Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Regresa Martín Coronado, escritor

 

Composición fotográfica: Mario Bellocchio

La casa retorna durante el sueño de la palabra anotada. Aparece. Avisa. Retorna a su vez el puñado de páginas escritas para un libro que no fue. Regresa Martín Coronado, escritor. Sol que vuelve al fuego en el presente. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Jugué entonces, allá lejos, a la escritura de una biografía de Martín Coronado. La búsqueda indicó que nadie la había escrito. Fue un sentimiento, un impulso. Debía hacer los primeros movimientos. Me invitaba la casa rosa sucio vista en la infancia. Desde el altillo que se guarda en la galaxia que deriva, la memoria, rescato el primero de aquellos textos:

 

“El recuerdo pertenece a mis ocho, diez años.

Camino con mis padres por la calle larga. Había que caminar mucho para llegar a la casa de la abuela Eufemia.

Cerca del campo de los curas suelto la mano de mi mamá y corro hasta un alambrado que está prácticamente cubierto por una enredadera.

Entre las hojas y las flores de un color violeta pálido descubro con mis dedos el alambre. Hago espacio para que la mirada avance.

Veo la casa.

Vuelvo a ver la casa.

Está pintada de un rosa sucio y su techo es de tejas. No es una casa grande. Al frente tiene una especie de galería de techo de chapa; la sostienen tres o cuatro parantes de madera. La puerta y las ventanas son viejas. Todo es viejo, otra época.

Cada vez que iba en camino hacia la casa de mi abuela, quería acercarme y mirar la casa. Siempre estaba cerrada.

Después, supongo, miraría a mi papá. Una manera de decirle que me gustaba mirar la casa del escritor. Desde muy chico me acompaña ese conocimiento. Un escritor, como un pintor, es una persona especial. Abrí los ojos en una casa donde había dos bibliotecas. Mi papá, artista plástico. Tenía amigos y conocidos que también eran artistas. Mi abuelo paterno, Julio Martín, escribía poesía. Desde muy chico sé que la casa de un escritor no es una casa más, aunque en verdad lo sea.

Por esta razón sentía un mayor respeto por la casita rosa.

Llegó el momento en que dejé de verla, primero porque ya no hizo falta visitar a la abuela Eufemia, y porque después fue un imposible.

La casa guarda un lugar en mi memoria. Siempre la veo, siempre vuelvo al alambrado y la enredadera.

Una casa de escritor en la localidad de Martín Coronado, en la provincia de Buenos Aires”.

 

Así abre el libro. Crónica de caminante. Cronista de uno mismo, dijo Otilia Da Veiga, poeta. El segundo texto proviene de una tarde de encuentro:

 

“Camino hasta la bóveda de mármol negro.

Una construcción sobria. Está cerca de la pared del cementerio.

Un gato acostumbrado a la proximidad de las personas pasa frente a su puerta.

Espero a que el felino, de andar tranquilo, termine de pasar, y avanzo los dos pasos que me separan del objeto de mi curiosidad.

Quiero mirar en su interior. Veo poco o nada. Por lo general las puertas de las bóvedas se comportan de manera mezquina.

Hace unos días leí unas líneas escritas por el poeta César Vallejo: Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba.

Pienso en la casita pintada de rosa que vi tantas veces cuando era pibito.

Retrocedo unos pasos, levanto los ojos; leo casi sobre el techo de la bóveda: Martín Coronado.

Camino hacia la salida del cementerio de la Recoleta”.

 

En todo camino aparecen señales. Atenti que mientras tanto se va la vida. Silba bajito, anota el cronista. Siguiente texto:

 

“Desde hace un par de años que cargo con las imágenes enfrentadas: la casita pintada de rosa en la provincia y la bóveda en el cementerio de la ciudad.

Una y otra son los extremos de un enigma: ¿quién fue Martín Coronado?

Entre los primeros intentos de acercamiento a su persona, llegué a un puñado de líneas escritas por José “Pepe” Podestá, el famoso payaso Pepino el 88. En su libro Medio siglo de farándula, Memorias de José J. Podestá (1930) aparece un testimonio sobre Coronado. Al parecer, un señor escritor: “La piedra de escándalo” fué la verdadera “piedra de toque” en la evolución de nuestro teatro; grangeó voluntades, conmovió a los incrédulos y congregó en el Apolo lo más destacado de la gente de letras.

Desde entonces, el inolvidable don Martín Coronado era infaltable en mi camarín, y yo sentía un verdadero placer conversando con el poeta.

– Hasta hace poco tiempo –me dijo en una ocasión– el público no me conocía; ahora, con el éxito de “La piedra del escándalo”, ese público ha empezado a interesarse por mis libros de versos que dormían en los estantes de las librerías. Además, ahora tengo más amigos que antes, cuando voy por la calle muchas personas desde la acera de enfrente me saludan: “¡Salud don Martín!”; “¡Lo felicito señor Coronado!”. Decididamente, un éxito teatral le dá a un autor más popularidad que varios libros.

En otra ocasión me decía:

– Ahora mis obras no valen gran cosa, pero, algún día valdrán.

– Si es por eso –le contesté– siga por mucho tiempo dándonos de esas obras que no valen gran cosa, don Martín, y tráiganos piedras, muchas piedras, para continuar el edificio de nuestro teatro, ¡que bastante falta le hacen!

Era poco comunicativo y de una modestia ejemplar. Jamás daba una opinión si no se la pedían, y cuando la daba lo hacía con altura, sin miras egoístas, sinceramente.

Nunca le oí hablar mal de nadie.

Era un verdadero amigo, un leal consejero; incapaz de animosidad ni aun contra los mismos irrespetuosos que hacían ironía con “los versitos de don Martín”.

Cuando una obra mediocre se conservaba en el cartel, se le oía decir: “Algo ha de tener la pieza cuando se sostiene de ese modo”.

Una vez me leyó un drama en tres actos, y como le aconsejara que no lo diera sin modificarlo, me inquirió el motivo, y al dárselo reconoció que yo estaba en lo cierto. Desde entonces no me habló más de aquel drama.

Cuando me entregaba una obra acostumbraba decirme: “Corte donde le parezca”. A pesar de esa autorización nunca tuve necesidad de valerme de ella; cuando surgía alguna duda lo consultaba y el buen amigo solía complacerme amablemente.

De esta manera supe que Martín Coronado me agradaba. Era un rastro prometedor.

Luego comencé con la investigación, con este intento de saber quién había sido este hombre.

En la localidad de Martín Coronado está la casa de mis padres. Desde 1925 el nombre del escritor designa lo que en apariencia fue uno de sus lugares en el mundo”.

 

Martín Coronado, uno de los padres de nuestro teatro, nació en la ciudad de Buenos Aires en 1850. Murió en Caseros en 1919. ¿Habrá muerto en la casita rosa que tanto atrajo la mirada de mi yo pibito? Imagino la casa con su buen fantasma espiándome por una de las ventanas.

Encontré su obra completa en la biblioteca del Teatro Cervantes. Encontré su nombre en la sala mayor del Teatro San Martín. Encontré los tres textos de inicio de Recuerdos. Tres textos autobiográficos. Escribió el primero en 1912. El siguiente en enero de 1913. El último data de julio de 1914. Faltaban cinco años para su muerte, pero Recuerdos no tuvo continuación. ¿Habrá escrito esta memoria de los tiempos primeros en la casita rosa?

Al parecer nada resultó fácil en la vida de Coronado. Fue imprentero, un trabajo que hacía en su propia casa. ¿En qué casa? No lo sé.

La rosa blanca fue su primer estreno (1877). Recién en 1902, cuando la compañía de los hermanos Podestá dio escenario a La piedra de escándalo, Martín Coronado conoció el reconocimiento del público y la crítica. Su último triunfo fue con La chacra de don Lorenzo, en 1918.

Hace días que giro sobre el buen fantasma de Martín Coronado. Pienso en su Recuerdos con apenas tres capítulos. Autobiografía inconclusa. Pienso en mi proyecto de libro, apenas unas páginas a partir de un recuerdo de infancia junto a los primeros pasos en la investigación. Como si hubiera llegado hasta la galería de la casita rosa sin la fuerza necesaria para abrir la puerta y entrar. Quizá Martín Coronado no tuvo el impulso que lleva. Tal vez estaba enfermo, quizá por eso fue a refugiarse en la casita de provincia.

Allá lejos, hubo el día en que la abuela Eufemia partió hacia donde confluyen todas las casas que habitadas fueron en esta vida. Allá lejos, años después de la muerte de mi abuela, hubo el día en que la topadora se llevó la casita rosa donde escribiera Martín Coronado.

La casa retornó durante el sueño de la palabra anotada. Así sucedió. Una vez más. Por eso la escritura de este rescate. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.



lunes, 4 de julio de 2022

Un trabajo de costurera pobre

Foto: Jorge Lupo


Un camino de tinta. El sueño de la palabra anotada. Artilugio mágico: la escritura. Un escritor. Cualquiera sea su forma de decir. El que intenta en el oficio. El tentado por las historias asume, boceta, a través de los años, su voz, sus maneras.

Se escribe, se trabaja en memorias más o menos explícitas. Se trabaja desde la pregunta. Desde la pregunta nacida por cada uno de los sentidos. Por cada una de las  suposiciones, imaginaciones; por cada uno de los sucedidos, y esas fotos de dudosa factura tomadas desde el destino que tocó en suerte. Un señor, el susodicho destino, que narra el duro revuelto Gramajo del mundo. El mismo señor que lo muestra feroz mientras se encarga de condimentarlo: de tentar con algunas gotas de felicidad. Aderezar desde una esquina de barrio. Desde la fantasmagoría más silenciosa. Se escribe. Se trabaja. Se espera la oportunidad de la hoja en blanco cuando en las manos, en el bolsillito de las almas fundadoras, se presiente un enjambre de palabras hilvanadas. Con casi nada, el hacedor se abisma. Lleva, tiene, posee señales -eso cree- en la punta de aquello que sugiere apariencia de ovillo. Un algo misterio. Con eso cuenta o cree que cuenta para iniciar el vuelo del barrilete que, con viento a favor, con destino amigo entre los tiros, lo llevará hasta el barrilete reflexivo de la escritura, y éste hasta el cielo siempre blanco que se guarda en cada hoja.

Para todo comienzo hace falta una chispa. La damisela aparece desde un mundo fantasmal. Buenos fantasmas caminan las veredas del barrio. Guarda chispas maravillosas la urbanía. Se abriga la vida en el barrio con mantas temporales que conservan caliente el centro, el secreto de la naturaleza. Por eso aún el abuelo. Por eso aún el padre. Por eso elijo Boedo. El barrio, desde el inicio de la eternidad limitada de esta escritura, es la página en blanco que me guarda. Página de cada vez en el libro de la memoria.

Veo a mi abuelo Julio Martín llegar a la casa, y sentarse frente a mi padre. El abuelo trae unas pocas hojas sueltas. Lee mi padre una a una. El abuelo trae poemas en el aire de la mañana. Luego mi padre anotará los poemas en cuadernos Sarandí. En ellos aún se guarda el abuelo. Julio Martín no había ido un solo día a la escuela. A los 14 años dormía en un carrito de panadería. Digo, pienso que, para escribir su poesía interna, aprendió a anotar de manera enrevesada. Como podía con sus manos de hacer. Hasta las manos del hijo. Alguna vez tuve 10 años. Por allá lejos, tiempos en Martín Coronado, decía que quería ser poeta como el abuelo. Era el tiempo de las primeras lecturas. De los primeros poemas. Tuve de amigo a Huckleberry Finn, tuve una tía Poly, hubo piratas, y un inolvidable perro lobo. De pibito también supe de la casa donde vivió Martín Coronado, escritor. De pibito, mientras iba camino a visitar -junto a mis padres- a mi abuela Eufemia, pasaba frente a la casa. Corría hasta el alambrado. Deslizaba la enredadera de la cerca alta, y espiaba la casa. Pintada de un rosa viejo. Silenciosa. Testigo. Galería al frente. Una casita. De pibito supe que era una casa distinta porque en ella había vivido un escritor. Un hombre que ejercita la mirada, que busca ver entre pensamientos, entre sucedidos. Un escritor bien podría ser un hombre que intenta contar el mundo a los otros, aquellas personas que no se ocupan de ver y contar el paisaje y la idea mientras sucede la vida. De pibito supe de la imagen del escritor, del trabajador del oficio, porque existió el día primero de ingreso a la órbita del libro, el planeta casa donde vive el puñado de almas del escritor. La lectura como puente iniciático que puede llevar hasta la escritura; y la imagen, su presencia: el buen fantasma del abuelo que me acerca una hoja para beberla hasta su fondo blanco. La lectura, la escritura de la novela o el poema, o un puñado de líneas para refundar el recuerdo; así el universo del tren suburbano que me llevó, me lleva hasta la última estación; así desde el principio del ovillo bien marcado sobre el mapa del tesoro.

Hace meses que guardo en la memoria un cambio de figuritas entre dos poetas de Buenos Aires. Rubén Derlis compartiendo un poema. Otilia Da Veiga haciendo un comentario. Reescribo la escena. Recorto el ciberespacio. Pego palabreros en otro paisaje. El encuentro sucede en Margot. Derlis llegado desde su Coghlan. Otilia desde su San Cristóbal. Perfecta una mesa en Margot. Derlis abre uno de sus libros: Homo porteñensis. En el momento en que la tarde afina su punta para anotar la primera parte de la noche, el poeta lee: De abril y sin olvido. Regresan otras Buenos Aires: Resta decir que fue distinto: / otras calles donde salvé mi juventud de posibles naufragios, / esquinas donde me encontraba / silbando “Ojos negros” y Shelley bajo el brazo. / (Así entreverado se dio todo en el sur / donde crecí entre amigos / con el corazón acelerado en urgencia de vida.) / Entiendo que no volveré a ese ayer, / cuando Agrelo arriba me iba Guayaquil por las tardes / hasta el ángulo oscuro de Coronda / donde una débil luz de aceite y moho / chorreaba sobre el portón del mercado / y era abril y mi tristeza. / Cuando anduve veredas / buscando los pasos / de los poetas que fueron de esta ciudad, / decirme: —“Por aquí pasaron…”— / y estallar la poesía que no cabía en mi pecho. / Ahora mi tiempo es éste, / los días de la verdad inapelable, / y entiendo el sol, / su desparramo luminoso hacia adelante; / pero no quiebro mi espejo de distancias / —los amados ojos enterrados / me miran desde un olvido que no es cierto— / donde suelo verme a veces en pasado. Otilia guarda silencio. Vuelve la palabra. Ella dice: Querido Rubén; somos los cronistas de nosotros mismos. ¡Hermoso poder ponerlo en un poema!

Cronista del barrio que toca por destino. Allí el plano general donde será la vida de los nuestros. Cronista de uno mismo. Cronista de la memoria. Cronista de los días del mientras tanto. Un hombre escribe. Cuenta sucedidos y emociones. Un hombre es cronista que escribe la novela propia. El libro de historias que comenzó a escribir hace tiempo, allá lejos, cuando las primeras lecturas.



Escribió el poeta Rafael Vásquez, un juntador de palabras, el poema Advertencia. Lo convida frente a la mesa en Margot. Porque así se anda por los días, entre las manos de la vida y de la muerte. De su libro Explicaciones y retratos, avisa Rafael: Antes que nada, una advertencia: / Fuera de lo aprendido y olvidado / no hay nada en mi bagaje de estudios incompletos / que afiance mis saberes. / Fui detrás de una búsqueda / por lecturas sin orden y sin tino, / por el placer de descubrir un verso, / por conmoverme sin intermediarios. / Libro a libro y estrofa por estrofa / armé mi itinerario y mi ganancia / con nombres resguardados muy adentro. / Cada vez que encontraba maravillas / me encontraba también. / Cuántas celebraciones hubo, desde la adolescencia, / para armar mi camino de poesía. / No es mi orgullo, es apenas mi penuria / de no saber vivir sin el poema.

Pasa la vida del hombre que escribe. Aroma la seducción de la escritura vampira. En origen se guarda en rojo, así la tinta, luego, como decía el escritor Gabriel Montergous, siempre se escribe en el aire, en el viento. Dulce vampira. Una trabajadora de la memoria. Del intento de vencer al olvido. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Cierra este remolino de tiempo un fragmento de Retazos, un texto inolvidable de Mónica López Ocón, poeta periodista de Tiempo Argentino: (…) Quizá sea porque el mundo no tiene sentido y me urgía inventarle alguno que elegí el oficio de coser palabras. Las palabras, como los retazos de mi madre, son inexorablemente viejas, usadas. La filología da cuenta de los remiendos que han sufrido a través de la historia hasta llegar a nosotros que las lucimos como recién estrenadas.

Yo las trato como aprendí de mi madre: las miro de trasluz, las pongo sobre la mesa, las corto con una tijera, las combino por colores y texturas, las dobladillo, las pespunteo, las pongo al bies… Escribir es, por excelencia, un trabajo de costurera pobre: lograr sentidos nuevos con palabras gastadas.

Hilvano palabras. Trabajo el oficio. En el camino -sucede a veces-, fugaz y eterno, me encuentro en el poema. 

jueves, 9 de junio de 2022

Viaje en el tiempo


 

La mesa roja del comedor en la casa paterna. Mis padres sentados a la mesa. Mi hermano a la mesa. El paso del tren me lleva. Un barrilete. Un autito plástico sobre el circuito dibujado en el asfalto. Las bolitas sobre la tierra fresca. También me lleva el gusano loco de un parque de diversiones pobre. Tesoros de infancia. La escuela primaria. Tan linda Patricia, mi compañera de grado. Saber de la muerte en segundo: Roberto, el nombre del alumno pibito. La muerte de mi abuelo paterno Julio Martín, el poeta. El último día de mi amigo Néstor, a los 14 años, me lleva. El fútbol en el club 12 de Octubre hasta que la noche apaga la pelota. El tren me lleva hasta Federico Lacroze. El tren me devuelve a Martín Coronado. Descubrir las calles de la gran ciudad siendo muchachito. Las historias que contaba mi viejo. Un fusil en bandolera. Tantas noches de silencio. Puesto de guardia cerca de la hondonada por donde viaja helado el Reconquista. Haber sido ciudadano bajo bandera me lleva. En Campo de Mayo colimba humillado.

Las librerías de Caballito y de Flores. El sueño de ser librero. Una lluvia sobre Avenida Rivadavia me lleva. El nombre de un personaje literario (además): Edesma. La posibilidad de contar  historias en el comienzo decidido de la escritura. Un poeta: Hugo Ditaranto. Un novelista: Gabriel Montergous. Maestros en el oficio. Amigos.

Un café en el México. Un café en el Margot. Un café en el Cao. Lapicera de tinta roja. La felicidad que me lleva porque cuento un sucedido. Órbita maravillosa. Todo un mundo la mesa de café. El encuentro con el otro. Puentes, cruzar puentes para mejor conocer personas y paisajes. Sentado a la ventana universal de la urbanía contemplo la calle de adoquines. Desde el Margot veo correr el tiempo sobre San Ignacio. Desde el Cao la ría sobre Matheu. Haber descubierto a tiempo mi pertenencia a Boedo me lleva. Mi abuelo y mi padre caminaron el Boedo que aún camino. Escribir el barrio de Boedo. Ser Homo Boedensis y saberse Homo Porteñensis: el hallazgo del poeta Rubén Derlis me lleva. El periódico Desde Boedo que nace -cada mes desde hace 20 años- mi amigo Mario Bellocchio. La mesa de publicaciones de los sábados. El abrazo fuerte para Diego Ruiz en su cielo boedense. El sol en la mañana. El fotógrafo Eduardo Noriega toma café sobre Avenida Boedo. La bondad en el saludo de Pepito de Boedo. La imagen de Bombón. Su mirada agradecida, amiga, de buen tipo. La presencia de los buenos fantasmas del barrio me lleva. Todavía el Gordo González se apasiona sentado en el Margot. Todavía el Profe Ricardo prepara la pipa.

Una imagen de mujer me lleva. Una botella de tinto en noche de sábado me lleva. Un par de copas. El sueño. La aventura. El encuentro con el amor. La gran ficción. El amor invita. Tienta el grande logro de hacerlo realidad. Una especie enrevesada. Una criatura abismal que crece mientras silenciosa boceta el naufragio.

Una casa en las sierras de Merlo, San Luis. La Caramba, su nombre. Amigos, literatura y cocina. Confluencia que me lleva. Gabriel Montergous escribiendo en el límite del parque que rodea a la casa. Caminando. Buscando palabras. La cruz en la cima del Mogote Bayo también dice sobre La Caramba.

Pude escribir en la biblioteca de La Caramba. Escribí en el México, en el Margot, en el Cao. En el taller de mi padre. En mis departamentos alquilados escribí feliz. La escritura me lleva. Escribir en el refugio que Josecito de la Ferretería, mi amigo poeta, me presta para que siga habitando Boedo. Porque la vida sigue en Boedo. Porque la vampira de tinta roja aún me espera para contar los días.

Me lleva la historia de la sangre derramada. Genocidio de los pueblos originarios. Las campañas de la muerte. La Patagonia trágica. La semana trágica. Fusilamiento de obreros rurales en el sur. Fusilamiento en los basurales de José León Suárez. Bombas sobre Plaza de Mayo. Los argentinos somos derechos y humanos. 30.000. Cívico militar eclesiástica. La revolución productiva. Una alianza para sostener a los poderosos de siempre. 2001, una odisea triste en nuestra tierra. Y como si fuera sueño hecho realidad, él. El presidente que manda a descolgar los cuadros con la imagen de los dictadores, de los asesinos. El gesto inolvidable en el Colegio Militar. Memoria. Verdad. Justicia. Nueva esperanza en la plaza. La patria es el otro. Y de regreso el horror. Los destructivistas, el neoliberalismo, con careta de cambio en amarillo. No fue carnaval. Vuelta y vuelta. Luego aguantar la respiración mientras satura la “albertencia” insípida del charlista. La historia también me lleva.

El silencio en la pandemia. El aislamiento. Escucho. Sigo escuchando mis pasos un mediodía de domingo en la esquina de Mármol y Garay. Nada se movía. Nada. Solo el testigo. El silencio aquel me lleva. Aquella vida sabiendo que dentro del refugio me esperaba más silencio. Ser sobreviviente de uno mismo me lleva. El valor de la compañía de la vampira de tinta roja anotando la palabra, el gesto, la mirada.

Encrucijada. Viento. Durmiente. Urbanía. Híbrido. Tren. Suburbano. Río. Niebla. Lluvia. Garúa. Barrio. Galaxia. Cauce. Sueño. Calesita. Barrilete. Destino. Café. Ochava. Poema. Hambre. Condena. Solidaridad. Amistad. Fantasma. Novela. Memoria. Libro. Puente. Vampira. Blues. Tango. La palabra me lleva. Rojo. Negro. Verde. También me lleva el color de la flor del ciruelo rojo.

La noche bajo autopista. La soledad. El hambre. El sueño en la noche bajo autopista me lleva. La mirada de la persona que camina la vereda. La vergüenza de quien nada más pasa. Todo sucede bajo el cielo de cemento. Desde cuándo los ciudadanos. La condena de no tener techo. Cada pibe en la calle me lleva.

En la librería de Caballito conocí a un poeta en primera persona, en viaje directo. Conocí la explosión: Hugo Ditaranto. En una librería de Avenida Corrientes conocí la reflexión del novelista Gabriel Montergous. La tensión y la calma. La línea como estocada certera, y la lucidez como portal mágico del pensamiento. La escritura del poeta Rubén Derlis apuntaló el universo urbano en mi mirada. La felicidad fue en una mañana, de charla, en la casa de Pedro Orgambide. En una lectura de David Álvarez Morgade en el Tortoni. En los encuentros con José Saramago. Esa magia sucedida en Buenos Aires, en la intimidad de una mesa de café, me lleva. En cada encuentro feliz con el Teuco Castilla. En la amistad con el poeta Rafael Vásquez. Nuestras charlas en La Junta de 1810, su café. Simplemente llegó la cegadora. Y en pandemia también se fue mi amigo poeta Marcos Silber. La vida también es releer. La relectura me lleva. Vuelvo a los cuentos completos de Juan José Manauta. Sus cenizas en el río Gualeguay. En fina lluvia desde el puente viejo. La garúa del día me lleva.

Un paisaje de novela no escrita. En ausencia y extrañeza. Escucho el canto poema de las ranas. Una letanía. Naturaleza que canta. Allá lejos bajo la arboleda. Entre eucaliptos. El misterio me lleva. Catón, el llevador de la ciudad/río, acompaña a los muertos al cementerio. Su vida al margen me lleva. ¿Quién era el finadito? Me mira, me dice. La pregunta que pide la respuesta a toda una vida. Una lechuza en la encrucijada. Una suerte de tango. Un trago de blues. Un cruce de caminos en la noche. Momento híbrido entre la luz y su ausencia. El pensamiento de la lechuza. Gira la cabeza. Una calesita con sortija de destino. Suena un acorde de guitarra. Se arrastra. Se apaga. Llega mi vampira y anota, escribe la tranquila sucesión de ciertos hechos e imaginaciones. La película propia se hilvana entre fantasmagorías. Paisajes inciertos, brumosos. El sueño. El silencio. La espera me lleva.

La primera vez que tuve a mi hija en brazos. Sus ojos. Sus manos. Me escribe su luz, su tinta roja, su imagen eterna mientras remontan los días.

Me lleva el tiempo como si fuera tren sobre las vías del Urquiza. El tren lleva hacia la memoria mientras a cada momento nos deja en la estación del presente. Lleva apariencia de animal que lento se evapora cuando, en realidad, veloz se consume la llama de la vida. “Me parece mentira –dijo una vez mi padre-, ayer nomás te traía recién nacido a esta casa, y ya tenés más de 30 años”. La vida también se juega en la memoria. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.



miércoles, 11 de mayo de 2022

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Casa de Oruro de Rolando Lois

 

Tantas veces comentó mi padre su deseo de volver a vivir en Boedo, que eché mano a la herramienta: la escritura de la novela propia. Una mañana caminábamos juntos cerca de la plaza Mariano Boedo. Sucedió. Encontré una casa, el plano general. Calle Oruro, una cuerda de tiempo por donde en sueños aún toma la curva el tren de la basura. Cercana al límite con Boedo, la casa aparecida para morada del artista plástico, está ubicada en San Cristóbal. Asegura el poeta Rubén Derlis que el habitante de los límites entre barrios se guía por pertenencia de cuore, y no por la traza estricta de una frontera. Así Rolando dejó Martín Coronado, y pudo volver al barrio.

Pedí a mi padre que pintara un cuadro de la casa. Lo hizo. Un acrílico. La idea creció. Suelta ya la escritura, encontré la máquina del tiempo que llevaría al pintor a distintos momentos del pasado. Una larga declaración. Una memoria. Entonces hizo falta el testimonio sobre la vida del viajero. Mi padre habló por horas. Contó sucedidos. Así nuestros encuentros al pie del grabador. Sin embargo, en la magia de este regreso, mi padre nunca llegó a leer Sombra y garúa, el “lugar” donde se escribió la novela de sus días. Verdad y ficción. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Y aquello que nunca fue historia. O ahí nomás, cerquita, el encuentro con el costado literario de la vida.

En primera persona el pintor cuenta: “(…) Sé que mi imagen en la calle intriga, más en Oruro, más en la manzana donde se ubica la casa. Mi casa llama la atención. No es igual a otra, no hay en todo el barrio una que ni de lejos se le parezca. (…) Fundé mi decisión en que estaba cansado de vivir en la provincia, que necesitaba volver a la capital. Esto era cierto, pero todavía era más cierto que la casa me embrujó con su aspecto de casa embrujada. La vi por primera vez de mañana, enseguida supe que en su fachada, y sin importar la ubicación del sol, nunca faltarían las sombras. Es casa de planta baja y primer piso, como ya anoté en estas páginas, y es casa que al frente presenta una cara escarpada, tajeada, es cara de animal de otro mundo, es cara con muchos ojos, ojos de mosca gigante. Sus ventanas son ojos deformes que no responden a estilo alguno, es cara de cuchillero acorralado que todavía lleva puesto el sombrero. Mi casa cara de mosca lleva seis ventanas al frente, todas distintas. Lleva boca como portón, pero no, es puerta ostentosa pintada de verde oscuro. Mi casa lleva una torre almenada en su centro. La pared que da a la vereda está pintada de verde claro con toques de un color ladrillo, o terracota, o naranja sucio. Las paredes que se levantan pasada la puerta y que llegan a las distintas alturas que presenta mi lugar, dan la impresión de haber quedado en origen con el último alisado del cemento. Pero en realidad, alguna vez estuvieron pintadas con cal (…). Las lluvias sucesivas la fueron lavando o gastando. Como si fuera a desaparecer, esa es su apariencia hoy. La casa está bastante dejada, en los techos de tejas hay faltantes notorios. Parece abandonada, esa es la imagen que transmite. Para los vecinos es algo parecido al castillo que tenía el conde en el Drácula de Bram Stoker, o mejor, esto si tuvieran noticia, parecida a la casa que se hallaba en el borde del barranco de La casa en el límite de W. H. Hogdson, que era una casa asediada por extraños seres que escalaban desde la profundidad para terminar con la vida de sus moradores. Mis seres, los que me asedian, no provienen de barranco alguno, trepan nomás desde las miserias de mi memoria, desde mi dolor de hombre nacido sombra. (…)”.

Rolando vivió desde los 10 años en una casa chorizo ubicada sobre Avenida Independencia, entre Colombres y Castro Barros. Desde pibito hasta muchacho de café. Festejó sus 18 en el boliche El Derrumbe, sobre Boedo. Vivió en el barrio hasta ser el hombre joven que partió a hacer la vida mientras iba de camino a Martín Coronado. Desde su taller de pintura escribo estas líneas. A más de dos años de su muerte, anoto que siempre quiso volver a vivir a Boedo. Y de alguna manera lo logró, es lo que hay en este “libro casa” al que, de tanto en tanto, regreso.



Ser una sombra, dice el personaje en su casona de Boedo: “Nací sombra, y de tanta sombra nací a la pintura.

Soy pintor, artista plástico, me defino como figurativo, paisajista, utilizo el óleo; elijo colores en gamas bajas, salvo cuando me voy de recreo al acrílico, pero cada vez ocurre menos. El acrílico deja que entre un poco más de luz en mi alma.

Soy un hombre viejo, y siempre me acompañó mi sombra, es más, debido a esa compañía, con el paso de los años, supe que había nacido sombra. Que hay sombras y sombras, lo supe después. (…) Quizá por eso siempre pinté sombras, quizá por eso tanto me gustó la noche, en esta casa de Boedo y en mis paisajes recordados.

Fue en la noche que descubrí una nueva puerta”.

El personaje de Sombra y garúa descubre, cuenta, su magia escondida en una terracita, ubicada en el fondo de la casa, sobre un patio silencioso: “(…) admito que lo tenía casi todo claro a mis ochenta años hasta que me dormí junto a la ampelopsis.

Son sus semillas las que explotan desde una especie de racimo. Cada una de esas semillitas verdes, ínfimas, cae, rebota, se desliza por el cuerpo carnoso de las hojas de la enredadera que cubre las paredes que rodean el patio y la terracita. Las semillas van de hoja en hoja hasta el piso. Allí, sobre la baldosa, aparece pintada una franja verde que tiene un ancho de treinta centímetros. El sonido amanecido es el de las mejores garúas, lluvia chiquita y lenta, lluvia neblinosa, aliento y lágrima de cientos de fantasmas.

Fue en aquella noche que descubrí, que supe que había encontrado la perfecta máquina del tiempo. Se construye o la construyen durante diciembre, lista para usar durante veintitantas noches, entre la primera oscuridad y la hora mágica en que los carruajes vuelven a ser calabazas: este es el tiempo que dura la explosión de su semilla.

Todo sucedió y todo puede suceder dentro de mi casa”.

En cada encuentro frente al grabador mi padre apuntó hacia distintas direcciones temporales, en todas las charlas se acomodó el buen fantasma de la garúa verde que lo llevaba hasta aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Como si se dejara llevar en las palabras, bajo la lluvia fina soñar con un momento del pasado. Volver. Regresar. Rescatar.

El taller de mi padre, este al que ahora regreso, al que de alguna manera hago mío, es memoria. Escribo en el taller que llevé en barrilete hasta la casona de Oruro, donde aún vive mi padre. En este mismo taller, donde ahora vivo, también vive mi padre en su pintura, en fotos, en los objetos queridos. Estoy de regreso por una temporada. En rudimentario museo el tiempo se manifiesta, respira, acompaña. Ocurre mientras escribo sentado al escritorio de trabajo del pintor. Deslizo la tabla derecha. Un acontecimiento mágico fue descubrir estas presencias –un estante a cada lado del cajón central del mueble- cuando el pibe que fui alcanzó la muesca, la llave, en el roble eslavonia. Otro mundo de juegos. Ante todo fue la posibilidad de apoyar mi mano, como ahora mismo hago, y acariciar la madera donde ayer, mi padre y yo, acomodamos papeles, libros, bocetos, y mis poemas pibes de cuando decía que quería ser poeta como el abuelo Julio.

Mi abuela Eufemia no volvía a su casa. Ella decía, invitaba a volver a “las casas”. Ese detalle en la afirmación se guardó en mi memoria. Me pregunté en algún texto si esa diferencia se debía a una costumbre que venía desde la noche en Santa Teresa, en la Santa Fe natal, o se debía a una inesperada sabiduría de Eufemia con respecto a que la criatura que somos, a lo largo de la vida, suma, casi siempre, algunas casas a las cuales regresar. Mi padre siempre quiso volver al barrio de Boedo, una casa, una pertenencia, y volvió a una casa entre la verdad y la ficción, en el límite. Y está la casa chorizo de Independencia. Él siempre atento a ese regreso. Hasta la casona de Oruro llevé este taller de Martín Coronado, que es de mi padre, también su casa, una de ellas, a la que también regresa. Y desde el Boedo, imperfecto y literario, yo también vuelvo -ahora mismo, mientras escribo esta nota, y apoyo el brazo sobre la tabla del escritorio- a mi casa, una de las casas a la que siempre vuelvo.



jueves, 28 de abril de 2022

10 años

 


4

 

Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos. Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio. Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde” entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.

sábado, 2 de abril de 2022

Mate en Talcahuano


 

(…) La nomenclatura geográfica del Río de La Plata ofrece multitud de lagunas bravas. El origen de su nombre es el mismo que el de los cerros bravos, sierras bravas y pasos bravos de que está sembrado el territorio y cuyo mayor número aun no ha sido registrado en los mapas, diccionarios y demás trabajos descriptivos del suelo rioplatense. Lagunas bravas, cerros bravos, sierras bravas y pasos bravos, envuelven algún encanto. Todo lugar bravo presenta fenómenos ígneos, acústicos y dinámicos producidos por causas misteriosas, que el vulgo atribuye á la acción inmediata de espíritus ó seres fantásticos escondidos en los antros de las serranías ó en el fondo de las aguas. Los cerros tienen sus gnomos, sus salamanqueros. En las lagunas y en los pasos (vados) de ríos y arroyos moran, entre genios diversos, ninfas de formas varias, apareciendo asimismo ahora alegres y ahora llorosas mujeres generalmente vestidas de blanco cendal transparente. Dejanse ver no menos en las orillas de los lagos ó bien zabulléndose y deslizándose por la tersa superficie de sus quietas aguas cristalinas, que á veces hieren agitadas por mano invisible, traviesos negrillos que, tan luego como son descubiertos, se sustraen diligentemente á las miradas del hombre. Estos seres fantásticos de color de azabache son conocidos con el nombre de negros del agua. La bravura de los receptáculos referidos dimana de que sus aguas, embravecidas ó enojadas, de repente suelen alborotarse y bramar, como los cerros poseedores de salamancas. Tal fenómeno se verifica regularmente cuando algún ser humano se aproxima á la laguna encantada ó brava. Sus irritadas aguas, saliendo de madre, se tragan á la gente. Desde su fondo exhalan ayes dolientes, lamentos profundos, aterradores alaridos, voces airadas y quejas amenazantes. De tarde en tarde permiten que salgan á sus márgenes, ó envían á sus inmediaciones con fines varios, demonios y monstruos, gigantes y pigmeos, mujeres y hombres, negrillos, y ciertos animales ó sabandijas. (…).

Un puñado de líneas. Un convite. Aparecido hace años. Un libro. Hallado el susodicho en una laguna encantada o brava, pero lejana al misterio del miedo. Un encantamiento. Una magia. Una maravilla. Un departamento en la altura de un viejo edificio. Calle Talcahuano, casi esquina Corrientes. Un hacedor: el señor Pubill. El librero regresa desde la salamanca del tiempo.

Vuelven imágenes. Un rescate. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Pero Talcahuano señala aún más profundo en el tiempo. En la lejanía que crece, acabo de dejar Corrientes, y camino por Talcahuano. La vereda es la contraria a la del departamento donde voy a encontrarme, en el futuro, con Pubill. Camino en dirección a Santiago del Estero. Estoy de regreso al año previo a mi colimba. Soy el pibe de los mandados en una oficina de calle Alsina. Y cada mañana pasé frente al edificio donde charlaría con Pubill, librero de viejo, habitante sabihondo de Buenos Aires. Pero antes de llegar hasta el paisaje del librero, la geografía urbana me recuerda el relato de una vieja historia de amor prohibido en un departamento de Talcahuano casi Corrientes. Aún imagino que el departamento -donde una mujer recibía al amante para que cumpliera con el placer que su marido no le dispensaba- estaba en el mismo edificio donde el librero guardaba sus tesoros.

A principios de los ‘90 entré a trabajar en una librería. Fui lector practicante desde que hice mía la herramienta de la lectura. La librería fue un sueño cumplido. Los barrios de Caballito y Flores me verían estudiar, o mejor, leer en libertad, con la intención de recibirme de librero. Acercarme, tan siquiera, unos pasos hasta la figura del vero librero de ayer.

Poco después de mediados de aquella década apareció una propuesta de trabajo. Una librería ubicada sobre Avenida Corrientes, entre Riobamba y Callao. Cambié el paisaje. Era una de las primeras librerías que tuvo Buenos Aires con un gran despliegue escénico. Parecía un escenario de teatro. Y en él se representó una obra de misterio. Muchos lugares para recorrer. Un entrepiso de lujo. Sillones donde poder sentarse con el libro de interés. Obras originales de destacados artistas plásticos colgaban de ciertas paredes. Un salón amplio en el subsuelo utilizado para presentaciones de libros. Una pequeña sala de teatro. Aquella aparición de la gran nao librera duró lo que los sueños. Enseguida la mujer a cargo de la administración tuvo que viajar a Miami, su anterior domicilio postal. Volvió y avisó: Cierro el mes que viene. Durante el trabajo de cierre y embalaje, la escuché contar que allá, en Miami, era madrina de un escuadrón anticastrista. Sin palabras.

En aquella librería había un sector de libros viejos, ediciones antiguas. El proveedor del sector era el señor Pubill. Me interesé en el personaje. Hablamos muchas veces. Hasta que un día me invitó a su departamento librería, a la salamanca silente en la ciudad, una laguna encantada en tiempos bravos. Terminé con mi horario de trabajo y caminamos juntos por Corrientes hasta el edificio de Talcahuano.

No recuerdo el piso. Pero vuelvo. Siempre de regreso a ese departamento de puertas altas de madera. Escalera gastada, la comba del tiempo en los escalones, esa panza de piolín de barrilete en vuelo que también dice del tiempo. Después la explosión del big bang. La juntada de la vida y la espera, la memoria de los vivos que esperan, y de los muertos que también esperan en las páginas de tanto libro. Quizá cinco habitaciones de techos altos. Bibliotecas hasta el cielo. Todo en madera. Pilas de libros sobre mesas. En el piso alfombrado, al lado de sillones de un mundo casi olvidado. Impecables. Lámparas maravillosas sobre mesas y mesitas. Arañas notables entre nubes. No puedo evitarlo, acaricio lomos de libros; leo títulos, apellidos, un mundo de desconocidos, alguna pista que salta desde la memoria. El paraíso existe. Oculto, ciudad adentro. A resguardo de los tiempos tristes.

Regresé una vez. Pedí permiso al librero para fotografiar el lugar. Tomé un rollo completo con mi réflex. Dónde estarán escondidas, en qué esquina del tiempo, las fotos de aquella galaxia que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

(…) Connaturalizados, al fin, con la yerba, ó sea el mate, ha continuado hasta el día de hoy su uso y su abuso. Tiene, sin duda, el mate propiedades estomacales y diuréticas; pero sólo las posee el mate amargo ó cimarrón, como llaman al sin azúcar. El mate dulce más daña que aprovecha. Sin embargo, cuando se toma mate, no se toma porque sea una bebida saludable, sino por pasatiempo, por el solo gusto de tomarlo. De ahí, y del modo de tomarlo (en rueda, entre la conversación, corriendo de mano en mano), la facilidad con que muchos se hacen viciosos. Algunos lo son tanto, que desde que se levantan hasta que se acuestan no dejan de la mano el mate. (…).

Mi mate transcurre, hace años, en soledad, es decir, tomo mate, por las tardes, mejor si hay lluvia lenta sobre la laguna, el barrio, la ciudad, la memoria encantada, pero rodeado solo de mis buenos fantasmas, que los hay de vivos y de muertos. El mate y la ceremonia de la compañía. En el mismo río transita la ceremonia del vino. En cada ceremonia el llamado. La soledad es cercana de la aparición. El señor Pubill, el librero de viejo, regresa, aparece mientras recuerdo libros. Es una llama, un penacho de luz: (...) el fenómeno luminoso conocido comúnmente con el nombre de fuego de San Telmo. Cuando el tiempo está ó ha estado tempestuoso, hallándose la atmósfera muy cargada de electricidad y acercándose mucho á la tierra las nubes, suelen aparecer en las extremidades de los objetos elevados y puntiagudos unas llamas á manera de penachos... suele observarse en los mástiles de las embarcaciones, en las picas ó lanzas de los soldados y hasta en las cabezas de personas y animales.

Es necesario contar que el día que tomé las fotos, me encontré con el libro que hoy está en mi mano. Guardo un tesoro de los que guardaba el señor Pubill: Supersticiones del Río de La Plata de D. Daniel Granada, de A. Barreiro y Ramos, editor, calle 25 de Mayo 355, Montevideo, 1896, es propiedad, Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones del Río de La Plata.

Desde la fantasmagoría de Talcahuano aparece el librero de viejo. Hubo una vez.



jueves, 24 de marzo de 2022

24 de Marzo

 


la sangre nombra

busca en el ayer

anota para que la vida que fue

vuelva en necesaria certeza

busca la abuela a su nieto

el hijo a la madre, el padre

el nieto a la abuela, el abuelo

busca el abrazo de los hermanos

 

llega la sangre el río

desde y hasta la memoria siempre

quiebra la historia mentida

la mordaza que nubla

la vergüenza de los que no quieren saber

 

no negociable la justicia

paciente espera lleva la sangre

 

fluye el río

profundo el cauce

la verdad


Un vuelo occidental y cristiano (óleo de Rolando Lois)