Óleo negro
Puede ser una pintura de mi viejo. En
este mundo cruel. Puede ser. Él está de regreso. De pie en el centro de su
universo. Frente al caballete. En su taller. La paleta de gamas bajas permanece
sobre la mesita alta. La materia dispuesta en ella ha muerto. Sobre la paleta
sólo recuerda el óleo negro. Que no es un color. Alabada y temida sea la
ausencia de la luz. Y lleva apenas -como simulando un accidente, en un extremo
de la paleta- un detalle de neblina. Un rastro. Porque sabe el artista pintor
que por algún resquicio en el cielo asomará la Luna. Y sabe el buen fantasma de
mi viejo que sobre la superficie que cubre la camiseta de Bochini, en un
paquete, dentro de una bolsa, está él mismo hecho cenizas. Los fantasmas
siempre conocen los detalles del después. El pincel grande que tiene en su mano
izquierda está empastado de óleo negro. De noche espesa. De noche de la pura.
Nunca escuchó cantar pidiendo que se pintara todo de negro. Amasa la materia.
El pincel es grande. Como corresponde, el pincel es negro. En su momento, con
marcador negro, Bochini, firmó la camiseta de Independiente. Es lógico que
primero pinte el bote. El soporte de cartón es vertical. El bote queda alto.
Flota sobre mucha agua. El bote es negro. El agua es de un río negro. Hay dos
hombres en negro. Pequeños. Insignificantes. Simples humanos en un mundo tan
vasto y negro. Un hombre de pie. El otro sentado. En el agua que parece querer
escaparse del recorte de la superficie que le toca en suerte, flotan cuatro
puntos de luz. La constelación que flota sobre el río será la magia que
liberará la neblina rodeando al bote. La Luna quebrará el cielo para alumbrar
la neblina que marcará los contornos de la composición nacida desde la materia
negra. Mi viejo se ha ido. De seguro volverá para hacer algún retoque. Casi
todo amanece negro en este mundo cruel.
Adoquines
El hombre joven come de una bandejita de
plástico. Adivino. Supongo. Algo parecido a un guiso. El hombre sentado sobre
el cordón de la vereda angosta. Sobre la callecita en diagonal. Sus piernas
estiradas sobre los adoquines. Sopla un viento frío de mediodía de agosto. El
hombre come apurado. Con miedo a que lo descubran infligiendo alguna regla
ciudadana. O con vergüenza de que en estos tiempos de hambre, él aún tuviera
algo para comer. El hombre joven come de una bandejita de plástico
transparente, con cuchara de plástico blanca, y con el conjunto disimulado
dentro de una bolsita plástica y blanca de mercadito chino. El hombre come
dentro de la equis de su destino. Butteler, una calle con forma de equis. La
calle no es de plástico. Por ella se puede ir y regresar del misterio. La
escena sucede camino a la plazoleta Escondida, a la plazoleta Butteler, a la
plazoleta Enrique Santos Discépolo. Otro hombre, el que observa la foto en el
cuerpo de la urbanía –yo, el narrador-, detiene su mirada sobre los adoquines.
Y recuerda una foto donde se ven unos pocos adoquines y, entre ellos, un riel
maltrecho por donde otrora circulara el tranvía. El metal parece hundir su
extremo en la tierra. En el secreto. Recuerda ese otro hombre la mañana que
estuvo caminando con su padre sobre los adoquines de Oruro, casi tocando
Humberto 1º, cuando el trazado de la calle se curva frente a la casa de cuento
de terror, y Oruro, sin tener forma de equis, simula ser la cola de una
serpiente. Incógnita del destino que se lleva, en el tren de la basura, los
escombros de la memoria de esta vida.
Mesa



