Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Esquina en rojo

La muerte del violín de Rolando Lois (óleo)

 

En el principio fue el hombre. Y su instrumento. La manera que buscaba dar su voz. Y punto seguido -en esta tinta que inicio- fue pensar en el circo de la crueldad. Carpa cielo de un topo presidente que mal nubla los tiempos presentes.

Fue en la primera de las apariciones del después que, de repente, volví a ver un óleo pintado por mi padre. Cerré los ojos y ahí estaba. Al tener este cuadro una presencia recurrente a través de los años, trabajé su esencia -hace un tiempo ya- en una brevedad. Una brevedad es el intento de fijar una sensación, una memoria, un sucedido, con una escritura a mitad de camino entre la prosa y el poema. En un libro duerme Violín, esta brevedad aparecida después de ver a un hombre que resistía mientras buscaba dar su voz:

 

cada uno en su estante / mi padre y yo / en el aire dice la voz lejana de un violín // habito la luz de mi noche / en el cementerio / que ayer pintó mi padre / y pintó con destino de entierro / profunda tumba en el óleo / el violín del demoníaco Paganini / en el barrio se sabe que muerto fue por estremecido // no todos los días / se entierra un violín en un cementerio de provincia / desde mi estante / veo el cuadro sobre el caballete // guardó mi padre el esqueleto del viejo violín / cuelga del techo del galpón / el cuerpo desnudo del modelo // dio función de ceremonia a sus propios demonios / enterrados ellos bajo materia de óleo apagado / el sueño del color en el violín en los libros / en la pintura flores como luciérnagas / violín sobre mortaja abierta / mientras desde el fondo del cielo avanza / la oscuridad del cementerio que no quiso para él // sus cenizas en un estante / del galpón que habito / y única la flor de ciruelo rojo en el cielo

 

Mi padre pintó alguna vez en su vida La muerte del violín. A su vez Alfredo Zitarrosa escribió y cantó El violín de Becho: Becho toca el violín en la orquesta / Cara de chiquilín sin maestra / Y la orquesta no sirve no tiene / Más que un solo violín que le duele / (…) Mariposa marrón de madera / Niño violín que se desespera (…). Como Homero Manzi escribió Viejo ciego: Con un lazarillo llegás por las noches / trayendo las quejas del viejo violín, / y en medio del humo / parece un fantoche / tu rara silueta / de flaco rocín. / Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego, / al ir destrenzando tu eterna canción, / ponés en las almas / recuerdos añejos / y un poco de pena mezclás al alcohol. / (…) A ver, viejo ciego, / tocá un tango lerdo / muy lerdo y muy triste / que quiero llorar.

Cada uno así en su laborar. Cada cual en su intento de vida. En su manera de buscar dar la voz. Pintar. Cantar. Escribir. Resistir. En el principio siempre está el hombre. Y está el otro, la patria. Y estamos todos. (…) Vivimos revolcados en un merengue / Y en un mismo lodo todos manoseados (…) escribió Discépolo en Cambalache. Revolcados y manoseados entre el viento fule de estos tiempos oscuros. En La última curda Cátulo Castillo anotó: (…) ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! / La vida es una herida absurda, / y es todo tan fugaz / que es una curda, ¡nada más! / Mi confesión. (…).

Un hombre flaco y alto aluniza sobre los adoquines de la esquina. Se separa del cordón de la vereda. Como si fuera viajero, que lo es, mas no de otro mundo, sino de éste, el mundo que cubre la carpa del circo donde acecha el topo malvado. Resiste el hombre contra los demonios libertarios cual desgarbado Erich Zann. Camina sobre granito. En la calle. Tan resistente la materia oscura que golpea y astilla una parte de la historia. Tanta la fragilidad de las criaturas. Es todo tan fugaz. Un tango. Tres minutos. Una curda. Una herida absurda. Tres. Cuatro pasos hasta el medio de la calle. La esquina se funda escenario. En escena un hombre de cincuenta y pico de años. Morocho. Pelo aún oscuro. Algo raleada la azotea. Cuatro autos detenidos frente al escenario. Semáforo en rojo. Algunos viajeros cruzan la calle aprovechando la presencia del muñequito en blanco. Ninguno de los viajeros repara en el hombre que está sobre el escenario. El que busca dar su voz. Así queda presentada esta esquina en rojo. Una fragilidad en la ciudad. Una fugacidad en la ciudad. Un sucedido de urbanía. Suceder que se guarda en mi memoria.

Un instrumento de cuerda despierta en un lugar de Flores. Violín al mediodía. Un barquito. Pequeña su caja de resonancia. Cuatro cuerdas sobre el mástil. Las frota un arco. Las pellizca una mano. Siempre que sale el sol. Esquina con violín. Desde violino su nombre. Una viola pequeña. Una mariposa pequeña. Vuela música desde cuerda, caja y madera. En una esquina del barrio de Flores. A días de la primavera.

Lleva violín el violinista del escenario. Eleva el barrilete. Media bomba. Media estrella. Caricia. Caricias entre hombre e instrumento. El hombre lleva el arco hasta el cielo de lo humano. Una vara fina con un apenas de curvatura. Tensa y aguda la luz que amanece de la crin animal o la cinta vinílica. Gira el tornillo. Aprieta o distiende. Vuela la música. El hombre camina entre los autos. Quizás alguna ventanilla esté baja. Tal vez. Avanza hasta casi tocar el ventanal dispuesto delante de mi asiento ubicado a escasos metros del escenario. El hombre. El violinista sabe que el muñequito rojo que vive en el recuadro del semáforo titila y avisa. El violinista abandona la escena doblando hacia mi izquierda. Terminó su pase ínfimo de mago. Impromptu de encrucijada urbana. Veo que sube sobre el cordón. Que camina por el cordón haciendo equilibrio. Va de regreso hacia la esquina. Unos pocos metros.

Fragilidad. Fugacidad. Así de continua la herida absurda.

Dentro del mediodía donde reside el sucedido, algo se ralentiza. Un algo misterio interviene y respira dentro del silencio que me rodea. Y el que nos rodea. Una lentitud para ver mejor los detalles de la escena.

Desde la altura de observatorio estelar que me provee estar sentado en un asiento alto dentro del bondi, percibo una claridad en la respiración del paisaje. Fue después de haber tenido la seguridad de que el bondinero que guiaba la nave no había siquiera reparado en el violinista. En el hombre que buscaba dar su voz.  El hombre que no pude escuchar –bondi envasado al vacío-, pero que sí pude observar en su quehacer.

A mi izquierda. A través de la ventanilla. Sobre la vereda. Casi en el mismo lugar donde el violinista volvió al cordón, hay una mujer joven que sonríe. Mira atenta hacia la esquina. El violinista va de regreso a la encrucijada. Del brazo metálico que sostiene el bloque que contiene los muñequitos del semáforo, cuelga, hay enganchada una mochila gastada. Pero la esquina a la que regresa el violinista es bien distinta a la que dejó un momento antes.

Esquina barrio. Esquina refugio. Esquina identidad. Esquina resistencia. Esquina ojalá.

En la esquina hay una presencia. Espera un pibito de unos ocho años. Campera azul. Pelo corto. Mirada atenta hacia la madre que aguarda sobre la misma vereda. Mirada atenta al hombre violinista que retorna. Pibito que ve y escucha. Hombre y pibito que se acercan. Dos billetes de cien pesos flamean en el viento del mediodía. Los sostiene el pibito entre los dedos de su mano derecha. El brazo y la mano toman vuelo para dar. Hombre violinista que curva su altura y toma la ofrenda. Pibito que corre hacia mamá. La posibilidad de guardar la sensación de haber sido bueno, cuando mañana siga siendo pibito en la memoria. Pibito en poema humano dentro de una música futura.

El hombre violinista a quien no pude escuchar, pero si ver, guardó el par de billetes en un bolsillo de su pantalón. Volvió a las caricias con el violín. Mientras pasan autos y se mueve este mi bondi que exige escritura. El hombre violinista dice mientras la esquina solidaridad lo contiene. Ofrenda su música desde el barrio. Busca dar su voz hasta que despunte otra vez el rojo en el semáforo. Hasta que vuelva a ser viajero en este mundo de circo cruel. Que apriete la mano los mangos para el sustento diario.

Dar la voz. Decir los derechos. Dar una música para todos.