Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 8 de agosto de 2023

Fantasmas en la hondonada

 

Collage de Mario Bellocchio

Nunca vi el fantasma del Reconquista. Pero ahí estaba, todos lo sabíamos. (A pesar del universo oscuro que ignorábamos). El boca a boca lo hizo auténtico. De la clase 61 a la 62. La historia se extendió a pesar del silencio. Servicio militar obligatorio. Yo, soldado. Había que estar atento en el puesto de guardia del mástil. 1981. Dictadura cívico militar. En el borde, en el límite, el mástil donde nacía el confín de la Escuela de Caballería. Su más allá.

Regreso a la colimba. COrre. LIMpia. BArre. Hago guardia. Subordinación y valor para defender a la patria. Llevo el fusil de la patria de ellos al hombro. El río Reconquista corre a unos quinientos metros del puesto. Transcurre allá abajo -en medio de la hondonada-, lejos y cerca. Se dice que el fantasma recorre las orillas. Siempre miro hacia el Reconquista. Ni una sola vez dejo de buscar el fantasma. Un silencio malsano será señal de los tiempos. Un aroma esencial en Campo de Mayo.

El fantasma debía ser blanco. De la claridad inmaculada de las almas, como en el cine. Así lo imaginé la vez que escuché a un soldado –que había hecho guardia la noche anterior- asegurar que lo había visto. Existía. Era la más pura verdad. Un misterio en la soledad de cada noche.

Hacia la hondonada fui llevado por el destino. Una mañana. La cara del destino era la del soldado Pierandrei. Pertenecía a la columna de transporte y estaba al volante de un Unimog. En este retorno no veo la cara o las tiras de ningún suboficial. Sospecho que había otro soldado en la excursión. Una misión de transporte dentro del cuartel. Íbamos en camino cuando Pierandrei puso proa a la hondonada y el Unimog se zambulló en la barranca. El Unimog es un camión que parece de juguete, diseñado para jugar a cualquier cosa, incluso a los soldaditos. Pero más allá de su apariencia, fue amanecido para moverse en terrenos accidentados. Va a los saltos. Veo cómo la mancha del Reconquista se acerca a través del parabrisas. Es una locura, aún no me explico cómo sucede semejante afrenta a la disciplina. Nadie nos ve. Como fantasmas correteamos camino a la orilla haciendo círculos, riendo. Nosotros soldados: invisibles cuando el golpe y el dolor. El paisaje fantasma del Reconquista también lleva temblor de Unimog.

El puesto de guardia del mástil era el lugar donde más se acentuaba el hambre del colimba. En la soledad silente de la noche las tripas cantaban su queja. El hambre duele más en el frío. Cuando tocaba el mástil, a veces, con suerte, se daba que el soldado conseguía en la cocina -de manos de otro ciudadano obligado a soldado- un sanguchito con queso. Una gambeta en el juego cruel de la guardia.

La vivencia -cada vez que regreso a una de esas noches de guardia- es la de estar dentro de un óleo pintado por mi viejo. Un río a la distancia. Oscuro como el cielo. Grandes nubes apenas dibujadas por un trazo de luz viajera. Una luz de luna menguante. Luz de estrellas muertas que llegan hasta las orillas de aquello que aún transcurre. El río en su cauce. El río y su cauce en la hondonada. Allá abajo. Un arbolito en la orilla más lejana. Del color de la despedida. A primeros días del otoño. Una presencia viva en ocres y fileteados en rojo sangre. Mi padre pintor usa una paleta de gamas bajas. Paleta donde se mezcla la materia viva con la muerta. Sucede también el universo en Campo de Mayo. Contemplo desde el puesto del mástil. Cuido la patria de ellos. Soy vigía, guardia, policía. Fui guardia. Sigo siendo guardia del silencio de ese campo que tantas veces pinta mi padre. Estoy a metros del mástil. Colimba que ignora los sucedidos en la tierra de la patria de ellos. En el cuadro pintado por mi padre habita una presencia. Flota en el aire, en el viento. Transcurre como río que sigue vivo en su cauce. Mientras tanto en el mástil, el hambre, el frío, el peso del fusil. El silencio y la ignorancia.

La palabra fantasma tiene otras implicancias en la Escuela de Caballería. Y como en todo buen cuento, está sujeta a la llegada de la noche.

Buen día. Gritos e insultos del sargento como saludo a los doscientos treinta colimbas que guarda la cuadra dormitorio. Así se inaugura cada mañana, cada día dedicado a la maldad en el mundo de lo humano. Humillaciones a la carta. Golpes. Miedo y dolor. Tensión entre los muchachos que ocupan el palo más bajo dentro del gallinero de la patria de ellos. A partir del primer movimiento represivo, comenzaba a rodar el día bajo amenaza. No faltaba oportunidad para que el cabo, cabo primero o sargento, gritara al soldado. Lengua con filo de suboficial: ¿nombre, soldado? Para que todos escucharan, para que nadie olvidara que cada cual, en cualquier momento, por impensada causa, podía sumar su nombre a la lista. ¿Nombre, soldado? Por moverse en la formación. Por ser el último en caer luego de haber sido pronunciada la orden: cuerpo a tierra. Por alguna desprolijidad en el uniforme. Por mal afeitado. Por llevar el pelo largo. Por ser el último en llegar a donde hubiera que ir. Porque sí. ¿Nombre, soldado? Con el tiempo aprendí que no había que llegar primero ni último porque al milico le quedaba en la punta de su lengua bífida, el nombre asociado a la caripela. Entonces, mientras sucedió el servicio, muy pocos milicos recordaban mis pistas esenciales.

Conocido el nombre, el suboficial procedía a transmitirlo al superior que ese día llevaba la lista. El castigo estaría dirigido por el suboficial de mayor rango que esa semana estaba a cargo del escuadrón de Comando y Servicios. La lista se alimentaba a discreción. No había justicia durante el día. Tampoco la habría en la noche.

A Dormir. Todos al pie de la cama. Orden de acostarse. Se apagaba la luz general. Sólo quedaba la del baño en un extremo de la construcción y, en el opuesto, la del pasillo que llevaba al dormitorio de los milicos que estaban de semana. Por esa puerta retornaba el cabo primero o el sargento acompañado por uno de los esbirros. Cerca de la medianoche encendía una luz y empezaba a nombrar a los colimbas que habían caído en la trampera de la lista. Uno a uno al pie de la cama. Vestidos de fajina como en el día que continuaba en la noche. Cada noche se daba la nómina de los señalados. Cada noche salía el pelotón fantasma, así se lo llamaba. A cargo del pelotón fantasma, los ejecutores del plan. Pelotón fantasma por tanta víctima de tanta injusticia. Cuando partía el pelotón, en la cuadra dormitorio se apagaba la luz. Casi todos esperaban el regreso. El susodicho pelotón fantasma consistía en propinar castigos físicos y humillaciones varias en el campo y las calles de la Escuela. Tortura. Los colimbas eran desaparecidos un tiempo variable. Dependía de la crueldad del personaje a cargo, del compinche, de las ganas de divertirse de los suboficiales. En el dormitorio se abría la puerta del costado, y entonces regresaban los castigados. Eran repatriados los escombros de los muchachos. Se encendía la luz para que quedaran a la vista. Para que los demás supieran que mañana, cerca de la medianoche, partía el pelotón fantasma. Nadie volvía con hambre. Todos alimentados a patadas, piñas y cachetazos. A lagartijas, saltos de rana y cuerpos a tierra. A carrera al frente o a correr en círculo. Siempre el mismo paisaje en el cielo. Apenas un poco de luz, como para seguir vivos, como sucede en muchos de los óleos que pintó mi padre.

Sucedió que años después de terminada la colimba supe de la oscuridad reinante en Campo de Mayo. Una oscuridad mucho más oscura que la vivida, la imaginada. Campo de Mayo escondía tortura y muerte. Un campo de concentración alimentado por bandas de asesinos. En la patria de ellos los vuelos de la muerte. Mientras el poder económico crecía entre sombras.

Siempre vuelvo al mástil frente al Reconquista en la hondonada. Puesto de guardia. Cuidando el horror que desconocía. Con los regresos a través de los años me di cuenta de que el paisaje bien podría haber sido pintado por mi padre. Con los regresos supe que no era uno solo el fantasma que transcurría como el río. Supe que eran muchos los fantasmas en el aire, en el viento. Fantasmas que exigen memoria. Exigen verdad y justicia. Castigo para aquellos que diezmaron una generación. A través de los años regreso al cuadro de mi viejo, y me digo que, al fin, pude ver los fantasmas en la hondonada, a orillas del río Reconquista.



miércoles, 5 de julio de 2023

Ensoñado en la novela



Digo que me fui del barrio. Casi dos meses hasta la casa que queda en la infancia. A la vez digo que nunca me voy del barrio. Como Troilo. Si siempre estoy llegando. De regresar se trata mientras dura la cuerda de la calesita. Vuelvo en las veredas cotidianas. También en fantasmagorías. De buen fantasma que no lleva cadenas quejosas, sino recuerdos. Buen fantasma que anda el barrio como si fuera escenario de teatro. Retornan a las calles escenas de ayer. Alegres y tristes. Simplemente regresan mientras, por ejemplo, el bondi me lleva, por Avenida La Plata, de ida y vuelta, hasta la casa de Virginia y Mario, mis amigos. El 65 me pasea por el límite de Boedo. Entonces me sueño caminante por Garay, Muñiz, Mármol, Treinta y tres orientales, Tarija, Estrada, Las Casas. Soy renovado fantasma y veo. Regreso a ciertas escenas, a ciertas presencias. Convoco, al mismo tiempo que soy convocado. Esas misteriosas maneras del murmullo con los habitantes del más allá. Veo todas mis calles cada vez que voy como humano ensoñado que mira por la ventanilla. Similar al sueño profundo en la alta noche, en su encrucijada es donde se tocan los mundos. Más acá en el mientras tanto. Más allá en el después del último trago. Ensoñación bondinera. Buenos fantasmas que retoman diálogos. Regresa el sucedido. El que se podía adivinar, presentir. También el que sorprendió. Un poema universo bien puede comenzar con un abrazo.

Puedo contar escenas a las que siempre regreso. Sobre esta vereda aquella mañana. Frente al portal de la Santa Cruz. En ese banco de la Martín Fierro. Por Estrada hasta el parque. Caminantes por Boedo. El altar del Gauchito Gil por Las Casas. La constelación del escarabajo sobre Mármol. La vida secreta en el refugio de Garay. El mercadito chino de Pavón. El azar amasando su esencia en la esquina de La Plata y Vernet. La humana conspiración en el sueño de cada mañana; haciendo real este barrio al que vuelvo, retorno, regreso, luego de la temporada en mi casa de infancia.

Es verdad. La vida parece sueño. Y en las tierras del sueño siempre habrá lugar para la felicidad y su goteo lento. En la vida hay lugar para buenas magias. También para el quehacer de personajes de espanto. Para palabras e imágenes con esencia de eternidad guardadas en nuestra eternidad limitada. Eterno mi barrio de Boedo. Eternos sus buenos fantasmas que aparecen, cada vez, cuando voy ensoñado en el 65, o ensoñado, a la deriva, como viajero caminante de las calles. Siempre llevado por el viento de la memoria.

Estoy parado en la puerta del refugio de Garay. Viene de visita uno de mis buenos fantasmas. Vuelve porque me quiere (ahora mismo está de regreso, mientras escribo). Dobla en la esquina y lo veo. Sonríe. Se cuenta en su historia de vida. Los capítulos de la novela en innumerables caminatas por el barrio. Veredas en la mañana. La vida que, hasta en las peores instancias, puede dar sorpresas. Un dibujo. Un blues. Un tango. Un cuento. Toda una historia.

Cuando voy como ensoñado bondinero o en el mientras tanto -paso a paso en el camino- recibo al buen fantasma. Aparece la necesidad, como sucede con la escritura. Soy un extraño en su ausencia. Saludo. Escribo. Nace un apunte, una brevedad, quizás hasta un poema, o nace esta forma de crónica de la calle donde también se tocan los mundos. Más acá el cotidiano. Más allá el después del último trago. Lo dicho. La realidad bien puede ser un sueño. Uno más. El buen fantasma y yo sentados en la puerta de una iglesia sobre Estrada, cerca de parque Chacabuco. Charla en la mañana sobre escalones de mármol. Una imagen que se quedó conmigo. Vuelvo a ella parado frente a la iglesia o desde dentro del 65 a velocidad por Avenida La Plata.

Y con cada regreso presencial. O con cada ensueño de bondi. Siempre aparece la escritura de las voces y los gestos. La reescritura de los diálogos entre el ensoñado y el buen fantasma. Los regresos parten de la esencia argumental del sucedido de origen. Y serán los regresos sucesivos, aquellos movimientos, encuentros, encrucijadas, los que sacarán brillo a la felicidad –no olvidar que siempre lento es su goteo- de haber estado vivo de manera tal para que la memoria nos guarde como ciudadanos de un paisaje de barrio. Bienvenido entonces el recuerdo que mejora. Bienvenida la esencia que perdura. Que se mantiene un tiempo más, por ejemplo, sobre las veredas y calles arboladas de Boedo. Una y otra vez el poema. La novela. Un tango. Un blues. Quehacer mágico de alquimista que encuentra cada vez la piedra filosofal. La piedrita del destino que transmuta la muerte en renovada vida. Sucede a cielo abierto. Por ejemplo caminando por Mármol en dirección a Las Casas. Hace instantes caminaba por Garay. El día al que regreso descubrí siete autos, siete viejos escarabajos muy coloridos, estacionados en ambas manos de la calle que avisa taller mecánico. Dentro del taller, un mago celeste. Supe de inmediato que cada auto era una estrella. Supe que los siete autos formaban una constelación en el cielo terreno de Boedo. Con rapidez comenté el hallazgo con un viajero que, en ese momento, era mi compañía. Puede ser, comentó con alegría. Por qué no una constelación terrena, se preguntó. Sucedió que un día, ensoñado en el 65, mientras al parecer me alejaba de Boedo, regresé al día aquel cuando el descubrimiento de la constelación. Ocurría otra vez la mañana. El tiempo de vida del viajero aquel que me había acompañado en el origen, se había agotado. La Parca y sus visitas. Siempre de pandemia. Asumida su nueva condición de buen fantasma, aseguró, recién aparecido, conocer el nombre de cada estrella de la constelación de este cielo. Cada auto un nombre de calle. Digo que una vez me fui del barrio. Digo también que siempre estoy llegando. Ya de regreso de la casa de infancia, retomé las caminatas. Siempre hay siete escarabajos frente al taller de la calle Mármol. Cambian de ubicación debido al azar que manejan determinados dioses en tierra santa. Pero la constelación siempre está ahí. En el cielo. En la tierra. Caminé entonces por el interior del dibujo para ese día. Arte propuesto con escarabajos. Caminé lento -como gotea la felicidad- hasta que apareció mi buen fantasma. Esta vez agregó que vivía en la constelación de los escarabajos, cada auto una estrella, cada estrella un nombre de calle del barrio. Y dijo, además, que cada vez que me acordara de su buen fantasma, simplemente llegara hasta la constelación. Y entonces hasta ella llego. Regreso. Retorno en éste, mi único cielo donde mi puñado de dioses, y de almas, se encuentran en la buena memoria de lo humano.

Digo que es por eso que creo en un dios de la memoria. Ante todo imperfecto. Porque en tanto memoria, siempre hay lugar para el olvido. La memoria es un océano misterioso. Y misterio en el cielo. Así también en las veredas del barrio. Digo que siempre estoy llegando. Caminante o ensoñado en el bondi, viajero en la eternidad limitada. Transito veredas, calles y avenidas, ando por su filo. En el filo respiro. En el misterio. Quizá por ello escribo. Para eso tal vez este trabajador de la memoria. Respiro en ella. Simplemente la anoto. Una y otra vez. Mientras mantiene su forma. Mientras cambia. Mientras respira y se agranda. Mientras se afina en el trazo en rojo. Porque la tinta siempre es roja. Como la que usaba el escritor memorioso del Pombo. Una y otra vez la historia gira intentando alcanzar otra vuelta con sortija. Para durar un tiempo más sobre la tierra, por ejemplo, sobre este barrio donde un puñado de buenos fantasmas vuelve, regresa, retorna. Un puñado de personajes vuelve a sus historias. Y entonces la escritura -arte basado en la respiración de las almas- los recibe, y entonces viven y se reescriben, mientras es tiempo de recuerdo. Los veo sonreír. En días de sol. Importa la razón primera del encuentro. El impulso desde el más allá. Las ganas de renovar la charla en el más acá. Ellos viven dentro de la memoria practicante de mi escritura. Los presiento en el aire, en el viento. Somos memoria en la escritura del libro propio. La novela que nos guarda, que nos lleva. De encrucijada el poema, el blues, el tango, esta crónica de la calle. En Boedo. En Buenos Aires.

miércoles, 7 de junio de 2023

Payaso en situación de calle

Collage de Mario Bellocchio


Es sabido. Es una verdad relativa. Una línea que se dice y repite hasta que duele. Una afirmación que se engancha en el viento. La anoto. Se queda. Un tanto de verdad y otro tanto de mentira. Como todo en este mundo. Aviso. Es sabido. Todo payaso es triste. O lo será. Como cualquiera. Quién puede saber cuánto de payaso carga entre sus almas. Todo payaso es triste. Es sabido. En eso pienso cerca de la esquina. En la avenida. Pienso mientras miro por la ventanilla del bondi que me lleva a destino. Todo payaso es triste. Todos vamos a destino. Es sabido.

Adivino. Soy el único pasajero del 65 que mira sobre avenida La Plata. Bondi cercano a su parada. Semáforo en rojo. Cercano al cruce con avenida Rivadavia. Miro por la ventanilla y ya no se trata de un cruce de avenidas. Ya no es paisaje común. Simple. De cotidiano a primera hora de la tarde. De sábado chato. Paisaje que deviene en encrucijada blusera en tanto escucho mi tango. Puede que en el bondi haya otros pasajeros que lo vean. Pero no. Me digo que soy el único que tiene ojos para el payaso que se mueve sobre la avenida. Pide una vida amable y pide monedas sobre La Plata. Ni lo intenta por Rivadavia.

Lleva gorro de payaso. Verde, rojo, blanco. Lleva gorro ajado. De payaso escorado. Lleva nariz de payaso. La cara lo deschava. Camina la avenida. Paga un precio alto. Esforzado su andar de paso a paso. Hombre desvencijado. Lento. Un payaso de edad. Porque el hombre vestido de payaso es payaso. Su oficio de vida. No hay duda.

Descuelga una bolsita plástica de la reja. Bolsita al mar. La reja pegada al cordón. La vereda impecable. En la encrucijada una pizzería brilla interiores. La bolsita que desata el payaso guarda restos de comida de una mesa de vereda. Hubo alguien antes de este tiempo de semáforo que se estira, que vio, que pensó en el otro. El payaso lleva un morral. Luego de mirar el contenido de la bolsita, el plástico marcha a bodega de morral profundo.

A pleno sol en la noche de esta encrucijada. En este tiempo de escritura. Llueve payaso afuera. Llueve payaso adentro. Una lluvia lenta. Triste. El hombre que es payaso camina la avenida. Entre los autos detenidos. Entre autos que se mueven lento. Paso a paso. A los 60 años se quejan las piernas del payaso. En el aire el gesto de la mano que pide. Camina lento. Saca pecho. Trata. Toma aire. Recuerda.

Adivino. Hubo una primera vez. Sucedió mientras fue pibito en un barrio pobre. En la provincia. Recibió un papelito llamado entrada gratis para ir a ver la función del circo recién llegado a la zona. Fue aquella vez. Vio un payaso. Hacer y deshacer el mundo. Las risas de tantos pibitos. Al fin un hombre vestido con todos los colores. Recuerda el payaso sobre la avenida. Recuerda el pelo, el sombrero, la nariz, los zapatos. Aquel gesto azaroso con payaso se lo llevó del mundo. Lo hizo universo. Ya no pudo entender de la pelea que exige el deporte malsano de la codicia. Condenados aquellos que no nacieron para cosechar dinero.

El payaso vive sobre la tierra, en la urbana pertenencia. Transcurre en el aire. En el viento. En el plano general donde evapora la sociedad, el tiempo. Toma aire. Duele verlo caminar. Su mano de pedir. La cinta de tela que sostiene el morral cruza sobre el pecho. Camisa que resiste la suma de un nuevo día. Saca pecho. La mano en el aire. En posición. El payaso lleva un cartel colgado del cuello. De tamaño regular. Un aviso para descuidados. Para pasajeros veloces. El payaso se ofrenda. Saca pecho. Se deja leer. Entonces leo. Payaso en situación de calle. Así el convite de escritura mínima. Un hombre en pocas palabras. Un título certero. Payaso en situación de calle. Lleva un cartel de cartón colgado del cuello. O el payaso todo cuelga del cartel. Saca pecho. En el aire. En el viento. En la encrucijada de blues donde escucho mi tango. Cuántos leen el poema crucial, esta novela con personaje de cotidiano incierto y final cantado.

Baja una ventanilla de auto último modelo. La mano del payaso llega hasta la frontera. Aguarda. Mejor billete. El payaso aguarda en medio de un presente salvaje. Ya lo explicó el pensador amarillo de dudosa sustancia humana: Vivir en la incertidumbre y disfrutarla.

Adivino. El payaso duerme en la orilla. Al pie de un grande cartel de publicidad. A unas cuadras de la encrucijada. El payaso guarda en la noche su sombrero de colores. Su nariz roja con elástico. El cartel bajo almohada improvisada. En la memoria lo aprendido. Duerme el payaso en la avenida. La noche trae vecinos de vereda. Poco o nada se dice. Se comparte la ciudad a cielo abierto. Importa el lugar junto a la pared. Igual que un animal cuando se siente morir. Un lugar donde apoyarse. Nada más. Un lugar donde guardarse hasta que haga falta. Dentro del buen silencio, la espera.

Cuántos los que leen la escena sobre la avenida. Casi todos los ciudadanos andan lanzados a velocidad. Pensando en lo por venir, en todo aquello que hay que hacer después. Siempre es después en el mientras tanto amarrete del ahora, en el presente que se despide en un abrir y cerrar de pantalla. Ciudadanos en el viejo Oeste. Como cuando las películas de infancia. En el OK Corral, en el bondi, la vereda, la esquina, el asfalto, hasta en el sueño y el deseo del caminante, se desenfunda. Urgente el mil luces. Ansiedad. Velocidad y desesperación. Como si se escapara la vida toda en el gesto. Urgente la búsqueda hasta que al fin -aferrada como a madera en el naufragio- la mano rescata el celular del bolsillo o la mochila, y apunta al primer después. Un cable se ajusta a las orejas, y éstas al cerebro, y en él la magia de ver en el paisaje cercano. Con suerte, unos pocos ven al payaso en situación de calle. Cuántos los que leen el poema que escribe el otro. Cuántos la novela donde resiste el otro. A cuántos importa la incertidumbre del payaso.

La bulla ensucia la mirada. El barullo malo, el interesado, se hace humo oscuro sobre el cemento. Los dueños del circo manejan el programa de la función. No hay entradas gratis para este circo. Todos pagan la suya. Todos frente a las pantallas donde factura, despista y miente el gran manipulador. A esta hora de la función, cuántos los que entienden el mecanismo del show. Cuántos viajeros tienen consciencia de la trampera.

Payaso en situación de calle. Escrito va. Vive en la orilla. En el río cerca de la esquina. Bajo el cartel. Sobre la vereda unos trapos. Así de efímero. Un pibe más. Entró al circo donde el trapecio afila la moneda. No hay red. Sólo condena. Sobre el cemento del circo los escombros del nacido con destino equilibrista.

El payaso llegó, sobrevivió, hasta este momento de encrucijada. Lleva cartel al cuello o lo lleva el cartel, su nombre, por la avenida. En verdad, la vida siempre es de encrucijada. El payaso tiene perfecta idea de su mapa sin tesoro. Lejos del puerto de la infancia. Lejos de la ciudad. De la poética de la urbanía que lo viera caminar por tantos barrios. Continúa quieto el bondi. Miro. Veo por la ventanilla. Leo el cartel del payaso. Quién puede saber cuánto de payaso carga entre sus almas. Todo payaso es triste. Es sabido.

Recuerda mi alma de payaso haber leído unas líneas. Título del libro: Automoribundia. Del egregio escritor Ramón Gómez de la Serna. Durante varios meses el libro fue mi casa, mi lugar a donde poder regresar. Recuerda y busca entre escritos una de mis almas y al fin encuentra: (…) Oscilo entre el circo y la muerte. Amo los payasos y los muertos y encuentro un gran parecido entre unos y otros, habiendo observado que los payasos se caracterizan de muertos, pálidos, pálidos, con los ojos hundidos en negrura, dos comillas de calavera en la nariz y la boca rasgada como la de los cráneos que ríen.

Reír en la encrucijada donde se escucha mi tango. Tener toda la tristeza dispuesta sobre la mesa. Era sabido.

Anoto que hay un payaso en situación de calle. Por avenida La Plata. No por Rivadavia. Anoto su movimiento. El gesto. El dolor a la vista. En la gran ciudad donde tantos ciudadanos tienen por techo la autopista. Y un cielo que nunca llega hasta el cemento. Donde historias, trapos y cartones.

Anota Ramón Gómez de la Serna: A veces soy actor de soledades y me siento morir en la noche. Confieso que en ese momento sólo quisiera romper mis papeles, y sólo siento no haber agotado mis ternuras con la mujer.

Leo: payaso en situación de calle. Escribo: todo payaso es triste. Pregunto: quién puede saber cuánto de payaso carga entre sus almas. Pienso mientras miro por la ventanilla del bondi que me lleva a destino. 



miércoles, 24 de mayo de 2023

Una Guía para todos los viajeros

Collage de Mario Bellocchio

 

Un libro sobre la mesa de madera. Transcurre la media mañana. Mientras tanto de mate en el refugio de avenida Garay. Allá lejos, en el inicio de esta historia, una primera edición con viaje limitado. Luego fue el turno de una edición bilingüe. Unos ejemplares en Paris y otros en Buenos Aires. Ahora, en este presente, la Guía poética de Buenos Aires de José Muchnik espera sobre la mesa. En Boedo. 20 años después. Flamante su ropaje de libro. Su regreso en palabras, la escritura del caminante.

Una de las posibles afirmaciones aparecidas desde la relectura es que, a través de la Guía, se llega hasta el centro del lugar –conocido, imaginado, y por conocido siempre imaginado-, hasta el alma esencial de un lugar llamado Buenos Aires. Una ciudad que devino río, quizá por haberse levantado de espaldas al río grande. Tal vez por apagar el cielo de riachos menores (En algún lado está… más allá del entrevero de bares y avenidas… más allá de alfiles y torres atravesando casillas y diagonales… más allá de tierras ganadas o copas vacías… en algún lado está el líquido límite de una ciudad que quiso olvidarlo… líquidas las almas inmigrantes, líquidas las ilusiones traídas, líquidos los dolores acarreados… la Ciudad le dio la espalda y buscando tierra firme se marchó.). Por la ciudad que devino río navega el poema del hombre nacido poeta. Poema suma poema mientras la ciudad respira en eterna fundación. En ella los viajeros, los nacidos en esta tierra, los que llegan desde tantas otras. Todos viajeros. No es una Guía para pocos, es para todos, para el otro. En la deriva del bote del destino se hace recomendable andar con la Guía a la mano. Mientras transcurre nuestro tango, saludable será reconocer los elementos que integran la vera urbanía. Un libro para afantasmarse mientras la pulsión de la vida. Un río para buenos fantasmas. A consciencia despierta. Dejarse llevar en la memoria mientras se despide la noche con un beso húmedo de luz. Una vez alcanzado el estado bien aromado del buen recuerdo. Una vez abiertas las puertas del almario -en la Buenos Aires que propone la Guía- el navegante será hombre de a pie. Será caminante en el “Teatro de Vida”. Buenos Aires escenario. Buenos Aires, siempre una obra en construcción. En ella la escritura, la búsqueda, la suerte de lograr cada día. El intento de los viajeros, de cada personaje del libreto en desarrollo.

Así lo entiende José Muchnik, Josecito de la ferretería, Boedo 1561, allá lejos y hace un tiempo, el pibe de barrio nacido poeta -es decir letra y música del río- inició la escritura del poema que boceta imágenes del paisaje de la vida. Entre las dedicatorias de la Guía: A los que agrandaron el alma inconclusa de Buenos Aires. Queda dicho. Para todos.

Sea dicha además la mentira y la verdad cuando el poeta anota: (…) esta guía no lleva a ninguna parte… Cuando insiste: (…) Es una guía para recorrer el alma de la ciudad. Una estafa… una bella estafa, pues se trata de un alma inalcanzable…

Consejo de poeta para el caminante: Nostalgia abierta, esquina universal, calles sin bordes, juego para armar…ya descubrirá usted su propia manera de recorrer el alma de esta ciudad.

El poeta lleva la noticia de la vida desde la esquina de Pavón y Colombres. A modo de instructivo recuerda: (…) la misma calle / con los mismos jazmines / con las mismas ansias / de imaginar futuros // mas una brisa se inclina / y ya no es la misma / (…).

Llueve a ambos lados de la ventana. Caminante que sale del café Margot, en Boedo y San Ignacio: (…) Sur que no es destino / mas búsqueda de algo // (…).

En la ciudad, después de tanta lluvia, se escucha un tango: Alguna vez se vuelve / la casa está vacía // las camas hechas / las fotos colgadas / las voces suspendidas / y todas las ausencias en su lugar. // Alguna vez se vuelve / y ya no está la casa // solo algunas matas / espiando sobre la tapia / de un baldío desplegado / sobre ausencias diluidas // Alguna vez se vuelve / y ya no está la casa // ni siquiera su vacío / solo enigmas / brotando entre fisuras / de tierra abandonada.

Dentro del tango que nos espera desde el nacimiento, desde cada uno de los ingredientes del caldo primordial, mezcla y recita el mago, el poeta alquimista de la urbanía, y es entonces cuando se avisa: (…) acá se vive del rebusque, cada uno se fabrica sus nostalgias (…), y luego toma asiento a la mesa de amigos. Porque esta vez, la Guía Poética, regresa e invita a la palabra de un grupo de amigos. Mesa generosa. Festejante de la vida, de la amistad. Josecito de la ferretería invita a un puñado de amigos a la escritura conjunta para bocetar una mesa Buenos Aires donde la escritura -la herramienta- vuele mucho más allá de la escritura, y sea crónica humana de afecto, de historia, en esta ciudad escenario donde los viajeros asumen sus personajes. Dice la actriz Cecilia Labourt: (…) Buenos Aires “Teatro de Vida”, con habitantes de un drama que espera ser representado. De una obra no terminada que necesita de actores y actrices que sientan, que tengan memoria y le presten su cuerpo a cada uno los personajes. Como alguna vez dijo Pirandello: el hombre creó el teatro para representar la vida; Buenos Aires se siente y encarna como una dramaturgia que se completa en el devenir de sus ensayos. Que transpira en una pulsión que busca manifestarse. (…). José Muchnik, el poeta, propuso una mesa de amigos, de esta manera se abre el recorrido de la Guía sobre la ciudad. Afirma el poeta: Todas las ciudades tienen un alma: la de Buenos Aires nació de una herida, es un alma agridulce surgida de espadas que aquí se clavaron hace más de cinco siglos; tal vez la herida original aún no cicatrizó, todavía no saldamos nuestro reconocimiento a los pueblos originarios que aquí habitaban. Pero la historia sigue su curso, oleadas de culturas inmigrantes se sucedieron, escapando de guerras, genocidios, hambrunas… aportaron su limo a las costas del Plata. Un alma en movimiento, un alma nacida del dolor, Buenos Aires ciudad abierta, (…). Una mesa de amigos en el tiempo de la ciudad abierta. Imagino la mesa en Margot. Porque en su paisaje se levantó el viento para que los viajeros nacieran su amistad. Escriben la mesa: Mario Bellocchio (Vengo de una Buenos Aires…), Otilia Da Veiga (Mi barrio y mi herencia), Rubén Derlis (Dantas y Granville, custodios de la magia y el silencio), Gabriela Giménez Lamberto (Diego Ruiz, un cronista callejero), Cecilia Labourt (Buenos Aires “Teatro de Vida”), Edgardo Lois (Una escritura de Buenos Aires), Juan Carlos Manoukian (Un jardín para el encuentro en donde todos somos poetas), Ildefonso Pereyra (Ildefonso en Boedo), Adrián Placenti (Te quiero, Buenos Aires) (además es autor de la música de la Guía, un poema y su música, todo queda cerquita caminando por la calle del código QR). Desde el principio la Guía va acompañada en la milonga de los días por los tangos dibujados por el artista plástico Ricardo Curchi. Cuenta la Guía que en este nuevo andar de ronda y marcha -además de la mesa de amigos, la música, y los dibujos- suma en su nuevo vestido como libro: las fotografías de Mónica Miller donde también avisa Buenos Aires.

Los días se suceden y la Guía continúa sobre la mesa de madera. Releo. Ida y vuelta. Paseos de lector que, caminante, va con aire de bondinero sin apuro. El pensamiento a través de la ventanilla. Un viajero a consciencia que encuentra cada vez la esquina que cuenta un misterio. Un aroma que se guarda en la memoria. La Guía atrae la lectura. Convoca desde la mesa en el refugio. De esa misma manera tienta Buenos Aires al viajero. Tomo el libro y abro en cualquier calle. Una vez compartí un café junto al escritor José Saramago. Un sucedido mágico en Buenos Aires. Uno más. Mientras sostenía entre sus manos un ejemplar de su libro La caverna, afirmaba que dentro del libro había un hombre: el autor. Gracias a la magia del poeta -siempre ocurrente- la Guía poética de Buenos Aires de ayer devino en esta edición que -sucede en cualquiera de sus calles- propone una mesa de amigos que escriben la ciudad, la de ellos y la de todos. Una ciudad poema. Una ciudad novela. Abro en las calles de un libro donde se da el encuentro con un puñado de hombres y mujeres, un puñado de viajeros que anotan sus miradas en el tiempo de un libro que dice Buenos Aires.

Un viento nuevo invita a retornar a la poética de mi ciudad. A practicar el impulso del caminante.

martes, 4 de abril de 2023

El silencio sobre el Reconquista

Collage de Mario Bellocchio

Tuve como destino la oficina de arsenales. A las órdenes de un suboficial mayor y un subteniente. Durante la última dictadura cívico militar. La oficina en la Escuela de Caballería. Campo de Mayo. Un lugar donde fui soldado. Un lugar de donde creo, a veces, no haber salido nunca. Trece meses. Una posible medida de la eternidad. Febrero 1981 a  marzo del 82. La baja a unos días del inicio de la Guerra de Malvinas. Además de los listados, y la máquina de escribir, tuve acceso al mundo de las armas. Presté atención. En la locura que era el cotidiano en el cuartel, pensé que saber de armas era parte de entender el mecanismo de este costado de la patria. Entendí de manera rápida que debía cuidarme. Hubo las prácticas de tiro en el polígono. La prueba de armas que habían pasado por el mecánico. Hubo las clases que dio el cabo, cabo primero y sargento. Aprendí de ellos, de los mismos que nos humillaban o nos molían a golpes. Supe del fusil automático liviano y de otros juguetes peligrosos. Supe que los juegos de la portación y exhibición, como en las películas -esa extraña fascinación que para algunos tienen los fierros-, cambiaban cuando una munición entraba a recámara y se sacaba el seguro. Fusil listo para el disparo. Aprendí a estar atento a ese detalle.

Una noche fui a hacer el relevo a un puesto de guardia. El soldado dio la voz de alto. Enseguida di la contraseña. Me acerqué. El soldado estaba cansado. Necesitaba dormir. Era uno de los elegidos por los suboficiales para la burla y el castigo. Siempre cometía un error, y peor siendo presionado. Quedaba claro. No tenía todas las luces encendidas. Aquella noche olvidó apuntar el fusil al cielo. Olvidó retirar el cargador. Dos pasos esenciales para descargar el fusil de manera segura. Sólo el sonido de la corredera colocando la munición en la recámara, lo detuvo. Justo antes de quitar el seguro y accionar la cola del disparador. Le dije que no hiciera nada más. Dejé mi fusil. Tomé el suyo. Quité el cargador y di un golpe de corredera. Como si fuera un bichito de luz, la munición brilló mínima en la oscuridad. El soldado la levantó del suelo y la devolvió al cargador. Luego entregué el fusil. Me dio las gracias, y se perdió en la noche camino al puesto de referencia. No era su culpa. Alguien ponía en sus manos un arma de guerra con cargador de 20 disparos. Una víctima más del mecanismo salvaje de la patria, la de ellos. Ahorré un tiro en aquella noche. Salvé a un colimba, al otro, la patria, la mía, de un nuevo suplicio. Salvé, quizás, una vida. Quizá hasta salvé la mía. Un riesgo cierto cada vez que se producía un descuido. Tantos disparos perdidos en el cuartel, y apenas hubo un muerto en el año. De repente Dios parecía existir, y se manifestaba, a veces, en la Escuela de Caballería.

Hice muchas guardias. En todos los puestos del cuartel. También fui asiduo participante de un grupo de seguridad que patrullaba día y noche dentro de la guarnición de Campo de Mayo. Cada vez que le tocaba el servicio a Caballería, era casi una fija que yo sacaba la sortija. Una camioneta al frente. Dos camiones Unimog con los soldados cerraban la columna. El soldado llevaba un bolso grande con su equipo para la actividad. Se podía dormir en cualquiera de los institutos de enseñanza. Y se podía dormir en el campo. Me tocó una vez. De cara al cielo mientras la incertidumbre latía en la tierra. De una noche recuerdo el Unimog solitario avanzando por un camino cercano a una arboleda. El suboficial al mando ordena detención. Ordena, a los soldados, unos seis, pie a tierra. Silencio absoluto entre los árboles. Avanzamos lento en dirección hacia un lugar dentro de la arboleda. El suboficial señala un auto en medio de las sombras. Ordena separarnos. Cada uno detrás de un árbol. Un asunto es avanzar con el fusil en las manos. Siempre es un arma. Pero lo es más cuando lleva munición en la recámara. Esa fue la orden. Sólo faltaba quitar el seguro para disparar: tiro a tiro o en ráfaga. Hasta ese momento pensé que jugábamos a los soldaditos, como casi siempre. Pero con el fusil cargado era distinto. Una orden excepcional, y más cuando el guía pensaba moverse en la hipotética línea de fuego. El suboficial se acercó al auto pistola en mano. Después encendió su linterna. Todos apuntábamos al vehículo. La linterna se apagó. Nada. Misterio. Ni una palabra. Volvimos al camión. Antes de montar, todos sacamos la munición de la recámara. La luz de la noche permitió, con facilidad, ubicar el lugar de caída en el camino.

Otra noche distinta sucedió en la puerta principal del cuartel. Era madrugada. Me tocaba ser el soldado que custodiaba -el que abría y cerraba- el portón de hierro y madera que daba sobre la Ruta 8. Se abre la puerta de la guardia, y veo que sale el sargento de turno. Mientras avanza se coloca el casco. Lleva fusil. Me ordena que me corra a la garita. Ordena la ubicación de los demás soldados de la guardia. Un sucedido. Tiros en una de las entradas a Campo de Mayo. Alarma. El sargento ordena colocar munición en la recámara del fusil. De nuevo, otra de esas noches en que los elementos se corrían del lugar repetido. El juego “a los soldaditos” se detenía. Hay munición en la recámara. Suspendida el hambre del soldado en las noches de guardia. El castigo de soportar que nos despertaran en medio del descanso por puro divertimento. El paso del sueño a la carrera. Suspendidas las sombras tristes de las mujeres de la ruta. La humillación en la mirada de los colimbas que estaban castigados en los calabozos de la guardia. Todos los horrores se suspendían del cielo de noches como ésta, la que regresa. Hay munición en la recámara. Tragaron metal los fusiles. Luego el silencio. La espera. Cuál el siguiente capítulo de esta pobre novela. No recuerdo el tiempo transcurrido. Desde todos los fusiles saltaron las municiones hasta el cemento. El sargento se quitó el casco. Volvió a su noche. Todos los elementos volvieron a su andar. El espanto era otra vez el espanto universal, el cuartel.

En el depósito de arsenales había unos 15 cajones de madera de porte generoso. La orden fue registrar el contenido en un listado. Los cajones guardaban armas que habían pertenecido a la “subversión”. Una mañana se abrieron todos los cajones. Pude ver el museo. Eran recuerdos de familia. El revólver del abuelo. Fue en esa oportunidad que pude accionar el mecanismo de un Winchester de palanca. De seguro robado en casa de un coleccionista. Al final no se hizo el trabajo de registro, y el museo, constituido mientras la patria de ellos pateaba puertas, siguió en su sueño de cárcel. En aquellos días no tenía una idea clara del horror que se vivía en nuestro país. Fue después de la colimba que comenzó mi toma de consciencia. La dictadura de los asesinos. Los desaparecidos. Madres de Plaza de Mayo. Malvinas. La información sobre lo ocurrido que apareció en democracia. En años posteriores supe aún más de los sucedidos en las noches de Campo de Mayo. Noches de dictadura.

El frío salvaje del fusil en pleno invierno. El hambre en la niebla. En la lluvia. Un silencio de muerte. No estuve en Malvinas. El frío que cuento es del puesto del mástil, en el lejano puesto 4 de la Escuela de Caballería. Tan lejos y tan cerca de la ruta. Tan lejos y tan cerca del río Reconquista. En la hondonada viajaba mi mirada hasta su cauce. Silencio. Anoto el silencio. Si ocurría algo y el centinela debía dar aviso, tenía que cargar el fusil y hacer un disparo al cielo. Una vez estuve a punto. Un incidente entre automovilistas. Cargué. No disparé. Seguro el aviso resultaría una pavada de tagarna, y debería pagar la munición. Detrás del mástil, siguiendo la hondonada, comenzaba el camino que llevaba hasta el alejado polígono de tiro. Dentro de esa inmensidad -lo supe años después- se escondía el horror. Un campo de concentración de la dictadura. Tortura, traslado y muerte de ciudadanos. Un terreno que guarda secretos. Y secretos esconde el poder judicial de la democracia en su demorada investigación. Desde que conocí el dato, me veo haciendo guardia en el puesto del mástil. Sin saber nada. Silencio en la noche más oscura. Hace tiempo que nada está en calma. Una y otra vez pienso en que yo cuidaba el silencio de tanto crimen cometido. Un silencio que llevaba la hondonada, el río. Que llevaba la maquinaria cotidiana del cuartel, de la patria, la de ellos.

Una esperanza de justicia (aún) lleva la memoria de mi patria.

martes, 7 de marzo de 2023

El cucharón del sargento

Collage de Mario Bellocchio


En la Escuela de Caballería. Campo de Mayo. En la memoria. Entre aquello que ya no es y que, sin embargo, sigue siendo, gira, eterno, el cucharón del sargento de la cocina. 1981. Un dios de poca monta. Pero queda claro, en todo momento será sargento en el engranaje del cuartel de la patria. Era en la patria de ellos donde los colimbas se jugaban la vida. Todos artistas en el arte de sobrevivir. Resistir dentro del universo malsano que giraba como polenta hirviendo en tachos de puro acero. A buen ritmo mezclaba el cucharón del sargento. Un toque. Una magia mugrienta. Oscuras burlas sucesivas en el circo del terror. Estoy de regreso. Anoto desde el ayer, cuando fui soldado. Cuando, con subordinación y valor, me defendí de la patria.

Ningún soldado del escuadrón Comando y Servicios conocía las bondades del teniente. Nadie podía saber de su inclinación a la naturaleza. Sucedió la tarde en que al oficial se le ocurrió invitar a la muchachada a un viaje. El objetivo: hacer ejercicios. Era el final del día. A la mañana instrucción: orden cerrado en el playón mayor. En la primera tarde instrucción de armas en el campo cercano. Como broche inesperado apareció el teniente. La orden fue: zapatillas, calzoncillos, y en cuero riguroso. Corríamos por la ruta, fuera del cuartel. Al frente de la tropa: el teniente. Y un puñado de esbirros estratégicamente distribuidos entre los ciudadanos bajo bandera. La orden fue ingresar a una pista con obstáculos que se abría a un lado de la ruta. Como en las películas: escaleras, sogas, subidas, bajadas, toda clase de juguetes para la carrera del militar. Ellos nos prestaban su juguete. El teniente indicó el primer obstáculo. La tropa lo superó. Igual el segundo. Pero -estoy seguro- el jefe esperaba que surgiera el envión, una inercia anímica aparecida desde aquello que parecía un juego. Pero no. De juego nada. Unos veinte colimbas superaron el obstáculo siguiente, exactamente una orden que el teniente no había dado. Histérico, el jefe se puso hecho una furia. Era tiempo del castigo. Entonces mandó cruzar el alambrado del cerco de la pista. Era el claro límite entre el pasto corto de un lado, y un lado otro, fresco e infernal, donde crecía, silenciosa, paciente, una multitud de cardos. Los más grandes que viera. El teniente nos acercaba así a la naturaleza. Yo sabía de la existencia del cardo, pero de tamaño modesto. Cardos del costado de la vía del ferrocarril Urquiza. Cardos de Martín Coronado. Los que crecían en Campo de Mayo eran bestiales, inhumanos –obvio-, como todo lo que ahí crecía. Cuando la tropa estuvo ubicada entre la multitud verde, el teniente mandó a separarse, a abrirse entre ciudadanos. Para verte mejor. Para escucharte mejor. Para anotarte mejor, acá en mi libretita. Para que figures como privado de franco, si tan solo dudás en cumplir mi orden. Así avisaba el plan, su placer, el teniente feroz. Luego ordenó cuerpo a tierra. Lapicera en mano. Rodillo a la izquierda. Rodillo a la derecha. Girar en una cama tendida de cardos. ¿Es que nos avisaba el teniente, al tiempo que convidaba espinas, algo sobre la naturaleza humana en los complejos territorios del amor? Cuerpos colimbas humillados. Sudor y agujas. Las espinas más grandes, luego de finalizada la lección de vida, se sacaban, y muchas guardó el cuerpo. Las espinas profundas las fue vomitando el tiempo, mucho después de finalizada la colimba. De repente aparecían en brazos, piernas, espalda. Y siempre en la memoria.

A decir verdad, todos los habitantes de la Escuela de Caballería, me refiero a los “ellos”, tenían una inclinación hacia la naturaleza, quizá por ser una gran proveedora de sensaciones. O, tal vez, era simple y directa hijaputez aplicada a una turbia imaginación creativa.

No sabía que fuera una especie protegida, el cardo. Tan diferente el destino del ciudadano bajo bandera. Una especie admirada, famosa en el reino verde. Nada sabía sobre aplaudir su existencia. Extraña manera de celebrar en Campo de Mayo. Eran mugres de las que solo se ocupaban los suboficiales, especialidad de cabo, cabo primero y sargento, la delantera titular del castigo. El suboficial goleaba al colimba. Y lo hacía especialmente cuando señalaba la presencia del cardo. Soldado, rodilla a tierra. El cabo, cabo primero o sargento daba la orden de arrodillarse a aplaudir cardos. Mano a mano hemos quedado. Cantidad de espinas a fondo rojo. Había que hacerlo temblar de gozo. Nada de aplaudir liviano, porque se extendía el festejo hacia la madre naturaleza.

Casi siempre había cardos en cercanías. Siempre dispuestos a servir a la defensa de la patria. Cuando estábamos en medio del campo, el enemigo a atacar siempre estaba detrás de una comunidad de cardos. A la carrera en zigzag, esa la orden. Al frente. El fusil en las manos. Cuerpo a tierra, gritaba la voz a obedecer. Cuerpo a tierra sobre los cardos. Arrastrarse, rodillo a la derecha, arrastrarse. Carrera al frente, zigzag entre el cardal, hasta que tocaba nuevo cuerpo a tierra.

Nunca era recomendable cometer una falta. Menos en el campo donde se acentuaban los juegos de humillación. Un castigo personalizado, a esta altura una obviedad, significaba acercarse a un cardal junto al suboficial que decretaba la acción. Tratamiento básico era aplaudir. Uno con más sustancia se daba con un repetido cuerpo a tierra. De no alcanzar los suplicios anteriores, quedaba el dulce, el tratamiento especial. Mandaba el milico: Soldado, chupetín de campaña. ¿Entonces? Para que todos vieran, temieran, para que todos supieran que ese sargento -igualito al de la cocina, el dueño del cucharón- convocaba al horror. A falta de kiosco de caramelos en el campo, la naturaleza, otra vez la damisela, aportaba el chupetín. El castigo consistía en cortar la flor del cardo. Linda. Violeta y verde. Con una gargantilla de puras espinas. La flor del cardo, toda, todita, en la boca del soldado. Grande, bien grande, abrí la boca, que así vas a aprender a obedecer los mandatos de la patria. Sucedidos. Instrucción. Materias fundamentales para que nos hiciéramos hombres en Campo de Mayo.

Giraba el cucharón del sargento. Giró. Gira en el recuerdo. Altivo, esencial, al tiempo que insignificante, una simpleza más en el paisaje. Parte de un dispositivo mayor. El universo de la Escuela de Caballería. En cada giro del cucharón sobre la polenta hirviente que guardaba el grande tacho de acero, el cuartel, arrastraba acciones, gestos, condimentos, y todo tipo de ingredientes que nacían una historia, y una manera de entenderla. Ser parte del poder de decidir sobre el otro. Decidir su quehacer, su comida, su castigo. Una forma de ser alguien en el engranaje. Ser por tener una o más tiras rojas en la camisa. Ser por llevar pistola al cinto. Volver a casa siendo un tipo amable, y con el cuartel bien escondido en el silencio. Ser por manejar el cucharón. Ser por mandar cuerpo a tierra entre los cardos. Ser porque podía obligar a un soldado de la patria a meterse la flor del cardo en la boca. Ser porque insultaba al soldado a viva voz. Lo humillaba. Aún más si resultaba que estudiaba para cura. Aún más se humillaba al judío. Ser muy hombre cuando entraban las prostitutas de la ruta al puesto de guardia. Ser cuando el sargento se llevaba a la casa, en el piso del auto, bajo el asiento del acompañante, los sachets de la leche que era para el colimba.

Gira en la memoria el cucharón del sargento acomodando imágenes.

Aquel mediodía fui uno de los seis colimbas elegidos para ir a la cocina a buscar la comida. Estábamos en el campo cercano, dentro del cuartel. Mañana de instrucción. El sol desatado sobre el paisaje, salvo bajo la arboleda donde estaban los jefes. Los demás al fuego. Llegamos a la cocina. En la puerta había tres tachos grandes de acero. Repletos de una polenta que había llegado del sol. Un colimba llamó al sargento para que hiciera la entrega. Salió el jefe. La pistola en la cartuchera. Desenfundado el cucharón negro. Toda la escena se ve entre el vuelo de las moscas. Un verdadero enjambre. Ellas volaban excitadas en lo que suponían una fiesta. Confiadas seguidoras de Icaro, las moscas que se habían acercado demasiado, cayeron fulminadas por el rey de amarillo.  La polenta tenía una apretada cobertura de muerte. Los colimbas vimos el granizado hasta que llegó el movimiento del sargento. Del cucharón. El mago sonríe feliz. Un toque profundo por tacho hundió el rastro de las moscas.


martes, 7 de febrero de 2023

3 de febrero de 1981

Grabado de Juan José Cartasso

 

Había una vez un muchacho de barrio. Lo hubo.

Quien fuera aquel muchacho, en estos días, a primeros de 2023, mientras despierta en una mañana de Boedo, se descubre regresando al 3 de febrero de 1981. Quizá debido a la cercanía calendaria. Vaya uno a saber. La memoria sale a jugar por la puerta que mejor convoca. Un poco de misterio. Otro tanto de azar. Pero regreso cierto. Sucedió entonces que las ventanas del día dejaron entrar el aire de aquel ayer con muchacho de barrio incluido.

Fue creciendo la enredadera de los recuerdos durante los días siguientes. Un recupero de imágenes y palabras. Diálogos. A la sombra de esta mecánica del regreso, se aprontaba un inicio de escritura.

A unos meses había quedado la experiencia de la revisación médica. Ese 3 de febrero del 81 me presenté -porque la patria lo mandaba, yo ciudadano- en el distrito militar, para mi incorporación al servicio militar obligatorio. Sí, soy de los tiempos cuando el ciudadano estaba en edad de merecer –después se verá qué-, y entonces se transformaba en colimba (COrre LIMpia BArre).

El día arrancó tempranito en la casa de infancia. Martín Coronado, provincia de Buenos Aires. En camino. Un paisaje sin detalles. Llevo mis manos libres. Un porta documentos marrón en el bolsillo del pantalón. DNI y algunos pesos. Empezó el viaje hacia un destino de cuartel. Colectivo entre verde y gris, oscura su facha. No hay registro de tiempo de viaje. Se abrió el portón principal de la Escuela de Caballería de Campo de Mayo. Ingresó la fila de colectivos. Nos ubicaron en el playón principal. Fuimos separados en grupos. Hubo gritos, puteadas, y listas y órdenes que cumplir. Todos calladitos bien la boca. Un sargento nos informa: Acá los huevos los dejan colgados del alambrado. Un universo impensado se había puesto en funcionamiento.

En una punta del playón daba su presente una construcción alargada. Una fila larga para entrar. La salida en el otro extremo. Entraban ciudadanos. Salían reclutas, tagarnas, colimbas para todo servicio. Dentro de la fábrica multitud de puestos. En uno cambio de ropa. La civil a una bolsa. Y había hasta calzoncillo. La patria me vestía completo. Yo le pertenecía a la patria. En el futuro me preguntaría de quién era la patria, pero esa es otra cuestión. Ropa verde oliva y, provisoriamente, zapatillas blancas. Otro puesto: peluquería. Fue impactante verme sin los rulos, el pelo largo. ¿Quién sos? ¿Y vos dónde estabas? No me reconocía. Estaba perdiendo referencias. Por eso, creo, además de mi estupidez de muchacho, cuando tocó el puesto a cargo del cura, apareció un cortocircuito. ¿Religión?, preguntó el representante de Dios. Ninguna, dije. No puede ser, cómo no va a tener religión, ¿y sus padres? Tampoco, contesté. Un pedazo de inconsciente. Qué poca idea sobre el mundo donde acababa de caer. La dictadura estaba en el aire.

Recuerdo que fui sorteado y me tocó ejército, y que mi ignorancia declaraba en voz alta, típico de joven batracio nublado, que este muchacho de barrio quería hacer el servicio. Pero un puñado de días en el baile empezó a acomodar los melones. El muchacho que se sentía valiente por tener que afrontar el desafío; el muchacho que tenía la calle del barrio, ese mismo que ya había descubierto la gran ciudad, y que no era un nenito de mamá y papá, se la iba a aguantar. Luego de comenzados los insultos, las humillaciones, los golpes, en la noche, cuando se apagaban las luces de la cuadra donde dormían 230 colimbas del escuadrón Comando y Servicios, se escuchaba el llanto de los más quebrados por los representantes del gran ejército argentino. El muchacho de barrio que fui, sintió el dolor de sus iguales, comprendió el llanto. Me pasaba que no podía creer la locura que se generaba dentro del cuartel. A veces, en uno de los tantos regresos escritos a aquella vivencia siniestra, el recuerdo de la barbarie me hacía dudar de la veracidad de los hechos. Tal vez la necesidad de mentirme un poco sobre momentos tan dolorosos. Mejor no hubieran ocurrido, por las víctimas. Ojalá nada tuviera para contar.

Diana a las 6 del día. Desayuno lavado y al campo de instrucción. El sol de febrero que no colaboraba. Todo ardía camino al polígono de tiro. Al mediodía vuelta al cuartel. Hora del rancho. De la comida. Recuerdo el día del locro picante. En la mesa no nos sirvieron agua. Había hambre después de una mañana movida. A los piletones a lavar plato y cubiertos. Un milico a cada lado de la línea de canillas. Prohibido tomar agua. Aquel que osara sería anotado en una lista de privados de franco, para el día que tocara utopía. Luego formación en el playón bajo el sol. Algunos no aguantaron y cayeron desmayados. Recuerdo que al seminarista le salía espuma de la boca. La patria, sus hacedores de cuartel, tenía ese no sé qué. Gastaba chistes macabros. Después volvimos al campo de instrucción y castigo.

Había un gringo grandote. Un muchacho bueno que venía del medio del campo en la provincia de Buenos Aires. Hombre de tractor. Explicaba el sargento el uso del fusil automático liviano. En ronda, arrodillados, unos 20 colimbas. Sargento que pregunta a gringo, y éste que llama escopeta al fusil paracaidista con culata rebatible. Sargento que extiende la susodicha culata, y golpea con la misma la cabeza del colimba. Corte, sangre y enfermería. A coser mandaba la patria, la de ellos.

Después de unos 20 días recibimos la visita de nuestros familiares. Esas personas queridas que uno extraña cuando quedan fuera del cotidiano. De ese tiempo simple que cuando se es joven, poco se registra. Mamá, papá y hermano sorprendidos frente al flaco calcinado por el sol que aseguraba era su hijo, o lo que quedaba de él. Todos los familiares llevaban bolsas con comida. Una vez terminada la visita, se requisó todo alimento considerado valioso. Vía libre para los suboficiales. Al colimba le quedó la bolsa con aquello que no interesaba.

El escuadrón, el cuartel, el ejército todo funcionaba como un gran gallinero. El oficial de caballería, de mínima una familia acomodaba, podía pasear a caballo por el cuartel, y junto a su damisela. Los suboficiales cuidaban del bienestar de los equinos, de la suerte relativa del soldado, de las guardias. Con cara de poco amigos esta casta inferior los observaba a distancia. Pasaba muy seguido que un oficial llamara la atención al suboficial de mala manera. Casi siempre frente a los soldados. Vos estás a mis órdenes. Yo soy tu castigo. Soy quien te humilla. Ahí es donde para sobrevivencia de la oficialidad, el Estado proveía a la suboficialidad de carne fresca de ciudadano que venía a recibir el odio que bien derramaba desde los palos más altos del gallinero. El cabo, cabo primero, sargento y demás replicaban el maltrato recibido. Sin límites. No tenían derecho a un caballo, pero sí a humillar el hormiguero de los ciudadanos en edad de merecer (a esta altura de la memoria, ya se sabe qué).

Cada vez que regreso a los días de colimba piden permiso dos soldados. Uno siendo castigado en el campo de instrucción. Ocurrió que el suboficial daba cátedra a un grupo de colimbas. Todos de pie. Círculo cerrado alrededor del dudoso maestro. A no más de 150 metros baja un gran helicóptero de dos torres con hélices. Fue inevitable. Los colimbas miraron hacia el aparato. El maestro se ofendió frente a semejante desprecio, y ordenó carrera hacia el helicóptero. Todos corrieron. O mejor, todos menos uno. Un soldado no acató la orden. Ofensa mayor. El asunto no pasó de un baile más para todos, menos para el soldado que no corrió. Sufrió castigo físico por parte de distintos suboficiales. Se lo pasaban como a una pelota. Insultos, patadas, salto rana, flexiones, cuerpo a tierra sobre los cardos, aplaudir cardos, saborear el chupetín de campaña. Todo el día castigaron al soldado que no corrió. Pocos días después el soldado tuvo la baja. La razón era que no veía a más de dos metros. Nunca vio el helicóptero.

El otro soldado estaba desesperado. No aguantaba más el maltrato. Hacía ya unos dos meses que nos daban como en bolsa. Llegó la primera guardia de los clase 62. Debíamos cuidar la patria, la de ellos. El soldado, ni bien quedó solo en el puesto de guardia del polvorín, cargó el fusil, apoyó culata en el cemento, y disparó. Estuvo meses internado en el hospital militar de Campo de Mayo. Era hombre rengo cuando le dieron la baja.

Un universo enfermo se había puesto a rodar sobre la vida de aquel, mi muchacho de barrio. Estoy de regreso, recuerdo.