Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 8 de marzo de 2022

Avenida Corrientes en una noche

 


La escritura teje, como el tiempo, sus líneas en el silencio de la noche, cuando la criatura sueña. La escritura es vampira. Convoca historias. Deja hacer, se entrega, y toma, posee mientras dura el viaje. La vampira incita, promete, suelta acertijos en la noche. Y al fin vampiro este trabajador.

Eterna la palabra. La escritura anda por el barrio. En Boedo anoto estas líneas. Cuando una eternidad deriva por el río.

Aparece el llamado con destino de tinta. Es tiempo de una noche hecha de noches. Lugares y tiempos. Recortes de la memoria. Una noche como la criatura del doctor Frankenstein. Noches en una noche que busca volver a la vida. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Noche regreso. Noche rescate. Una procesión de buenos fantasmas. Yo uno más. El que vuelve, cuenta, inicia camino.

Desde que fui pibe y muchacho (nacido habitante de la localidad de Martín Coronado, provincia de Buenos Aires) soñé con andar, con hacer la vida en el Centro, la Capital, esta ciudad de Buenos Aires. Digo que a los 9 años supe que el centro del mundo a conocer estaba en Corrientes y Callao. Para entender de qué trataba el grande universo había que caminar por Corrientes. Aun sabiendo, como luego supe, que se puede ver la Luna rodando por Callao. Avenida Corrientes fue la llave que brilló en la mano de mi padre. Él me enseñó que la Avenida era la puerta de la ciudad. Desde ella se podía hallar sus tesoros. Por ejemplo, las calles donde esperaban las galerías de arte. De galería en galería. Así mañanas y tardes de infancia. Así el nacimiento de la curiosidad, estas ganas de ver y de contar que hasta hoy me lleva. Y esa sensación de estar haciendo algo importante porque caminaba por Corrientes, porque me detenía frente a una obra de arte. De esta manera tuve noticia de que había imágenes, historias a las que siempre se regresa.

Después fue tiempo para que el muchachito de provincia hiciera salidas al cine con algún amigo. Maravilló el cine, y los cines del Centro. Tanto le debe esta escritura vampira a las películas en continuado.

En esta fantasmagoría se acerca la apertura de la noche.



Es el fin de la tarde. Apaga la tardecita. Cae una garúa de acentuar destinos. Estoy parado en Corrientes y Callao. Escucho una canción. Por primera vez escucho a Fito Páez. Los bafles de la disquería en la vereda. Música en la Avenida. Ciudad de pobres corazones, tituló el poeta a la hora de girar en la ciudad, en tantas ciudades. En esta puta ciudad… repetía como tango oscuro, dolido. Saludo a Juan, el empleado. Antes de iniciar viaje compro el vinilo. Vuelve aquella noche. Me voy con un poeta de la mano. Por la Avenida, la Ciudad.

Cada librería un afluente de la vida. Pienso. Desde alguna de estas librerías de Corrientes salieron, allá lejos, los libros que mi padre me regaló desde que comencé a andar en el arte de la lectura. Regreso a Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, Colmillo blanco de Jack London, Un capitán de quince años de Julio Verne.

Entro a una librería. Luego a otra. De las que ofrecen ofertas. Libros de saldo, o provenientes de bibliotecas que perdieron a su guía espiritual, su hacedor. En las mesas de estas librerías aguardan cantidad de libros, de momento, olvidados, perdidos. Y muertos. Y resurrectos luego de hallados en estas islas pirata que siempre esconden tesoros.

El Obelisco al fondo es el gnomon de mi reloj de urbanía. Desde la 9 de Julio la mirada se va camino al Bajo. El artilugio mágico sueña, sea con sol o luna, en la garúa eterna del tiempo. Una garúa que nada más llega, chamuya en silencio, mientras colorea, veloz y lenta su manera, la arena de la playa escenario donde transcurren los días.

Regreso a mi huella sobre la Avenida en la esquina de Corrientes y Montevideo. Café La Paz. Mi mesa preferida en la ochava, a un lado de la puerta, la de la izquierda, la que mira hacia la Avenida. Pero en esta noche las mesas se iluminan con toque de luciérnaga en el aire interior del café suspenso en el tiempo. Café de tardes de lectura y escritura. Ambiente amplio y pocas mesas ocupadas. Tan plena esta noche que escribo, que hasta convoca ciertas tardes de ayer. De tarde cuando, a poco de conocer en una librería al escritor Gabriel Montergous, fundamos el primer café en La Paz. Ninguno sabía que aquella tarde comenzábamos a reconocernos como amigos. Además, en La Paz de esta noche, vuelvo a verme tentado, atraído por el esquivo sueño del amor en la mirada de delicadas damiselas.

Es noche de jueves a la que vuelvo. Elijo llegar temprano al punto de encuentro: Corrientes y Montevideo. Espero sobre Corrientes. Frente a La Paz. Eterno el estacionamiento. Parado en la esquina para ver pasar a los caminantes. Alguien con aire de personaje literario, de posible invitado al banquete de Severo Arcángelo, casi vuela sobre la vereda de La Paz. Lleva galera, pelo largo entrecano y enrulado, frac, anteojos circulares, bigote, una pincelada de barba, una gota, en la pera. Va montado sobre patines. Un habitué del escenario urbano. Veo pasar hermosísimas mujeres. Me veo habitando la noche de la Avenida. La ciudad como telonera de la llegada de los amigos.

Una fija. Luis llega primero. Esperamos unos minutos. Claudio que avisa con brazo en alto. Somos tres habitués de Buenos Aires. Caminamos por Montevideo hasta Sarmiento. Aguarda Chiquilín en la ochava. Con qué fuerza se manifestaba la vida en aquellos años, a buen resguardo del muchachito ingenuo, a buena distancia del hombre mayor que ahora mismo veo en el espejo del baño, el hombre que bien entiende que el tiempo para las historias también se evapora de noche. Sólo un par de tragos de vino queda en la copa. El aroma del tiempo invita al interior de esta noche en Chiquilín. Eternos los amigos sentados a la mesa. Afuera la maravilla de la ciudad. Noche de entraña y ensalada de apio y radicheta. Vino tinto de la casa. Jarra metálica. Si había moneda para la comida, no alcanzaba para una buena botella.

En esta noche de ayer volvemos todos los que fuimos habitués de los jueves. Tres en la base: Luis, Claudio, y quien esta ceremonia recuerda. Pero luego en las mesas, otra vez la intermitencia de la luciérnaga, se iluminan Daniel, Ricki y el Turco. Todos actores y bailarines de tango, en esencia los inicios de un grupo de amigos artistas. Saqué la sortija en la calesita de mi vida cuando llegué hasta ellos. Quizá para que a través de los años haya sido testigo y cronista de esta historia. Sobre mesas de madera el cuento de nuestras historias perdidas, la lista de los lastimados. Amigos que se escuchan en la noche. Hay tristeza. También la humorada que equilibra. Este nuevo brindis propuesto a Luis y Claudio. Salud a todos.

Nos despedimos sobre Avenida Corrientes. Continúa la noche, la garúa. Continúa nuestra historia de amor con Buenos Aires. El amor, casi siempre se trata del amor.

Afuera de cada Buenos Aires espera Buenos Aires, eterna su presencia como eterno el impulso necesario de cada escritura. Quizá la ciudad sea la historia de amor primera luego de soltar amarras en el puerto de la vida. Otra historia de amor es la escritura. Como en cada una de las historias enamoradas, el dolor de la tristeza, de los finales, está mano a mano -entrelazado el boceto- al sueño efímero de la felicidad. Buenos Aires vampira. Escritura vampira. En esta puta ciudad… canta el poeta. Y hay personas viviendo en la calle, bajo la autopista. Y se abrazan los amigos. Buenos Aires siempre fue un refugio duro, lo fue, lo sigue siendo. Una historia de amor en la noche, en la garúa. Real. Salvaje. Desde Corrientes y Callao sigo la Avenida. Sigo el impulso de escribir mi propia Buenos Aires, la ciudad de donde nunca me tendría que haber ido. La ciudad a la que regresé. La ciudad donde pasé el aislamiento. En Buenos Aires mi fundación, mi amor y mi desamor. Mis soledades y mis miedos. El poeta me invitó aquella vez a ser en la ciudad, una identidad devenida desde poética urbanía.



En la noche Luis pidió pedacitos de queso provolone para el final. Llevo el vinilo de Fito a la mano. En esta noche. En esta puta ciudad… duele, puede doler Buenos Aires, y al mismo tiempo es felicidad ante el día que promete el capítulo presente, y esa misma música, ese mismo tango, tan nuestro en el abrazo melanco, permite el regreso a aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Ida y vuelta en ascensor


 

Subo al ascensor de esta escritura. Vuelve la fantasmagoría. Aquí el rescate. Aquí el regreso. Aparecidas. Una flor. Otra. A la vista un ramito hecho de memoria y tinta. Tallos cortitos. Una flor en cada historia. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Apareció en el origen el recuerdo de una lectura. Una magia fue transitar Automoribundia, la autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. El egregio escritor, habitué del café Pombo de Madrid, vivió muchos años en Buenos Aires. También en esta ciudad se recibió de difunto. De buen fantasma. Anota Ramón. Viajero en ascensor. Regresa a casa. Su departamento en el edificio de Hipólito Yrigoyen 1974.

(…) El ascensor de mi casa, sobre todo en las horas nocturnas y silenciosas, cuando ya duermen en todos los pisos, parece que canturrea una canción, con una voz entrecortada y humana, como de alguien que no quiso irse definitivamente al otro mundo.

Me sobrecoge ese tatarareo modoso, suave, apenas perceptible, como delgada queja cuando sube más que cuando baja.

En la insistencia de esa comprobación y sabiendo los muertos que ha habido en la casa durante los años que vivo en ella, he pensado en cierta profesora de piano que murió no hace mucho.

¿Habrá conseguido por apego a la casa en que daba sus lecciones y en que fué feliz, un puesto marginal en el ascensor en que tantas veces viajó viva?

Siempre que oigo la voz solfeada y sumurmujeante inicio en mí una teoría del más allá en relación con los ascensores.

He llegado a pensar que los muertos quizá mueven los ascensores y ayudan a que tengan estabilidad y no les interrumpa con más constancia el accidente.

Hay algo de milagroso en los ascensores que indudablemente se debe a algo así de extraordinario, pues a los ángeles no se les puede concebir ni honorariamente como ascensoristas invisibles.

Por ese camino de miedos y supuestos imaginarios debidos a la voz musitante y cantarina que le acompaña cuando vuelvo en la madrugada, he pensado que cuando un ascensor se descompone es que se ha cansado el muerto que lo mueve (…).

Una sola vez saludé, estreché la mano del poeta David Álvarez Morgade. Una sola. Sucede aquella noche una vez más. Su amigo, el poeta Hugo Ditaranto, es el organizador. Estamos al pie de la escalera, en la profundidad de la bodega del café Tortoni. Ditaranto pide un billete a cada uno de los amigos que llegan para escuchar a Álvarez Morgade. Moneda para David que vive a los saltos, un sobreviviente al margen de las verdades (siempre mentidas) del mundo. Aparece el David poeta. Está nervioso. Y feliz. Llega su mano de escritor hasta mi mano. Fuera del Tortoni la noche toda tiene destino de Avenida de Mayo. David es presentado por su amigo Ditaranto. Lectura de David. Poeta notable. En esta fantasmagoría aparecen dos fragmentos de su poesía. Como silencio que avisa el final del día. Bienvenida la luz, es tiempo de lectura para amigos y cercanos: Caminar, caminar es lo que quiero / Nací poeta y andariego / Como otros nacen rubios, románticos o ciegos / Caminar, caminar es lo que quiero. / Dónde encontrar una moneda / para saber qué gusto tiene la alegría. David lee en la bodega. Mira fijamente el silencio / (Verás crecer un árbol), / Mira fijo un árbol / (Verás crecer el silencio), / Mira el fondo de mis ojos, / Allá, infinito, un barco / (Siempre un barco). Siempre. Noche adentro de la memoria del aire, sus poemas.



Aquella noche que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo, Ditaranto, mi amigo y maestro, me presentó a Mario Benedetti, el escritor uruguayo. Otro de los presentes. Estreché su mano. Pero ya había tenido la mano de un poeta en mi mano. Y con David hubo un contacto, una magia que, hoy me digo, me permitió presenciar, años después, la apertura de su testamento.

Fui quien avisó a Ditaranto de la muerte de David. La noticia la trajo Mario Bellocchio a una reunión de alpedismo boedense en la trastienda de Margot. Avisé de la mala por la mañana. Media hora después, llamado de Ditaranto. Había hablado a Lidia, amiga y vecina de David. El Tano me pedía que lo acompañara. Salimos hacia Lomas de Zamora. Vuelvo, rescato, regreso mi puñado de almas a aquella mañana a fines de agosto de 2002.

Estamos en viaje. Ditaranto dice: David fue un tipo golpeado por la vida. Lo dice luego de detallar una serie de desgracias ocurridas a David. Mientras llevaba a su padre al cementerio, agonizaba su madre. La muerte de dos hermanos. Cuenta Ditaranto que son amigos desde antes de los 20. David acaba de morir con 80 años. David fue hombre poeta de enamorarse (respetuosamente) de todas las mujeres de los amigos. A cada una dedicó un poema. Cuenta Ditaranto en este momento que David escribió mucha poesía, pero poco es lo que guarda él mismo en su casita, y lo que se guarda en la casa de los amigos. Perdía papeles, los rompía: Era así, como un nene, perdía, rompía cosas, se enojaba, después te pedía perdón. Y sumale todo a que nunca tuvo un lugar, siempre vivió de prestado, de la ayuda de los amigos que bien lo querían, porque David te daba mucha ternura, yo siempre le decía, si hay un paraíso, vos vas al paraíso y yo al infierno, un buen tipo, ya vas a ver cómo vivía, acá está desde hace unos treinta años.

Llegamos a la casa de Lidia. Ella pudo salvar los papeles de David antes de que un vecino ocupara el terreno. Hay dos bolsas sobre la mesa del comedor. Una plástica. Otra de papel. Sucias de barro seco. Regreso a la imagen de esas bolsas. Contienen la palabra de un poeta.

Lidia cuenta que David llegó de noche. Pidió unos mates. Tres días sin comer. Ella preparó comida. David se llevó la cena al rancho. Al día siguiente, martes 13 de agosto, Lidia supo, sintió, que David había muerto. Entró a la casilla. Encontró a Lucero, el perro, echado sobre el pecho de David. Lucero pasaba su lengua por la cara del poeta. Dice Lidia: Lucero me miraba, le pasaba la lengua por la cara, y con los ojos me preguntaba qué hago.

Los tres caminamos hasta el terreno. El rancho había sido desarmado. Maderas y chapas eran parte de otra casilla en otro lugar, a salvo de las zonas inundadas por la última lluvia. Sobre las marcas de la ubicación anterior, Lucero dormía al sol. Aún espera.

Estamos en pleno viaje de regreso. Ditaranto lleva las bolsas con los papeles del poeta. Pero ahora me habla de la casilla. Recuerda que en una noche de tormenta el viento volteó dos paredes. Ante la pregunta: qué hiciste David, el poeta contestó: Me corrí al ángulo. Es en este preciso momento que el poeta Hugo Ditaranto agrega que, una vez, David, estaba haciendo changas de pintura, una de sus maneras de ganar unos pesos, en un edificio grande de Avenida de Mayo. Quiso el destino que trabajara ahí en el preciso momento en que cambiaban la caja de uno de los grandes ascensores. El poeta logró que se la dieran, y pudo llevarla hasta el terreno de Lomas de Zamora. David, alguna vez, y por años, vivió dentro del ascensor.

Apareció la punta del piolín de una fantasmagoría escrita, contada por el grande Ramón Gómez de la Serna. Los sucedidos en el ascensor de Hipólito Yrigoyen 1974. Y luego los aparecidos en esta fantasmagoría. Aparecidos personajes de había una vez en una noche de lectura en el Tortoni, y después otro viaje, iniciático, era la primera vez que este escriba estaba frente a la humana eternidad de un poeta. Un viaje a Lomas de Zamora, ¿en ascensor?, y entonces, ¿por qué, no? Porque viaje al fin desde la vida hasta la muerte, así cada vez, con sus historias chiquitas, queridas, y de tan queridas, soñadas. Y luego también el viaje de vuelta, de regreso, esos viajes que rescatan aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

En este viaje de escritura donde se da la mano tanto buen fantasma, llevo el pulso de la tinta mientras habito el ascensor que me lleva con la felicidad de haber sido testigo, el último.

Hace veinte años que imagino, para mejor ver, el ascensor de David en medio del terreno de provincia. Cuándo es que subía, cuándo bajaba. David acercando voluntades en las orillas, siendo río de encuentro, un poema. David siendo el muerto que cuida, aún después de la limitada eternidad, el ida y vuelta del ascensor que fue, que sigue siendo, sorpresa para el caminante no avisado de la memoria.



jueves, 6 de enero de 2022

Regresa Eugenio Mandrini


 

Hace unos días se consignó la noticia. Murió un poeta. Murió Eugenio Mandrini. Murió una parte de Buenos Aires. Mandrini, en su libro Con voz de perro lunar, anota el poema El trabajo más sencillo del mundo: Escribir un poema sobre Buenos Aires es el trabajo más sencillo / del mundo (…) // Y después descender a las profundidades del tango, es decir, / apoderarse de un trozo de noche y acariciarlo con mano / gesticulante (porque el tango es eso: un trozo de noche y una / mano gesticulante). (…) // Y después averiguar por qué en las plazas de la ciudad las hojas / crujen de un modo tan desvalido cuando las pisan los jubilados, / y por qué al llover en la ciudad cunde una extraña tristeza / que más pareciera ser la dicha de sentirnos en brazos de la / muerte, que de pronto es bella y tierna, y nos va lentamente / desnudando con dedos de hada, y ya empieza a lamernos con / lengua de goteante azúcar y no agria como la ceniza / de su respirar. (…) // Y por último es necesario que el aprendiz de poeta sea a la vez / intrincado como sótano y límpido como espejo, o dicho de otro / modo, que lo mire todo con un ojo de Borges y el otro / de un adolescente. // Entonces sí // escribir un poema sobre Buenos Aires será el trabajo más / sencillo del mundo. Tan sencillo como abrir los brazos y dejarse / arrebatar por el viento, / alto, lejos. Murió también el amigo de tantos otros poetas. Todos, en privado o en público, viajaron certeros a la memoria para encontrarse en el tiempo. Poetas fundando la nueva realidad. Mandrini partió sobre un último poema para guardarse en los días del después. Desde ese tiempo regresará obra y autor hasta la superficie del río. Fundar en estos días aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Rubén Derlis, uno de esos poetas amigos, rebuscó entre papeles propios, y regresó al poema Oquedades, presente en su Viento solar; anotó Derlis: Los amigos mueren ignorando que dejan / espacios descubiertos -baldíos del alma- / donde amontonamos recuerdos -escombros del pasado- / con cuyos fragmentos reconstruimos opacamente / momentos fraternales de luz / en los que nos movíamos libres, / despreocupados de la muerte, / cuando con una mano creíamos tocar la eternidad / y con la otra darle de comer -ilusos- migajas de nosotros. Volver, regreso, rescate. Un poeta ha muerto. Eugenio Mandrini. Y entonces: aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Desde la memoria vuelve un hombre poeta.



Me crucé algunas veces con Mandrini. No fuimos amigos. Soy lector de algunos de sus libros. Cuando supe de su muerte, digo que, la mismísima cegadora, sabiendo de la inconveniencia de llevarse a un hombre con oficio de palabrero, me guió rauda hasta una noche de San Telmo. Porque desde aquella noche el poeta Eugenio Mandrini habita mi memoria y mi escritura.

Aquella noche se dice fantasmagoría en este momento de escritura. Sucede, regresa el poeta desde los días de septiembre/octubre de 2004. En la encrucijada de Perú y Carlos Calvo, en el abrazo de El Federal, dentro del Ciclo Poetas de los 60.

Mandrini se presenta. Nacido en 1936. Asegura tener más de cien años y le creo. Afirma que cuenta sus años sumados a los años vividos por su padre. Explica que es una misma manera de ser, desde el padre hasta el hijo, la que avanza en la huella. Y le creo.

Eugenio comienza a contar de qué manera llegó a la poesía. Porque hubo un día especial. Y en aquel día supo que un mundo nuevo se podía construir desde el mientras tanto, los alrededores, la esencia de las palabras cuando andan por el costado mágico que, a veces, se abren en los días. Jugar, escribir. Ser palabrero, un oficio reflexivo. Conocer el mundo para fundar el nuevo. Mandrini se contaba.

Dijo que todo sucedió en la panadería del barrio. Allá lejos, cerca de los catorce años. Allá lejos, cuando el pibe tenía un problema: tartamudeaba. Tiempos crueles de dolorosa trabazón.

Se tienta esta escritura, se hace lectora, regresa, vuelve, rescata, aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo, y todo esto dicho sobre lo que se cuenta, pero también en la forma en que elijo narrarlo. Hace ya unos diecisiete años, fue desafío de escritura contar el poema maravilloso que ofrendaba Mandrini. Ocurre ahora que rescato de ayer algunas líneas de cuando la emoción primera. Aquel testigo que fui, así registraba: “La madre del pibe hincha de San Lorenzo (…) lo mandaba todas las mañanas a la panadería. (…) Andá y comprá medio kilo de pan y ahí el drama anunciado, el drama para el pibe tartamudo que tenía que empezar a hablar con una palabra que empezaba con una m y una e, la única manera de decir medio. En la panadería esperaba ansiosa una categoría de turra, con título de empleada, que lo medía, lo veía acercarse. (…) El pibe entraba a la panadería como al Castillo de Carfax, iba a darle un beso a Carmilla, iba a un entierro prematuro, iba por las cuevas de las ratas, y entonces la panadería era cementerio, porque la turra lo apuraba, cada vez, cada mañana, Y dale pibe, qué querés, dale que hay gente. Medio kilo, recuerda el hombre. Tenía que pedir medio kilo torturante de pan, porque medio kilo era lo que se precisaba en casa, y entonces ella sabía cómo promover la lectura de una historia de terror.

Pero un día el pibe se despertó distinto, una mañana con otro aroma, estúpidamente feliz que es la mejor manera de sentirse feliz, la felicidad por aquello que no se sabe, que no se conoce, que no se sospecha; feliz y con fuerza, el pibe le entró con fuerza al día, y vamos con ésa, porque ésa era la señal, la pista del día, y entonces dame la bolsa que me voy a comprar el pan. Hizo la cola, el hombre que recuerda dice que esto sucedió en uno de esos días en que un pibe, un adolescente, se planta, pisa distinto, y ahí se mandó de una vez para adentro de la ballena, del cementerio, de la nube púrpura, encaró a la turra y dijo de esta manera, escuchen, Pan... medio kilo, y entonces fue la palabra, las palabras con un nuevo orden. La turra todavía llora el nacimiento de la poesía.

(…) Eugenio, el memorioso, relata cómo fue que llegó a la poesía, de qué manera notó que algo distinto se podía hacer jugando con el orden de las palabras. No lo sabía, pero en la panadería del barrio él había plantado su primer hipérbaton, dice la Academia, figura de construcción, consistente en invertir el orden que en el discurso deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis llamada regular. (…).

Eugenio Mandrini dijo que después de descubrir el antídoto, fue a los libros y vio que el juego no se daba en la prosa, y sí en la poesía. Citó como ejemplo a Bécquer, Del salón en el ángulo oscuro / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa.

El ejemplo, la anécdota,  el guiño poético, llegaba desde la escuela de la calle de Arlt. Mandrini, en esa tarde casi noche, pareció emerger de unos baños de multitud y callejeo, con palabras en aguafuerte dio cátedra humana, simple, así fue como habló de su experiencia de vida en los alrededores de la poesía o del pan”.

A veces la vida nos acomoda sobre un renglón tartamudo. Los empleados del negocio esperan cada mañana. Espera el mundo cruel. Eugenio Mandrini, que supo ser poeta desde chico, dio vuelta la tortilla. Imagino que así anduvo por la vida. La hizo poema con frases cortas y quebradas, y que cambiaban de lugar según la música del decir momentáneo que viene desde toda la vida, ese impulso vital que lleva la tinta del palabrero. Ojalá uno fuera poeta o, aunque más no sea, siguiera siendo aquel que trabajaba el oficio hace diecisiete años, que adhería, y que tenía la fuerza para hacer propia la lucha contra los empleados que esperan, lo dicho, cada mañana, en infinitos mostradores y crueles recovecos. Y entonces el presente. Tiempos complicados vislumbrados en la amenaza del virus, en los dueños que quieren ser más dueños, en el egoísmo porque el otro siempre es amenaza, nunca compañero en el dolor, en la espera, que tanto exige el día para mantener viva la esperanza. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Es cierto, siempre existe la posibilidad de escribir un hipérbaton en la mañana, pero también es cierto que, a veces, no hay hipérbaton que alcance. Poema de escritura incierta es la vida. El poema muta finales en la noche, tartamudea en la trabazón oscura.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Un café en el Tuñín


 

Castro Barros y Rivadavia. Luego de permanecer unos años cerrado, el Tuñín regresó a su esquina. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. De regresos y rescates, de memorias aparecidas presenta esencia esta tinta de encrucijada. Hace tiempo que Gabriel invita al regreso a la charla. Su buen fantasma sigue compañero de mi escritura. De mis días. Siempre imagino la escena. Cómo y dónde contar el nacimiento de mi hija. Cómo y dónde contar la vida toda que acompaña la amistad. En nuestro café: el Tuñín.

Gabriel, el escritor Gabriel Montergous (1936-2003), es el autor de Habitación 26 (1970), Esa selva sin flores (1989), Polo y los dispersos (1995), Nudos de hierro (1999), Contar la vida (2003). Pero antes que al escritor vuelvo a su persona como amigo. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Vivíamos la amistad, la construíamos desde emociones y paisajes variados. Uno de los caminos: el Tuñín. Siempre voy de regreso a esas imágenes. Encuentros de charla sincera entre dos personas que se cuentan y escuchan con interés. Contarse y escucharse con respeto. Mano a mano. Así, en la escritura de la novela propia, el capítulo infaltable de los amigos que dejan su esencia humana en la palabra dicha “en el aire, en el viento”, en la palabra escrita, uno de nuestros puentes.



Hay una ceremonia que me gusta transitar, una magia de la escritura, en la que siempre me detengo. Pasan los años, y persiste el juego creado por Gabriel. En Nudos de hierro, uno de sus personajes, Bárbara, practica una ceremonia muy especial: (…) Primero voy al baño: me hago encima. Y corre, no hacia allí, sino al dormitorio; de la biblioteca, y entre cientos de libros, extrae uno; con él se mete al baño; abre la ducha; se sienta en el inodoro. El placer consiste en pensar que nadie en el mundo, en este momento, tendrá en sus manos el libro que ella tiene. Porque no es razonable suponer que alguien, ahora, esté leyendo La guerra de los Balkanes (así, con k) del coronel del ejército ruso Basilio Ivanoff. Se trata de un libro editado en Barcelona, en fecha desconocida; el coronel zarista relata hechos contemporáneos, razón por la cual abundan los telegramas de agencias informativas y los resúmenes periodísticos. Son los prolegómenos de la guerra del 14. Quién, díganme quién en el mundo, puede en este momento acariciar las tapas de La guerra de los Balkanes del coronel del ejército ruso Basilio Ivanoff. Nadie. Soy la única que ha de embeberse en su lectura. Selecciona la página 245 (…).



De la misma manera que Bárbara -como si tomara un libro de mi biblioteca lejana-, así me detuve en este día, frente a mi almario y extraje una de mis almas. Entonces Gabriel, que hacía tiempo invitaba, abrió su refugio y tomé una foto, una secuencia o varias, al azar, y retornamos a la mesa de café en el Tuñín. Volver a una tarde. A tantas otras en el mientras tanto de encrucijada de Castro Barros y Rivadavia. En cada día la vida respira en la encrucijada. Sentirse vivos en la oportunidad del regreso. Así la fantasmagoría. La humana distinción que nace como una sonrisa.

Dijo mi amigo el poeta Rubén Derlis que el almario es una especie de álbum del espíritu de hojas no removibles. Digo que en el almario esperan el puñado de almas que nos guía, nuestra búsqueda de la identidad, junto al puñado de almas amigas que son compañía, y que lo son durante la vida y la muerte. Entonces, frente al alma de Gabriel, apareció la vivencia del Tuñín. También podrían haber aparecido nuestros encuentros en La Caramba, junto a Mónica, su compañera, mi amiga. Toda la amistad en La Caramba, la casa en la Villa de Merlo, San Luis. En la casa de las sierras, su buen fantasma sigue de ronda entre los árboles del parque. Sigue en el sueño la próxima página. Gabriel escribía, de mañana, junto a una piedra, en el límite del jardín. Fui testigo. Lo soy porque puedo verlo. Ahí también mi amigo. Parado frente al alma de Gabriel tomo historias, y como Bárbara, me siento especial mientras regreso palabras.

El Tuñín nos queda a mitad de camino. En esta escritura llego primero. Una vez más. Me gusta esperar el encuentro. Desde la mesa, junto al ventanal sobre Rivadavia, puedo ver pasar los colectivos. En el último viajó Gabriel. Me gusta descubrirlo en la esquina. Ver su avance sobre la avenida, mientras Medrano se funda Castro Barros. Ahí viene. Siempre nos sentamos a la misma mesa. El saludo. Memoria feliz. Una y otra vez el recuerdo me lleva al momento en que toma asiento junto a la ventana. Veo su cara, la sonrisa. Regresa con la alegría de siempre. Era un hombre alegre y generoso. A cada nueva memoria en el Tuñín llega con su campera negra de cuero. Nuestros cafés, durante aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo, guardan palabras y silencios, interés por saber de nuestros afectos, interés por contarnos nuestras Buenos Aires. Digo que en el Tuñín tuve la oportunidad de escuchar a un hombre que había elegido su oficio, que había llegado hasta la emoción madre del oficio, y que, desde esa profundidad, había trabajado, levantado su identidad de hombre que escribe, cuenta, piensa, siente, dentro del río que funda el universo de lo humano. Gabriel Montergous fue mi amigo, también mi maestro en el intento de la escritura. De él aprendí a preferir los escritores que trabajan desde un compromiso ético con el oficio. Admiré su escritura, su manera de transitar la identidad de su voz, el respeto y defensa de su palabra.

Una mesa de café que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo, así la amistad en el Tuñín, una casa en la memoria. A propósito de casas, Gabriel Montergous escribió en Nudos de hierro: (1936. Invierno): Me he cansado de tanto mirar mapas; salgo al patio de honor que apenas se ha calentado con el sol de la siesta. El parral está sin hojas; con la osamenta al aire, se vuelve patético. Los sillones de mimbre están guardados, como todos los inviernos, igual que la mesita; y es por eso, o por la falta de hojas y racimos, o porque en la casa somos menos y entonces, como sabe decir la abuela Bárbara que desde hace tres años no se levanta de la cama, “hay menos vida”, será por una u otra causa pero lo cierto es que en tardes como ésta el patio de lujo de la casa es un ámbito desolado donde el aljibe tiene, al primer vistazo, cierta facha de patíbulo. Y me siento nomás en el redondel de madera, con la bufanda cerrando el cuello abierto de la camisa y los brazos cruzados flojamente: tengo puesto un pulóver grueso además de una camiseta de mangas largas. Poca, poquita es la gente que viene ahora de la capital a visitar la provincia y, de paso, a vernos a nosotros; este año, por ejemplo, ningún conocido ha pisado la casa. Son tiempos duros; la gente pobre es más pobre que nunca, y no hay que ir lejos para ver hombres tirados en las veredas o sentados en los zaguanes; miran sin ver, hipnotizados, mientras los mocositos que andan por ahí juegan a tumbar botellas a cascotazos o piden limosna: una monedita, don. La gente rica de la provincia, que no es mucha, parece no entender lo que pasa; el miedo y la codicia los devoran por dentro y los vuelven secos y ruines. Son años grises, feos: y ahora lo de España. Además, esta casona venida a menos tenía hace diez años una animación y una frescura que en buena medida recuerdo ajenas a las personas que faltan; las casas, como la gente, tienen una juventud bastante breve; la madurez es larga y la muerte interminable; se nota no sólo aquí, es esta casona típica que no hace mucho perdió su patio del fondo, sino en el caserón en ruinas de la pobre tía Adela o, más cerca, en el de nuestros vecinos los Contreras. Tampoco debo esperar que del fondo del pozo surjan voces en sordina, pasos de gato o de puma, volar de murciélagos, quejidos y llantos; esa “música” concluyó hace rato. (…).

Toda memoria de encrucijada se nutre entre líneas de cercanía y lejanía, de felicidades y tristezas. Se vive entre emociones y palabras. Se vive escribiendo la novela propia, la película propia, caminos que utiliza una memoria que busca la última corrección que todo lo mejore, el montaje que mejor nos cuente. Desde la mesa de café en el Tuñín vuelvo a dos líneas escritas por mi amigo Gabriel. Una es bandera que acompaña: Los afectos antes que los efectos. Y la otra es un poema: En última instancia, pienso, siempre se escribe así: en el aire, en el viento...



miércoles, 8 de diciembre de 2021

Viajero


 

Viajero

 

fui viajero del tiempo desde joven

fiel escucha de las historias que contaba mi padre

tuve oficio, aún lo tengo

amarro sucedidos y miradas con tinta roja

escucho voces de vivos y muertos

en la altura de esta vida mi oficio

cuento historias en el viento

que el viento disponga distancias y milagros

 

se dice que en la noche

en aroma de humedad y final

alcanza mayor esencia

las maneras con que recuerda el viajero

 

el viejo Ritchie regresa historias

un solo de guitarra flota

suspenso el destino del humo sobre el agua

el otoño libera las hojas del árbol

toca navegar a las hormigas

 

convoca historias el ausente de Ritchie

las regresa mientras él mismo es regreso y fuga

un punteo de guitarra me escribe desde los catorce

sucede la vida

viaja el tiempo

viernes, 3 de diciembre de 2021

Rolando por Alejandro

Rolando Lois (1930-2019) por Alejandro Lois

1er. Premio Dibujo

Salón Pequeño Formato 2021

Tres de Febrero

Provincia de Buenos Aires


Dibujo

 

el padre mira el espejo

y se asoma al hijo

lleva en el sueño

pinceladas de sombra y luz

 

mira la ventana

bocetada

abismada

desde la mano el alma que dibuja

 

su mirada vuelve a enhebrar

en los trazos de la vida

 

habitado el espejo

el padre ve

habitada la ventana

el padre ve

regresa y vive

desde el arte del hijo

 

así las señales en la encrucijada

somos personajes de historieta

en el misterio que nos lleva

 

regresan memorias

pintan y dibujan

ellos ven de cotidiano

 

recuerdan en el taller del fondo

unos pasos más allá

de Martín Coronado


martes, 23 de noviembre de 2021

Mono

Sin título (acrílico de Rolando Lois)

 

hace días

despierto cada mañana

con el mono listo

sobre la cama

cuatro cosas locas de refugiado

 

el mono dice

quiero ir

estoy listo

que venga el bondi

necesito una lejanía de mí

 

enredadera arriba

entre almas y sucedidos

ato el mono de mi memoria

sus puntos cardinales

sus puntos suspensivos

y lo sostengo

del bolsillito del corazón