Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Textos recobrados 2


 

La práctica de la escritura casi siempre abre la puerta de la memoria. También abre la susodicha puerta la lectura, el regreso a aquello que fue escrito. Escribir estar fotos fue jugar a las palabras. Al intento de escribir cuentos. Se escribe aferrado a una enamorada del muro. Enredándose. Siguiendo los caminos en la pared blanca de la vida. Y se vuelve a escribir lo ya escrito hurgando en los detalles que fueron tenidos en cuenta para, precisamente, escribir aquello que hoy retorna del pasado.

 

 

Brisa blanca

 

Ayer pensaba, con la vista puesta en el jardín del fondo, en la llegada del frío. Mi casa supo estar dentro de una tempestad en una de esas noches en que la luz ciertamente habita en los cielos. Rayos y truenos. En los recortes caprichosos del flasheado, el paisaje en la zona de chacras se desdibuja. Árboles que parecen olas, luces débiles sugieren botes pobres de condenados pescadores del Gualeguay. Anoto el nombre de mi ciudad y pienso en Las Tierras Blancas del maestro Manauta, donde todo se transforma salvo la miseria. Mi casa también estuvo dentro de una niebla fantasma. Era verano, y recién cerca de las ocho de la mañana, los fantasmas que tiraban del mundo etéreo comenzaron a izar el barrilete de las almas. Sucede: a Gualeguay también la habitan sus muertos, los espíritus que se quisieron quedar en ella en lugar de derivar hacia los confines de la naturaleza. Imagino entonces que con la llegada del frío, mi casa, donde se refugia el testigo, quedará rodeada, en poco tiempo, de una brisa blanca, esas brisas que trabajan toda la noche para dejar crocante el pasto y quebradizo el charquito de juguete. A Julia, mi hija, le hago tostadas y le digo que es pan con ruido. Estoy ansioso porque conozca el pasto y el agua con ruido de galletita. Manos chiquitas descubriendo mundos sonoros. Imagino que el jacarandá y el espinillo serán destino de pequeños silbidos de escarcha. Silbidos helados avisando en la estación que los días grises han llegado. La letanía que llega desde el universo de las ranas de la arboleda cercana, sabrá entender el silbido. Estoy ansioso por volver a pisar pasto escarchado como cuando caminaba a orillas del ferrocarril Urquiza, en Martín Coronado, rumbo a la escuela. Todavía llevo al pibe riendo: recuerda el frío pegado al caminito de durmientes. Madera fuerte bajo un manto de alquitrán. Cobertura negra y sobre la repostería, la pátina transparente, silenciosa, de la escarcha. Una brisa blanca llega desde lejos, es la de ayer y es la de mañana.

 

Con su blanca palidez

 

Una mujer blanca como el azúcar trabaja sobre el océano palabrero. Construye una identidad, la suya. Acaricia el teclado como solo puede hacerlo una mujer. Hay una cuota de erotismo en ello. Las manos delicadas van y vienen montadas sobre el ratón. El pensamiento atento a la palabra dictada en el ciberespacio. Aparecen unas fotos, podría afirmarse que iguales, o casi, a las de ayer o a las de antes de ayer. Ella apenas las mira. De las manos nace un registro que se funde en la identidad de quien escribe, en las almas desde donde la inteligencia funda una manera de ser, de relacionarse con el mundo y sus criaturas. Piensa en el hombre, porque es un hombre el que espera en el otro extremo de esta historia. El movimiento que ella hizo sobre el teclado fue ínfimo. Miró como para asegurarse de que la señal fuera la correcta. Ella se adivina una mujer dulce, y dulce es, se lo decía a una amiga, su hacer a través de la palabra y la imagen. Lleva años repitiendo la ceremonia: no hay cansancio, no hay otro estímulo que la desvíe de su quehacer y compromiso. Es cierto que la felicidad existe, y que se la puede encontrar en distintos lugares, porque no hay un mundo solo: hay otros mundos, pero están en este. No recuerda quién lo escribió. Una vez segura de lo escrito, se dispuso a hacer el envío. Soltó las amarras del mensaje y el ciberespacio engulló su presencia, su esencia, en un instante. Alcanzó a leerlo: Ja. Enseguida picó fuerte al pie de las fotos: me gusta, y se sintió libre. Le contaron, no se acuerda quién, que hubo mujeres esclavas, pero ella también está libre de culpa.

 

Creer en fantasmas

 

El cartógrafo garabateó una época insípida. En ella respiro días plenos de simulacros cotidianos y mediocres, momentos amarretes nacidos en la precariedad de los sentimientos y las ideas. Ayer, una casa embrujada era, a no dudar, una casa para el julepe. La casa se teñía de su condición desde los cimientos de la historia, y sus fantasmas adherían por convicción. La vida y la muerte tomándose su tiempo. Hoy todo se cocina rápido: a probar el sabor del “meta palo y a la bolsa”. La cocina madre de esta sociedad es propensa a parir dioses de cinco minutos. Luego, todo se desmorona en igual lapso. Pasa con los creadores de casas embrujadas, pasa con los contadores de historias. La imagen asusta: la imposibilidad de reconocer una tumba, un recuerdo, una memoria. El mundo de la cáscara patina atiborrado de creadores de mentirita: los chirridos de las cadenas que llevan los muertos son una lágrima y acompañan historias amasadas por los escribas que no se animan al riesgo del firulete creativo. Igual pasa en el mar, porque dónde quedaron los fantasmas de los barcos hundidos, de qué manera botar navíos fantasmas, cómo esperar el descubrimiento en el futuro de los restos de misteriosos naufragios. Detesto las copias desabridas con las que se revuelve el caldo de la mayoría de las historias que pruebo. Quién podrá escribir sobre fantasmas de irreprochable parada ética, quién encontrará escritores que miren la cara del viento, quién hallará, en definitiva, capitanes que se vayan a pique defendiendo sus palabras, su campana, esa bonita manera de vivir creyendo en fantasmas. Dicen que los hay, y doy fe.

 

Cruzado

 

Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor. Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz. Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un mundo diferente al que aparece en los mapas.

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