Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXIX)

¿Sabés cuándo entré a ser conciente de que tenía una hijita grande, grande, es decir, que ya había dejado de ser un bebé indefenso y sólo contemplativo del mundo? Te cuento, creo que el nuevo estado mental de papá se armó a partir de dos momentos. Una mañana, estábamos justo en la curva donde se unen la cocina y el comedor. Estabas sentada sobre el cuadrilátero de colores. Empezaste a moverte, hasta ahora no gateás, tu especialidad es el avance con arrastre de cola. Así llegaste hasta el corralito, y una vez a tiro, tus manos fueron hasta la pata más cercana: fuerza, empeño y decisión te llevaron a pararte. Ahí estabas, casi un año, paradita a un lado del corralito, poniéndole al cerco el cartel de armadura obsoleta. Te miraba, vos te reías. Saqué un par de fotos. En otra mañana, mamá Evangelina y yo estábamos desayunando. Escuchamos a la distancia que repetías, desde la cama grande, tu característico “tatata”. Te fui a ver. Brillabas, no lo podía creer, habías sido tan chiquita, y en ese momento eras tan chiquita y tan grande en la cama de mamá y papá. Quedé tonto, se me caían las lágrimas, y vos no parabas de reírte, de moverte, de hacer morisquetas. Jugamos un rato a escondernos detrás de nuestras manos, te encanta. Saqué unas fotos. A partir de estas dos historias papá se dio cuenta de que el universo había cambiado, de que se había ensanchado feliz, con aire nuevo. Casi un año, Julia, un tiempo de ensueño.

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