Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 15 de octubre de 2020

De "Acrílicos y escrituras (memorias en pintura y tinta)". Pincel: Rolando Lois.

Patio de conventillo

15

Existió un 15 de octubre del año 30

y una vida de pibe en conventillo de San Telmo

tantas piezas en la ciudad puerto

y una casa chorizo en Boedo.

 

El fuego masticó el colchón de Virginia

patio de conventillo: Independencia al 700

memoria y llanto por la hermanita muerta

la pena creció como yuyo fuerte: difteria.

 

De tan pibe que fue se hizo hombre, mi padre.

 

Habla, sigue hablando

pintando pequeñas historias

antes y después de su muerte.

 

De tanto escuchar sucedidos

quise contarlos y entonces la tinta

y porque además mi abuelo, su padre

también fue hombre de ejercer la vida

anotando la palabra.

 

Desde el 30 llega este 15 de octubre

tocaba 90 y hace casi un año que sos

presencia en la ausencia, puñado de memorias.

 

Escribo sucedidos.

Buenos Aires aún espera.

sábado, 10 de octubre de 2020

Anotación vírica VI

Francisco Lazo Toledo
Sexta selección de Mientras tanto:

Ese poder de la criatura para asestar el garrotazo, la patada, la bala. Para arrodillarse sobre el cuello de un hombre indefenso, para apuntar con posta de goma al ojo de quien resiste el atropello. También la criatura que atropella a un pibe con su camioneta de propietario. Siempre el mismo pensamiento. Vuelvo a él: ese poder hacer de la criatura humana que, alquilada por los dueños de todo –oficio que, con puerta abierta, siempre necesita trabajadores-, le rompe la cabeza al vecino del barrio, que nada más se manifiesta a favor de la vida. Que en barrios vivimos todos. Menos los dueños. Los Ellos, los que mandan a patear a los osados, los revoltosos, los violentos que alteran el orden del día. Falta aún anotar en todas las historias el nombre de los responsables, los que derraman la primera sangre.

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Caminé rápido hasta el mercadito chino. Por el circuito más corto. Sábado 6 de junio, en la hora de la siesta. Habían caído algunas gotas. Ida y vuelta fugaz.

Entré al refugio con la idea de dejar la bolsa con la compra. Volví a la vereda. En la última cuadra del regreso se soltó una primera caricia de garúa. No quería perder la ceremonia de caminar por Boedo en ese momento. El toque ínfimo de cada gotita en la frente, en las mejillas; el barbijo aceptaría su parte. Pasar la mano sobre el pelo bajo la llovizna. Todo mi cuento duró una vuelta manzana: Garay, Treinta y tres orientales, Pavón, Mármol: una constelación donde lo fantástico se hace posible. Regresé bendecido al refugio. La garúa se seca -vuelve a su naturaleza primera- mientras escribo. El murmullo húmedo sigue de ronda en la memoria.

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Se puede caminar por la ciudad neoliberal. También se puede morir en una esquina: Luis Sáenz Peña y Chile. Puede ocurrir que el miércoles te desalojen de la pieza del hotelucho. Causa: falta de pago. Se puede armar ranchada en la esquina. Puede ocurrir que un hombre muera en una esquina. Causa: frío o el real fantasma sintomático del virus. Se puede morir en una esquina de Buenos Aires a principios del domingo. Se puede morir junto a tu pareja, en domingo, en Buenos Aires, de cara a las nubes y la noche. Bien lo sabe María Soledad. Bien lo saben los vecinos que asistieron y ayudaron al enfermo los días previos. El sábado llegó manta de tapar la ausencia de luna y estrellas. Nos ocuparemos, así dijo el sin nombre del Gobierno de la Ciudad. Se puede morir en una esquina de Buenos Aires, de frío, de mucha humedad, de puro bicho a fondo en los pulmones. Bien que lo entendió Leonardo Javier Macrino. Se puede morir a metros del hotel donde te desalojaron. De poder, avisaría a los que no tienen culpa. Las víctimas de la ciudad salvaje. En esta puta ciudad, cantó el poeta. Sobre el fondo de chapas que rodea la esquina se puede ver el cartel publicitario: por 219 te llevás el combo del día. Al pie del cartel los utensilios de sobrevivir de Leonardo y María Soledad.

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Caminé unas pocas cuadras esta tarde. Iba distraído por Treinta y tres orientales. Apenas tomo por Inclán, por mi izquierda, pasa un perro de la calle. Perro marca perro, mantito negro, marroncito claro en pecho y patas, petiso. Pensé en Batuque, el perro que fue de nosotros -más de mi viejo-, y que hoy duerme bajo el limonero, también en la muerte. Allá, en Martín Coronado. Miró el pichicho cuando pasaba a mi lado, murmullo de uñas largas sobre la vereda. Nos miramos con ojos oscuros. Dos perros marca perro por Boedo. Él, tan simple, como leve mi figura caminante. Se detuvo el perro en la esquina de Mármol. Había tres obreros sentados a unos bancos de cemento. De recreo. No mantenían la distancia sugerida para un feliz aislamiento. No usaban barbijo. Sí tomaban gaseosa con vaso propio. Esa necesidad de aire. El perro se detuvo frente a ellos, tal vez esperando una sobra de comida o gesto de amor.

No hubo nada para el perro, y perros hubo en esta escritura, este mientras tanto de la vereda por donde hoy se anota la vida.

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Llega la palabra de mi hija en la mañana, buen día, y además llega el saludo de buenas noches, papá. Saberla, quererla desde este aislamiento. Nombrarla, como a veces sucede, en el día, en la noche, en algún suspiro en las horas. La nombro: Julia -un guiño entre mis almas-, como al pasar, en el vientito de la vida. Nombrar en voz alta para escuchar su nombre, y buscarla en nuestra foto –enmarcada sobre la mesita de luz-, cuando ella era tan bebé. Volverá el abrazo en el boceto de un nuevo cotidiano. Volverá el día. Las palabras. Las miradas. Sus sintonías otras, cuando termine el aislamiento.

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Jueves 11 de junio. Un centenar de tumbas. Un puñado de fotos. Una intervención en la playa de Copacabana. Hombres y mujeres, vestidos con la protección de los trabajadores de la salud, caminan entre las tumbas bocetadas en la arena. Palas en mano. Palabra artística que pinta un paisaje desolador. Banderas de Brasil enganchadas en algunas cruces negras. La cantidad de muertos casi llega a cuarenta mil. Infectados quién sabe. Bolsonaro, el presidente del país, insiste en su decisión de no parar el mercado por una gripecita.

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Intrigado por la desaparición del Gauchito Gil de su altar en el árbol de Las Casas, decidí caminar hasta el lugar. La curiosidad como parte de la caminata diaria. Saber de la calle ayuda a transitar el día.

La figura sigue ausente. En su lugar hay un alambre oxidado, sujeto a la base, que sostiene una estampa mínima del gaucho. A su lado sigue el vasito con vino tinto. Hoy servido hasta la mitad.

Hubo cambios en la disposición de las ofrendas a los pies del árbol. Un pozo chico en la tierra, entre el árbol y el límite de la vereda, cercano al cordón. Las tapitas plásticas formaban una montañita sobre la vereda, a un lado del árbol. Desaparecieron los dos bidones, vacíos de agua y llenos de tapitas, y apareció uno, pero lleno de corchos de botella de vino. Sin novedad para la olla de barro cocido con agua al pie del árbol, en medio de unas piedritas blancas dispersas sobre la tierra. Del otro lado del árbol, San Expedito tampoco registraba cambios.

Un viento frío apareció en el paisaje por donde caminaba. Fue tránsito corto. Un puñado de minutos después regresé al aislamiento en el refugio.

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Un par de tragos hasta el final. Una delgada línea en la botella de gaseosa barata. Una bolsita transparente guarda algunas facturas. Una tortita negra en primer plano. Un hombre de unos cuarenta años duerme sobre la vereda de la escuela: Avenida Garay casi Avenida La Plata. En cercanías de las cuatro de la tarde. Duerme sobre una cama hecha de trapos y cartones. Los colores de una sábana, único refuerzo de abrigo para la noche.

Vuelvo a mi refugio. Luego de caminar unas cuadras.

Clima pesado. El nuberío creciente confirma el acento en la condena.

Quién parará la lluvia.

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Cruza frente a mis ojos una lady de clase media. Espléndida. Exhibe figura al tono con su velocidad. El andar prepotente de una juventud que sabe tiene el marroco asegurado. Flamea tras su paso un último modelo de changuito de mercado estampado con marca reconocible.

Mientras la damisela marca el paso en su camino para hacer la compra, sobre Avenida Pavón, un hombre de unos cuarenta años -barba entrecana, remera roja- tira de los extremos de dos cintas gruesas: el manubrio desde donde se gobierna el paso errante del carrito cartonero. Un carrito flaco como el hombre, sin caños; más bien chico si pienso en esas naves que muchas veces se ven rodando en la ciudad, y controladas increíblemente por un solo hombre. Asombra el carrito. Cartones perfectamente plegados. Un aprovechamiento total del espacio. Tiempo para grandes bolsas. La bodega guarda sus secretos de supervivencia. Las paredes del carrito, hechas de bolsas tejidas en plástico, casi llegan hasta el cemento. Apenas se ven dos de las cuatro ruedas enanas que lo hacen rodar por la avenida. Cruza Avenida La Plata el hombre y su herramienta. Se estaciona contra el cordón de la estación de servicio. El hombre toma la mochila vieja apoyada sobre dos bolsas negras. Levanta una y la esconde debajo. Recién entonces se dirige hasta el contenedor cercano.

Postales de mi Buenos Aires, ciudad en aislamiento. 

lunes, 28 de septiembre de 2020

Rojo (de Lechuza de Encrucijada)


para Ramón Gómez de la Serna

Escribo en el Margot de Boedo

como Ramón Gómez de la Serna

escribía en el Pombo de Madrid.

 

Permiso

Ramón tan de Buenos Aires

para estas anotaciones con una sola pluma o dos:

lapicera trazo fino que se muere

microfibra que nace a tiempo de seguir con la vida

todo se hace novela.

 

Ramón anotaba

con siete estilográficas

sobre papel de número mágico.

 

Anotaba, anotó en su Automoribundia

que de sus siete dadoras de palabra brotaba tinta roja:

en el corazón las llevaba clavadas el egregio Ramón.

 

Supe en el Margot de Boedo

que Ramón escribía rojo en el Pombo de Madrid.

 

En el Margot anoto mi suma de treinta años de escritos en rojo.

 

Felicidad por el color de la tinta de Ramón

coincidencia de aroma en mesa de café.

 

Siete lapiceras entre mi puñado de almas.

 

Leo a Ramón hace una vida.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Anotación vírica V

Francisco Lazo Toledo
Quinta selección de Mientras tanto:

 

Entre los festejos por el sol también encontré tiempo para sentir el interrogante del miedo. Mucha gente caminando por la calle. Había tantos autos. Pensé en la cantidad de virus que anda de mano en mano, esperando comprador. Entonces el miedo en la gran ciudad. ¿Será necesario que tanta gente ande en la calle? No parecía día de aislamiento. Solo el barbijo nos hacía habitantes de la pandemia. El tiempo dirá, una vez más, el tiempo dirá.

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La escritura, mi barrio. En ella respiro. Vero andante entre sus calles. Dentro de ella sé de la lluvia y el sol. Luego, sé de mis ánimos, de la memoria, de sus buenos fantasmas, y de los malos. Desde mi barrio sé que sigo presente en el paisaje general.

Escribo un puñado de líneas y dejo. Soy, existo y, a veces, hasta me gusta lo hallado. Existen también las veces en que la página me expulsa, y que de casualidad me permite, complotadas todas mis almas, asomarme apenas para anotar una línea, un par de palabras que guarden una imagen, una señal que resista hasta otro día, hasta un tiempo en el que vuelvo a ser en mi barrio: renovado el trago de sueño, idea y tinta, a fondo blanco.

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Busqué la calle en este 21 de mayo. Nublado. Pintaba de lluvia pronta. Salí como tentando a la suerte: saber si me toca la sortija. Habitante de Mármol que acaba de dejar Garay, me llamó una joven garúa al primer giro en la calesita de la tarde. Esta vez elegí caminar por Salcedo, y lo hice. Pero también caminé por mi tiempo de garúa. Primero se existe en el tiempo.

Recordé a Garúa, el perro de ni viejo, la persona canina de ojos de miel que hace años duerme bajo la sombra fantasma del limonero muerto. Y desde el barrio de Boedo salí detrás de muchas garúas. Porque sintonías diversas sueñan dentro de ella.

Caminé alrededor de una sobremesa de amigos, una isla anclada en un jardín, de madrugada. Se charlaba el vino y las memorias. Caminé, volví a esa primera parte de la alta noche –a lejanas anécdotas- bajo la expresión más leve de la garúa, esa caricia llamada rocío.

Caminé en la escritura fina hacia la llovizna triste que acompañó mi regreso a la ciudad triste. En los días, en la vida otra antes del aislamiento, la pandemia.

Desde mi fundación como homo boedensis que guardo ceremonia secreta con la garúa de antes del ayer: llovizna la feliz urbanía en la mismísima aldea natal, en una damisela feliz.

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Otro mundo, otro paisaje de barrio, se alumbró a primera hora de la tarde. En Boedo. Caminaba en cercanías del refugio cuando en la postal apareció una magia. De repente vi altísimas palmeras. ¿Pensando en nada o en todo llegué hasta un país otro? No, de ninguna manera, estaba parado en Castro y Rondeau. La esquina de las flacas y altas palmeras. Una encrucijada con árboles otros, de gran porte. Una esquina para un blues. El hombre haciendo un pacto con la presencia árbol. Guitarra lenta, memoriosa, verde.

A unos metros aparecen dos palmeras anchas, gruesas, no muy altas. En una vereda mediana -pasa un hombre caminando junto a la pared en tiempos de aislamiento- una palmera a cada lado de la puerta de casa. Recortadas las raíces, y el tronco que llega hasta el cordón. Me detuve a mirarlas desde la vereda de enfrente, y luego crucé. Cuánto el tiempo transcurrido desde que esas palmeras ocupan esta tierra para ser mirada y sorpresa sobre Castro, entre Rondeau y Gibson. Cuántos los testigos. En testigo hoy me convierto, uno más frente al misterio.

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Un colchón que aparece quemado en la tarde, desnudo su cuerpo en la avenida, al lado de un contenedor para la basura, habla de una noche que no pudo ser. Noche incierta. De ficción, noche por escribir. Noche cerrada sobre la vereda hasta que se hizo la llama. Tuvo actitud de salvaje roedor. Fue rata del Marqués cuando contó 120 días en Sodoma, la llama que se mandó colchón adentro buscando esencia y pulsión en cada bocado. Hambre de vivir bocetando la aventura de la muerte simple. Blanco de dientes en el interior de la llama que entró al colchón de alguien que sigue viviendo en la calle. Transcurre otra vida en la noche.

Camino el barrio. Descubro la huesería oxidada de un tiempo/espacio que seguro supo de refugio y amor. Esas ganas de creer que, al menos, al principio de las historias, la felicidad se hace de felicidad, y no de supuestos.

Palabras a partir de un colchón quemado. Filas de resortes en la quietud de la foto. Rectángulo de una plaza con borde chamuscado sobre la vereda. Enfiladas las palabras, y el dibujo de otra vida que no pudo ser.

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29 de mayo. Camino bastante seguido por la vereda de la pizzería. Es parte de la extensión posible del recorrido que me lleva hasta el mercadito chino. “Buenos Muchachos” -boliche mezcla: aire parido entre el barrio de tango y la viola metalera- cerró por vacaciones durante febrero. Las remodelaciones anunciadas comenzaron en esos días. Un caos revolucionario reinaba en los primeros días de marzo. Luego la pandemia del virus, el aislamiento, las imposibilidades.

Antes del covid19, los sábados, cuando alcanzaba la moneda, iba por la noche a comprar cuatro empanadas de carne (buen porte: contundencia y relleno), mi cena. Completaba con una botella de vino. Único festejo de sábado.

Pero entonces el mundo respiró aún más descalabrado.

Cada vez que paso frente a la pizzería miro a través del cristal. Sillas y mesas amontonadas, heladeras fuera de lugar. Un caos en la profundidad del local. Pero en cercanía del cristal hay una mesa y una silla, y otros cuerpos de la vieja decoración. Cada vez que paso veo el rastro fantasmal que dejó la última persona que hizo labor en el lugar. Quieto el fantasma y sus utensilios de hacer. Una o dos botellas chicas de gaseosa vacías. Un casco negro para la moto apoyado sobre una tarima, suelto, caído al pasar. Presencias sobre la mesa: alambres, palos, sobras diversas, polvo. En la foto: toda la quietud de un mundo revuelto, extraño.

Quietud encontró mi amigo Mario sobre Avenida Cobo, cerca de la esquina con Viel. Descubrió, una mañana de aislamiento, que el puesto del canillita amigo ya no era en el paisaje. Sobre la vereda la quietud de otra foto. Una de ausencia. Otra ausencia en pandemia.

Ausencia de los buenos muchachos y muchachas que ofrendaban mis empanadas de sábado por la noche. Ausencia del hombre que facilitaba Página 12 el domingo a la mañana. Ausencia de las personas que hacen a la vida y el cariño. Sin querer transcurre el tiempo. Sin querer nace la pertenencia. Simples cuestiones de la criatura que sabe de querencia, y luego de memoria. Siempre la ñata contra el vidrio de la historia.

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Por qué razón, hoy 31 de mayo, falta la figura del Gauchito Gil de su plataforma atornillada al árbol en la vereda de Las Casas. Miré entre las ofrendas. Nadie en el piso. El Gauchito no había caído.

Una ráfaga fuerte de viento frío llevó mi mechón de canas a la cara. El movimiento hizo que mirara al cielo.

Entonces me permití buscar al desaparecido.

Quizá caminara árbol arriba esperando regresar a casa.

Se vienen tiempos de tapera. Cómo será la vuelta a casa después del aislamiento, la pandemia. Qué del sabor del regreso, de la partida, las ausencias. Qué de ciertas historias. Qué de las incógnitas.

De pie frente al altar vacío pedí seguir caminando el sueño. En Boedo, mi barrio.

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Mayo. Desde el interior de un contenedor volaban cartones sobre el cemento; en el buche un muchacho era ágil laboro. Cuál la retribución por su sacrificio. El carro de metal y bolsón plástico esperaba cercano. Cercana a otro contenedor quedó la caja nueva -un buen bocado para cualquier cartonero- de la tv más grande de nuestro mundo. Una complicación, tirar semejante caja, para el feliz comprador de la pantalla que puede reflejar lo que resta de este: nuestro mundo de las pandemias.

El mundo estalla alrededor de dos contenedores. En esta, mi aldea natal, hoy mismo. Salí a buscar el sustento. Caminar y mirar. Quise anotar que tantas son las personas que viven en la calle. De la calle. El cartón no alcanza. Cartón para vender. Cartón para que la viejita, frente al Congreso Nacional, use la materia base en forma de caja, y funde un simulacro de mesa. Así es como funciona en su vida. Desayunar el día oscuro, bajo el sol de la mañana.

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lunes, 3 de agosto de 2020

Anotación vírica IV

Ilustración de Francisco Lazo Toledo

Cuarta selección de Mientras tanto:

 

La lluvia se hizo presencia egregia durante toda la noche. Dormí bajo el feliz aislamiento de la lluvia. Una poética que cae desde la escala de grises. El mismo cielo de anoche se extiende cielo sobre el día de hoy. 28 de abril, cumpleaños de Julia. Mi hija tiene ocho años. El aislamiento no podrá con las palabras, con el amor que nos lleva hasta las ciudades lejanas. La lluvia será compañía. Testigo de nuestro viaje.

 

Abril 29. Me gusta escuchar a los buenos fantasmas. Una voz me dijo que me sentara frente a la pantalla en blanco y escriba. Es lo que hago. Aquí estoy, dentro del oficio, un rato más, otro día, uno distinto y tan igual. Tuve que sumar ánimos para abandonar la cama. Aquí estoy, siendo mientras siento que poco es lo que tengo para decir. Quizá, ahora que recuerdo, anotar -el lunes me permití caminar unas cuadras más en la travesía hasta el mercadito- que cuando pasaba frente a una escuela, por Avenida Garay, a metros de Avenida La Plata, vi cantidad de hojas amarillas sobre la vereda. Y amarillos los árboles, como nubes, junto al cordón del otoño. Recuerdo que imaginé que las formas aparecidas desde el capricho del viento, eran charcos de una lluvia mágica que había terminado hacía momentos. Caían últimas hojas. Recuerdo, y ahora anoto, en otro día sin para qué, que caminé por la vereda jugando a rodear los charcos. Ahí estuve. Solo en la vereda.

Aquí estoy, solo, como debe ser, dentro del oficio. Anoto un juego en la palabrería del aislamiento.

 

Lunes 4 de mayo. Nueve de la mañana. Vuelve a aparecer la sensación de certeza. La conozco. Me lavo la cara. El agua que corre, y en medio del tránsito la manifestación: un sentimiento fuerte, decidido, instantáneo, que dice que mi viejo está vivo. Y no solo en mí: en mis manos, en el encuentro de nuestras miradas sobre el espejo del baño, como escribí en alguna página. Vivo en una lejanía, en una novela que aguarda la escritura. Esa la sensación, la hilacha de una idea de después: mi viejo esperando, contemplando el mientras tanto de mi historia.

Otra visita en esta vida de aislamiento. Un nuevo puñado de líneas en esta anotación vírica.

 

Cada día tiene su número del miedo. En casi todos los países del mundo se contabiliza infectados y muertos. Pienso ante todo en el número de cercanía, del paisaje que me toca.

En una entrevista Alejandro Dolina dijo que en el aislamiento se había reencontrado con el hombre que tiene miedo. La periodista pregunta: ¿Tenés miedo? Y él contesta: No por mí, por los que quiero.

Hay números que espantan en la cercanía de la región: más de siete mil muertos en Brasil.

 

Qué será del futuro.

Qué de la vida en privado. Qué de la vida en sociedad.

Siempre pensé que el hombre anda sin seguridades en el tembladeral de la vida. Construimos apariencias de refugio para soportar la realidad. Al parecer lo único que no tiene final abierto es la muerte, o sí, porque también, en el después de la muerte, en la muerte, el enigma tiene algo del aire del después en cada día, una vez que despunta la mañana.

Pero claro, nada parecido a la pandemia del virus.

En este aislamiento muchas veces me pregunté, pensé. No soporto esta incógnita global. Qué va a pasar conmigo, con la poca o mucha vida que tengo para dar. Qué va a suceder con esta sociedad miserable, egoísta, desalmada. Qué va a ocurrir con la parte de la sociedad que aún levanta la bandera de la solidaridad. Qué con los que existimos en tanto exista el otro.

 

Hoy 14 de mayo encaré una caminata. A partir de las dos de la tarde salí simplemente a caminar. No tenía que ir a comprar comida al chino. Salí a buscar mi cuota de sol y sueño.

Una ronda de veinte cuadras me dijo que la clase media circula ansiosa para retomar su juego.

Caminé por Avenida Garay hasta Avenida La Plata, y por ella hasta San Juan. Me detuve ante la puerta del 4370, un edificio de departamentos donde viví y fui feliz en el ayer. Está como si no hubiese pasado una eternidad. Por San Juan llegué hasta Mármol y retomé hacia Garay. Bajo la autopista, a la sombra, almorzaba un hombre. En cuclillas. Una cuchara de plástico salía de una bolsita blanca a ritmo sostenido. Comía apurado. Un hombre solo. Alguna vez anoté que un hombre que come solo -y si esa soledad no es disparada por propia mano- es la imagen suprema de la soledad.

Miré la hora, revisé el teléfono en la esquina con Tarija. El sol era pleno.

Por Mármol crucé Juan de Garay, caminé una cuadra, y doblé a la derecha, por Inclán, hasta La Plata. Sobre Inclán vi a un muchacho que tiraba de un carro de metal repleto de cartones. Detrás caminaba la compañera, una mujer joven, embarazada. Los que hacen la vida día a día también están en la calle.

Pasé frente al mercado ubicado a mitad de cuadra, sobre La Plata. Creí ver a una mujer conocida. Quise verla. No era.

Llegué hasta Pavón. Hice una cuadra a la derecha. Pensaba en el regreso. A mitad de la cuadra vi que una pareja, ambos cercanos a los cuarenta pirulos, caminaba tomada de la mano. Primero contemplé la rareza, y no hablo de rareza en medio de la pandemia, digo una mujer y un hombre caminando tomados de la mano, a la par, en aquello que fue la vida de antes de ayer. Después, algo parecido a la felicidad apareció desde la memoria.

De regreso al aislamiento, escribí.

 

Hace momentos, en una calle del barrio, en medio de mi caminata, me detuve a mirar el pastito fino, apenas presencia, que crece entre los adoquines de ayer. Una imagen de la eternidad. Un consuelo. Una esperanza. Una línea de poema. Pienso en mi amigo: el poeta Rubén Derlis de Boedo.

 

Es un tiempo donde la fragilidad del mundo construido por el hombre queda a la vista. Bajó la cotización del espejismo, y aparecen las fisuras de una sociedad injusta, aterradora.

La vida frágil.

Una mujer le alcanza comida a una muchacha que está sentada en la vereda del banco, sobre la avenida. Hace unos minutos, en la tarde. La escena es para llorar: por la realidad triste que avisa que hay personas que no tienen techo, y por la felicidad de saber que hay ciudadanos como la señora que bajó de un auto blanco. Imágenes de la vida frágil en un mundo frágil.

 

26 de mayo. Hacía dos días que no realizaba mi caminata de la tarde. El aislamiento absoluto pedía la cabeza de, al menos, uno de esos estados de ánimo que colaboran en la resistencia. Caminé una cuadra por Muñiz, por la vereda del sol. La caricia de mi estrella trae buenos recuerdos. Luego doblé por Inclán. Después por Mármol hasta Las Casas.

Había caminado un par de cuadras por Las Casas cuando, dispersas sobre una vereda, vuelvo a fijarme en la presencia de tapitas plásticas de botellas de gaseosa, junto a un mayor número de una especie de punteras de plástico color lila, como si fueran tapas de pretensiosas botellitas de champú. Además vi, al lado de un árbol, a metro y medio, dos envases de agua mineral de cinco o seis litros, y llenos de estas presencias plásticas. Las había visto antes, cuando caminé, hace días, entre escarabajos y palomas. Pero aquella vez pasé por alto dos instalaciones atornilladas al árbol. No había levantado la mirada sobre el tronco ancho. Con la vista hacia Mármol: así se ubica la figura del Gauchito Gil sobre su base. Con la vista hacia Boedo: así se ubica la figura de San Expedito. Sobre las plataformas ofrendas pequeñas, delicado adorno. A los pies del Gauchito Gil un vaso típico para el trago de tequila, pero servido, hasta el borde, con vino tinto. A un lado de San Expedito una botellita de agua con su nombre.

Al pie del árbol las ofrendas dispersas. Una suma de días de aislamiento. Figuras de veinte, treinta centímetros, una vereda, un árbol, hojas amarillas que mueve el viento leve en una Boedo misteriosa, mágica, en una Buenos Aires solitaria, silenciosa.

En la ciudad, el barrio, respiro, a pesar de la molestia del barbijo, la sustancia que, hace unos días, descubrí que me salva. Curar la mirada, la memoria, ciertas sensaciones que creí olvidadas. Caminar el barrio es una manera de pedir favores, ayuda, para remontar sueños en este cielo complicado.

Ceremonias necesarias. Así cada encuentro en la vereda, en la esquina desde donde miro y descubro belleza.


viernes, 10 de julio de 2020

Anotación vírica III

Francisco Lazo Toledo

Tercera selección de Mientras tanto (anotación vírica):

Existió el día. Tenía intención de continuar con mi anotación vírica cuando supe, en un segundo, que estaba perdido: qué parte del día habitaba en ese preciso momento. Pensé. Me busqué.
Existió otro día. No escribía. Aguardaba simplemente que se gastara el tiempo. Me sentía lejos de la escritura, y lejano a la poesía, a cualquier clase de lectura. En esa circunstancia insípida supe que ignoraba en qué día de la semana me hallaba, y descubría la sensación de haber dejado de ser. Pensé. Me busqué.
Existió la noche. Volví a ver a mi padre vivo, una secuencia ubicada en sus últimos días. Hablábamos y todo parecía posible en la noche. La muerte no era en esa oscuridad de madrugada. Sentí que ambos estábamos vivos. Pensé. Me busqué.
¿Cómo se hace para dejar de ser?
De a poco, los límites de la eternidad se deslizan relativos. El aroma del aislamiento los desboceta.

La escritura es, toma entidad, cuando la pulsión al fin se suelta dentro del ritmo respiratorio. Un oficio respiratorio. Muchas veces es la memoria: se hace aire y tinta que va y viene. Entonces vuelven mundos habitados por fantasmas, buenos y malos. Regresa la escritura de la novela propia, la historia de vida. Como flecos de barrilete en vuelo, los relatos levantan altura.
Frente a esta pantalla en blanco, el cursor estelar de mi escritura avanza. De a pocas palabras, así se forman estas líneas en otro día de aislamiento. Existe un estar en frío de mis almas. Hace días que me frena. No digo tanto como siento. Pocas son las presencias que me salvan. Muchas las ausencias que duelen esas memorias a las que vuelvo, y de las que tan poco anoto. Una escritura en abstracción. Miro a través de un vidrio quizá demasiado sucio.

Durante el fin de semana pasado, la lluvia llegó hasta el otoño. Días pintados en gris. Volvía desde el mercadito chino cuando empezaron a caer las primeras gotas. Sábado al mediodía. Sentí los primeros impactos en el pelo. Miré buscando las gotitas sobre la vereda. Mientras buscaba me di cuenta de mi andar lento. Caminaba despacio y pensaba despacio, que es la manera de andar y pensar que nací en el aislamiento. Me di cuenta de que la vereda era una presencia en sí misma. Era una parte del camino, y era el camino. Pisaba de una manera distinta, o mejor, pisaba como nunca antes había pisado en una vereda de calle Muñiz. Iba, existía entre el chino y el refugio. Iba hacia mi todo. Casi nada.

Un susurro entre las almas. Justo cuando sentía que el día había empezado a apagarse. Del más allá de unas cuadras de barrio, el buen fantasma venido del sol me empujó a la calle.
Al despertar en este 9 de mayo tuve el presentimiento de que el día iba a ser especial.
Ayer habló el presidente. Continúa el aislamiento. Pero, aun así, no percibía el día como repetición.
A media mañana llegó un hola cariñoso en el llamado de mi hija. Algo volvía a respirar en mi paisaje interior.
Hice caso al sol y me encaminé hacia el mercadito chino. Soporté el tironeo: A que me apago, jugaba a insistir el día. A que no, y seguí, a pesar de que en un momento caminé incómodo: es tan extraño sentir y ver cómo las personas se alejan en el miedo. El barbijo no ayuda. Escucho, siento, el arrastre del aire que se queda sin aire. Caminé a la sombra. Caminé al sol mientras soñaba el humano andar de su mejor fantasma.

Ayer 12 de mayo volví a salir a la calle tratando de encontrar el rastro del sol. Apenas pasado el mediodía, decidí caminar alrededor de dos manzanas vecinas, ubicadas frente a mi refugio. Oh, aislamiento que me aplastas. En la ciudad se decretaron nuevos permisos: apertura de comercios, más personas autorizadas a salir de sus casas, siempre que se dirijan hasta negocios de cercanía. Ya había hecho la compra en el mercadito chino. Dejé la bolsa en el departamento y salí.
El día en el exterior se presentaba como un típico día del ayer, de la vida, criticada por cierto, que teníamos antes. Autos a velocidad en las avenidas, muchas personas caminando con apuro, con objetivos marcados. Las diferencias con ese ayer están en el uso de barbijo, en las colas que se forman afuera de los comercios, en la distancia entre las personas, en cierta repulsión correspondida entre los caminantes. Desde que vi los ojos del sol, que los busco en cada salida. Caminé lento para disfrutar el recreo, de la misma manera como demoro la lectura de una buena novela. Ahora pienso en Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar y en Nudos de hierro de mi amigo Gabriel Montergous. Leer como se demora la mirada enamorada, el beso o la caricia profunda. Llegué a la zona de la parrilla, en la esquina con la avenida, y me detuve frente a esa especie de muelle que las casas de comida extienden sobre la calle, en un tramo coincidente con la fachada. Un corralito metálico para ubicar un puñado de mesas en el exterior. La palabra aparecida fue vestigio. Vestigios de ayer los macetones rectangulares de cemento que fueran decoración compañera en el muelle alumbrado. Vestigios de ayer, los nombro así a partir de la altura de los yuyos salvajes, libres, que tiemblan en el viento. Las últimas banderas en una ciudad, en apariencia, hasta hace pocos días, abandonada.

La información llega a través de la radio. En la ciudad de Buenos Aires, a diario, aumenta el número de infectados en las villas miseria, en los paradores donde pasan la noche las personas que no tienen vivienda. Personas con un alto grado de vulnerabilidad, así se llama a los pobres desde el gobierno neoliberal que maneja hace trece años la ciudad. Vulnerables también los que habitan un geriátrico. Ante la imposibilidad de tapar el número de casos, ahora sí, la dirigencia de amarillo reacciona, afirma que está haciendo. Hacer precisamente aquello que tendría que haber hecho: prever, cuidar. Hoy: 13 de mayo. Al parecer nadie sabía, nadie imaginaba que, en esta ciudad, en esta sociedad, todos los días nacen ciudadanos de segunda y de tercera. La intención de los que gobiernan es la que puede hacer la diferencia con el destino cruel que pinta el capital y sus adoradores. Los primeros en la lista de la muerte siempre son los pobres, los números del mundo en pandemia rubrican esta certeza en la historia universal. Primero los pobres. Lícito es reconocer el tino del Gobierno Nacional en la toma de medidas. Pero a esta altura las decisiones se reparten. Tras casi dos meses de aislamiento, se estudia y procede a hacer movimientos de apertura, y entonces aparecen en la escena decisiva los que gobiernan los distintos lugares del país. La ciudad de Buenos Aires está en manos del sueño neoliberal, por eso las desatenciones varias. Desatención de clase, motivación ideológica, establecimiento de prioridades.

A las dos de la tarde el cielo empezó a parir nubes. También su paleta de grises. Necesitaba salir a caminar unas cuadras. Abrí la puerta cancel. Crucé Garay y subí a Mármol. Caminé, sin darme apenas cuenta, un par de cuadras. Caminé solo, nadie más en el paisaje. El silencio se rompió cuando llegué cerca de la esquina con Las Casas. Dos muchachos hablaban entre ellos mientras lavaban un auto. Para qué, pienso ahora, lavar a metros de una lluvia. Las voces llamaron mi atención, y fue así que vi tantos colores, presencias. Desde el auto de los muchachos y hasta la esquina, en ambas orillas de Mármol, se repartían siete escarabajos de buena colorería y porte. Autos de otro tiempo esperando a los viajeros que elijan escapar al pasado. Siete escarabajos siete. Número mágico. El rojo impecable. Mármol y Las Casas. Una cartografía de la constelación del escarabajo.
Pensé, sin razón alguna, que debía encaminarme por Las Casas y así lo hice. Descubrí en el centro de la encrucijada que forma esta calle y Castro: prolijas, todas sobre uno solo de los cables que rayan ese trozo específico de cielo boedense, una convención de palomas inmóviles, silenciosas. Pasé la susodicha encrucijada con mucho reparo, ni el mismísimo Diablo hubiera tensado tanto. Nunca fueron de mi agrado las ratas con alas.
Caminando por Mármol, por Las Casas, esta tarde, antes de la lluvia que al fin se haría esperar hasta la alta tarde, me sentí el primero de los espectadores que entraba a la platea para así espiar esta parte del barrio. Boedo parecía dormido, hacía la siesta, soñaba silencioso, fantástico; siendo misterioso decorado soñaba como fantasma que regresa envuelto entre las hojas quietas, las que bocetan encuentros en las veredas.

jueves, 11 de junio de 2020

Anotación vírica II

Obra de Francisco Lazo Toledo
Segunda selección de textos de Mientras tanto (anotación vírica):

Ayer mi amigo, el poeta Rafael Vásquez, me envió un poema. Su título: La epidemia:
Y el mundo enloqueció. / Suprimidos los besos, los abrazos, / el apretón de manos, / ya no quedó el saludo, / la charla sin horario en el café, / la muestra del poema. / Hubo una desconfianza geográfica de voces, / horarios sin sentido, / consejos, advertencias / y una sombra del miedo. / La vejez encerrada tras la ventana abierta / para atrapar al sol en su paso cortísimo. / La puerta, una olvidada maravilla perdida. / Algo hay que sobrevuela la ciudad que perdimos: / todo parece lejos. / Y el tiempo es una duda que sugiere contarse / con otra cuenta extraña casi desconocida. / La ausencia es sólo un eco del canto de sirenas / que atormentara a Ulises. / Cuándo es una palabra que el idioma ha extraviado.

Desde cuándo la lluvia en mi memoria. Desde el pibe que fui en el Martín Coronado de infancia. Desde la primera vez que vi la lluvia, caer sobre la grande ciudad de Buenos Aires, a través de la ventana de un bar. El aroma húmedo de la madera y el tiempo. Cuándo esa primera vez. Cuándo la primera lluvia en un bar mientras aguardaba a la mujer que quería conocer. Cuándo la lluvia que guarda mi primer libro. Cuándo la primera lluvia que le enseñé a Julia bebé: cuándo la primera lluvia que te escribí, mi niña.
La primera lluvia dentro del aislamiento comenzó el sábado sobre las baldosas de Muñiz. Luego el recreo del domingo. Solo nubes. Ahora escribo guardado en el dormitorio, escaleras arriba, cerca de mi cielo. El resto del departamento a oscuras. Llueve con ganas. Desde la radio comentan que el cielo está negro, que viene como flor la tormenta. Escucho blues. La lluvia caerá una vez más sobre las chapas del techo. Escribo, ahora, en este día, luego de casi tres días sin ser en mi lluvia, este oficio de contar.

Se recomienda lavarse las manos con jabón. Lavate todas las veces que puedas. Lo pide el gobierno Nacional, y lo pide el gobierno de la Ciudad Autónoma. A pasos de Retiro y de Recoleta, está ubicada la villa 31. Hay sectores que no tienen agua. No es muy efectiva la Ciudad en cuidar a sus ciudadanos de segunda y tercera. Después de un mes de aislamiento apareció el primer caso de covid19. En diez días hay más de cien. Ya se alumbró el primer muerto en la villa. Hay sectores que siguen sin agua, sin comida, a la deriva en la casita, en el pasillo angosto, como si todo el cuento fuera una balsa en medio de nuestro mediterráneo.

De a poquito se bosqueja la ceremonia de hacer camino por Boedo. Recupero la felicidad de ayer. Camino sintiendo que camino, que dejo en el andar una mirada a cada paso. Andar a consciencia. Haciendo la vida en el barrio, caminándolo, tomando su aire de urbanía, lleno mi almario de tinta, y en ella, entonces, las presencias: mi abuelo Julio Martín, mi viejo Rolando Augusto; desde sus manos, una mañana de sábado, llevé de la mano a Julia, mi hija. Una primera marcha por nuestro Boedo de Buenos Aires. Recupero la felicidad de estas memorias mientras miro y veo en estos días de aislamiento.
Salí a las dos de la tarde de un día que se construía a sol y nubes. Con viento.
Por Garay, la vereda del sol, caminé hasta Boedo. A pesar del barbijo, la sensación era ante todo respiratoria. Un aparecido fantasma, un aroma de libertad. No había muchas personas en tránsito. Algunas filas frente a comercios. Velocidad en la avenida. Doblé por Boedo y comencé el regreso, la subida, por Inclán. Más tiempo bajo el sol. Sobre esa mano, a una distancia de media cuadra, vi que una anciana, encorvada, encorvadísima, se esforzaba por recoger las hojas amarillas caídas desde los tilos. Vereda grande. No era una casa, vereda amplia de depósito, cortinas metálicas bajas. En un extremo de la vereda una presencia: pala plástica azul, sin mango. La anciana vestía sacos marrones encimados, pollera, pantuflas, medias cortas. Su herramienta: un escobillón raquítico. Cuando ya estaba cerca de ella vi que se agachaba para juntar a mano cada una de las nuevas hojas que traía el viento. Ella tan encorvada, tan cercana al piso, tan ensimismada en la búsqueda de una perfección, como siempre, imposible. Ese impulso de hacer un poco más. Cuando no se es más que el impulso más simple.
Un cartonero en la bocacalle, en cada encrucijada blusera. Bicicleta y carrito integrados en su máquina de ganar pan. Es lo que hay, diría mi amigo Luis.
Por la misma Inclán avanzan dos muchachos, uno lleva los restos de un viejo colchón. Lo carga como recién comprado.
Mis pasos hacia San Juan, avanzo por Muñiz. La velocidad delineando en colores la avenida. Otro muchacho acarrea un viejo colchón.
Vuelvo a caminar, cada vez con mayor decisión, por Boedo, mi barrio, donde la memoria vive dentro del paisaje y las criaturas. Se resiste en aislamiento, haciendo la vida que se puede, la que se deja hacer.

Tres camas casi listas para usar. No son camas de hospital. Tienen una misma intensidad de exilio. Aparecidas en la tarde. En tránsito hacia la noche florecen las mariposas errantes. En unas cuadras de Boedo. A la vista de los pocos que caminan por el último ademán del domingo. Hay cierta calma en la ciudad. Una de esas calmas que anticipan tormentas. “Nos piden que nos lavemos las manos”, dijo Ramona Medina de la villa 31, en Retiro. Dijo, apenas unos días antes de morir por la doble pandemia: la primera traída por el Rey de Amarillo, la segunda por el virus que llegó desde el cielo. Así dijo Ramona Medina: “Nos piden que nos lavemos las manos, y no tenemos agua”. Abrió la canilla y ni una gota. Mamá Ramona ya no está en casa. Aquellos que duermen sobre las veredas de la ciudad faltan de casa desde la primera pandemia, la neoliberal, y continúan jugándose en la falta durante la pandemia segunda, la del bicho que no sabía volar, pero llegó desde el cielo de las clases otras.

La liebre pertenece al dueño del campo por donde corre. La vida del pibe que, con gomera y piedras, intenta voltear la carrera de la liebre veloz -la que tiene dueño desde el primer tranco en este relato- también pertenece al dueño del campo. El dueño es creyente. Cree en él, en su propiedad, su dios, su derecho. Por eso vio la liebre y vio al pibe. Y vio su lado del alambrado. Su propiedad privada se hizo camioneta furiosa, y arrasó con la vida del pibe. En aislamiento, allá por Cañuelas, la liebre escapó de la piedra y la gomera que no fue. La comida del día tampoco fue. Alex Campo, de 16 años, no volvió a casa.
Pasó por sobre su hambre toda la historia política de esta tierra. Rugía la bestia negra, acelerador al máximo: estanciero, dueño de la tierra, asesino. Una crónica de asesinato político en estos días de aislamiento.

Nunca en mi vida había caminado por la calle Juan Bautista Jantín. Por ella llegué hasta el cruce con Metán. Boedo en otra de sus encrucijadas. En una de las esquinas del nuevo blues, apareció la casa. Volaba el artefacto celeste. La nao pobre de barrio de provincia. Volaba como recuerdo de mis días de infancia. Pared rústica en cal vieja. La dirección aparecía pintada, en buen tamaño y con aerosol, a la derecha de la puerta de entrada. Luego, imagino, un simulacro de lomada, una herramienta fantástica, la llevaba a una altura de primer piso. Volaba gracias a la ropa colgada de alambres sostén de un invisible palo mayor, y colgada también de sus barandas de nao que regresa desde la tierra donde fui pibe. Como flecos: pantalones, camisas, remeras, apenas húmedas al sol, se agitaban en el viento de la tarde. Volvía de lejos. Una casa de Martín Coronado, refugio al lado de la vía y al lado del otro lado de la vía. Descubierta, al fin, en Boedo. Como barca que vuela, retorna entonces en esta cartografía de ciudad en aislamiento.

Escuchar los colores del otoño, ocre y marrón, en la velocidad del viento, tan libre sobre Avenida Boedo, entre Las Casas y Pavón. Susurra el viento, trae el viento, por entre las ramas de los plátanos -tan altos- presencias y confesiones; esas historias prohibidas que guardamos todos, ay de los humanos de humana tentación. El viento chamuya entre los plátanos de la avenida. Entre la hojarasca. Caídas sobre las veredas: páginas de memoriosa escritura nacen novelas, relatos, textos anotados en la libertad del otoño que aroma colores en el viento. Siempre el viento bajo este cielo, entre las hojas, sobre la vereda, la vida, el aislamiento en domingo lento.
Obra de Francisco Lazo Toledo