Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 5 de julio de 2015

Miedo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 05 de julio de 2015)

El miedo inicia su ronda en los tiempos más tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo, intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo, la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.

martes, 16 de junio de 2015

Guía de Buenos Aires (una ficción) en bar La Poesía, Chile 502, San Telmo

Doce fotos de Eduardo Noriega pertenecientes a nuestro libro: Guía de Buenos Aires (una ficción), están siendo expuestas en la sala Raúl González Tuñón de La Poesía. La muestra cierra a finales de julio.

domingo, 14 de junio de 2015

La máquina (La foto, Diario Tiempo Argentino: 14 de junio de 2015)

Un milonga poco rana le dijo mil veces a la percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella, según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo. Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano, y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un pelo de bigote de Dalí.

domingo, 31 de mayo de 2015

Brisa blanca (La foto, Diario Tiempo Argentino: 31 de mayo de 2015)

Ayer pensaba, con la vista puesta en el jardín del fondo, en la llegada del frío. Mi casa supo estar dentro de una tempestad en una de esas noches en que la luz ciertamente habita en los cielos. Rayos y truenos. En los recortes caprichosos del flasheado, el paisaje en la zona de chacras se desdibuja. Árboles que parecen olas, luces débiles sugieren botes pobres de condenados pescadores del Gualeguay. Anoto el nombre de mi ciudad y pienso en Las Tierras Blancas del maestro Manauta, donde todo se transforma salvo la miseria. Mi casa también estuvo dentro de una niebla fantasma. Era verano, y recién cerca de las ocho de la mañana, los fantasmas que tiraban del mundo etéreo comenzaron a izar el barrilete de las almas. Sucede: a Gualeguay también la habitan sus muertos, los espíritus que se quisieron quedar en ella en lugar de derivar hacia los confines de la naturaleza. Imagino entonces que con la llegada del frío, mi casa, donde se refugia el testigo, quedará rodeada, en poco tiempo, de una brisa blanca, esas brisas que trabajan toda la noche para dejar crocante el pasto y quebradizo el charquito de juguete. A Julia, mi hija, le hago tostadas y le digo que es pan con ruido. Estoy ansioso porque conozca el pasto y el agua con ruido de galletita. Manos chiquitas descubriendo mundos sonoros. Imagino que el jacarandá y el espinillo serán destino de pequeños silbidos de escarcha. Silbidos helados avisando en la estación que los días grises han llegado. La letanía que llega desde el universo de las ranas de la arboleda cercana, sabrá entender el silbido. Estoy ansioso por volver a pisar pasto escarchado como cuando caminaba a orillas del ferrocarril Urquiza, en Martín Coronado, rumbo a la escuela. Todavía llevo al pibe riendo: recuerda el frío pegado al caminito de durmientes. Madera fuerte bajo un manto de alquitrán. Cobertura negra y sobre la repostería, la pátina transparente, silenciosa, de la escarcha. Una brisa blanca llega desde lejos, es la de ayer y es la de mañana.

domingo, 26 de abril de 2015

Barriletes (La foto, Diario Tiempo Argentino: 26 de abril de 2015)

Alquiló dos mesas, una silla para descansar y una canasta para bien cuidar los rollos de hilo. Mañana es 1° de noviembre. Ella vende barriletes. En otras tierras los llaman pandorgas o papalotes. Vende muy barato para que todos puedan tener el suyo, para que todos puedan recibir a los muertos que aún viven en el inframundo. En el alba del 1° su dios abre la puerta durante un día para que las almas visiten sus casas. La familia amanece con el sol y esparce flores de muerto en el umbral y ramos en las ventanas. Hay velas, frutas y legumbres frescas, un vaso de agua y una botella de aguardiente. Que ellos sepan: no fueron olvidados. Lo sabían sus antepasados, lo sabe la vendedora. Malos espíritus hubo en todas las épocas. La gente comenzó a colocar cintas de papel, que en contacto con el viento, producen un sonido molesto para los malignos. Ellos pueden atentar contra las cosechas, causar enfermedades, matar. Esas defensas en papel y viento derivaron en la forma mágica del barrilete: defensa y puente. Se terminan de armar en el camposanto y son izados a las cuatro de la mañana del 1°. Vuelan hasta las cuatro de la tarde. A la madrugada del día siguiente la gente vuelve al cementerio con velas, para que sus muertos encuentren el camino de regreso. Los niños rompen los barriletes que volaron, y se elevan los que quedaron en tierra. Con ellos y la ayuda de los ancianos, los espíritus jóvenes suben al cielo. Luego del vuelo, los barriletes son quemados en el cementerio, para que el humo sea la guía de algún espíritu vagabundo rezagado. Hay un barrilete que no sirve. Ella no lo sabe.

domingo, 5 de abril de 2015

Banderas (La foto, Tiempo Argentino: 05 de abril de 2015)

Distintas maneras de llevar la misma bandera. Distintos los vientos que mueven los pliegues de todas las banderas y todas las patrias: la apariencia es una. El grito mueve el viento, luego el pliegue y la patria. En mi memoria guardo una primera bandera: la de los trabajadores que en marzo del 82 fueron a gritar contra el dictador Galtieri. Llegaron hasta Plaza de Mayo con banderas de la patria. Los recibieron a puro palo, escudos y gases lacrimógenos. Vi desbandarse la bandera por Callao y Corrientes. Días después vi a mucha gente volver a la plaza. Banderas al viento por las calles de Buenos Aires. Los gritos eran vivas para el General que ayer nomás fueron a insultar. Algo había cambiado, el General había metido mano a la bandera y con ella a la patria. La gesta de Malvinas. Gesta de gestación malsana, porque a los pocos meses, la patria parió muertos pibes, muchachos con diez sesiones de polígono fueron a la guerra. Pude ser uno de ellos. La bandera, la patria y el viento que soplaba desde la Rosada ganaba tiempo, vida para sustentar el engendro político/económico de la dictadura. Luego de la derrota frente al imperio, los que gritaban para elevar la bandera y la patria de la gesta, maquillaron la cara de los pibes muertos y les dieron apariencia de héroes. Aquella bandera y su patria, la de los que pateaban la puerta de los ciudadanos, asesinaba jóvenes: los mandaba a la muerte, como en el sur de la gesta. Hubo luego banderas otras de violencias sutiles. Hoy contemplo la bandera y la patria desde la memoria. La adivino otra, la descubro en la esperanza de mi hermano.

domingo, 1 de marzo de 2015

Una pared para todos (La foto, Diario Tiempo Argentino: 01 de marzo de 2015)

A veces pienso que en el origen, allá por los días del Big Bang, en medio de la nube de polvo, porque ahí se sentenció todo principio en una noche apasionada y luego también aquello de polvo al polvo que siempre serás, en esos amaneceres, además del verbo que dicen que fue, veo, imagino, estoy seguro, había una gorra, la madre gorra empolvada por el espíritu del viento que todo lo descalabra cuando de polvo se trata. Y la gorra fue tanto en el cielo como en la tierra. Papá me prohibió la gorra: Ni la de cartero, che, así me dijo. Él pintó toda la vida, entonces, papá también, en medio de su impulso creador, me acercó, me reveló la grandiosidad del pincel. Al principio no vi la luz, pero luego me hice hermano del pincel, de la herramienta y su sociedad de colores. Decidí pintar en la calle. Creo que desde hace años, luego de un gran esfuerzo, mucho laborar tratando de desmierdar la herramienta y la mano: el alma, pude avanzar en la eliminación de lugares comunes y fallas de origen para acercarme a los esquivos territorios del arte. No quise pintar cuadros para ser colgados en casas o museos, quise que mi pintura fuera una pared, en el afuera, una pared para todos. Pinté las gorras y los escudos, el bastón en el aire, el odio, el vacío en la mirada. Yo no existo sin mi pincel, por eso aparezco junto a él, de espaldas. Los de la gorra van de frente, porque la pared de una calle enseña, contribuye a la memoria. Mi cara no importa, alcanza con la línea y el color. Importa la mirada, la memoria de los muchachos que se detengan a ver. La vida pinta de aprendizaje. Luego de recuerdo.