Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 20 de abril de 2012

Una historia para Julia (II)



Julia reconoce las voces. Como si fuera un cuento para chicos, así me lo contaron y entonces pensé en vos. Y me encontré escuchándome porque vos me escuchabas. No importaba saber cuánto entendías las palabras de los grandes, era saber que sabías de la música de cada uno. También pensé en todo lo que te vengo diciendo dentro de mi silencio, en mi contemplación de mamá Evangelina. Pero cuando apoyo la mano sobre la panza de mamá para acariciarte, quiero que sepas, las palabras casi no me salen, y tampoco me aparecen mucho los pensamientos. Ya me vas a conocer mejor, siempre le ando dando vueltas a las ideas y las imágenes, porque mi oficio es la escritura y me gusta contar historias y mirar cómo vive la gente. Te decía que cuando te acaricio tan cerca y un tantito más lejos que mañana, no me salen muchas palabras, ni ideas, ni pensamientos, y que a veces mamá quiere escucharme y por ahí pregunta, y yo, bueno, creo que me pasa como a vos, te reconozco en la música y no sé, me digo: ¿importa saber cuánto puedo entender de las maneras de decir de los más chicos?

lunes, 16 de abril de 2012

Una historia para Julia (I)





La certeza se pierde. Apareció tu nombre, no sé cómo, junto a otro: Lucía. Pero rápido fuiste Julia. Cuando empezamos a nombrarte, recordé el tema de Los Beatles: Julia, de Lennon y McCartney, pero mucho más de John porque Julia fue su mamá. Letra y melodía: un rastro fileteado de amor y recuerdo. Fue después que mi amiga Mónica, López como la llaman en su casa, ella es escritora y periodista, preguntó: Escuchaste Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo y cantada por Paco Ibáñez. No, no la habíamos escuchado y la busqué. Después de escucharla fuiste cien veces Julia. Soñé, te soñé conociendo este himno de vida. Una manera de ser, de movida nomás, muy sincero con vos. La vida es hermosa, y lo será más con tus ojos en nuestro barrio. También es bueno que sepas que nada se regala en los días que nos tocan. Cuando te nombré las primeras veces recordé a una tía de mi mamá, guardo su imagen desde mi infancia, la tía Julia, y nunca olvidé una sensación, además de su cara y su pelo rubio, me quedó su bondad: en mí quedó su cariño.
Quiero decirte que sólo creo en las personas, en aquellas que llegan a ser buena gente, la mayor distinción a alcanzar. Te sueño buena piba, una persona solidaria, amiga, hermana, compañera.
Nena, la primera vez que te vi tenías veintitrés milímetros. Vi cómo latía tu corazón en el alma de tu mamá Evangelina: tu corazón dentro de un cuerpo de fideo moñito de los más chiquitos.Hace unos días te vi la cara, ibas de ojos cerrados esperando el día. Una de tus manos tapaba tu boca, claro, la sonrisa es para los primeros días de mayo.

San Cristóbal, Boedo y Martín Coronado en mi barrio (fragmento)








Hace veinte años que conservo un reloj de arena entre las señales físicas que anclan mi vida a la memoria, mi gente, mi casa y el barrio. En realidad es un reloj de mentirita, apenas un juguete, un simulacro basado en aquellos otros con cuerpos de metal o madera vieja y con vidrio nacido en la cantera del último misterio, esas máquinas del sueño que tomaban temperatura a través de la caricia de una arena amanecida en alguna costa olvidada. Mi simulacro está construido, y otra vez los diminutivos, de maderitas y arenita, y lleva vidrio pequeño de imitación. Pero me queda claro que en él, a través de su alma, circula, transita, mi amigo, el tiempo, que ofrece una vez más un trago en vaso chico, ofrece el elixir de lo vital y lo frágil, un tinto inevitable cosechado en la más pura y eterna dualidad: felicidad y desamparo, y por favor: todo a fondo blanco.El relojito tiene doce centímetros de altura, me acompañó por todas mis casas provisorias, y tengo la costumbre de volcarlo cada día para que fluya su sangre, de color celeste y símil arena, durante el minuto con cuarenta segundos que tiene de caminata entre nacimiento y muerte. Es una pequeña ceremonia, un saludo a la vida, que hago cada vez que, por accidente o por elección, detecto su presencia en el paisaje. Es el tiempo que respira, sí, siempre el tiempo y su hermana, la memoria. El tiempo transita, y nosotros en él, con él. El susodicho es el empujón que nos lleva tanto hacia el mañana como al barrio de los recuerdos; que sigue siendo barrio, pero algo distinto, guarda calles y coincidencias antojadizas, es barrio con un aire cargado de mucha verdad y mucha mentira, aire que respira en coctelera salvaje en la que además se anotan nuestros sueños. Por suerte me sucede que, si de barrio se trata, siempre conservo más de una certeza. Si bien siempre hay invitaciones para la elucubración literaria, sé cuáles son las calles por donde circula la esencia de mis patrias internas.

domingo, 18 de marzo de 2012

Mi vida como fantasma









Ocurre cada vez más seguido. Pienso en mi vida como fantasma. Cuando mañana sea la muerte fundiré mis almas en la simulación de la ausencia. Lo pienso como conjuro contra la Parca, porque, tristezas a silencio, es esta vida una maravilla para disfrutar hasta el último trago. Una vez recibido de fantasma debo tener ya visto un lugar de ronda. Mi amigo Gabriel, uno de los fantasmas que me acompañan en este mientras tanto de los días, eligió andar de recorrida en los alrededores de la cima del Mogote Bayo, en Merlo, San Luis. Con seguridad disfruta al contemplar desde la altura la extensa calma de un valle que al minuto deviene en mar. Porque el cerro es proa de navío, mirador marino, astilla verde en el aire verde de las sierras. En pensamientos reiterados llegué a imaginarme en una altura y de cara a uno de los mares posibles. Igual que Gabriel, me dije. Él mira el valle y ve el mar, mira el mar y ve el más allá. Pienso en la mejor de las rondas en mi cotidiano de fantasma: rondar un lugar desde donde todavía permanezca cerca, y un lugar desde donde pueda otear el más allá. Rondar así un tiempo hasta que perdamos la ansiedad por nuestra gente, porque se debe rondar extrañando. Mi lugar de ronda será en los barrios aledaños a un faro, un farol, mi último farol, como cuna para la otra vida: rondando en la tierra para mejor ver en el sueño. Una ola de gran porte saludará mi llegada. Elijo un faro viejo con memoria, dejo lo nuevo para los que sólo se ensuciaron en presente. Elijo un faro en Portugal, se cuenta que por sus costas vive de ronda el fantasma de Fernando Pessoa.

Texto aparecido sin firma (en el marco de un pedido de mejoras laborales por parte de los periodistas de los diarios) en el suplemento cultural de Tiempo Argentino (18/03/2012).

Los muertos de abril



Ocurre cada vez que se acerca abril. Pienso en los muertos, en los que se quedaron en las islas. Y pienso también en los muertos que de a poco empezaron a morir en las islas para luego ser enterrados acá, en casa, en la patria. Cuando abril se acerca, de manera inevitable, me voy en recuerdos y pensamientos.
Mi servicio militar obligatorio terminó veintitantos días antes del desembarco. Veo a mi vieja llorar por los rincones de la cocina de la casa de Martín Coronado. El fantasma de la reincorporación casi se la lleva de la mano.
Un soldado clase 62: en ese momento de la vida yo era un reverendo estúpido. No pensé en la guerra. Mi reacción frente a los hechos fue saber que no quería volver a cortar el pasto del ejército argentino, que no quería que ningún integrante del arma volviera a humillarme, y tampoco a golpearme porque simplemente el Estado autorizaba por ley la construcción moral de los hombres dignos, únicos habitantes deseados para una patria gloriosa como la nuestra. Y no quería volver a pensar en mis ganas de acomodar un disparo de 7,62 en la cabeza de mi cabo, mi cabo primero, mi sargento: la primera línea de pobres colocada por el poder vertical en contra de los más pobres del cuartel. Los oficiales a los que también fantaseé con descontar paseaban a caballo disfrutando del paisaje que les brindaba la casta.
No fui a Malvinas. No volví a la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. No volví a estar en manos de la escoria armada. No volví a hacer guardia cerca del campo de concentración cercano; lo supe después: fue como haber ayudado a los carceleros. No volví a andar armado con fusil automático liviano en la estación José León Suárez husmeando los documentos de la gente que iba al trabajo. Fue una de las suertes que tuve en mi vida: no volví. En Campo de Mayo no me hice hombre, y sí aprendí las peores prácticas: robé, odié, no fui solidario, y hubiera matado, pero no al chileno al que debía apuntarle en el polígono, sino a ellos, los enemigos de la vida.
Hoy me sigo preguntando si la susodicha gesta puede ser llamada patriótica, ¿lo es cuando una dictadura fue la que dio la orden, la que se enancó sobre la bastardeada idea de patria con el solo fin de sostenerse en el poder? Una dictadura te manda a la muerte por pura especulación política, y como quien no quiere la cosa, ay cómo se amontona el tiempo, el rastro de los asesinos deviene en conveniente pompa. Queda la gesta, se liman los detalles, lo de siempre, avivemos el fuego sagrado de la historia que pide héroes, esa maldita necesidad de parir dioses y apostar las fichas del juego al más allá en detrimento del aire puro sobre esta única tierra y esta única vida. Pasan los años y sigue flameando la consigna “volveremos”: estuvieron ahí y gritan “volveremos”, ¿a qué?, ¿a ser engañados otra vez?
Las islas pertenecen al país y estoy con el reclamo civilizado. El circo de las armas montado en estos días por extraños y conocidos sólo condimenta con barullo la cuestión. Y con barullo, se sabe, pocos son los que escuchan.
No lo puedo evitar, me acuerdo de los muertos, de todos los muertos, los de abril, y en ellos no veo, no puedo ver héroes. Ellos son víctimas de la misma dictadura a la que le iba mejor pateando puertas en la noche.Llega abril, un nuevo abril. Ellos, los muertos. Treinta años de historia y en el paisaje de la memoria, ellos, siempre ellos, los asesinados por la dictadura.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Noticia: Guía de Buenos Aires (una ficción) se ha vestido de libro: los interesados hacer señales de humo, muchas, pero muchas gracias




Buenos Aires es nao y misterio. Una damisela nacida entre el viento y la garúa. La ciudad es galaxia que guarda universos chiquitos. Buenos Aires bien puede ser un tren de vagones ligeros que discurre debajo de un puente: la vida que se acaba y el intento de soplarle la eternidad a la muerte. Sobre el puente siempre pueden alistarse los observadores: una feliz manera de conocer el murmullo amanecido, sucede cuando las historias se dejan ver en su tránsito cotidiano.


Edgardo Lois




Historia previa

Desde que conozco el trabajo fotográfico de Eduardo Noriega que juego a imaginar un libro con sus fotos y mis palabras.
Varios cafés, en el Margot (Boedo) y en el Cao (San Cristóbal), sellaron el acuerdo. Eduardo me acercó una buena cantidad de fotos y seleccioné cincuenta y cuatro. En ellas descubrí que había una ruta, un viaje o flecha indicadora que traía la mirada desde la provincia de Buenos Aires hasta la ciudad. Noriega es fotógrafo urbano, lo suyo es la calle y su gente, y nuestra pequeña galaxia respira en buena salud dentro de su trabajo, una de esas paradas que llevan, como debe ser, toda la vida. Le dije que ya tenía la Guía de Buenos Aires y partí de juego con la escritura.
Escribí sobre Antonio, un personaje de ficción que sueña, camina, que transita la vida atento a los recuerdos, a los pensamientos. La ciudad es el gran plano general, la presencia madre.El recorrido llegó a su fin: libro terminado, descubierta una de las ciudades posibles.

martes, 15 de noviembre de 2011

Manolo









Quien observara la escena desde afuera podría pensar que a Manolo le dolía algún tramo de su aparato digestivo. Parecía que recibía descargas, tirones, puñaladas en el costado y, como manera instintiva de respuesta, sin que su cara revelara ni la sombra de la enfermedad, manoteaba desesperado su costado buscando calmar la punción del supuesto dolor amanecido.
El hipotético observador, de haber seguido la secuencia de los movimientos del condenado podría, de ser un mirón perspicaz, notar que el horror se disparaba cada vez que se hacía la luz, contrariamente a lo que indica uno de los postulados de dicho género: si hay que sufrir nada mejor que la oscuridad.
Es dudoso que el observador imaginara además molinos de viento como si fueran los gigantes que despedían la susodicha luz.

La noche era de misa y fiesta grande. Evangelina cumplía sus quince años cuando Manolo Gálligo, cual Napoleón sin chaqueta que lo cubra, parecía representar su escenita de dolor. Era la noche del 29 de julio de 1993. El lugar geográfico: la ciudad de Gualeguay, Entre Ríos. Un segundo antes de dispararse el flash de la nueva foto, se escuchaba la voz de mamá Olga: Manolo, la mancha. Así le gritaron durante toda la noche al joven hoy conocido como el Manolo de la mancha (casi un círculo, unos cinco centímetros, sobre el pulóver claro).