La práctica de la escritura casi siempre
abre la puerta de la memoria. También abre la susodicha puerta la lectura, el
regreso a aquello que fue escrito. Escribir estar fotos fue jugar a las
palabras. Al intento de escribir cuentos. Se escribe aferrado a una enamorada
del muro. Enredándose. Siguiendo los caminos en la pared blanca de la vida. Y
se vuelve a escribir lo ya escrito hurgando en los detalles que fueron tenidos
en cuenta para, precisamente, escribir aquello que hoy retorna del pasado.
Brisa blanca
Ayer pensaba, con la vista puesta en el
jardín del fondo, en la llegada del frío. Mi casa supo estar dentro de una
tempestad en una de esas noches en que la luz ciertamente habita en los cielos.
Rayos y truenos. En los recortes caprichosos del flasheado, el paisaje en la
zona de chacras se desdibuja. Árboles que parecen olas, luces débiles sugieren
botes pobres de condenados pescadores del Gualeguay. Anoto el nombre de mi
ciudad y pienso en Las Tierras Blancas del maestro Manauta, donde todo se transforma
salvo la miseria. Mi casa también estuvo dentro de una niebla fantasma. Era
verano, y recién cerca de las ocho de la mañana, los fantasmas que tiraban del
mundo etéreo comenzaron a izar el barrilete de las almas. Sucede: a Gualeguay
también la habitan sus muertos, los espíritus que se quisieron quedar en ella
en lugar de derivar hacia los confines de la naturaleza. Imagino entonces que
con la llegada del frío, mi casa, donde se refugia el testigo, quedará rodeada,
en poco tiempo, de una brisa blanca, esas brisas que trabajan toda la noche
para dejar crocante el pasto y quebradizo el charquito de juguete. A Julia, mi
hija, le hago tostadas y le digo que es pan con ruido. Estoy ansioso porque
conozca el pasto y el agua con ruido de galletita. Manos chiquitas descubriendo
mundos sonoros. Imagino que el jacarandá y el espinillo serán destino de
pequeños silbidos de escarcha. Silbidos helados avisando en la estación que los
días grises han llegado. La letanía que llega desde el universo de las ranas de
la arboleda cercana, sabrá entender el silbido. Estoy ansioso por volver a
pisar pasto escarchado como cuando caminaba a orillas del ferrocarril Urquiza,
en Martín Coronado, rumbo a la escuela. Todavía llevo al pibe riendo: recuerda
el frío pegado al caminito de durmientes. Madera fuerte bajo un manto de
alquitrán. Cobertura negra y sobre la repostería, la pátina transparente,
silenciosa, de la escarcha. Una brisa blanca llega desde lejos, es la de ayer y
es la de mañana.
Con su blanca palidez
Una mujer blanca como el azúcar trabaja
sobre el océano palabrero. Construye una identidad, la suya. Acaricia el
teclado como solo puede hacerlo una mujer. Hay una cuota de erotismo en ello.
Las manos delicadas van y vienen montadas sobre el ratón. El pensamiento atento
a la palabra dictada en el ciberespacio. Aparecen unas fotos, podría afirmarse
que iguales, o casi, a las de ayer o a las de antes de ayer. Ella apenas las
mira. De las manos nace un registro que se funde en la identidad de quien
escribe, en las almas desde donde la inteligencia funda una manera de ser, de
relacionarse con el mundo y sus criaturas. Piensa en el hombre, porque es un
hombre el que espera en el otro extremo de esta historia. El movimiento que
ella hizo sobre el teclado fue ínfimo. Miró como para asegurarse de que la
señal fuera la correcta. Ella se adivina una mujer dulce, y dulce es, se lo
decía a una amiga, su hacer a través de la palabra y la imagen. Lleva años
repitiendo la ceremonia: no hay cansancio, no hay otro estímulo que la desvíe
de su quehacer y compromiso. Es cierto que la felicidad existe, y que se la
puede encontrar en distintos lugares, porque no hay un mundo solo: hay otros
mundos, pero están en este. No recuerda quién lo escribió. Una vez segura de lo
escrito, se dispuso a hacer el envío. Soltó las amarras del mensaje y el
ciberespacio engulló su presencia, su esencia, en un instante. Alcanzó a
leerlo: Ja. Enseguida picó fuerte al pie de las fotos: me gusta, y se sintió
libre. Le contaron, no se acuerda quién, que hubo mujeres esclavas, pero ella
también está libre de culpa.
Creer en fantasmas
El cartógrafo garabateó una época
insípida. En ella respiro días plenos de simulacros cotidianos y mediocres,
momentos amarretes nacidos en la precariedad de los sentimientos y las ideas.
Ayer, una casa embrujada era, a no dudar, una casa para el julepe. La casa se
teñía de su condición desde los cimientos de la historia, y sus fantasmas
adherían por convicción. La vida y la muerte tomándose su tiempo. Hoy todo se
cocina rápido: a probar el sabor del “meta palo y a la bolsa”. La cocina madre
de esta sociedad es propensa a parir dioses de cinco minutos. Luego, todo se
desmorona en igual lapso. Pasa con los creadores de casas embrujadas, pasa con
los contadores de historias. La imagen asusta: la imposibilidad de reconocer
una tumba, un recuerdo, una memoria. El mundo de la cáscara patina atiborrado
de creadores de mentirita: los chirridos de las cadenas que llevan los muertos
son una lágrima y acompañan historias amasadas por los escribas que no se
animan al riesgo del firulete creativo. Igual pasa en el mar, porque dónde
quedaron los fantasmas de los barcos hundidos, de qué manera botar navíos
fantasmas, cómo esperar el descubrimiento en el futuro de los restos de
misteriosos naufragios. Detesto las copias desabridas con las que se revuelve
el caldo de la mayoría de las historias que pruebo. Quién podrá escribir sobre
fantasmas de irreprochable parada ética, quién encontrará escritores que miren
la cara del viento, quién hallará, en definitiva, capitanes que se vayan a
pique defendiendo sus palabras, su campana, esa bonita manera de vivir creyendo
en fantasmas. Dicen que los hay, y doy fe.
Cruzado
Me
enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en los tiempos
en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor. Lo acepté
porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego y la
venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me enseñaron
a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz. Ay, la
cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es como
colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el
fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que
aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El
cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi
cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La
misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros,
también me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se
mantiene en el tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el
mundo sobre el que se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias,
hombres sin alma, sin la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron
ellos junto a la cruz que reza en la empuñadura de la espada, junto a los
templos, y contaron la historia, y de alguna manera, los que escribieron
simulacros como el que llevo en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y
el mundo progresivamente fue dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el
engaño: ellos siguen enseñando un mundo diferente al que aparece en los mapas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario