Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 24 de mayo de 2016

Amanecer

Hace tiempo que vivo de recuerdos.
Llegó la entrenoche, como anotó alguna vez la poeta. Entonces ocupé el lugar en mi sombra. Aunque debo admitir que algo de sombra llevé entre mis almas desde el nacimiento. Me hice hombre siendo sombra: un cuarto menguante de la luna negra que hizo ronda sobre el techo de mi planeta.
Recuerdo la casa del amigo Gabriel en las sierras. Todavía lo veo caminar entre los árboles. Caminaba pensando en el próximo paso en la novela que escribía, la que quedaría inconclusa. La Parca se llevó a Gabriel de manera inesperada, casi en un susto, en un susurro en medio de la noche. También recuerdo la sonrisa de una mujer que usó boina blanca, la mirada de la compañera como motor de mis almas. Qué es el mundo sin cariño, sin amor. Tuve la suerte de conocer esos caminos. Me tocó como destino tener memoria de mis alegrías, de la felicidad: tan necesaria como efímera.
Recuerdo que un día dejé la gran ciudad. Dejé las calles de Buenos Aires para fundarme -juro que lo intenté- en las calles de la ciudad de Gualeguay -a tres horas de mi cuna de barrio, amigos y cafés-, en la provincia de Entre Ríos, a veinte cuadras del Gualeguay. Cambié el río, vine buscando uno más tranquilo y cercano.
Recuerdo la casa fundada en las afueras de la ciudad, en la zona de chacras. Mucho verde, muchos pájaros, y hasta el cielo de los árboles llegaba el canto misterioso de las ranas. Sobre el techo de chapas escuchaba la llegaba de la lluvia de pájaros. Sucedía a veces, en las mañanas. Un manto de aves oscuras se posaba sobre el techo. Saltitos, filos apenas punzantes. Los picos hurtando bichitos, basuritas: llegaba entonces la lluvia sonora sobre las chapas tibias. Cuando recién asomaba el sol.
Recuerdo el hogar en la sala amplia, la chimenea, y la llegada del último otoño. El fuego en los troncos. Mirando el fuego comprendí su entidad como ser vivo. Además es artista. En el fuego, creo, sospecho, viven, recuperan la vida muchos de nuestros muertos. El fuego dibuja sobre la madera roja. Sobre un tronco vi la cara de Gabriel, en otra descubrí a mi tío Juan, el hacedor de las lámparas de luz difusa que iluminaban mi casa en la zona de chacras, la casa del silencio en la noche, la que mejor acompañó el trago de whisky en los finales del día.
Una noche de ese otoño seguí el impulso. Fundé botella nueva, quebré la rosca, y descorché la memoria en tragos cortos, reflexivos.
No era nuevo en el ejercicio de la memoria. Fui escritor, jugué a hacer periodismo. Conté historias, escribí algunos libros. Guardé las palabras de otros, de escritores y de gente de barrio. Todo es materia, sustancia de la memoria. Cada relato puede tener su propio nido.
Aquella noche de otoño recosté un par de lágrimas en una idea, y mis ojos sobre el fuego. Escuché su voz, porque el fuego también dice, cuenta. Pasaron horas.
Toda oscuridad sueña con una caricia de luz. Una primera astilla del amanecer que correspondía a mi noche, pasó vidrio y cortina, y la luz empezó a ser murmullo entre mis almas. Era tiempo de amanecer.
Siempre seguí los impulsos. Con las mujeres, con la escritura; cuando mis manos recorrían el estante de una biblioteca. La caricia manda, cara o cruz, después se verá.
El impulso fue correrme del fuego y llegar hasta el ventanal que da al fondo de la casa.
Aparecía la luz filtrada entre las ramas y la altura de los árboles. El sol iniciaba su tránsito de alta en el cielo. Una vez más, bandera de la vida. En mi jardín daban su presente el espinillo, a la derecha del terreno, y el joven jacarandá, en el centro.
Fue entre estos árboles que descubrí el carro pobre hecho de niebla. La luz lo tallaba en la bruma, aparecieron las ruedas, el simulacro de ellas, y las barandas. Un carro de campo. No había caballos. Una vez formada la presencia -resuelta en unas pocas pinceladas, como pintaba mi padre- aparecieron los fantasmas. Rodeaban el carro. Diez fantasmas. Reconocí a Cachete, un artista plástico amigo de mi padre. Nacido en Gualeguay y muerto en Buenos Aires. Gualeguay es una ciudad que vive en el límite, mucho vivo que aún no se entera de su condición, y tanto muerto devenido en buen fantasma que sigue de ronda en los amaneceres. Los fantasmas, hasta que salen de juego y encuentro, habitan las copas altas de los árboles del Parque Quintana, a la orilla del río.
Recuerdo el carro pobre tomando altura. Recuerdo sus pasajeros: habitués de esta aldea.
Recuerdo el llamado de Cachete, fue con su mano de pintar.
Recibí la luz de lleno. Miré el fuego.
Recuerdo a mi hija jugando alrededor del jacarandá que crece en el centro del terreno, en el jardín del fondo. Tenía tres años. Aquella vez tomé la foto que guardo en la memoria.

Vivo de recuerdos. Fui sombra. Mi hija jugaba en torno al jacarandá. Soy un puñado de cenizas cerca de su raíz.