Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 16 de abril de 2012

Una historia para Julia (I)





La certeza se pierde. Apareció tu nombre, no sé cómo, junto a otro: Lucía. Pero rápido fuiste Julia. Cuando empezamos a nombrarte, recordé el tema de Los Beatles: Julia, de Lennon y McCartney, pero mucho más de John porque Julia fue su mamá. Letra y melodía: un rastro fileteado de amor y recuerdo. Fue después que mi amiga Mónica, López como la llaman en su casa, ella es escritora y periodista, preguntó: Escuchaste Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo y cantada por Paco Ibáñez. No, no la habíamos escuchado y la busqué. Después de escucharla fuiste cien veces Julia. Soñé, te soñé conociendo este himno de vida. Una manera de ser, de movida nomás, muy sincero con vos. La vida es hermosa, y lo será más con tus ojos en nuestro barrio. También es bueno que sepas que nada se regala en los días que nos tocan. Cuando te nombré las primeras veces recordé a una tía de mi mamá, guardo su imagen desde mi infancia, la tía Julia, y nunca olvidé una sensación, además de su cara y su pelo rubio, me quedó su bondad: en mí quedó su cariño.
Quiero decirte que sólo creo en las personas, en aquellas que llegan a ser buena gente, la mayor distinción a alcanzar. Te sueño buena piba, una persona solidaria, amiga, hermana, compañera.
Nena, la primera vez que te vi tenías veintitrés milímetros. Vi cómo latía tu corazón en el alma de tu mamá Evangelina: tu corazón dentro de un cuerpo de fideo moñito de los más chiquitos.Hace unos días te vi la cara, ibas de ojos cerrados esperando el día. Una de tus manos tapaba tu boca, claro, la sonrisa es para los primeros días de mayo.

San Cristóbal, Boedo y Martín Coronado en mi barrio (fragmento)








Hace veinte años que conservo un reloj de arena entre las señales físicas que anclan mi vida a la memoria, mi gente, mi casa y el barrio. En realidad es un reloj de mentirita, apenas un juguete, un simulacro basado en aquellos otros con cuerpos de metal o madera vieja y con vidrio nacido en la cantera del último misterio, esas máquinas del sueño que tomaban temperatura a través de la caricia de una arena amanecida en alguna costa olvidada. Mi simulacro está construido, y otra vez los diminutivos, de maderitas y arenita, y lleva vidrio pequeño de imitación. Pero me queda claro que en él, a través de su alma, circula, transita, mi amigo, el tiempo, que ofrece una vez más un trago en vaso chico, ofrece el elixir de lo vital y lo frágil, un tinto inevitable cosechado en la más pura y eterna dualidad: felicidad y desamparo, y por favor: todo a fondo blanco.El relojito tiene doce centímetros de altura, me acompañó por todas mis casas provisorias, y tengo la costumbre de volcarlo cada día para que fluya su sangre, de color celeste y símil arena, durante el minuto con cuarenta segundos que tiene de caminata entre nacimiento y muerte. Es una pequeña ceremonia, un saludo a la vida, que hago cada vez que, por accidente o por elección, detecto su presencia en el paisaje. Es el tiempo que respira, sí, siempre el tiempo y su hermana, la memoria. El tiempo transita, y nosotros en él, con él. El susodicho es el empujón que nos lleva tanto hacia el mañana como al barrio de los recuerdos; que sigue siendo barrio, pero algo distinto, guarda calles y coincidencias antojadizas, es barrio con un aire cargado de mucha verdad y mucha mentira, aire que respira en coctelera salvaje en la que además se anotan nuestros sueños. Por suerte me sucede que, si de barrio se trata, siempre conservo más de una certeza. Si bien siempre hay invitaciones para la elucubración literaria, sé cuáles son las calles por donde circula la esencia de mis patrias internas.

domingo, 18 de marzo de 2012

Mi vida como fantasma









Ocurre cada vez más seguido. Pienso en mi vida como fantasma. Cuando mañana sea la muerte fundiré mis almas en la simulación de la ausencia. Lo pienso como conjuro contra la Parca, porque, tristezas a silencio, es esta vida una maravilla para disfrutar hasta el último trago. Una vez recibido de fantasma debo tener ya visto un lugar de ronda. Mi amigo Gabriel, uno de los fantasmas que me acompañan en este mientras tanto de los días, eligió andar de recorrida en los alrededores de la cima del Mogote Bayo, en Merlo, San Luis. Con seguridad disfruta al contemplar desde la altura la extensa calma de un valle que al minuto deviene en mar. Porque el cerro es proa de navío, mirador marino, astilla verde en el aire verde de las sierras. En pensamientos reiterados llegué a imaginarme en una altura y de cara a uno de los mares posibles. Igual que Gabriel, me dije. Él mira el valle y ve el mar, mira el mar y ve el más allá. Pienso en la mejor de las rondas en mi cotidiano de fantasma: rondar un lugar desde donde todavía permanezca cerca, y un lugar desde donde pueda otear el más allá. Rondar así un tiempo hasta que perdamos la ansiedad por nuestra gente, porque se debe rondar extrañando. Mi lugar de ronda será en los barrios aledaños a un faro, un farol, mi último farol, como cuna para la otra vida: rondando en la tierra para mejor ver en el sueño. Una ola de gran porte saludará mi llegada. Elijo un faro viejo con memoria, dejo lo nuevo para los que sólo se ensuciaron en presente. Elijo un faro en Portugal, se cuenta que por sus costas vive de ronda el fantasma de Fernando Pessoa.

Texto aparecido sin firma (en el marco de un pedido de mejoras laborales por parte de los periodistas de los diarios) en el suplemento cultural de Tiempo Argentino (18/03/2012).

Los muertos de abril



Ocurre cada vez que se acerca abril. Pienso en los muertos, en los que se quedaron en las islas. Y pienso también en los muertos que de a poco empezaron a morir en las islas para luego ser enterrados acá, en casa, en la patria. Cuando abril se acerca, de manera inevitable, me voy en recuerdos y pensamientos.
Mi servicio militar obligatorio terminó veintitantos días antes del desembarco. Veo a mi vieja llorar por los rincones de la cocina de la casa de Martín Coronado. El fantasma de la reincorporación casi se la lleva de la mano.
Un soldado clase 62: en ese momento de la vida yo era un reverendo estúpido. No pensé en la guerra. Mi reacción frente a los hechos fue saber que no quería volver a cortar el pasto del ejército argentino, que no quería que ningún integrante del arma volviera a humillarme, y tampoco a golpearme porque simplemente el Estado autorizaba por ley la construcción moral de los hombres dignos, únicos habitantes deseados para una patria gloriosa como la nuestra. Y no quería volver a pensar en mis ganas de acomodar un disparo de 7,62 en la cabeza de mi cabo, mi cabo primero, mi sargento: la primera línea de pobres colocada por el poder vertical en contra de los más pobres del cuartel. Los oficiales a los que también fantaseé con descontar paseaban a caballo disfrutando del paisaje que les brindaba la casta.
No fui a Malvinas. No volví a la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. No volví a estar en manos de la escoria armada. No volví a hacer guardia cerca del campo de concentración cercano; lo supe después: fue como haber ayudado a los carceleros. No volví a andar armado con fusil automático liviano en la estación José León Suárez husmeando los documentos de la gente que iba al trabajo. Fue una de las suertes que tuve en mi vida: no volví. En Campo de Mayo no me hice hombre, y sí aprendí las peores prácticas: robé, odié, no fui solidario, y hubiera matado, pero no al chileno al que debía apuntarle en el polígono, sino a ellos, los enemigos de la vida.
Hoy me sigo preguntando si la susodicha gesta puede ser llamada patriótica, ¿lo es cuando una dictadura fue la que dio la orden, la que se enancó sobre la bastardeada idea de patria con el solo fin de sostenerse en el poder? Una dictadura te manda a la muerte por pura especulación política, y como quien no quiere la cosa, ay cómo se amontona el tiempo, el rastro de los asesinos deviene en conveniente pompa. Queda la gesta, se liman los detalles, lo de siempre, avivemos el fuego sagrado de la historia que pide héroes, esa maldita necesidad de parir dioses y apostar las fichas del juego al más allá en detrimento del aire puro sobre esta única tierra y esta única vida. Pasan los años y sigue flameando la consigna “volveremos”: estuvieron ahí y gritan “volveremos”, ¿a qué?, ¿a ser engañados otra vez?
Las islas pertenecen al país y estoy con el reclamo civilizado. El circo de las armas montado en estos días por extraños y conocidos sólo condimenta con barullo la cuestión. Y con barullo, se sabe, pocos son los que escuchan.
No lo puedo evitar, me acuerdo de los muertos, de todos los muertos, los de abril, y en ellos no veo, no puedo ver héroes. Ellos son víctimas de la misma dictadura a la que le iba mejor pateando puertas en la noche.Llega abril, un nuevo abril. Ellos, los muertos. Treinta años de historia y en el paisaje de la memoria, ellos, siempre ellos, los asesinados por la dictadura.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Noticia: Guía de Buenos Aires (una ficción) se ha vestido de libro: los interesados hacer señales de humo, muchas, pero muchas gracias




Buenos Aires es nao y misterio. Una damisela nacida entre el viento y la garúa. La ciudad es galaxia que guarda universos chiquitos. Buenos Aires bien puede ser un tren de vagones ligeros que discurre debajo de un puente: la vida que se acaba y el intento de soplarle la eternidad a la muerte. Sobre el puente siempre pueden alistarse los observadores: una feliz manera de conocer el murmullo amanecido, sucede cuando las historias se dejan ver en su tránsito cotidiano.


Edgardo Lois




Historia previa

Desde que conozco el trabajo fotográfico de Eduardo Noriega que juego a imaginar un libro con sus fotos y mis palabras.
Varios cafés, en el Margot (Boedo) y en el Cao (San Cristóbal), sellaron el acuerdo. Eduardo me acercó una buena cantidad de fotos y seleccioné cincuenta y cuatro. En ellas descubrí que había una ruta, un viaje o flecha indicadora que traía la mirada desde la provincia de Buenos Aires hasta la ciudad. Noriega es fotógrafo urbano, lo suyo es la calle y su gente, y nuestra pequeña galaxia respira en buena salud dentro de su trabajo, una de esas paradas que llevan, como debe ser, toda la vida. Le dije que ya tenía la Guía de Buenos Aires y partí de juego con la escritura.
Escribí sobre Antonio, un personaje de ficción que sueña, camina, que transita la vida atento a los recuerdos, a los pensamientos. La ciudad es el gran plano general, la presencia madre.El recorrido llegó a su fin: libro terminado, descubierta una de las ciudades posibles.

martes, 15 de noviembre de 2011

Manolo









Quien observara la escena desde afuera podría pensar que a Manolo le dolía algún tramo de su aparato digestivo. Parecía que recibía descargas, tirones, puñaladas en el costado y, como manera instintiva de respuesta, sin que su cara revelara ni la sombra de la enfermedad, manoteaba desesperado su costado buscando calmar la punción del supuesto dolor amanecido.
El hipotético observador, de haber seguido la secuencia de los movimientos del condenado podría, de ser un mirón perspicaz, notar que el horror se disparaba cada vez que se hacía la luz, contrariamente a lo que indica uno de los postulados de dicho género: si hay que sufrir nada mejor que la oscuridad.
Es dudoso que el observador imaginara además molinos de viento como si fueran los gigantes que despedían la susodicha luz.

La noche era de misa y fiesta grande. Evangelina cumplía sus quince años cuando Manolo Gálligo, cual Napoleón sin chaqueta que lo cubra, parecía representar su escenita de dolor. Era la noche del 29 de julio de 1993. El lugar geográfico: la ciudad de Gualeguay, Entre Ríos. Un segundo antes de dispararse el flash de la nueva foto, se escuchaba la voz de mamá Olga: Manolo, la mancha. Así le gritaron durante toda la noche al joven hoy conocido como el Manolo de la mancha (casi un círculo, unos cinco centímetros, sobre el pulóver claro).

Barcos fuera de lugar





Un barco descansa sobre una terraza. Un barco fuera de lugar flota sobre la casa japonesa. El corrimiento espacial hace posible la extraña presencia. La naturaleza en su condición fundante colocó la rareza sobre territorio nipón. Hubo un primer barco, luego otros. Ocurre siempre, menos los panes todo puede multiplicarse. Un barco fuera de lugar puede o debería agitar la memoria. Porque un barco puede ser barco, pero también puede ser hombre. Alguna vez le escuché decir a mi tío Juan: Yo fui un barco fuera de lugar toda mi vida. El hombre, o mejor, algunos hombres, pueden vivir como barcos exiliados en tantísimos lugares: barcos fuera de lugar en el sueño que acomoda navegaciones mar afuera y mar adentro.
La primera vez que vi un barco fuera de lugar fue en la película Aguirre, la ira de dios de Werner Herzog. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, adelantado y capitán general del Río de la Plata (1490-1564), en su libro Naufragios y comentarios, da una primera pista sobre el caso de estos barcos, refiere un caso posterior a una gran tormenta: El lunes por la mañana bajamos al puerto y no hallamos los navíos; vimos las boyas de ellos en el agua, adonde conoscimos ser perdidos, y anduvimos por la costa por ver si hallaríamos alguna cosa de ellos; y como ninguno hallásemos, metímonos por los montes, y andando por ellos, un cuarto de legua de agua hallamos la barquilla de un navío puesta sobre los árboles... Herzog llevó el barco pequeño de Álvar Núñez a Aguirre... y lo colgó como adorno navideño de uno de los árboles del Amazonas. Herzog filmó otro barco fuera de lugar en la inolvidable Fitzcarraldo.
El cineasta norteamericano Jim Jarmusch filmó en 1999 su película Ghost dog, conocida por estas tierras como El camino del samurai. Fue en ella donde vi otro barco fuera de lugar. Consultado Jarmusch por la escena, contestó: En esa escena hay tres personas que tratan de realizar sus sueños, que son muy extraños, todos son personajes extraños, ninguno habla el mismo idioma y sin embargo todos comprenden ese sueño y no les importa lo que piense el resto del mundo; van a tratar de realizar sus propios sueños. Luego Jarmusch relata el origen de la escena: Unos amigos míos vieron a un hombre construir un barco grande en la azotea de una casa de vecindad en el bajo Manhattan; todos dijimos al unísono, ¿cómo lo va a bajar de ahí?, recordé esa historia y la incluí en el film. Efectivamente, dos personajes ven desde una terraza al hacedor del barco en un techo más bajo.
Fue después de estos hallazgos que tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un barco fuera de lugar. Ocurrió en Merlo, San Luis, en enero del año 2000. Llegué hasta el Algarrobo Abuelo, un árbol imponente con mil años de edad. Mi guía me llevó por el sendero cercano al algarrobo que llega hasta la casa de Orlando Agüero, descendiente del poeta puntano Antonio Esteban Agüero. Luego de atravesar un portal hecho de plantas apareció ante mis ojos un barco. La nao de Orlando permanecía fija en medio del verde de las Sierras de los Comechingones, una especie de velero de regular tamaño que estaba en plena construcción y que era sostenido, en un surrealista e intrigante simulacro de dique seco, por troncos de árboles. Orlando, el capitán, declaró: Voy a zarpar cuando consiga la plata para el rescate, porque uno es un prisionero, es rehén de la sociedad, primero tenés que tener la plata para mantener el lugar para el regreso. Aquella tarde, Orlando dio detalles sobre construcción, instrumentos y materiales, y sobre cómo sacaría su barco a través de las sierras. El pequeño Fitzcarraldo merlense tenía una mirada extraña, celeste, nerviosa, apasionada, una mirada que seguramente confundía con agua las lejanías del Valle del Conlara.
Tal vez el constructor de Jarmusch también contara con el regreso, quizá también ahorrara para pagar el rescate y así poder navegar hacia su mar interno. No hace mucho, mi tía Marta, que vivió más de treinta años con mi tío Juan en las tierras de la corporación imperial del norte, dijo: No sé si le pasa a todos, pero el argentino siempre quiere volver. Sabido es que Ulises volvió al barrio que lo vio nacer, entonces no es la condición de argentino la que cuenta, sino la humana necesidad de volver. Pero autores como Alejandro Dolina o Rubén Derlis esgrimen sobradas razones que prueban la imposibilidad del regreso. Es imposible volver dos veces a la misma mesa de café, ya lo manifestó en secreto Heráclito, pero distintos pueden ser los regresos. Para volver, para tener ese impulso, magia, locura, melancolía por, saudade de, hambre y desesperaciones varias por el susodicho regreso, como si de una restitución de derechos se tratara, para arrimar a la costa desde la espuma del sueño o desde el destierro más injusto del universo, primero hace falta haberse ido, primero hace falta haber sido expulsado. La misma vida que hace posible el barco es la que lo lleva otra vez al árbol, a la terraza, a las sierras. Los barcos fuera de lugar acercan además a los regresos del espíritu, regresos que los hombres tratan de anclar en los puertos serranos, plenos de árboles amazónicos y de terrazas pintadas en eterno celuloide. Que el regreso físico sea imposible duele, y por ello los intentos por gambetearlo; en cuanto al regreso del espíritu, no hay Heráclito de chamuyo que valga, porque alcanza con el recuerdo y con las ganas que haya tenido cada uno a la hora de hacer esquina durante su vida. A mi tía le dije: Si hiciste bien tus deberes, volvé cuando quieras.
La naturaleza de esta sociedad decreta oleaje brusco. Daños colaterales, reminiscencias de la cachetada que se siente en el aire globalizado de la gran corporación planeta Tierra. Barcos fuera de lugar en las esquinas de las grandes ciudades, y mucha fruta recién cortada para el comentario de color en la pantalla de la televisión, comentarios equivocados o tendenciosos mientras toda la carne, la única a disposición, queda bien dispuesta sobre el churrasquero de la vida. Barcos sobre terrazas, entre los árboles, colgados en las sierras, esperando, filosofando, mientras se piensa en el espíritu que haga posible el rescate. Barcos en el silencio, haciendo la vida, como hizo mi tío, como lo hago cada vez que escribo, cada vez que pienso en las líneas del poeta David Álvarez Morgade: Mira fijamente el silencio / (Verás crecer un árbol), / Mira fijo un árbol / (Verás crecer el silencio), / Mira el fondo de mis ojos, / Allá, infinito, un barco / (Siempre un barco).

Publicado en Tiempo Argentino 13/11/2011