Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 4 de marzo de 2014

El mensaje (La foto: TIempo Argentino: 16 de febrero de 2014)


De pibe viví en la provincia de Buenos Aires, en el oeste, en Martín Coronado. La Capital quedaba lejos, y se la visitaba de vez en cuando. Fue aventura de pequeño viajero ir a algunas canchas de fútbol. Fue aventura recorrer también varias galerías de arte en una tarde. Mi papá me llevó a ver fútbol con hinchadas amigas, y a ver exposiciones, a conocer pintores y pinturas. Al parecer la vida sucedía en la Capital. Mis ocho años de viajero entre dos mundos me llevaron al convencimiento de que más allá de la General Paz, después del tren y el subte, se llegaba a una tierra de misterio, belleza y pasión. Sucedió que mi papá, en un diciembre, llegó silencioso portando una maravilla técnica. La ocultó sobre el techo del mueble donde se velaba la porcelana que nunca se usaba en la mesa de todos los días. Mi papá pintaba su arte, y a mí, quizá por esas posibilidades que ofrecen los viajes, se me dio por encontrarme de maravillas con la lectura. Entre Julio Martín, mi abuelo poeta, y los libros, pronto me darían ganas de jugar a ser escritor. Lo oculto se rebeló en la nochebuena. Venía en bolsa de plástico. Plegado con suma prolijidad. Tenía esqueleto mínimo de alambre, y una boca ancha como para entrarle con un beso audaz a la explosión de la noche. Mi primer mensaje a otro cielo del universo lo envié a bordo de un globo con coraza de papel. Se elevó lento. Llevaba el corazón caliente, igual su saliva. No llevó palabras mi mensaje, consistió en el más puro asombro de pibe. El artefacto llegó desde la Capital. Durmió un último sueño antes de entrarle al misterio de mi provincia.

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