Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de octubre de 2023

Soldado Cartasso

Grabado de Juan José Cartasso


La expresión en la cara del soldado. Casi un personaje de ficción. Apareció el colimba. ¡Atención, soldado Cartasso! ¡En posición de llanto ocupe su tristeza! Descubierto soldado desde el misterio de la creación. Años después de mi paso por la colimba (febrero 1981 hasta poco antes de Malvinas). Soldado Cartasso. Una cara que dice la cara de todos. La cara en una copia de grabado. La copia dentro de una foto. Ésta en el taller del artista. Era 2008. Apareció la imagen mientras respetaba el impulso de escribir un libro memoria sobre el servicio militar obligatorio. Hace quince años escribí Subordinación y valor (para defender a la patria).

Entonces apareció un grabado. La expresión de una cara. En el trabajo del grabador, del artista. En mi memoria. Escuela de Caballería. Campo de Mayo. Última dictadura cívico/militar. Siempre memoria. En los primeros días de instrucción supimos que ellos tenían la facultad de golpearnos hasta donde entendieran que estaba bien, de insultarnos como personas, de denigrar nuestras familias, y de mostrarse satisfechos de su proceder. Un asunto de vital importancia: ser demostrativos era la prueba de la no existencia del soldado. En esos días se fijó en mí una sensación hasta ahí desconocida: respirar dentro de una trampera infinita. Sentía que la colimba era una especie de reino eterno, absoluto, algo que tuvo principio, pero que no tendría fin. No es un error anotar que lo “sentía”. Porque no lo pensaba. El frío estaba en mí. Era tal el descalabro humano que presenciaba que no podía imaginarme un final feliz. La noche de la humanidad existía y yo estaba dentro de ella. Me llevaron para aprender a defender a la patria, y creo que desde esos días, y a pesar de mi inconsciencia -era un pibe que poco o nada entendía de la vida- empecé a preguntarme qué cosa era la patria. En un capítulo de uno de mis libros, allá por el 2001, me pregunté por la patria. Siempre las mismas preguntas. Cuál mi patria. Cuál la patria de ellos.

Conocí al artista plástico Juan José Cartasso (1924-2017) a través de mi padre. Amigos y colegas. Pude charlar con Cartasso. Declaraba: Soy un creador de formas. Hubo charlas de café -mientras se construía nuestra amistad- y una entrevista a la que regreso: Mi papá tenía una empresa de pintura y yo desde chiquito andaba revolviendo colores con pinceles. Él me engañó, porque una vez me llevó a ver algunas casas en la calle Goyena, que eran casonas, y en el techo había pintados angelitos. Me dijo: cuando vos seas grande, yo voy a hacer pintar las paredes y vos vas a pintar los angelitos; y yo quería crecer para pintar angelitos. Yo nací adentro de un tacho de pintura. La entrevista ocurría en 2008, en su taller. Sábado a la tarde. Me regaló un grabado. Y sucedió que, entre los trabajos que vi sobre una mesa, había una fotografía de una de sus obras. Era una cara, pura oscuridad y sufrimiento. Pregunté si era posible quedarme con una copia de la foto. La imagen me impresionó, quería guardarme tanto dolor. No sabía por qué. La foto quedó apoyada contra mi computadora. Desconozco la razón que tuvo el artista para componer el trabajo, pero Cartasso me contó que de joven había dibujado muchos muertos, y si bien el pibe, el muchacho, no estaba muerto, su sufrimiento era de muerte.

Estos detalles cotidianos acompañaron las primeras páginas de Subordinación y valor. La foto ocupó su lugar transitorio sobre mi escritorio hasta el momento en que empecé a mirarla cada vez con mayor detenimiento: la cara del muchacho sale de la noche que en apariencia se guarda sobre la pared. Creo o siento que tiene los ojos cerrados, que los cierra de dolor e impotencia. La boca abierta, un abismo más oscuro que la noche. Labios gruesos. Llanto casi seguro. Una oreja se recorta contra la claridad que habita sobre un pequeño sector de la pared. La piel de la cara está invadida por la carcoma de la noche. La nariz es gruesa. Un grito como único final posible para esa oscuridad. Y es el pelo corto el elemento que termina por revelarme la sustancia verdadera del grabado de Cartasso: un colimba. Acaso, el rostro del soldado desconocido.

La imagen estaba en mis manos. Tuve así la certeza que de no encontrar las palabras justas para contar un colimba, la obra de Cartasso podría ayudar, es decir, la imagen pasó a ser parte de un libro que, si bien sería escrito, nunca fue publicado.

Sucedió entonces que desde el hallazgo tuve la ocurrencia de contar lo sucedido: la aparición del soldado Cartasso. Contar que la expresión “soldado Cartasso” era una manera de decir la tortura, la humillación, el dolor, el sufrimiento de un colimba.

El soldado anónimo tenía en su cara la expresión del soldado Cartasso apenas un instante antes de hacer el disparo en la noche. Intento de suicidio en la primera guardia. En la primera parte de la noche. En la puerta del polvorín. Porque en la Escuela de Caballería, en Campo de Mayo, se vivía en mala noche.

La orden fue pararse al pie de la cama. Todos ocuparon su lugar. El sargento tenía a un soldado tomado de los pelos. La orden fue formar una fila. El sargento mandó salto rana al soldado mientras lo pateaba. La fila empezó a moverse. Había que pasar frente a la cama del soldado que estaba siendo castigado. Luego del baño diario se colocaba el toallón extendido sobre la cama. Sobre el toallón un ejército de moscas nerviosas trataba de nutrirse de la mugre acumulada. Doscientos muchachos bañándose juntos en un tiempo mínimo. Todos se ocupaban de lo suyo. Nadie veía al soldado que no se bañaba. Que apenas corría el agua, utilizaba el toallón para cubrirse. El sargento, de dudoso amor a la docencia, ordenó al soldado que se desnudara y así lo sacó al playón. Hacía frío. A principio del otoño. Lo llevó a las patadas hasta los piletones que se usaban como bebederos para los caballos. Sargento equipado con clásico cepillo de mano para refregar la ropa. Madera y cerda amarilla. Soldado en el piletón. El sargento abrió la canilla, y cargó el cepillo con jabón. El agua helada golpeó sobre el cuerpo del soldado. El ciudadano bajo bandera, a esa altura de la barbarie del sargento, exhibía en su cara la expresión que lleva el soldado Cartasso. A partir de aquel baño, el soldado era llamado por los divertidos maestros de la suboficiadad de la patria de ellos: el sucio.

En la entrevista, Juan José Cartasso, habló de un detalle en el quehacer del artista: Para pintar o grabar, primero debe saber dibujar, entre los grandes pintores del mundo no hay uno que no sea un gran dibujante; hay que saber desdibujar y para hacerlo primero hay que saber dibujar, en eso no se puede mentir; el grabado te ayuda a entender y componer el blanco, el negro y el gris, y cuando una persona sabe hacerlo puede pintar lo que quiera. Quince años después de aquella charla me reencuentro con este pensamiento de Cartasso. Digo entonces que este artista grabador hizo suya la capacidad de entender y componer el blanco, el negro y el gris en las profundidades del alma humana. Solo de esta manera pudo “decir” el alma sufriente de un soldado. El alma desesperada que portaba el colimba que fui. Fuimos tantos los soldados humillados por la patria. Muchachos compañeros atrapados en la trampera de la patria, la de ellos.

El arte de Juan José Cartasso, en aquel mientras tanto de hace quince años, se sumó a mis papeles de trabajo. La escritura trabajó sobre una memoria en la que siempre estoy de regreso. Una besana de gubia a fondo. Servicio militar obligatorio. Antes y después de la colimba. Un tajo salvaje. Inhumano. Escribí a lo largo de un año. Incluí casi todos los nombres que recordaba. Los nombres de los humillados, y el de los torturadores. Entre pensamientos sobre la escritura, entre los sucedidos de la vida cotidiana donde se daba el impulso para aquella escritura, creció el recuerdo de la violencia vivida en la Escuela de Caballería.

Hubo una vez un encuentro de café. Un café después de comprender que la expresión de la persona del grabado me llamaba. Un café después de saber que si el texto alumbrado, un día, se vestía de libro, sería con el grabado de Juan José Cartasso en la tapa. El artista grabador dijo: sí, autorizado.

Pasaron quince años. No hay libro. Y está bien que así sea. Hay sí estos regresos a aquellas memorias. Una escritura más clara y certera. Una vida. Una mirada. La escritura como abrazo piadoso ante aquello que pareció trampera infinita. 

viernes, 8 de septiembre de 2023

Un ateo en Campo de Mayo



Una vez más regreso al día de incorporación. Servicio militar obligatorio. El camión levanta con tajo frío de pala y tira ciudadanos en la Escuela de Caballería. Campo de Mayo. La guarnición. 1981. Al parecer Dios -en sociedad con los hombres de la patria de ellos- había decidido. Mi destino estaba marcado. Servir, en posición de firmes, con subordinación y valor. Servir desde el palo más bajo del gallinero. Colimba con boleto picado en el inframundo, el cuartel. En Campo de Mayo todo era salvajemente terreno. No había entradas para nada que tuviera que ver con el apenas bocetado cielo del Señor.

Dios tenía en el cuartel a uno de sus empleados en la tierra. Infaltable en la sociedad de la Escuela de Caballería. Había iglesia. Y había cura. Como señalé en uno de estos viajes de regreso a la colimba, no fue inteligente mi postura en el primer encuentro con el hombre de camisa gris. La última dictadura cívico/militar/eclesiástica aún marcaba el paso del tiempo. El muchachito estúpido que fui, ante la pregunta del cura: ¿Religión?, contestó: Ninguna. Dijo el cura: No puede ser, cómo no va a tener religión, ¿y sus padres? Tampoco, respondí. Desconozco qué habrá anotado el susodicho en el casillero de mi ficha. Quizás ateo. Haberme declarado ateo ante el cura, haber dicho mi verdad, me provocó cierto orgullo. Había cuestiones de la vida que aún no manejaba. Y habría muchas más -luego de transcurrido casi todo éste, mi tiempo- que así se quedaron. Inmateriales, erradas, truncas, sin nunca haber encontrado ciertas puertas.

Recuerdo un domingo. En medio de la instrucción en el campo. Un altar dispuesto. El cura con su uniforme de gala. La tierra húmeda. No barro. Tierra oscurecida. Pasto seco. Ralo. Pegado a la tierra. ¿Por qué recuerdo con tanta nitidez este detalle? Pasto aplastado. Todos los colimbas de pie frente al cura. Pases de mano bajo el cielo. Palabras al tono. Supongo. En la memoria de esa mañana no veo la cara del cura. Tampoco lo escucho. En mi remembranza sólo veo el pasto seco pegado a la tierra. Imagino una lluvia lenta y silenciosa. Durante el sueño. Esperanzada. Asistí a la misa sin resistirme. Todo fue de improviso. Dios y su empleado, de repente, estaban ahí. Mi asistencia no trajo consecuencias para mis ideas. Diría -comprendiendo el escenario y la ira provocada por tantas humillaciones- que la encerrona de la misa acentuó al estúpido que había en mí. Yo, quien nunca supo dibujar una cruz en el aire, abriría la boca a la primera oportunidad.

Hubo aviso de día y hora. Supongo que también era en domingo. Durante la instrucción militar los colimbas permanecimos más de veinte días dentro del cuartel. Fue largo el camino hasta el primer día franco. Nueva misa. Entonces, y ya siendo conocedor de las “bondades” del castigo para todo aquel que quedara un tanto a la vista, me presenté ante el cabo primero que se encontraba de semana en mi escuadrón. Estar de semana significaba que tres suboficiales eran los encargados de la administración: conteo, listas, castigos, etc. Expliqué al milico que yo no tenía religión, y que, por lo tanto, no quería asistir a la misa. Pedía la excepción. No recuerdo su respuesta. Tampoco su cara. Imagino su burla. El cabo primero fue con la consulta a su superior inmediato: el sargento. Una vez agotada su curiosidad, es decir, ver la cara del tagarna (TArado/GARca/NAbo, todo un poema) que hacía semejante planteo, el sargento miró hacia arriba. No recuerdo el grado del jefe del escuadrón de Comando y Servicios, un oficial de mediana graduación, quizás un capitán, pero bien sé que fue él quien me llamó y preguntó por mi posición frente a la misa. Expliqué. Entonces dio órdenes a los suboficiales para que yo no asistiera al convite con Dios. La fila de colimbas marchó hacia la iglesia. Yo, el último. El ejército de almas entró a la iglesia, y a mí me ubicaron cerca de la puerta, casi sobre la calle. Los suboficiales de semana iniciaron las burlas. Cada milico que pasaba por el lugar y me veía ahí parado, preguntaba. Es ateo, se mezclaba la respuesta con la risa. Estuve de pie en el lugar durante todo el servicio en nombre de Dios. Cada vez que regreso a ese momento, me digo que tuve suerte. Porque como se verá, hacerse visible en la Escuela de Caballería presentaba sus serios riesgos. No fui golpeado por ser ateo, pero sí burlado. Che, ateo, vení, me llamó por un tiempo el suboficial mayor que dirigía mi destino: la sección de Arsenales. Este es el ateo, el que no quiso entrar a la iglesia… Una diferencia que saqué barata.

Ocurrió una mañana. Cortocircuito con el cabo primero de Arsenales. Me manda a hacer cuerpo a tierra. Inicio de castigo. Corro alrededor de su figura mientras camina por la calle central del cuartel. Manda salto rana. La calle en subida. Recibo su ayuda. Me levanta a patadas. “Febo” asoma. Antes de llegar a la iglesia, sobre la misma calle de Dios, el cabo primero se encuentra con el cura. Hablan. Aprovecho. Intento detener el salto rana. Necesito descansar. Pero mientras se da el saludo y la charla, el suboficial me patea para que continúe. Levanto la vista. Recuerdo mirar la cara del cura. Su sonrisa ante el castigo y los insultos. Recuerdo también que un día fui testigo de cómo el mismísimo cura mandaba a salto rana a un soldado. Salto rana mientras el susodicho, además de ordenar, golpeaba al soldado con una vara de madera. Una costumbre. Aguanta, hijo mío, sobre esta bendita tierra de Campo de Mayo, que tuyo será el reino de después. Veremos, si es que algo tuyo queda, luego de recibidos por el lomo los patrios mandamientos. ¡Amén!

En Campo de Mayo, en la Escuela de Caballería, aparecían como confusos ciertos quehaceres relacionados con el cuidado de las almas colimbas. En plena bulla podía ocurrir que se burlara al ateo. Y que no recibiera más castigo que la humillación por la palabra. Se podía creer en que las fuerzas armadas fueran profundamente cristianas. Pero aún veo al seminarista desmayado sobre el playón. Sol fulminante de la primera tarde del mes de febrero. Después del almuerzo (hambre, locro picante y la prohibición de tomar agua). Los colimbas en formación. Cayeron algunos. Uno el muchacho que estudiaba para cura. Siempre lo recuerdo. Tenía espuma en su boca. Recuerdo a otro soldado. Vecino de Martín Coronado. Era cura. Y por tanto tenía asegurado un trato especial a la hora del castigo. A esta situación se sumaba la especial saña –insulto y patada- sobre todo aquel cuerpo y alma que llevara un apellido de origen judío. Al ateo se lo burlaba, al judío se le pegaba con ganas.

Entendí años después. Aquellas situaciones no eran una contradicción ideológica. En el cuartel había espacio libre en el campo. No en el pensamiento. Todo era una especie de impulso y repetición. En la rueda del hámster sólo circulaba el portador de la violencia. Había que castigar al colimba que no venía del barrio, de la calle, aquel que parecía más débil, aquel que lloró de indefensión en las primeras noches en el infierno. Había que castigar a los señalados como homosexuales. Había que castigar con paliza y calabozo a los dos soldados que encontraron abrazados, una noche, en un baño de tropa. Había calabozo, hacía más de un año, para el colimba a quien se le escapó un tiro e hirió a otro. Calabozo también para el colimba que se le escapó el tiro y mató a un ciudadano obligado a jugar a los soldados.

Recuerdo el castigo grupal. Los doscientos treinta colimbas del escuadrón encerrados en el baño de la cuadra dormitorio. Cerradas todas las ventanas y la puerta. Cuerpo a tierra. Que nadie quedara de pie. En el centro el cabo primero parado sobre los piletones. Cuando el espejo se empañó escribió: mamá y papá. Hasta que no se borre, no nos vamos, dijo. Cuerpo a tierra, salto rana, un rezo completo. Y recuerdo el sabor especial que tenía para el milico el castigo particular, libre de ideas complicadas. Humillar y golpear a quien era así discriminado, al que según la patria de ellos lucía diferente, a quien quedaba a la vista sin importar razón ni derecho alguno.

A pesar de que era obvia la inoperancia de Dios y su empleado en Campo de Mayo por resguardar a las simples criaturas, admito haber dudado. Tantos fueron los disparos accidentales, y sin embargo, hubo solo un colimba muerto.

¿Y si todo, en efecto, sucedía bajo la mirada de Dios? Un milico me llama ateo en el cuartel de la patria de ellos. 

martes, 8 de agosto de 2023

Fantasmas en la hondonada

 

Collage de Mario Bellocchio

Nunca vi el fantasma del Reconquista. Pero ahí estaba, todos lo sabíamos. (A pesar del universo oscuro que ignorábamos). El boca a boca lo hizo auténtico. De la clase 61 a la 62. La historia se extendió a pesar del silencio. Servicio militar obligatorio. Yo, soldado. Había que estar atento en el puesto de guardia del mástil. 1981. Dictadura cívico militar. En el borde, en el límite, el mástil donde nacía el confín de la Escuela de Caballería. Su más allá.

Regreso a la colimba. COrre. LIMpia. BArre. Hago guardia. Subordinación y valor para defender a la patria. Llevo el fusil de la patria de ellos al hombro. El río Reconquista corre a unos quinientos metros del puesto. Transcurre allá abajo -en medio de la hondonada-, lejos y cerca. Se dice que el fantasma recorre las orillas. Siempre miro hacia el Reconquista. Ni una sola vez dejo de buscar el fantasma. Un silencio malsano será señal de los tiempos. Un aroma esencial en Campo de Mayo.

El fantasma debía ser blanco. De la claridad inmaculada de las almas, como en el cine. Así lo imaginé la vez que escuché a un soldado –que había hecho guardia la noche anterior- asegurar que lo había visto. Existía. Era la más pura verdad. Un misterio en la soledad de cada noche.

Hacia la hondonada fui llevado por el destino. Una mañana. La cara del destino era la del soldado Pierandrei. Pertenecía a la columna de transporte y estaba al volante de un Unimog. En este retorno no veo la cara o las tiras de ningún suboficial. Sospecho que había otro soldado en la excursión. Una misión de transporte dentro del cuartel. Íbamos en camino cuando Pierandrei puso proa a la hondonada y el Unimog se zambulló en la barranca. El Unimog es un camión que parece de juguete, diseñado para jugar a cualquier cosa, incluso a los soldaditos. Pero más allá de su apariencia, fue amanecido para moverse en terrenos accidentados. Va a los saltos. Veo cómo la mancha del Reconquista se acerca a través del parabrisas. Es una locura, aún no me explico cómo sucede semejante afrenta a la disciplina. Nadie nos ve. Como fantasmas correteamos camino a la orilla haciendo círculos, riendo. Nosotros soldados: invisibles cuando el golpe y el dolor. El paisaje fantasma del Reconquista también lleva temblor de Unimog.

El puesto de guardia del mástil era el lugar donde más se acentuaba el hambre del colimba. En la soledad silente de la noche las tripas cantaban su queja. El hambre duele más en el frío. Cuando tocaba el mástil, a veces, con suerte, se daba que el soldado conseguía en la cocina -de manos de otro ciudadano obligado a soldado- un sanguchito con queso. Una gambeta en el juego cruel de la guardia.

La vivencia -cada vez que regreso a una de esas noches de guardia- es la de estar dentro de un óleo pintado por mi viejo. Un río a la distancia. Oscuro como el cielo. Grandes nubes apenas dibujadas por un trazo de luz viajera. Una luz de luna menguante. Luz de estrellas muertas que llegan hasta las orillas de aquello que aún transcurre. El río en su cauce. El río y su cauce en la hondonada. Allá abajo. Un arbolito en la orilla más lejana. Del color de la despedida. A primeros días del otoño. Una presencia viva en ocres y fileteados en rojo sangre. Mi padre pintor usa una paleta de gamas bajas. Paleta donde se mezcla la materia viva con la muerta. Sucede también el universo en Campo de Mayo. Contemplo desde el puesto del mástil. Cuido la patria de ellos. Soy vigía, guardia, policía. Fui guardia. Sigo siendo guardia del silencio de ese campo que tantas veces pinta mi padre. Estoy a metros del mástil. Colimba que ignora los sucedidos en la tierra de la patria de ellos. En el cuadro pintado por mi padre habita una presencia. Flota en el aire, en el viento. Transcurre como río que sigue vivo en su cauce. Mientras tanto en el mástil, el hambre, el frío, el peso del fusil. El silencio y la ignorancia.

La palabra fantasma tiene otras implicancias en la Escuela de Caballería. Y como en todo buen cuento, está sujeta a la llegada de la noche.

Buen día. Gritos e insultos del sargento como saludo a los doscientos treinta colimbas que guarda la cuadra dormitorio. Así se inaugura cada mañana, cada día dedicado a la maldad en el mundo de lo humano. Humillaciones a la carta. Golpes. Miedo y dolor. Tensión entre los muchachos que ocupan el palo más bajo dentro del gallinero de la patria de ellos. A partir del primer movimiento represivo, comenzaba a rodar el día bajo amenaza. No faltaba oportunidad para que el cabo, cabo primero o sargento, gritara al soldado. Lengua con filo de suboficial: ¿nombre, soldado? Para que todos escucharan, para que nadie olvidara que cada cual, en cualquier momento, por impensada causa, podía sumar su nombre a la lista. ¿Nombre, soldado? Por moverse en la formación. Por ser el último en caer luego de haber sido pronunciada la orden: cuerpo a tierra. Por alguna desprolijidad en el uniforme. Por mal afeitado. Por llevar el pelo largo. Por ser el último en llegar a donde hubiera que ir. Porque sí. ¿Nombre, soldado? Con el tiempo aprendí que no había que llegar primero ni último porque al milico le quedaba en la punta de su lengua bífida, el nombre asociado a la caripela. Entonces, mientras sucedió el servicio, muy pocos milicos recordaban mis pistas esenciales.

Conocido el nombre, el suboficial procedía a transmitirlo al superior que ese día llevaba la lista. El castigo estaría dirigido por el suboficial de mayor rango que esa semana estaba a cargo del escuadrón de Comando y Servicios. La lista se alimentaba a discreción. No había justicia durante el día. Tampoco la habría en la noche.

A Dormir. Todos al pie de la cama. Orden de acostarse. Se apagaba la luz general. Sólo quedaba la del baño en un extremo de la construcción y, en el opuesto, la del pasillo que llevaba al dormitorio de los milicos que estaban de semana. Por esa puerta retornaba el cabo primero o el sargento acompañado por uno de los esbirros. Cerca de la medianoche encendía una luz y empezaba a nombrar a los colimbas que habían caído en la trampera de la lista. Uno a uno al pie de la cama. Vestidos de fajina como en el día que continuaba en la noche. Cada noche se daba la nómina de los señalados. Cada noche salía el pelotón fantasma, así se lo llamaba. A cargo del pelotón fantasma, los ejecutores del plan. Pelotón fantasma por tanta víctima de tanta injusticia. Cuando partía el pelotón, en la cuadra dormitorio se apagaba la luz. Casi todos esperaban el regreso. El susodicho pelotón fantasma consistía en propinar castigos físicos y humillaciones varias en el campo y las calles de la Escuela. Tortura. Los colimbas eran desaparecidos un tiempo variable. Dependía de la crueldad del personaje a cargo, del compinche, de las ganas de divertirse de los suboficiales. En el dormitorio se abría la puerta del costado, y entonces regresaban los castigados. Eran repatriados los escombros de los muchachos. Se encendía la luz para que quedaran a la vista. Para que los demás supieran que mañana, cerca de la medianoche, partía el pelotón fantasma. Nadie volvía con hambre. Todos alimentados a patadas, piñas y cachetazos. A lagartijas, saltos de rana y cuerpos a tierra. A carrera al frente o a correr en círculo. Siempre el mismo paisaje en el cielo. Apenas un poco de luz, como para seguir vivos, como sucede en muchos de los óleos que pintó mi padre.

Sucedió que años después de terminada la colimba supe de la oscuridad reinante en Campo de Mayo. Una oscuridad mucho más oscura que la vivida, la imaginada. Campo de Mayo escondía tortura y muerte. Un campo de concentración alimentado por bandas de asesinos. En la patria de ellos los vuelos de la muerte. Mientras el poder económico crecía entre sombras.

Siempre vuelvo al mástil frente al Reconquista en la hondonada. Puesto de guardia. Cuidando el horror que desconocía. Con los regresos a través de los años me di cuenta de que el paisaje bien podría haber sido pintado por mi padre. Con los regresos supe que no era uno solo el fantasma que transcurría como el río. Supe que eran muchos los fantasmas en el aire, en el viento. Fantasmas que exigen memoria. Exigen verdad y justicia. Castigo para aquellos que diezmaron una generación. A través de los años regreso al cuadro de mi viejo, y me digo que, al fin, pude ver los fantasmas en la hondonada, a orillas del río Reconquista.



miércoles, 5 de julio de 2023

Ensoñado en la novela



Digo que me fui del barrio. Casi dos meses hasta la casa que queda en la infancia. A la vez digo que nunca me voy del barrio. Como Troilo. Si siempre estoy llegando. De regresar se trata mientras dura la cuerda de la calesita. Vuelvo en las veredas cotidianas. También en fantasmagorías. De buen fantasma que no lleva cadenas quejosas, sino recuerdos. Buen fantasma que anda el barrio como si fuera escenario de teatro. Retornan a las calles escenas de ayer. Alegres y tristes. Simplemente regresan mientras, por ejemplo, el bondi me lleva, por Avenida La Plata, de ida y vuelta, hasta la casa de Virginia y Mario, mis amigos. El 65 me pasea por el límite de Boedo. Entonces me sueño caminante por Garay, Muñiz, Mármol, Treinta y tres orientales, Tarija, Estrada, Las Casas. Soy renovado fantasma y veo. Regreso a ciertas escenas, a ciertas presencias. Convoco, al mismo tiempo que soy convocado. Esas misteriosas maneras del murmullo con los habitantes del más allá. Veo todas mis calles cada vez que voy como humano ensoñado que mira por la ventanilla. Similar al sueño profundo en la alta noche, en su encrucijada es donde se tocan los mundos. Más acá en el mientras tanto. Más allá en el después del último trago. Ensoñación bondinera. Buenos fantasmas que retoman diálogos. Regresa el sucedido. El que se podía adivinar, presentir. También el que sorprendió. Un poema universo bien puede comenzar con un abrazo.

Puedo contar escenas a las que siempre regreso. Sobre esta vereda aquella mañana. Frente al portal de la Santa Cruz. En ese banco de la Martín Fierro. Por Estrada hasta el parque. Caminantes por Boedo. El altar del Gauchito Gil por Las Casas. La constelación del escarabajo sobre Mármol. La vida secreta en el refugio de Garay. El mercadito chino de Pavón. El azar amasando su esencia en la esquina de La Plata y Vernet. La humana conspiración en el sueño de cada mañana; haciendo real este barrio al que vuelvo, retorno, regreso, luego de la temporada en mi casa de infancia.

Es verdad. La vida parece sueño. Y en las tierras del sueño siempre habrá lugar para la felicidad y su goteo lento. En la vida hay lugar para buenas magias. También para el quehacer de personajes de espanto. Para palabras e imágenes con esencia de eternidad guardadas en nuestra eternidad limitada. Eterno mi barrio de Boedo. Eternos sus buenos fantasmas que aparecen, cada vez, cuando voy ensoñado en el 65, o ensoñado, a la deriva, como viajero caminante de las calles. Siempre llevado por el viento de la memoria.

Estoy parado en la puerta del refugio de Garay. Viene de visita uno de mis buenos fantasmas. Vuelve porque me quiere (ahora mismo está de regreso, mientras escribo). Dobla en la esquina y lo veo. Sonríe. Se cuenta en su historia de vida. Los capítulos de la novela en innumerables caminatas por el barrio. Veredas en la mañana. La vida que, hasta en las peores instancias, puede dar sorpresas. Un dibujo. Un blues. Un tango. Un cuento. Toda una historia.

Cuando voy como ensoñado bondinero o en el mientras tanto -paso a paso en el camino- recibo al buen fantasma. Aparece la necesidad, como sucede con la escritura. Soy un extraño en su ausencia. Saludo. Escribo. Nace un apunte, una brevedad, quizás hasta un poema, o nace esta forma de crónica de la calle donde también se tocan los mundos. Más acá el cotidiano. Más allá el después del último trago. Lo dicho. La realidad bien puede ser un sueño. Uno más. El buen fantasma y yo sentados en la puerta de una iglesia sobre Estrada, cerca de parque Chacabuco. Charla en la mañana sobre escalones de mármol. Una imagen que se quedó conmigo. Vuelvo a ella parado frente a la iglesia o desde dentro del 65 a velocidad por Avenida La Plata.

Y con cada regreso presencial. O con cada ensueño de bondi. Siempre aparece la escritura de las voces y los gestos. La reescritura de los diálogos entre el ensoñado y el buen fantasma. Los regresos parten de la esencia argumental del sucedido de origen. Y serán los regresos sucesivos, aquellos movimientos, encuentros, encrucijadas, los que sacarán brillo a la felicidad –no olvidar que siempre lento es su goteo- de haber estado vivo de manera tal para que la memoria nos guarde como ciudadanos de un paisaje de barrio. Bienvenido entonces el recuerdo que mejora. Bienvenida la esencia que perdura. Que se mantiene un tiempo más, por ejemplo, sobre las veredas y calles arboladas de Boedo. Una y otra vez el poema. La novela. Un tango. Un blues. Quehacer mágico de alquimista que encuentra cada vez la piedra filosofal. La piedrita del destino que transmuta la muerte en renovada vida. Sucede a cielo abierto. Por ejemplo caminando por Mármol en dirección a Las Casas. Hace instantes caminaba por Garay. El día al que regreso descubrí siete autos, siete viejos escarabajos muy coloridos, estacionados en ambas manos de la calle que avisa taller mecánico. Dentro del taller, un mago celeste. Supe de inmediato que cada auto era una estrella. Supe que los siete autos formaban una constelación en el cielo terreno de Boedo. Con rapidez comenté el hallazgo con un viajero que, en ese momento, era mi compañía. Puede ser, comentó con alegría. Por qué no una constelación terrena, se preguntó. Sucedió que un día, ensoñado en el 65, mientras al parecer me alejaba de Boedo, regresé al día aquel cuando el descubrimiento de la constelación. Ocurría otra vez la mañana. El tiempo de vida del viajero aquel que me había acompañado en el origen, se había agotado. La Parca y sus visitas. Siempre de pandemia. Asumida su nueva condición de buen fantasma, aseguró, recién aparecido, conocer el nombre de cada estrella de la constelación de este cielo. Cada auto un nombre de calle. Digo que una vez me fui del barrio. Digo también que siempre estoy llegando. Ya de regreso de la casa de infancia, retomé las caminatas. Siempre hay siete escarabajos frente al taller de la calle Mármol. Cambian de ubicación debido al azar que manejan determinados dioses en tierra santa. Pero la constelación siempre está ahí. En el cielo. En la tierra. Caminé entonces por el interior del dibujo para ese día. Arte propuesto con escarabajos. Caminé lento -como gotea la felicidad- hasta que apareció mi buen fantasma. Esta vez agregó que vivía en la constelación de los escarabajos, cada auto una estrella, cada estrella un nombre de calle del barrio. Y dijo, además, que cada vez que me acordara de su buen fantasma, simplemente llegara hasta la constelación. Y entonces hasta ella llego. Regreso. Retorno en éste, mi único cielo donde mi puñado de dioses, y de almas, se encuentran en la buena memoria de lo humano.

Digo que es por eso que creo en un dios de la memoria. Ante todo imperfecto. Porque en tanto memoria, siempre hay lugar para el olvido. La memoria es un océano misterioso. Y misterio en el cielo. Así también en las veredas del barrio. Digo que siempre estoy llegando. Caminante o ensoñado en el bondi, viajero en la eternidad limitada. Transito veredas, calles y avenidas, ando por su filo. En el filo respiro. En el misterio. Quizá por ello escribo. Para eso tal vez este trabajador de la memoria. Respiro en ella. Simplemente la anoto. Una y otra vez. Mientras mantiene su forma. Mientras cambia. Mientras respira y se agranda. Mientras se afina en el trazo en rojo. Porque la tinta siempre es roja. Como la que usaba el escritor memorioso del Pombo. Una y otra vez la historia gira intentando alcanzar otra vuelta con sortija. Para durar un tiempo más sobre la tierra, por ejemplo, sobre este barrio donde un puñado de buenos fantasmas vuelve, regresa, retorna. Un puñado de personajes vuelve a sus historias. Y entonces la escritura -arte basado en la respiración de las almas- los recibe, y entonces viven y se reescriben, mientras es tiempo de recuerdo. Los veo sonreír. En días de sol. Importa la razón primera del encuentro. El impulso desde el más allá. Las ganas de renovar la charla en el más acá. Ellos viven dentro de la memoria practicante de mi escritura. Los presiento en el aire, en el viento. Somos memoria en la escritura del libro propio. La novela que nos guarda, que nos lleva. De encrucijada el poema, el blues, el tango, esta crónica de la calle. En Boedo. En Buenos Aires.

miércoles, 7 de junio de 2023

Payaso en situación de calle

Collage de Mario Bellocchio


Es sabido. Es una verdad relativa. Una línea que se dice y repite hasta que duele. Una afirmación que se engancha en el viento. La anoto. Se queda. Un tanto de verdad y otro tanto de mentira. Como todo en este mundo. Aviso. Es sabido. Todo payaso es triste. O lo será. Como cualquiera. Quién puede saber cuánto de payaso carga entre sus almas. Todo payaso es triste. Es sabido. En eso pienso cerca de la esquina. En la avenida. Pienso mientras miro por la ventanilla del bondi que me lleva a destino. Todo payaso es triste. Todos vamos a destino. Es sabido.

Adivino. Soy el único pasajero del 65 que mira sobre avenida La Plata. Bondi cercano a su parada. Semáforo en rojo. Cercano al cruce con avenida Rivadavia. Miro por la ventanilla y ya no se trata de un cruce de avenidas. Ya no es paisaje común. Simple. De cotidiano a primera hora de la tarde. De sábado chato. Paisaje que deviene en encrucijada blusera en tanto escucho mi tango. Puede que en el bondi haya otros pasajeros que lo vean. Pero no. Me digo que soy el único que tiene ojos para el payaso que se mueve sobre la avenida. Pide una vida amable y pide monedas sobre La Plata. Ni lo intenta por Rivadavia.

Lleva gorro de payaso. Verde, rojo, blanco. Lleva gorro ajado. De payaso escorado. Lleva nariz de payaso. La cara lo deschava. Camina la avenida. Paga un precio alto. Esforzado su andar de paso a paso. Hombre desvencijado. Lento. Un payaso de edad. Porque el hombre vestido de payaso es payaso. Su oficio de vida. No hay duda.

Descuelga una bolsita plástica de la reja. Bolsita al mar. La reja pegada al cordón. La vereda impecable. En la encrucijada una pizzería brilla interiores. La bolsita que desata el payaso guarda restos de comida de una mesa de vereda. Hubo alguien antes de este tiempo de semáforo que se estira, que vio, que pensó en el otro. El payaso lleva un morral. Luego de mirar el contenido de la bolsita, el plástico marcha a bodega de morral profundo.

A pleno sol en la noche de esta encrucijada. En este tiempo de escritura. Llueve payaso afuera. Llueve payaso adentro. Una lluvia lenta. Triste. El hombre que es payaso camina la avenida. Entre los autos detenidos. Entre autos que se mueven lento. Paso a paso. A los 60 años se quejan las piernas del payaso. En el aire el gesto de la mano que pide. Camina lento. Saca pecho. Trata. Toma aire. Recuerda.

Adivino. Hubo una primera vez. Sucedió mientras fue pibito en un barrio pobre. En la provincia. Recibió un papelito llamado entrada gratis para ir a ver la función del circo recién llegado a la zona. Fue aquella vez. Vio un payaso. Hacer y deshacer el mundo. Las risas de tantos pibitos. Al fin un hombre vestido con todos los colores. Recuerda el payaso sobre la avenida. Recuerda el pelo, el sombrero, la nariz, los zapatos. Aquel gesto azaroso con payaso se lo llevó del mundo. Lo hizo universo. Ya no pudo entender de la pelea que exige el deporte malsano de la codicia. Condenados aquellos que no nacieron para cosechar dinero.

El payaso vive sobre la tierra, en la urbana pertenencia. Transcurre en el aire. En el viento. En el plano general donde evapora la sociedad, el tiempo. Toma aire. Duele verlo caminar. Su mano de pedir. La cinta de tela que sostiene el morral cruza sobre el pecho. Camisa que resiste la suma de un nuevo día. Saca pecho. La mano en el aire. En posición. El payaso lleva un cartel colgado del cuello. De tamaño regular. Un aviso para descuidados. Para pasajeros veloces. El payaso se ofrenda. Saca pecho. Se deja leer. Entonces leo. Payaso en situación de calle. Así el convite de escritura mínima. Un hombre en pocas palabras. Un título certero. Payaso en situación de calle. Lleva un cartel de cartón colgado del cuello. O el payaso todo cuelga del cartel. Saca pecho. En el aire. En el viento. En la encrucijada de blues donde escucho mi tango. Cuántos leen el poema crucial, esta novela con personaje de cotidiano incierto y final cantado.

Baja una ventanilla de auto último modelo. La mano del payaso llega hasta la frontera. Aguarda. Mejor billete. El payaso aguarda en medio de un presente salvaje. Ya lo explicó el pensador amarillo de dudosa sustancia humana: Vivir en la incertidumbre y disfrutarla.

Adivino. El payaso duerme en la orilla. Al pie de un grande cartel de publicidad. A unas cuadras de la encrucijada. El payaso guarda en la noche su sombrero de colores. Su nariz roja con elástico. El cartel bajo almohada improvisada. En la memoria lo aprendido. Duerme el payaso en la avenida. La noche trae vecinos de vereda. Poco o nada se dice. Se comparte la ciudad a cielo abierto. Importa el lugar junto a la pared. Igual que un animal cuando se siente morir. Un lugar donde apoyarse. Nada más. Un lugar donde guardarse hasta que haga falta. Dentro del buen silencio, la espera.

Cuántos los que leen la escena sobre la avenida. Casi todos los ciudadanos andan lanzados a velocidad. Pensando en lo por venir, en todo aquello que hay que hacer después. Siempre es después en el mientras tanto amarrete del ahora, en el presente que se despide en un abrir y cerrar de pantalla. Ciudadanos en el viejo Oeste. Como cuando las películas de infancia. En el OK Corral, en el bondi, la vereda, la esquina, el asfalto, hasta en el sueño y el deseo del caminante, se desenfunda. Urgente el mil luces. Ansiedad. Velocidad y desesperación. Como si se escapara la vida toda en el gesto. Urgente la búsqueda hasta que al fin -aferrada como a madera en el naufragio- la mano rescata el celular del bolsillo o la mochila, y apunta al primer después. Un cable se ajusta a las orejas, y éstas al cerebro, y en él la magia de ver en el paisaje cercano. Con suerte, unos pocos ven al payaso en situación de calle. Cuántos los que leen el poema que escribe el otro. Cuántos la novela donde resiste el otro. A cuántos importa la incertidumbre del payaso.

La bulla ensucia la mirada. El barullo malo, el interesado, se hace humo oscuro sobre el cemento. Los dueños del circo manejan el programa de la función. No hay entradas gratis para este circo. Todos pagan la suya. Todos frente a las pantallas donde factura, despista y miente el gran manipulador. A esta hora de la función, cuántos los que entienden el mecanismo del show. Cuántos viajeros tienen consciencia de la trampera.

Payaso en situación de calle. Escrito va. Vive en la orilla. En el río cerca de la esquina. Bajo el cartel. Sobre la vereda unos trapos. Así de efímero. Un pibe más. Entró al circo donde el trapecio afila la moneda. No hay red. Sólo condena. Sobre el cemento del circo los escombros del nacido con destino equilibrista.

El payaso llegó, sobrevivió, hasta este momento de encrucijada. Lleva cartel al cuello o lo lleva el cartel, su nombre, por la avenida. En verdad, la vida siempre es de encrucijada. El payaso tiene perfecta idea de su mapa sin tesoro. Lejos del puerto de la infancia. Lejos de la ciudad. De la poética de la urbanía que lo viera caminar por tantos barrios. Continúa quieto el bondi. Miro. Veo por la ventanilla. Leo el cartel del payaso. Quién puede saber cuánto de payaso carga entre sus almas. Todo payaso es triste. Es sabido.

Recuerda mi alma de payaso haber leído unas líneas. Título del libro: Automoribundia. Del egregio escritor Ramón Gómez de la Serna. Durante varios meses el libro fue mi casa, mi lugar a donde poder regresar. Recuerda y busca entre escritos una de mis almas y al fin encuentra: (…) Oscilo entre el circo y la muerte. Amo los payasos y los muertos y encuentro un gran parecido entre unos y otros, habiendo observado que los payasos se caracterizan de muertos, pálidos, pálidos, con los ojos hundidos en negrura, dos comillas de calavera en la nariz y la boca rasgada como la de los cráneos que ríen.

Reír en la encrucijada donde se escucha mi tango. Tener toda la tristeza dispuesta sobre la mesa. Era sabido.

Anoto que hay un payaso en situación de calle. Por avenida La Plata. No por Rivadavia. Anoto su movimiento. El gesto. El dolor a la vista. En la gran ciudad donde tantos ciudadanos tienen por techo la autopista. Y un cielo que nunca llega hasta el cemento. Donde historias, trapos y cartones.

Anota Ramón Gómez de la Serna: A veces soy actor de soledades y me siento morir en la noche. Confieso que en ese momento sólo quisiera romper mis papeles, y sólo siento no haber agotado mis ternuras con la mujer.

Leo: payaso en situación de calle. Escribo: todo payaso es triste. Pregunto: quién puede saber cuánto de payaso carga entre sus almas. Pienso mientras miro por la ventanilla del bondi que me lleva a destino. 



miércoles, 24 de mayo de 2023

Una Guía para todos los viajeros

Collage de Mario Bellocchio

 

Un libro sobre la mesa de madera. Transcurre la media mañana. Mientras tanto de mate en el refugio de avenida Garay. Allá lejos, en el inicio de esta historia, una primera edición con viaje limitado. Luego fue el turno de una edición bilingüe. Unos ejemplares en Paris y otros en Buenos Aires. Ahora, en este presente, la Guía poética de Buenos Aires de José Muchnik espera sobre la mesa. En Boedo. 20 años después. Flamante su ropaje de libro. Su regreso en palabras, la escritura del caminante.

Una de las posibles afirmaciones aparecidas desde la relectura es que, a través de la Guía, se llega hasta el centro del lugar –conocido, imaginado, y por conocido siempre imaginado-, hasta el alma esencial de un lugar llamado Buenos Aires. Una ciudad que devino río, quizá por haberse levantado de espaldas al río grande. Tal vez por apagar el cielo de riachos menores (En algún lado está… más allá del entrevero de bares y avenidas… más allá de alfiles y torres atravesando casillas y diagonales… más allá de tierras ganadas o copas vacías… en algún lado está el líquido límite de una ciudad que quiso olvidarlo… líquidas las almas inmigrantes, líquidas las ilusiones traídas, líquidos los dolores acarreados… la Ciudad le dio la espalda y buscando tierra firme se marchó.). Por la ciudad que devino río navega el poema del hombre nacido poeta. Poema suma poema mientras la ciudad respira en eterna fundación. En ella los viajeros, los nacidos en esta tierra, los que llegan desde tantas otras. Todos viajeros. No es una Guía para pocos, es para todos, para el otro. En la deriva del bote del destino se hace recomendable andar con la Guía a la mano. Mientras transcurre nuestro tango, saludable será reconocer los elementos que integran la vera urbanía. Un libro para afantasmarse mientras la pulsión de la vida. Un río para buenos fantasmas. A consciencia despierta. Dejarse llevar en la memoria mientras se despide la noche con un beso húmedo de luz. Una vez alcanzado el estado bien aromado del buen recuerdo. Una vez abiertas las puertas del almario -en la Buenos Aires que propone la Guía- el navegante será hombre de a pie. Será caminante en el “Teatro de Vida”. Buenos Aires escenario. Buenos Aires, siempre una obra en construcción. En ella la escritura, la búsqueda, la suerte de lograr cada día. El intento de los viajeros, de cada personaje del libreto en desarrollo.

Así lo entiende José Muchnik, Josecito de la ferretería, Boedo 1561, allá lejos y hace un tiempo, el pibe de barrio nacido poeta -es decir letra y música del río- inició la escritura del poema que boceta imágenes del paisaje de la vida. Entre las dedicatorias de la Guía: A los que agrandaron el alma inconclusa de Buenos Aires. Queda dicho. Para todos.

Sea dicha además la mentira y la verdad cuando el poeta anota: (…) esta guía no lleva a ninguna parte… Cuando insiste: (…) Es una guía para recorrer el alma de la ciudad. Una estafa… una bella estafa, pues se trata de un alma inalcanzable…

Consejo de poeta para el caminante: Nostalgia abierta, esquina universal, calles sin bordes, juego para armar…ya descubrirá usted su propia manera de recorrer el alma de esta ciudad.

El poeta lleva la noticia de la vida desde la esquina de Pavón y Colombres. A modo de instructivo recuerda: (…) la misma calle / con los mismos jazmines / con las mismas ansias / de imaginar futuros // mas una brisa se inclina / y ya no es la misma / (…).

Llueve a ambos lados de la ventana. Caminante que sale del café Margot, en Boedo y San Ignacio: (…) Sur que no es destino / mas búsqueda de algo // (…).

En la ciudad, después de tanta lluvia, se escucha un tango: Alguna vez se vuelve / la casa está vacía // las camas hechas / las fotos colgadas / las voces suspendidas / y todas las ausencias en su lugar. // Alguna vez se vuelve / y ya no está la casa // solo algunas matas / espiando sobre la tapia / de un baldío desplegado / sobre ausencias diluidas // Alguna vez se vuelve / y ya no está la casa // ni siquiera su vacío / solo enigmas / brotando entre fisuras / de tierra abandonada.

Dentro del tango que nos espera desde el nacimiento, desde cada uno de los ingredientes del caldo primordial, mezcla y recita el mago, el poeta alquimista de la urbanía, y es entonces cuando se avisa: (…) acá se vive del rebusque, cada uno se fabrica sus nostalgias (…), y luego toma asiento a la mesa de amigos. Porque esta vez, la Guía Poética, regresa e invita a la palabra de un grupo de amigos. Mesa generosa. Festejante de la vida, de la amistad. Josecito de la ferretería invita a un puñado de amigos a la escritura conjunta para bocetar una mesa Buenos Aires donde la escritura -la herramienta- vuele mucho más allá de la escritura, y sea crónica humana de afecto, de historia, en esta ciudad escenario donde los viajeros asumen sus personajes. Dice la actriz Cecilia Labourt: (…) Buenos Aires “Teatro de Vida”, con habitantes de un drama que espera ser representado. De una obra no terminada que necesita de actores y actrices que sientan, que tengan memoria y le presten su cuerpo a cada uno los personajes. Como alguna vez dijo Pirandello: el hombre creó el teatro para representar la vida; Buenos Aires se siente y encarna como una dramaturgia que se completa en el devenir de sus ensayos. Que transpira en una pulsión que busca manifestarse. (…). José Muchnik, el poeta, propuso una mesa de amigos, de esta manera se abre el recorrido de la Guía sobre la ciudad. Afirma el poeta: Todas las ciudades tienen un alma: la de Buenos Aires nació de una herida, es un alma agridulce surgida de espadas que aquí se clavaron hace más de cinco siglos; tal vez la herida original aún no cicatrizó, todavía no saldamos nuestro reconocimiento a los pueblos originarios que aquí habitaban. Pero la historia sigue su curso, oleadas de culturas inmigrantes se sucedieron, escapando de guerras, genocidios, hambrunas… aportaron su limo a las costas del Plata. Un alma en movimiento, un alma nacida del dolor, Buenos Aires ciudad abierta, (…). Una mesa de amigos en el tiempo de la ciudad abierta. Imagino la mesa en Margot. Porque en su paisaje se levantó el viento para que los viajeros nacieran su amistad. Escriben la mesa: Mario Bellocchio (Vengo de una Buenos Aires…), Otilia Da Veiga (Mi barrio y mi herencia), Rubén Derlis (Dantas y Granville, custodios de la magia y el silencio), Gabriela Giménez Lamberto (Diego Ruiz, un cronista callejero), Cecilia Labourt (Buenos Aires “Teatro de Vida”), Edgardo Lois (Una escritura de Buenos Aires), Juan Carlos Manoukian (Un jardín para el encuentro en donde todos somos poetas), Ildefonso Pereyra (Ildefonso en Boedo), Adrián Placenti (Te quiero, Buenos Aires) (además es autor de la música de la Guía, un poema y su música, todo queda cerquita caminando por la calle del código QR). Desde el principio la Guía va acompañada en la milonga de los días por los tangos dibujados por el artista plástico Ricardo Curchi. Cuenta la Guía que en este nuevo andar de ronda y marcha -además de la mesa de amigos, la música, y los dibujos- suma en su nuevo vestido como libro: las fotografías de Mónica Miller donde también avisa Buenos Aires.

Los días se suceden y la Guía continúa sobre la mesa de madera. Releo. Ida y vuelta. Paseos de lector que, caminante, va con aire de bondinero sin apuro. El pensamiento a través de la ventanilla. Un viajero a consciencia que encuentra cada vez la esquina que cuenta un misterio. Un aroma que se guarda en la memoria. La Guía atrae la lectura. Convoca desde la mesa en el refugio. De esa misma manera tienta Buenos Aires al viajero. Tomo el libro y abro en cualquier calle. Una vez compartí un café junto al escritor José Saramago. Un sucedido mágico en Buenos Aires. Uno más. Mientras sostenía entre sus manos un ejemplar de su libro La caverna, afirmaba que dentro del libro había un hombre: el autor. Gracias a la magia del poeta -siempre ocurrente- la Guía poética de Buenos Aires de ayer devino en esta edición que -sucede en cualquiera de sus calles- propone una mesa de amigos que escriben la ciudad, la de ellos y la de todos. Una ciudad poema. Una ciudad novela. Abro en las calles de un libro donde se da el encuentro con un puñado de hombres y mujeres, un puñado de viajeros que anotan sus miradas en el tiempo de un libro que dice Buenos Aires.

Un viento nuevo invita a retornar a la poética de mi ciudad. A practicar el impulso del caminante.

martes, 4 de abril de 2023

El silencio sobre el Reconquista

Collage de Mario Bellocchio

Tuve como destino la oficina de arsenales. A las órdenes de un suboficial mayor y un subteniente. Durante la última dictadura cívico militar. La oficina en la Escuela de Caballería. Campo de Mayo. Un lugar donde fui soldado. Un lugar de donde creo, a veces, no haber salido nunca. Trece meses. Una posible medida de la eternidad. Febrero 1981 a  marzo del 82. La baja a unos días del inicio de la Guerra de Malvinas. Además de los listados, y la máquina de escribir, tuve acceso al mundo de las armas. Presté atención. En la locura que era el cotidiano en el cuartel, pensé que saber de armas era parte de entender el mecanismo de este costado de la patria. Entendí de manera rápida que debía cuidarme. Hubo las prácticas de tiro en el polígono. La prueba de armas que habían pasado por el mecánico. Hubo las clases que dio el cabo, cabo primero y sargento. Aprendí de ellos, de los mismos que nos humillaban o nos molían a golpes. Supe del fusil automático liviano y de otros juguetes peligrosos. Supe que los juegos de la portación y exhibición, como en las películas -esa extraña fascinación que para algunos tienen los fierros-, cambiaban cuando una munición entraba a recámara y se sacaba el seguro. Fusil listo para el disparo. Aprendí a estar atento a ese detalle.

Una noche fui a hacer el relevo a un puesto de guardia. El soldado dio la voz de alto. Enseguida di la contraseña. Me acerqué. El soldado estaba cansado. Necesitaba dormir. Era uno de los elegidos por los suboficiales para la burla y el castigo. Siempre cometía un error, y peor siendo presionado. Quedaba claro. No tenía todas las luces encendidas. Aquella noche olvidó apuntar el fusil al cielo. Olvidó retirar el cargador. Dos pasos esenciales para descargar el fusil de manera segura. Sólo el sonido de la corredera colocando la munición en la recámara, lo detuvo. Justo antes de quitar el seguro y accionar la cola del disparador. Le dije que no hiciera nada más. Dejé mi fusil. Tomé el suyo. Quité el cargador y di un golpe de corredera. Como si fuera un bichito de luz, la munición brilló mínima en la oscuridad. El soldado la levantó del suelo y la devolvió al cargador. Luego entregué el fusil. Me dio las gracias, y se perdió en la noche camino al puesto de referencia. No era su culpa. Alguien ponía en sus manos un arma de guerra con cargador de 20 disparos. Una víctima más del mecanismo salvaje de la patria, la de ellos. Ahorré un tiro en aquella noche. Salvé a un colimba, al otro, la patria, la mía, de un nuevo suplicio. Salvé, quizás, una vida. Quizá hasta salvé la mía. Un riesgo cierto cada vez que se producía un descuido. Tantos disparos perdidos en el cuartel, y apenas hubo un muerto en el año. De repente Dios parecía existir, y se manifestaba, a veces, en la Escuela de Caballería.

Hice muchas guardias. En todos los puestos del cuartel. También fui asiduo participante de un grupo de seguridad que patrullaba día y noche dentro de la guarnición de Campo de Mayo. Cada vez que le tocaba el servicio a Caballería, era casi una fija que yo sacaba la sortija. Una camioneta al frente. Dos camiones Unimog con los soldados cerraban la columna. El soldado llevaba un bolso grande con su equipo para la actividad. Se podía dormir en cualquiera de los institutos de enseñanza. Y se podía dormir en el campo. Me tocó una vez. De cara al cielo mientras la incertidumbre latía en la tierra. De una noche recuerdo el Unimog solitario avanzando por un camino cercano a una arboleda. El suboficial al mando ordena detención. Ordena, a los soldados, unos seis, pie a tierra. Silencio absoluto entre los árboles. Avanzamos lento en dirección hacia un lugar dentro de la arboleda. El suboficial señala un auto en medio de las sombras. Ordena separarnos. Cada uno detrás de un árbol. Un asunto es avanzar con el fusil en las manos. Siempre es un arma. Pero lo es más cuando lleva munición en la recámara. Esa fue la orden. Sólo faltaba quitar el seguro para disparar: tiro a tiro o en ráfaga. Hasta ese momento pensé que jugábamos a los soldaditos, como casi siempre. Pero con el fusil cargado era distinto. Una orden excepcional, y más cuando el guía pensaba moverse en la hipotética línea de fuego. El suboficial se acercó al auto pistola en mano. Después encendió su linterna. Todos apuntábamos al vehículo. La linterna se apagó. Nada. Misterio. Ni una palabra. Volvimos al camión. Antes de montar, todos sacamos la munición de la recámara. La luz de la noche permitió, con facilidad, ubicar el lugar de caída en el camino.

Otra noche distinta sucedió en la puerta principal del cuartel. Era madrugada. Me tocaba ser el soldado que custodiaba -el que abría y cerraba- el portón de hierro y madera que daba sobre la Ruta 8. Se abre la puerta de la guardia, y veo que sale el sargento de turno. Mientras avanza se coloca el casco. Lleva fusil. Me ordena que me corra a la garita. Ordena la ubicación de los demás soldados de la guardia. Un sucedido. Tiros en una de las entradas a Campo de Mayo. Alarma. El sargento ordena colocar munición en la recámara del fusil. De nuevo, otra de esas noches en que los elementos se corrían del lugar repetido. El juego “a los soldaditos” se detenía. Hay munición en la recámara. Suspendida el hambre del soldado en las noches de guardia. El castigo de soportar que nos despertaran en medio del descanso por puro divertimento. El paso del sueño a la carrera. Suspendidas las sombras tristes de las mujeres de la ruta. La humillación en la mirada de los colimbas que estaban castigados en los calabozos de la guardia. Todos los horrores se suspendían del cielo de noches como ésta, la que regresa. Hay munición en la recámara. Tragaron metal los fusiles. Luego el silencio. La espera. Cuál el siguiente capítulo de esta pobre novela. No recuerdo el tiempo transcurrido. Desde todos los fusiles saltaron las municiones hasta el cemento. El sargento se quitó el casco. Volvió a su noche. Todos los elementos volvieron a su andar. El espanto era otra vez el espanto universal, el cuartel.

En el depósito de arsenales había unos 15 cajones de madera de porte generoso. La orden fue registrar el contenido en un listado. Los cajones guardaban armas que habían pertenecido a la “subversión”. Una mañana se abrieron todos los cajones. Pude ver el museo. Eran recuerdos de familia. El revólver del abuelo. Fue en esa oportunidad que pude accionar el mecanismo de un Winchester de palanca. De seguro robado en casa de un coleccionista. Al final no se hizo el trabajo de registro, y el museo, constituido mientras la patria de ellos pateaba puertas, siguió en su sueño de cárcel. En aquellos días no tenía una idea clara del horror que se vivía en nuestro país. Fue después de la colimba que comenzó mi toma de consciencia. La dictadura de los asesinos. Los desaparecidos. Madres de Plaza de Mayo. Malvinas. La información sobre lo ocurrido que apareció en democracia. En años posteriores supe aún más de los sucedidos en las noches de Campo de Mayo. Noches de dictadura.

El frío salvaje del fusil en pleno invierno. El hambre en la niebla. En la lluvia. Un silencio de muerte. No estuve en Malvinas. El frío que cuento es del puesto del mástil, en el lejano puesto 4 de la Escuela de Caballería. Tan lejos y tan cerca de la ruta. Tan lejos y tan cerca del río Reconquista. En la hondonada viajaba mi mirada hasta su cauce. Silencio. Anoto el silencio. Si ocurría algo y el centinela debía dar aviso, tenía que cargar el fusil y hacer un disparo al cielo. Una vez estuve a punto. Un incidente entre automovilistas. Cargué. No disparé. Seguro el aviso resultaría una pavada de tagarna, y debería pagar la munición. Detrás del mástil, siguiendo la hondonada, comenzaba el camino que llevaba hasta el alejado polígono de tiro. Dentro de esa inmensidad -lo supe años después- se escondía el horror. Un campo de concentración de la dictadura. Tortura, traslado y muerte de ciudadanos. Un terreno que guarda secretos. Y secretos esconde el poder judicial de la democracia en su demorada investigación. Desde que conocí el dato, me veo haciendo guardia en el puesto del mástil. Sin saber nada. Silencio en la noche más oscura. Hace tiempo que nada está en calma. Una y otra vez pienso en que yo cuidaba el silencio de tanto crimen cometido. Un silencio que llevaba la hondonada, el río. Que llevaba la maquinaria cotidiana del cuartel, de la patria, la de ellos.

Una esperanza de justicia (aún) lleva la memoria de mi patria.