Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 7 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XIV)

Escuchábamos blues mientras recorríamos el departamento. Una mirada por la ventana del dormitorio, una por la puerta que da al balcón, miradas a los cuadros, a las bibliotecas, a la señora de pañuelo rojo, abrigo al tono y cartera negra que siempre se cuelga de la pared, al lado de la puerta, y te hurta sonrisas. Mamá Evangelina había ido a la panadería. Estabas en mis brazos, y escuchábamos a Champion Jack Dupree. Afuera el cielo sobre nuestro pedazo de barrio, los techos de chapa, el árbol grande, los tanques de agua. Viajábamos a dúo por casa hasta que mis ojos encontraron la foto de Liliana sobre el escritorio. Sabés, Julia, mi amiga se fue al otro barrio, el de la casi ausencia, unos días antes de que vos nacieras. Desde su muerte que tengo su foto apoyada contra la botella de whisky. Es su foto de Lisboa, está sentada a la mesa donde se apoya la estatua de Fernando Pessoa, el poeta de Portugal. Después de encontrarme con Liliana en Lisboa, caminaba, te llevaba, íbamos buscando nuevos ángulos de mirada, pero yo ya iba de a tres porque pensaba que ella no llegó a conocerte, que le hubiese gustado tanto, y en esos momentos pensaba en que seguramente le hubiese contado lo de tu manito izquierda, esa que hace días atrapa casi toda tu atención: manito cerrada, dedos que se desperezan, tus ojos, y vuelta tu manito cerrada. Imaginé que le contaba porque también había notado que siempre perdías, en primer lugar, la media de tu pie izquierdo; imaginé que le contaba al tiempo que se me ocurría alguna filosofada barata, a veces me gusta hacerme el gracioso, sobre la suerte de la izquierda y la derecha en las patitas de pibas de tres meses, y que poco después de obtenida una conclusión, tendría que haberla cambiado porque tu pie izquierdo empezó a ganar sobre tu media derecha, acción que probaba a las claras un triunfo netamente revolucionario. Así anduvimos por el cielo raso de una mañana en que escuchábamos blues en casa, felices, memoriosos, humanos.

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