partida, me doy cuenta de que nuestro encuentro se daba
entre los momentos del cotidiano. La madre era la presencia, la charla simple.
Era también saber que ella habitaba la casa de infancia en Martín Coronado.
Adela Selva Jaime, el nombre de mi madre.
Distinta es la ausencia de mi madre.
Distinta a la de mi padre. La de mi padre cuenta con más puentes para el
regreso, la visita. La muerte de mi
madre es la pérdida del origen. Tiembla la vida toda. No alcanzan los puentes.
De poco las fantasmagorías. Ya sueltos todos los cabos. Cuando sólo queda el
río y nuestro bote. Hoy me digo que escribo a mi madre porque tuve un abuelo
poeta, un padre artista plástico, y porque mi madre escribió a sus hijos sobre
el renglón de la lana. Sobre la lana de la bufanda. En renglón tejido escribo
que al fin he comprendido la soledad.
Mi madre nació en Santa Teresa,
provincia de Santa Fe. Un pueblo en el campo. Una pibita en un sitio donde
muchas veces la comida llegaba flaca. Era pibita cuando guiaba, ella sola, el
carro que tiraba el caballo. La pibita que engañaba el hambre comiendo semillas
de girasol. Era pibita cuando la oscuridad de la noche de Santa Teresa -a
principios de los 40- metió miedo mal horneado en su alma. Una vez alguien me
dijo que de chico lo habían pasado de miedo. De ahí su valentía indudable. Mi
madre no se había pasado de miedo. Entonces hizo la vida, como muchos, a la
sombra del miedo.
El miedo de Santa Teresa nació en las
noches de infancia. Noches cerradas. Sin luz eléctrica. Todos los días de la
película de la vida fundían a negro muy negro. Oscuro el silencio. Negro hasta
el cielo. Negras las criaturas que andaban en la noche. En especial los
insectos. Mi madre siempre fue una feliz espectadora de la función casi mágica
de la naturaleza. Pero el cariño inocente que siempre dejaba entrever llegaba hasta
el perro de la familia, o hasta el caballo que aparecía en una película. No era
magia de la naturaleza el camino de los insectos. Desde la noche de Santa
Teresa, los insectos fueron parte del miedo, de la noche y su amenazante
oscuridad.
La familia Jaime Ríos encontró su lugar -antes
de que en el 50 partiera hacia Buenos Aires- en el paisaje que reunía al habitante
originario y el inmigrante. Así fue que el destino siguió su curso. Desde Santa
Teresa a Villa Soldati. El abuelo Eduardo de sereno –con vivienda en el lugar-
en una fábrica. Hasta allí llegó la vida anterior. La memoria de Santa Teresa.
Mi madre tuvo mucho cuidado de dar mayores datos de allá lejos. Algunas
pequeñas pistas del cotidiano. Nunca le gustó hablar del pasado, afirma mi
hermano. Es real. Porque nunca abundó la información. Ella no cuenta nada,
afirma mi tía, su hermana menor. Como en toda historia humana duerme siempre el
misterio, la apariencia, lo adivinado, lo entrevisto, un final inesperado de
cuento, de los posibles cuentos escritos desde el primer día a consciencia en
el paisaje que tocó en suerte. Quedará el silencio. Ella poco habló de aquella
otra vida en Santa Teresa. Eso sí, no calló la impresión causada por la abismal
oscuridad de aquellas noches de infancia.
Luego de la muerte de mi madre terminé una
escritura que trata de deshilachar el miedo. A continuación el último texto de
dicho palabrerío tejido en prosas y brevedades:
La
guía de la planta de zapallo trepó por la vieja parra. Hizo cumbre en el cielo
modesto del patio del fondo. Cerca de los alambres para colgar la ropa. Primero
fue flor amarilla. Luego fruto que crece desde el verde. Colgó el zapallo como
planeta dentro del sistema universo de la casa paterna. Mi tía dijo hace unos
días, a poco de morir mi madre, que todo había terminado con la madurez del
zapallo. Mi madre aún se asombraba con el casi mágico suceder de la naturaleza.
Acompañó cada día el crecimiento del zapallo. En el centro del patio la vida le
ganaba a la muerte. Fue su obra de arte. Ella era la única que creía y soñaba
con el feliz término del fruto. Vencido el miedo, todos comimos zapallo.
Durante unos días vivimos del triunfo de mi madre. Después, como siempre, el
tiempo afiló su silencio. Hoy mi madre ya no dice terrible. Ella pudo escaparse del miedo que nubló sus últimos días.
Se fue en un segundo. Después de dormir la siesta. El último miedo no tuvo
oportunidad. Veo su silla vacía en el comedor. Su chal de lana en el respaldo.
El mate de la mañana cuando es solo para mi mano. La quietud de la rueda de la
máquina de coser. Sucede el día mientras el viento lleva y trae por el cielo
del patio del fondo. Llevó y trajo. Así el viento.
Después de leer estas palabras, en el mientras tanto de una noche, mi hermano tejió, a lápiz sobre el renglón emotivo de la página en blanco, la presencia de mi madre.