Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Jorge Luis Campos: click y misterio


Cómo encuadrar a Jorge Luis Campos, fotógrafo, artista, creador. Cómo componer el desafío de este click palabrero (el sonido de la muerte también se da en la tinta), qué dejo adentro, qué toco de refilón, qué del afuera, con tanta sustanciosa imagen. Será misterio, ideas en el misterio. Foto de charla en un mediodía, en la trastienda de Margot, en Boedo.
Llegar para ser: Soy del 49, y soy de la ciudad. Viví en distintos lugares del país, y dos años en Paraguay, hasta los 21, en que volví a la ciudad. La mudanza coincidió con el inicio de mi trabajo con la fotografía: no podría decir “profesional”, pero sí que pude vivir de ella.
Click de señal para la memoria: Vivía en Francisco Álvarez, camino a Luján. Tendría 10 años. Tengo registro de un padrino, Máximo, compañero de trabajo de mi padre. Era fotógrafo aficionado, tenía su propio laboratorio. Él vivía acá, en el centro. Cuando lo visitaba me mostraba el laboratorio, la ampliadora, en esa época se copiaba analógico. Digo que quizá me quedó alguna pista de ese primer contacto.
Cotidiano quehacer en su prehistoria: Mi primera cámara tenía lente de plástico y sacaba negativos en un formato intermedio. Como no tenía laboratorio, con una linterna hacía copias de contacto, en mi casa. Después todo se fue transformando en una profesión que me llevaría a ser un realizador independiente.
Campos y los encuentros necesarios: Estudié periodismo, empecé medicina, fui otro hasta que tuve acceso directo a la fotografía. Ahí me quedé. Desde los 22 no hice otro trabajo que no fuera en fotografía, y de manera independiente. Entré en contacto con un amigo que se dedicaba a la fotografía comercial. Mi primer laburo fue corretear ópticas para retirar rollos para revelar y copiar, año 71. Empecé a hacer cursos de laboratorio color. Había pocos laboratorios que hacían color, el audaz de mi amigo era uno. No era fácil acceder a esa tecnología. Aprendí a hacer fotografía color, y de eso vivíamos. Íbamos a provincias a hacer trabajos, como el carnaval de Corrientes y vendíamos murales en color hechos de un día para otro. Algo raro en esos días. Acá sólo dos laboratorios trabajaban murales color. Tomábamos nuestras propias fotos y las vendíamos. No dependíamos de terceros. Un rubro eran las exposiciones, en la Rural y en las provincias; trabajábamos con las secretarías de turismo.
Campos y la foto de rotas cadenas: en libertad. Todo un reportaje al camino cotidiano que elige un autor para no vender el alma al diablo: La relación con la fotografía es esencial en mi vida. Fue, en un principio, la manera de sobrevivir en este mundo, después eso fue cambiando, fue la manera de conectarme con el mundo, de interpretarlo, y de empezar a tener una opinión sobre ese mundo. Toda esa evolución como persona la hice a través de las imágenes. A todos los fotógrafos nos pasa lo mismo, al principio dependemos de los trabajos por encargo: venta de lo propio, empresas, publicidad, etc. Luego viene la etapa de ver qué es lo que yo quiero hacer como realizador, como autor; ahí es cuando vas encontrando la forma de alejarte del trabajo que satisface al otro, y pensás en vos, tus ideas: llegar a la fotografía de autor, a la satisfacción por el trabajo realizado. Soy un agradecido. Hago lo que quiero. Y la suerte es parte del camino. Hoy solo acepto un encargo si hay un respeto por la autoría y la propuesta, y si me interesa el tema. Hice un trabajo para Eudeba sobre editores, y resultó bien.
Receta, oficio, obra: Elijo un tema de mi interés. En estos últimos tiempos documenté una comunidad mapuche en Neuquén. Me interesó contar con imágenes la vida en ese lugar: costumbres, relaciones familiares, cultura. Fueron dos años de visitas. Tiene destino de libro. En Barcelona había visto una muestra de Martin Parr, fotógrafo inglés, sobre la vida en dos pueblitos. Me gustó la mirada. Yo vivía en Neuquén ciudad, y me encontré con esta comunidad. Recordé el trabajo de Parr. Pensé en qué lindo sería hacer un trabajo así. Empecé a ir, difícil al principio, la lógica cerrazón frente al intruso, pero ya al segundo año vivía en la comunidad. 19 visitas en 5.000 fotos en 2014/16. Pasó el tiempo de maduración, la idea es ver y que sea libro.
Libros a la espera del click editorial: Tengo varios libros que quiero editar con temas que me interesaron. Quisiera publicar este año el velorio masivo de Kirchner. Lo registré porque estaba pasando algo, desde la política, sí, pero también socialmente en la gente. Cuatro días con la mirada en las personas, en el afuera de la Rosada. Me pareció importante, fui al lugar, y nadie había organizado nada, era gente que fue a llorar la muerte del hombre. Un trabajo que quedó latente. Es algo histórico.
Más sobre Campos en libertad: Mi lógica de autor es andar sin condicionamientos, y ver qué me pasa. Veo que tengo una mirada muy cercana al registro de la realidad, no me atrae crear imágenes por afuera de esa sintonía. La gente en la calle es lo que más me atrae.
Tiempos, calles, las personas: Mi muestra “Malretrato” en Palermo K es lo que vi en las expresiones de la gente en la calle relacionado con lo que pasaba política y económicamente. Vi tristeza, desolación, desamparo, en situaciones que podrían ser en un escenario donde la gente expresara alegría, por ejemplo el 9 de Julio. La gente se expresa a través de la protesta, el pedido o la alegría. 25 de Mayo o 9 de Julio, días festivos, pero la gente estaba triste. Estaba pasando algo, retraté y seguí retratando en otras fechas, y pasaba lo mismo. La tristeza evidente. El retrato no es solo imagen que da identidad, cronología; el hecho fotográfico es un pedacito de tiempo detenido que se traslada al relato histórico.
Autor callejero: Trabajé unos seis años el 24 de Marzo, el tema Derechos Humanos. Buscando contar lo que me pasa a través de los retratos de la gente. Por el 2008 trabajé en “Marchas y Contramarchas” por el tema de la 125, estuve en las dos marchas, la del campo y en la de apoyo al gobierno. Presenté el laburo en dípticos relacionados, algo más sociológico que artístico.
Desde el trabajo consciente Jorge Luis Campos tomó la foto que allá por el 85 abría la señal de transmisión de Canal 9; tomó las fotos para el libro Buenos Aires desde el cielo; tomó las fotos en Salta y Jujuy para Fiestas de la tierra (que espera edición), dos años de trabajo, fiestas conocidas y otras no tanto, y que tiene textos de Héctor Tizón; Campos puede, desde el pensamiento, señalar su admiración por el trabajo de Josef Koudelka sobre la ocupación rusa de Praga en el 68 o por los reportajes de Eugene Smith, pero a la vez sabe del misterio: Trabajo en la serie de Bicicletas. Soy ciclista consumado. Un tema que ya lleva 10 años de quehacer sistemático. Pero un día miré atrás. Alquilo bicicletas en todos los lugares que visito: Egipto, Europa. Supe por el pasado que trabajo la serie Bicicletas desde el 94. Sucede en la cabeza de los artistas, hacemos cosas que están impulsadas por algo que no manejamos de manera consciente, pero que es parte nuestra. Campos, al igual que Homero Manzi, sabe de vivir en el misterio: En lo que fotografiamos hay algo que no se puede analizar, por qué se fotografía algo y no lo que había al lado, por qué uno fragmentó en el rectángulo, eso sucede, es un ida y vuelta entre el objeto, la situación y lo que ocurre dentro de uno; es irracional, no se puede explicar el disparo, no se puede explicar el impulso.
Hasta aquí el recorte de mi escritura para que el fotógrafo Jorge Luis Campos se retrate. Aquí el click, en profundo blanco y negro, de un tiempo/espacio margotiano donde un hombre apasionado trató de contar su oficio, su identidad, sus dudas y suertes.

viernes, 31 de enero de 2020

Asociación de Poetas Argentinos: 30 años


APOA es la escritura de un poema herramienta, un poema sociedad. Una escritura que nace desde el impulso -el murmullo de la tinta, íntima garúa, entre las almas del solitario- hasta ser palabra/ofrenda que se integra a la sociedad.
En el Margot, en una mañana de diciembre, dijo el hacedor de APOA: Cayetano Zemborain: Soy su fundador. En el 89 existía la SADE, la Fundación Argentina para la Poesía; se editaban antologías, pero no había “asociados”. Yo vivía en Quilmes, estudiaba Derecho y escribía poesía. Conocí gente. Podía haberla fundado antes, pero no quise hacerlo en dictadura. Al final fue el 1 de diciembre de 1989, un año paradigmático: la caída del muro de Berlín, la implosión de la nueva Rusia.
Detalles memoriosos: Entre los primeros asociados nombro a María Rosa Lojo, María Rosa Maldonado, Adalberto Polti, Carlos Weisse: que fue muy importante en la Asociación. Santiago Rubinstein -estábamos en El Foro- me dijo que se iba de la Asociación de Abogados, y que fundaba la Sociedad de Derecho Laboral; le anuncié que yo fundaba APOA. Hicimos los trámites y salieron las dos.
Cayetano sigue el impulso, quiere contar la Asociación, pintar, poemar, su paisaje. Los objetivos de APOA: Primero tratar de difundir y promover la poesía argentina y extranjera; nuclear a los poetas; después la impronta de un rol solidario: cuestiones de salud, facilitar la gestión de quien asume la poesía como parte de su vida. Luego se dieron ciertas circunstancias, como nuestro compromiso social: ingresar en las escuelas y colegios con los poetas para llegar hasta los chicos. Fueron muchos años de actividad. Generamos propuestas innovadoras como el Bus de Poesía, que se estacionaba un sábado en la puerta del Teatro San Martín para que ascendiera el pasaje ya inscripto; íbamos a buscar a los poetas designados -esperaban en cafés notables- que pasaban a leer dentro del colectivo escolar que alquilábamos.
¿La idea fue salir a la calle?: Exacto, poesía viva en la calle. Nos acompañó, entre otros: Luis Calvo, que venía haciendo cafés literarios. Así hicimos Poesía en la Calle, la primera presentación fue en la plazoleta Roberto Santoro, desaparecido en 1977. En estos encuentros se acercaban los vecinos, escribían los niños, se leía, se hacía la poesía de cordel; la municipalidad facilitaba el escenario y el sonido.
APOA extiende su poema: En 2005 organizamos nuestro Primer Festival de Poesía. Contó con la presencia de María Teresa Andruetto de Córdoba, Olga Zamboni de Misiones, Carlos Rojas de Santiago del Estero, Jorge Leónidas Escudero de San Juan, y tantos otros. Chiquito Escudero pidió que el coordinador de su entrevista fuera el poeta Leopoldo “Teuco” Castilla, hijo de su amigo Manuel J. Castilla. Teuco se subió al avión y dijo presente.
Educación y poesía: Ideamos las Olimpíadas Colegiales de Poesía. Participan alumnos de todas las provincias, los seleccionados vienen a CABA, y en la Legislatura se realizan las finales, asociadas a talleres para docentes, y lecturas propuestas por los chicos o material que facilita APOA. Llevamos 20 olimpíadas. En agosto de 2020 es la próxima. También hacemos el Festival de la Juntada, que lleva 10 años. Al principio fue nacional, ahora es La Juntada Festival Internacional de la Joven Poesía (hasta 35 años). Gran cantidad de poetas pasan por Buenos Aires, de las provincias, la región y el mundo. Se acude a las cárceles, a lugares de salud mental, a las escuelas, a los bares, a la ESMA; se hace base en la Manzana de las Luces y en la Legislatura porteña. APOA tiene su café literario: cada segundo miércoles, en Rodríguez Peña y Lavalle: en el Bar Lavalle dieron charlas varios poetas: Marcos Silber, Rubén Derlis, Eugenio Mandrini, Vicente Zito Lema, Rafael Vásquez. Ahora queremos convocar a los poetas de los pueblos originarios. APOA tiene un archivo de voces impresionante, una notable hemeroteca de poesía, y una biblioteca importante. Estamos buscando un lugar físico para poner todo este material a disposición del público e investigadores.
Asociar desde el impulso, sumar, acompañar, abrazar: Impulsamos algunas leyes, también acompañamos la ley de preservación del bandoneón argentino. Acompañamos a la SEA (Sociedad de Escritores Argentinos) -a la que ayudamos a fundar- y se consiguió el reconocimiento a la labor del escritor, un aporte mensual para aquellos residentes en Buenos Aires que acrediten haber publicado 5 libros. En 2009 consideramos que debíamos juntarnos con otras entidades para dejar más a la vista la Cultura y sus manifestaciones. Fue así como nació Facra (Federación del Arte y la Cultura de la República Argentina). Así como Facra tiene su propuesta Curar por el Arte, desde hace años, APOA está en el Moyano. Miércoles por medio se visita a las internas. Van los poetas a compartir el momento, a brindar talleres, tomar mate, y generar poesía entre todos. Allí instalamos la biblioteca María Meleck Vivanco que coordina Daniel Grad, otra de las personas importantes de APOA.
Afirma Cayetano Zemborain: APOA es una Asociación humanista, que se compromete con la persona del poeta y sus necesidades. Y destaca a personas fundamentales en la vida de APOA: Juana Moyano, Silvia Pastrana, Carolina Rodríguez, Luis Ferrero, Beatriz Allocati, Esther Pagano, Mabel Kril, Nora Quiroga, Dora Roldán.
Festejo en diciembre: Llevamos convocadas 23 cenas de los poetas; el 7 de diciembre, en la última, festejamos los 30 años. Hubo plaquetas para Lojo, Maldonado, Weisse, Polti, Julio Bepré, Marcelo Actis, Adolfo Ponti, un recuerdo como miembros fundadores.
Poesía en papel y poesía oral, sintonías de APOA: Todas las actividades nos fueron marcando. Llegamos hasta la revista de poesía: “La Guillotina”, lleva casi 30 años de vida; nació en una reunión de comisión en La Giralda. Actis y Weisse apoyaron el nombre fuerte. Salió como revista/libro, después fue tabloide, y luego retomamos el primer formato. El formato libro se guarda más que un periódico. Hicimos también una revista oral. Íbamos a un estudio: lectura de poemas, entrevista, ensayo. Se llamó “La Gotera”, título de un poema del querido Máximo Simpson. El primer soporte fue el casete, después cd, una hora de poesía que presentaba Luis Colombini. Recuerdo que invitamos al poeta correntino Coco Madariaga. Pensamos reeditarla, claro que habrá que ver el soporte tecnológico.
Asombra la larga vida de La Guillotina: Si uno mantiene las entidades, las cosas persisten, los grupos muchas veces se disuelven; la Asociación guarda una memoria precisa de las intenciones y logros. Consulto sobre el sostén económico: Nos mantenemos con la cuota del socio, que hoy es de 150 pesos, que no alcanza, y entonces se completa con lo propio.
Cayetano Zemborain habla de APOA, del valor del apoyo solidario al poeta, destaca poetas, la palabra del otro, la necesidad de la real existencia del otro, pero nada dice de su quehacer de escritura. Solo a propuesta del cronista, habló en primera persona: Soy poeta –“Extrañas noticias” y “El reloj manuscrito”- y ensayista. Estoy trabajando en un ensayo donde reúno los distintos lenguajes (teatro, pintura, matemática) que aparecen en la poesía. En “La insensible poesía” trabajo los distintos sentidos, digo que la poesía termina siendo visual y auditiva, y que se pierden ciertos sentidos aún no constituidos (gusto, olfato, tacto); creo también que casi toda la poesía tiende a lo narrativo, siempre hay algo que se está contando. Zemborain conduce el programa radial El búho de Balvanera y es presidente de Facra.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Chau, Viejo

Rolando Lois por Alejandro Lois.

Mi viejo, Rolando Lois, desde hace un puñado de días, vive su muerte en el Boedo del más allá. Una vez me dijo: Me hice hombre en Boedo. Escribo esta memoria desde su barrio, el mío.
Mi viejo me contó de su vida como pibe que jugó billarda sobre Independencia, entre Castro Barros y Colombres, allá por los ´40, cuando el colectivo 26 o 56 utilizaba las vías del tranvía 76. Corrían los días de la Segunda Guerra Mundial y no había caucho para ruedas bondineras. También contó de cuando fue más grande, y festejó sus 18 con amigos (el Tigre Millán, los hermanos Vivas, Juan Salvini, Ernesto Bruguera, Osvaldo Garboza) en el boliche conocido como El Derrumbe, y que después hizo noche de muchacho en el Arco Iris, donde era común que estallaran los vidrios de las ventanas gracias a vuelos descontrolados de gruesos vasos de cerveza.
Siempre trabajé los recuerdos de mi viejo con la escritura. Varias notas aparecieron en Desde Boedo. Contaba a mi viejo, y con él al Boedo, al Buenos Aires de ayer. Escuchar, grabar los sucedidos en distintos momentos de su vida, luego darles forma de una nota para el periódico, o moldearlos con otras apariencias, por ejemplo: una crónica del desalojo de la familia, cuando Rolando tenía unos 10 años, y fue testigo de la resistencia al sistema de papá Julio Martín; o la de un simulacro de novela, una larga confesión de vida que une algunos de nuestros recuerdos en la memoria de un personaje único, trabajada entre 2011 y 2013, y que lleva por título: Sombra y garúa. Quehacer del oficio que constituyó una de las sintonías o de los puentes tendidos entre nosotros. Pensé a veces, a lo largo de los años, mientras mi viejo se hacía más viejo, que entre mis manos guardaba una carta decisiva, una parada fuerte de esquina, para cuando llegara el momento de su partida. Está hecho el trabajo de cronista. Estas líneas son prueba. Sin embargo, mientras escribo y pienso en él, no encuentro entre mis almas más que tristeza y dolor.
La noticia (óleo)
Descubro hoy la extrañeza que significa andar por este mundo sin padre, sin el padre que tuve, y ello dicho por encima de nuestras diferencias, porque las hubo. Descarté a consciencia maneras que no me gustaban para mi vida, mientras trato de soltar otras, las que viajan enraizadas desde toda construcción. Mucho tomé de él como feliz modelo. Tuve a la vista, desde el inicio de mis ojos de pibe, al hombre que definiéndose trabajador en la vida y en el arte, sabía que se debía, ante todo, a una postura ética, a una defensa de su identidad. Mi viejo como eterno habitante de su barrio, la ciudad. Un trabajador, pintor de brocha gorda para parar la olla, y pintor de finos pinceles que abrevaban sobre una paleta al óleo en gamas bajas. Mantuvo su decisión: el artista plástico existía después del pintor de obra, para no descuidar a la familia. Nada faltó en casa del obrero. Nunca arrió sus verdades artísticas. Nunca pagó favores a su pintura. Rechazó premios regalados. Jamás bastardeó su quehacer como artista. Fue artista pintor en su trabajo individual, y fue artista pintor asumiendo puestos directivos en la Asociación Estímulo de Bellas Artes y en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP). Aprendí señales que desde su pintura pasaron a la escritura de mi vida.
Durante los primeros días de internación, pudimos arreglar algunas diferencias, y entonces se dio la oportunidad de decirle lo agradecido que estaba por tenerlo como padre, que guardaba feliz memoria de mi padre. No dijo nada. Sé que le gustó escucharlo. Recordé además aquellos viajes iniciáticos, para el pibe que fui, desde el Martín Coronado de infancia a la Capital, a visitar amigos, lugares históricos, y recorrer exposiciones de arte en las galerías. Fui feliz en esas expediciones. Y le conté el primer recorrido de Julia, mi hija, su nieta de siete años y pico, junto a papá por una Buenos Aires que no dejó de sorprenderla. Caminar junto a Julia por la gran ciudad fue volver a caminar junto a él. Regalos para la memoria, como cuando mi viejo me llevaba a la cancha. Eran estadios cercanos a casa, y partidos entre equipos chicos. Supe así de la maravilla que era ir a ver fútbol, y conocí el sabor eterno que tendría el pancho del entretiempo. Así de numerosas las sintonías del arte que ofrendó mi viejo.
Foto: Mauricio Echegaray
Fui testigo de su último sufrimiento. Una semana que se hizo eterna herida. Fui testigo también de la fortaleza, el valor, de mi hermano Alejandro, de la tristeza de Adela, mi vieja. Cuando a esta historia le faltaba el final cantado, en la noche del desierto, viendo el sinsentido de la pelea contra la neumonía vencedora, recordé a mi amiga: la poeta de la ciudad/río de Gualeguay: Tuky Carboni. Leyendo su poesía había sentido la presencia de su Dios. El Dios de Tuky se abraza a la palabra de la naturaleza, al tiempo, los sueños, la calma, la comprensión. La poeta me incluye en sus oraciones a ese Dios: pide para que mejore mi vida en estos tiempos confusos. En la madrugada pensé varias veces el pedido que a la mañana siguiente iba a hacer a Tuky: Pedile a tu Dios que se ocupe de la partida de mi viejo, el ateo, como ateo es su hijo. Escribí en otra página: Vi a padre / el ateo / ser crucificado / durante una semana: / una pierna sobre otra / brazos a los lados / calzoncillo blanco / la cabeza volcada a la izquierda / sobre almohadoncito / que hizo madre / para confort en cada diálisis. // Vi a padre / el ateo / ser crucificado / sobre la última cama / la del dolor / la vez que se llegó / hasta la humana tierra.
Esa misma noche pensé en sus amigos muertos. Murmuré al oído de mi viejo los nombres que fueron apareciendo: Juan Carlos De Mare, Néstor Berllés, Eolo Pons, Rodolfo Medina, Héctor Tessarolo, Salvador Linares, Luis Dottori, Juan José Cartasso. Corté la enumeración y les pedí que se llevaran a mi viejo. Lo mismo hice con sus padres, mis abuelos, porque mi viejo había sido el bebé de Ángela y Julio.
Todo ayudó para su partida. Se dio de dos maneras diferentes durante el 13 de noviembre. Su respiración cambió entre las 3.30 hs. y casi las 7 de la mañana. Fue un tiempo en tranquilidad. Tomaba sus manos, acariciaba su pelo. Cambiábamos miradas, los dos sabíamos. Cerca de las 7 me di cuenta de que mi viejo respiraba, pero ya se había ido. A las 4.30 de la tarde, también en tranquilidad, su corazón dijo basta. Tiempo de silencio, beso en la frente y llanto.
Mi vieja me contó que el último día, antes de salir para un nuevo turno de diálisis, mi viejo le dio pista del sueño de la noche anterior: estaba en un asado grande, todo un festejo. Dijo mi viejo que estaban los amigos y los familiares muertos. Dijo que él era el único vivo.
Junto a su colección de pinceles de artistas (donada a SAAP)
En Sombra y Garúa escribí: Una sola tira de asado marchaba con lentitud sobre la parrillita móvil que tengo en la terracita. Y como siempre me ocurrió a lo largo de los años, se hizo presente el exceso. Para qué tanto fuego, podría haber preguntado el Tigre Millán, lo mismo Ramón, el paraguayo, Berllés o De Mare, el “pintore ingenuo”, pero ninguno dijo nada. Se dedicaban a mirarme y guardar silencio. El asadito tuvo lugar a fines de octubre… Asado a finales de octubre o principios de noviembre.
Pienso en los amigos, otra de sus artes bellas. Pienso en los avisos del espíritu, en los avisos de la carne, y también pienso en las señales -pura sintonía poética- que irradia el más allá de los humanos, las criaturas que disfrutan la maravilla de la vida sabiendo que todo llega.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Liliana Moreno: Pan y Arte


El telón se abre sobre Boedo 876. En el silencio de la sala chica del teatro Pan y Arte Liliana Moreno, su creadora, hace contacto con el afuera, se cuenta para su barrio. Queda a la vista una historia de vida, una manera de sostener la mirada.
El origen: Soy nacida en Mendoza, en un departamento del norte, cercano a San Juan. Tierra de calores fuertes y viñas. Crecí en una viña, soy del campo. Aunque estudiaba en la ciudad, me considero una persona de campo, por las costumbres, por mi forma de ser, porque ese fue mi paisaje, y el paisaje de afuera también es el paisaje interno.
Un encuentro fundacional: Descubrí el teatro en la escuela secundaria. Fue muy fuerte. Me veía personificando a un ser con el que no había tenido contacto, un ser o la referencia de un personaje de tal o cual manera. La profesora me dijo que tenía que hacer teatro. Me interesaba por la psicología, pero decidí estudiar Artes Escénicas.
La poética del destino en el mientras tanto de un paisaje que se renueva: Me casé, tuve hijos; mientras hacía teatro trabajaba, en fin, las cosas de la vida. En un determinado momento viaja a Mendoza Carlos Gandolfo. Yo integraba el elenco de la universidad. Me elige para ser una de las “Tres hermanas” de Chejov. Quedé flechada con su trabajo. Por falta de presupuesto el proyecto no se hizo. Quedé loca. Quería estar en Buenos Aires para saber de qué se trataba esa forma de actuación. Una vez acá, llegué en el 84, estudio con Agustín Alezzo, con Augusto Fernándes, tengo una formación importante. Ellos se forman con Hedy Crilla y le dan forma a la nueva actuación con técnicas de Strasberg, Stanislavski, que tan bien nos define como actores. Compramos con mi marido una casa cercana a los terrenos que fueran de San Lorenzo. Empezamos con un proyecto que era: Una empanada para el teatro. La casa funcionó como teatro, además con mi hijo vendíamos empanadas por la calle. En la casa se daba teatro, clases, dábamos de comer al público; me limpiaba la harina de las manos y daba clases.
Una vuelta de tuerca sobre el origen de Liliana Moreno: Un día le dije a mi compañero: Yo quiero un lugar sobre Boedo. El hecho de haber llegado a este lugar es algo mágico. Nunca tuvimos un capital financiero. Hipoteca a cinco años. Yo digo que a veces los lugares están signados, uno los elige, pero los lugares también te eligen. Siempre digo que Boedo se apiada de mí como mendocina que soy; me dice: No, quedate acá que el cielo está más cerca; porque yo no veía el cielo en Buenos Aires con tanto edificio, y en Boedo se ve, porque hay “algo” en la permanencia de las casas bajas. Es un barrio con una identidad auténtica, fuerte; estoy impregnada de esa identidad, y realmente es mi casa, las callecitas son mías, el barrio es mío, el cielo de Boedo, el tango. Empezás a enamorarte, a quedarte en el lugar.
En Mendoza y Buenos Aires la misma pertenencia: Como mujer mendocina de campo, soy muy trabajadora, sé que importa la labor, soy una obrera que cambia un tacho en la casa y amasa el pan. He generado este espacio desde ese lugar. Soy hija del teatro independiente. La única manera que había en Mendoza. Estudié en la Universidad de Cuyo. Tuve la suerte de tener un director que fue a buscar estudiantes a las villas. Vengo de los 70. Tuve todos los gobiernos: Lanusse, Cámpora, Perón, Isabelita, Videla. Todo eso mientras estudiaba. Pero tuve la gracia, la suerte, de transitar un estudio con técnicas de Paulo Freire, fui de la escuela con formaciones estrictas hasta pertenecer al alumnado que se ubicaba en rondas, y donde el alumno podía decir lo que pensaba; Fui parte de puestas de teatro en las villas. Se generó en mí una consciencia de trabajo artístico que, cuando llego a Buenos Aires, sintió un impacto al ver el teatro de producción. Después me encontré con la gente que hacía teatro independiente. Hago teatro desde ese lugar y acá estoy.
Una pequeña gran historia de Pan y Arte: En 2020 cumplimos 20 años. Fue duro el comienzo en Boedo. Sobreviví. El teatro funcionó primero abajo, donde ahora es el restaurante. Me divorcié en 2003 y quedé sin ingresos. Este espacio me quedó, era mi vivienda. Desarmé el escenario, y empecé a dar de comer a la gente que venía a una clase de tango que daban unos amigos. Durante la gestión de Ibarra, yo estaba con la habilitación de club de barrio, y me llega la posibilidad de habilitar la sala que ya no tenía. Pregunté si la podía hacer en mi casa. Se podía. Mi hijo me ayuda a tirar paredes y empieza la sala. Restaurante abajo. Después mi hijo unió las dos terrazas, hizo unas gradas, y fue primero teatro al aire libre. Luego hicimos el tinglado, y hoy es una sala muy codiciada porque tiene un espacio escénico interesante.
Pan y Arte, dos sintonías, el mismo sueño, una misma manera de andar sobre el escenario: Es una especie de isla. Voy generando cosas. Salgo poco. El restaurante es como el productor artístico del teatro, porque es complicado que por sí mismo genere dinero. Una empanada para el teatro.
Hoy en Pan y Arte: En este momento trabajo en una obra de Griselda Gambaro: “Es necesario entender un poco. Los desdichados no se reconocen”, muy de estos tiempos, porque uno a veces se encuentra con gente y se dice: pero si está padeciendo, por qué no nos reconocemos, si somos iguales. Es el viaje iniciático de un muchacho que va a la vida y le pasan muchas cosas duras, difíciles, se encuentra con la locura, la miseria, la muerte, el egoísmo, y vuelve al árbol que lo vio caer. Soy la madre, las escenas con ella funcionan como  prólogo y epílogo.
Una mirada esperanzadora en los tiempos del destructivismo: Creo en los sueños. Es lo único que nos sostiene con cierta vitalidad; estar presente, estar vivo, es soñar. Me siento viva y que pertenezco mientras estoy actuando. Esa soy. Es lo que más me representa y mantiene con oxígeno en estos tiempos. Por supuesto que sería bueno que el teatro nos diera para vivir, y no tuviera que hacer empanadas. Pan y Arte recibe todos los subsidios posibles, pero es duro pagar las boletas de luz, gas, agua, alguien que limpie; apenas sostenemos el lugar. Y lo sostenemos porque pienso, con un poco más de esperanza después del 10 de diciembre, que podemos tener otro aire, porque es muy difícil. Al menos voy a sentir que la gente que nos gobierna no es mi enemigo, sino un aliado en el dolor y en lo que nos pasa. A esta gente que nos está gobernando no le hemos importado absolutamente nada. Tengo problemas financieros con el restaurante, que es mío, igual el teatro, no pago alquiler, tengo todos los empleados en orden, y es casi imposible. Ahora tengo recicladas las energías por las elecciones. Creo que siempre hay una hendija por donde encontrar la luz. Hay que seguir los sueños, no hay que declinar, porque nos hacen estas cosas para que precisamente dejemos de soñar, para recluirnos y enloquecernos; la gente estaba triste, mucha hostilidad. Son tiempos para trabajar en el barrio, para que la gente del barrio conozca lo que se hace en él; hay que estar mucho más en la calle, por eso existe el teatro sobre Boedo, tenemos luces en Boedo.
En Pan y Arte de Liliana Moreno las entradas al teatro son de precio accesible (público 300 / jubilados 250 pesos). La obra de Gambaro va los viernes a las 21 hs. El teatro de Boedo necesita del apoyo del vecino.
En la memoria de este cronista de barrio se guarda la emoción de escuchar la palabra, y contemplar la expresión de Liliana Moreno, la hacedora, una romántica.

domingo, 6 de octubre de 2019

Gabriela Giménez Lamberto "Big Bang".


Una pared del café Margot está reservada a las artes plásticas. Gabriela Giménez Lamberto (1962), integrante de la Agrupación Baires Popular, es la encargada de la exhibición –y la rotación de las muestras en los cafés notables: Cao y Federal- de las obras. Ella es habitué del Margot, y visitante de El Hipopótamo, cercano a su trabajo. Allí se dio la charla, luego de concluida su tarea.
Una parte de los días de Gabriela Giménez Lamberto: Soy empleada estatal, especialista en libros antiguos, trabajo en el Museo Histórico Nacional, restauro libros y obra plana en papel. Trabajo además, en comisión, un día a la semana, en el Museo del Hospital Borda, ocupándome de documentación, libros, fotografías, y restauración de historias clínicas. Este destino me interesó porque estoy por recibirme en Psicología Social, y hago una investigación sobre Pichon Rivière, que trabajó en el Borda.
El dibujo, la pintura, paredón y después, ya nunca te verás como te vieras: Soy artista plástica. Estoy por hacer una muestra en la galería Arenales. No estoy de acuerdo con el comercio del arte, no me gusta encerrar las obras en ninguna parte, prefiero la calle, los bares, pero bueno, luego de mi participación en las Gallery Nights empecé a entrar en ese mundo interviniendo en muestras colectivas; hoy destaca la que voy a realizar junto a Sonia Esmoris. No me interesa vender, quiero sí que la pintura circule.
La proximidad de una muestra: Ayuda a descartar pinturas viejas, a borrar aquello que no gusta, y a volver a trabajar aprovechando texturas en la tela de ayer para el nuevo quehacer.
Primeras trazos de construcción: Mi vieja era escultora y pintó durante muchos años. Tenía su taller en el altillo de la casa en Castelar. Yo quedaba entre almohadones jugando con pinceles y pinturas, creo que siempre dibujé y pinté. Fui a la escuela Fernando Fader, técnica, quería dedicarme a la gráfica; empecé con dibujo técnico, algo que después me pesó bastante cuando quise pasar al artístico. Estudié Diseño Gráfico en la Escuela Panamericana de Arte, no había computadora, todo era dibujo; ahí me di cuenta de que podía dibujar, pero no quería hacer la Belgrano, no quería ser como mi vieja, quería ser dibujante técnica. Fue crucial el primer año en la Belgrano, quería, no quería, después me gustó. De muy chiquita, mi vieja me llevaba a ver muestras, museos; durante el Di Tella yo anduve corriendo de acá para allá, mi vieja conocía a mucha gente. Guardo una imagen de mi vieja, yo recorría la muestra como lo hace un chico, cuando la miraba para irnos, ella todavía estaba en la primera pintura; le decía: “Vamos”, y ella contestaba: “No, volvé a mirar, vas a ver algo diferente”. Mi vieja tenía la teoría de que los materiales debían ser de buena calidad, y ya desde chica, y hasta hoy, sé diferenciar los buenos lápices acuarelables. Aprendí a saber desde el trazo.
Las pinceladas siguientes para la construcción: Terminada la Belgrano, donde conocí a Alicia Scavino, fui un año y medio a su taller de grabado. Me marcó mucho. Después, en los principios de la pintura, empezaba algo y lo tenía que terminar, hasta que en su taller (una etapa muy buena, me ayudó muchísimo), Carlos Cañás, que había sido mi profesor en la Belgrano, me hizo entender que terminar un cuadro lleva un tiempo: “No, -me decía- miralo mañana”. Estaba, me sentía un poco indisciplinada, porque empezaba la obra por un lado, por otro; me decidí a ir de Cañás, que es un artista estricto. Recuerdo que eran tiempos en que encontraba en el café Margot a Juan Manuel Sánchez (Grupo Espartaco), cuando le conté, casi me tira algo: “¿Discuplinarte de qué?, vos pintá y pintá”. Antes de Cañás fui al taller de Salvador Benjuya, un pintor extraordinario, que era de la Belgrano. Entre los dos talleres quise hacer un año de escultura junto a Antonio Pujía. No fui a la Pueyrredón, y sí al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, quería hacer escenografía, pero ya no se podía, por lo que hice dos años de Caracterización, y tres de Dirección de Ópera, y mientras tanto estudié en la Cárcova. Rendí los seis días de exámenes y entré para hacer pintura y escenografía. Todo lo estudiado, las vivencias, tiene relación con mi pintura.
Después, saber si es arte o no, será trabajo para otro: Hago arte abstracto. Hoy no me interesa mucho el resultado y destino de mis pinturas, gozo más en el proceso. También tengo formación musical, y lo que pinto, con el pincel o la espátula, lo que veo, está relacionado con los ritmos, los sonidos, a veces relaciono los colores con los sonidos. Me gustan mucho los laberintos, que para mí están relacionados con movimientos y sonidos continuos; disfruto mucho de la música minimalista, que es una repetición de sonidos más o menos veloces, creo que todo eso está en mi cabeza y tiene que ver con lo que pinto. Reconozco que me gusta el efecto, soy efectista, y soy colorista, la Academia te enseña a usar bien el color, la técnica. Gozo el proceso, y pierdo la noción del tiempo, el dolor de espalda avisa para no entrar en la locura.
Alrededor de la exposición: Me gusta ver a la gente mirando mi trabajo. Es tan interesante saber sus reacciones, y esto no tiene nada que ver con un juicio de valor sobre la obra.
Ubicación geográfica y emocional: Tengo el taller a una cuadra de mi casa, sobre Colombres, un departamento que fue la última vivienda de mi vieja, y que antes fue el estudio del Tata Cedrón en su paso por Boedo.
La receta personal, parte de la identidad, las elecciones: Nunca pude pintar series temáticas. Me interesa la figura del laberinto, círculos, explosiones, mis obsesiones. Cuando pinto voy girando el cuadro, lo trabajo así, una búsqueda de equilibrio, una propuesta para que lo cuelgues de la manera que más te gusta. Pinto con acrílico, colores puros; los dejo secar, sigo. Pinto en la cabeza, la construcción es mental, veo las imágenes, algunas se transforman, pero el núcleo ya está fijo en la memoria. Mientras me hacían acupuntura boceté, el otro día, un cuadro. Pinto sobre bastidores de tela, me gusta el formato grande, pero son incómodos para maniobrarlos. No uso marcos.
Gabriela, cómo ves tu oficio de artista plástica en los tiempos del destructivismo del gobierno del rey de amarillo: La pintura es una herramienta que puede clarificar pensamientos, desde los mismos colores. Estoy trabajando en un cuadro sobre el tema elegido para mi tesis de carrera: personas que viven en situación de calle.
El Big Bang estalla cada vez, escaleras arriba, departamento viejo en Boedo. Las estrellas en azul, ocre, rojo, amarillo, y la presencia de la luz: lo blanco, y el negro de la noche, de todas nuestras oscuridades y esperanzas salen disparadas desde el taller de calle Colombres. Es cierta la afirmación de la pintora, ella habla de movimiento, de música, de círculos y laberintos, cada color en el estallido de su momento para ser en renovada representación del Big Bang, el gran ruido del inicio de la historia alentada para ir tras las historias. En la pintura está la posible representación del nacimiento, y los atisbos de las primeras construcciones del mundo, y también, cada tanto, aparece, reconocible, una figura animal primaria acodada, siempre, en el estaño de la abstracción.
La muestra Polifonías Visuales se presentará en Galería Arenales (Arenales 1925) entre el 5 y el 14 de octubre, lunes a viernes de 16 a 20hs.


martes, 3 de septiembre de 2019

Patear al otro


La patada llegó certera sobre el pecho de la patria, el otro. En uniforme de policía impecable: un personaje de esas películas donde el bien, a pesar de algunos excesos, alecciona -castigo modalidad express- a los que solo muestran remera ajada, sucia, oscura, el identikit base, la apariencia madre asignada al parido como delincuente pobre en una puesta que transcurre posible, cada día, en la gran ciudad; supuesto delincuente y pobre: doble el estigma de quien, en este tipo de novela, lleva las de perder: derechos y, de acuerdo a la garúa en el viento, hasta la vida.
El video que mostraba la salvajada del policía (Esteban Armando Ramírez) sobre el otro se exhibía en las redes sociales, en la televisión. Sentimientos diversos: tristeza por la víctima, y el deseo simplista de que no fuera Buenos Aires. Pero no era en otra galaxia, sino en la nuestra, la que supimos conseguir: una forma de girar en el big bang que, desde los comienzos de nuestra historia, nos supo regalar el poder económico. Semillitas de una manera de ser -hoy acentuada desde el timón neoliberal del rey de amarillo y sus esbirros- que apunta certera (sí, otra vez) sobre la cuestión de la seguridad ciudadana. Las personas pueden morir de frío en la calle, tienen derecho a hacerlo; a pedir el respeto de sus derechos humanos, y respeto como trabajadores, no. Por eso, y para hacer lista chica, en la memoria aparece una Semana Trágica, los fusilamientos en la Patagonia, los fusilamientos de José León Suárez, los 30.000 desaparecidos, la represión a los mapuches, siempre así la suerte de los pobres que reaccionan contra la reluciente armadura del policía, el gendarme, el militar, cebados ciudadanos en función: sostengamos, a como dé lugar, las salvajadas que disponen los que cultivan el sembradío abusivo de la propiedad privada.
¿Quién recibe la patada del policía que se bajó de su corcel motorizado?: Jorge Gómez. Su hermano Ariel publicó estas líneas: ¿Quién me devuelve a mi hermano? ¿Quién? ¿La Policía? ¿El Gobierno de la Ciudad? Nadie. Miren el video y es la prueba más contundente de lo que pasó. Un asesinato sin ninguna justificación. Mi hermano era una muy buena persona. Tenía 41 años y trabajaba sin parar. Desde muy temprano hasta la tarde, arreglaba relojes de taxi y a la noche hacía delivery y ayudantía de cocina, porque con un solo empleo no le alcanzaba.
Estoy destruido, no entiendo cómo se pudo llegar a esto. Desde siempre fuimos muy unidos, nos criamos y vivimos juntos. Nosotros somos de Santiago del Estero y hace más de 30 años que vinimos a Buenos Aires con mi viejo. Realmente no sé cómo seguir adelante. Mi hermano no había vuelto a dormir, pero no me preocupé porque salía seguido. Hasta que vi el video por Facebook y se me cayó el mundo. El hecho ocurrió ayer a la mañana a unas cuadras de casa, en el barrio de San Cristóbal. Cuando llegué al hospital ya era tarde: me mandaron directamente a la morgue.
La Policía está buscando instalar que Jorge los amenazó con un cuchillo cuando la imagen lo muestra todo: en ningún momento intimidó a nadie. Repienso cada segundo el video y no comprendo cómo el policía Esteban Armando Ramírez pudo golpearlo así. Eran un montón de efectivos y mi hermano estaba borracho, podían reducirlo sin lastimarlo. ¿Cómo le van a pegar esa patada? No fue un accidente ni una tragedia. El golpe fue criminal: al caer al asfalto sufrió una fractura de cráneo que le produjo la muerte.
Del Gobierno de la Ciudad no se comunicó ni se acercó nadie, como si no hubieran tenido nada que ver. Eso tampoco lo puedo creer. Estamos solos, moviéndonos entre la morgue judicial, la Fiscalía y el Juzgado, para que no se trate de otro caso donde quede impune la bestialidad de las Fuerzas de Seguridad.
¿Qué dijo el poder a través de sus representantes? El Secretario de Seguridad porteño: Marcelo D'Alessandro: Ramírez actuó bajo el protocolo establecido. Dio la voz de alto y le ordenó al sospechoso que levantara las manos. Como no depuso su actitud, trató de desarmarlo y le pegó la patada como medida para mantener la distancia.
Patricia Bullrich, Ministra de Seguridad de la Nación dijo en radio La Red: Cuando un policía termina con una amenaza, está haciendo lo correcto. Dijo que el oficial: Trató que esa persona no siga, con una metodología que no era la mejor (en un acto de bondad Ramírez no disparó una bala al pecho). Dijo Bullrich: Utilizó su cuerpo. Dijo: Lo ideal hubiese sido que tuviera un arma Taser. Dijo: La policía tiene que tener armas adecuadas. En este caso tuvo que utilizar su cuerpo y tuvo un deslace que no buscó. Dijo: El hombre generaba una amenaza con un cuchillo, una de las armas más peligrosas. Dijo: Fue una situación compleja, pero se entiende en el marco de una situación de agresividad y conmoción de una persona que podía usar su cuchillo contra un ciudadano o cualquier familia que estaba en el lugar. Ella dijo en la garúa Chocobar.
En las redes sociales hay también un video, tomado por un pasajero de un colectivo, que muestra a Jorge Gómez parado frente al transporte público. Impide su paso unos segundos. En su mano lleva, al parecer, el cuchillo peligroso. En el sitio web de La Nación el video aparece titulado Las amenazas a los pasajeros. Dieciséis segundos de amenazas a cargo de una persona que, a las claras, no estaba muy consciente. Un detalle: la nota contiene el video de la amenaza, pero no el de la patada, hay una foto. En el video ausente se ve con claridad que Jorge Gómez camina, lento, hacia el policía. Lleva las manos en la espalda. El policía levanta sus manos, pero Jorge no lo imita. ¿Jorge Gómez podía tener el cuchillo en sus manos?, sí. Pero se ve que camina con dificultad, no parece tener consciencia espacio/temporal. Antes del disparo de la patada por parte del policía Esteban Armando Ramírez, se ve a otros dos policías detrás de Jorge; y al tiempo que Jorge Gómez recibe la patada está llegando un patrullero con dos efectivos más. Confundido, mareado, si quiere el lector, borracho o drogado, con un cuchillo en la mano, pero rodeado por varios policías, ¿por qué aplicar semejante patada al pecho? ¿No había otras maneras de detenerlo entre tanto uniforme? Jorge Gómez se derrumbó, cortada su respiración, hasta dar con su cabeza en la calle que, como afirma el rey de amarillo en su gritería, es de cemento y no de relato.
¿Por qué tanta saña? Porque en estos tiempos el turbio mandato del poder llega de manera acentuada. El otro como vago, como enemigo. La otredad como estigma, condena. El neoliberalismo necesita de enemigos, por eso los produce mientras funda, desde egoísmos varios, acólitos que, fogoneados por mensajes canallas, pierden, sueltan amarras de sus orígenes en el pueblo, para así alistarse en las filas de un modelo que los utiliza, los alquila por monedas, por espejitos, chucherías para que crean que sólo gente como ellos merece el ascenso hacia el cielo de la riqueza y sus diversas membresías. El poder necesita policías salvajes para marcar para dónde sopla el viento. Es así que se consiguen empleados en barata de desclasados. Los vigiladores del supermercado Coto de San Telmo, como el policía de la Ciudad: Esteban Armando Ramírez hizo con Jorge Gómez, patearon hasta causarle la muerte a un ciudadano: Vicente Ferrer, setenta años, con demencia senil, hambre y desesperación: por haber hurtado un pedazo de queso, un aceite y un chocolate.
Nadie escribe la sentencia de muerte, pero la letra garúa desde el poder, flota en los buenos aires del rey de amarillo.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Desde el barrio de Flores


Hace unos meses que escribo sobre los posibles significantes de una frase, una idea: “Volver a casa”. Y escribo sobre las maneras, también posibles, de ese regreso. Escribir sobre la “vuelta” sabiendo que todo regreso es imposible, y entonces, aun así, despuntar el maravilloso vicio de este oficio de escritura que da pelea -a la susodicha verdad de lo imposible- con la poética inocencia con que se escriben las páginas de la novela propia; la obra que crece, respira, avanza, y retrasa sucedidos paridos relatos, ventanas en tenue lila damisela sus cortinas en las que no se para de corregir, de ajustar asperezas, y hundir puñales con un poco más de justicia y dulzura. Imposible el regreso porque sé que soy hombre otro, y aun así, siendo otro, sangre adentro, me reconozco en el muchacho de ayer, en el que ya era. Imposible porque cambia uno, y además cambia el otro, la mujer, mi semejante, la compañera, la base de toda mi esperanza. Aun así, siendo o pareciendo imposible saber frente a tantos imposibles, entonces, luego, me siento en el Margot, y juego a la tinta roja, que es como el aire.
¿Qué puede significar una casa? Un tiempo/lugar de afecto. Un refugio amigo. Otro refugio de amor soñado en la pasión. Refugio de buenas memorias. Refugio para que siempre vuelvan nuestros muertos. Refugio de esperanzas en estos días tristes en que la mentira del canalla alienta caras de cemento.
El aroma en una casa/afecto/amiga/de amor…: una sintonía casa que transmuta en otros universos. Una casa, la mejor casa para mi yo padre: la memoria de mi hija; mi casa es escucharla a través de la mano: mientras vamos de la mano por el camino; mi casa es el abrazo, maravilloso saber del alquimista. Una casa de la memoria. Y hay otra casa: el sueño de la esperanza.
A una casa se vuelve buscando el rastro físico de ayer. Vuelvo cuando junto la mirada hacia los pisos altos de un edificio con el recuerdo. Vuelvo a caminar por departamentos, y vuelvo a cada cotidiano, a cada habitante de ayer.
En mi vuelta a casa también recuerdo, por ejemplo, el regreso a la casa abandonada con los pibes del barrio, en un Martín Coronado de infancia; recuerdo también la no vuelta a la casa de la abuela Eufemia; o los regresos a La Caramba, la casa amiga de Mónica y Gabriel, en Merlo, San Luis.
Entonces una casa puede ser un hijo, un amigo, un amor, un barrio: mi Boedo, mi ciudad natal: Buenos Aires, una historia, tantas historias; y entre ellas se ilumina una presencia especial en lo que dure la lectura de mi cuento sobre esta urbanía: el paisaje interno de una librería, haber trabajado de librero, allá en los ’90, cuando poco podía imaginar de este presente en que no hago más que regresar a las casas, como decía Eufemia, mi abuela.
Las librerías fueron un puñado, de todas guardo memoria, pero la que sobresale en historias felices es la de Flores, a media cuadra de la plaza, a mitad de los ’90. Memorias y amigos para toda una vida agradecida. Y la comprensión cabal del termómetro social que hace su muestreo librería adentro, donde los lectores y los que no lo son tanto, siempre intentaban la reflexión política o filosófica que muchas veces no pasaba la prueba simple de una charla de café bienintencionada. En la librería todos hablan, el que sabe dónde está parado, y el que piensa que está en un lugar en el que hay que parecer pensante.
En la librería de Flores conocí escritores en directo, llegué a la obra de grandes escritores porque el título del libro me llamó desde el momento mismo en que abrí el paquete del reparto editorial; hice amigos, cambié figuritas para distintos colecciones de buenos momentos; conocí a alguna de mis novias de esos años; le pedí a una mujer que no volviera, ¡por favor!, vestida de negro, y no hizo caso. En Flores fui humano festejando la felicidad que puede encerrar el trabajo en los alrededores del mundo libro. Si miro hacia atrás, o sea, el volcado de la arena del tiempo en el molde de esta mi vida, queda claro que tantos años hace ya de aquello. Sin embargo, conmigo sigue estando la magia de esa librería. En poco más de un puñado de días, su buen fantasma, la buena memoria, dijo presente.
Horacio Quiroga, el guitarrista, el Bluesman, mi amigo, al que conocí en la librería de Flores, fuimos compañeros de trabajo, me invitó al Centro Cultural Padre Mugica de San Telmo. Paula Estrella, la voz, y Horacio, mis amigos, hacían su música acompañando al papá de Paula: el egregio Miguel Ángel Estrella. El motivo del concierto: la paz en Venezuela. Muchas personalidades de la cultura. Mientras esperaba el inicio veo que señalan, a un hombre, una silla plástica agregada a la última butaca de la fila, que yo ocupaba. Reparo en que es el historiador Norberto Galasso. Ofrecí mi butaca, insistí, aceptó, y cuando ambos estábamos ubicados, extendí mi mano: Quiero estrecharle la mano para decir gracias por todo su trabajo, por todos sus libros, y por las buenas lecturas que me ha regalado. Los libros de Galasso los encontré en los estantes de la librería de Flores. Nunca había estado tan cerca del escritor.
Fui a la presentación del libro El trío perfecto y otros relatos del amigo Ángel Prignano. Lugar: el Margot. En un momento se acerca uno de los presentadores y me dice: Edgardo, tanto tiempo, soy Raúl de Robles. Contuve la emoción, era Raúl, cuánto tiempo desde el último café. Raúl es poeta y lo conocí vendiéndole libros en Flores. Después los caminos que acercan y alejan de barrios y buenas personas.
Me enteré al filo de la fecha. Mi amigo el poeta Leopoldo Teuco Castilla presentaba, en lo que sería noche de viernes lluvioso, sus últimos tres libros. ¿Tres libros de una vez, Teuco? Respondió luego del abrazo: Para no molestar mucho a los amigos. El lugar: la Casa de Salta. Fue llegando el público, ceremonia de amigos y muchos poetas. Conocía a algunos de vista. Con alegría veo a un amigo poeta: Rafael Vásquez me abrazaba con sincero cariño. Esperábamos el inicio, nos pusimos al día con los relatos, y en un momento Rafael hace referencia a la cantidad de poetas presentes; dice: Allá está Sylvester. Pregunto: Santiago Sylvester. Lo señaló. Fue después de la presentación, luego de que el poeta terminara con su empanada salteña y tomara un trago de tinto, que me presenté para agradecer su escritura, de la misma manera que había hecho con Galasso. Le conté que en una librería de Flores tomé un libro de tapa negra, me llamó la atención su título: Café Bretaña, y que así lo descubrí y comencé a leerlo. Agradecido el poeta como el historiador.
En Flores empecé a leer los aforismos de Eise Osman. Eran libros chicos, y a la vez plenos de gran sabiduría, de miradas en profundidad. Casi 6 años viví en Gualeguay, y hacia esta ciudad/río fui hace unos días a visitar a Julia, mi hija. Cuando mis primeros tiempos de entrerrianía, tuve la suerte de conocer a la poeta Tuky Carboni, y hubo la vez que me invitó a un asado en su casa. Había otros invitados. Y a mi lado estaba el mismísimo Eise Osman, que vive en esa ciudad hace más de 40 años. Le dije que lo había leído en una librería de Flores, donde vendí sus títulos publicados por Galerna. En una noche de mi último viaje pude visitar a Eise y a su compañera, la escritora y poeta: Elsa Serur. Cenamos, hablamos, aprendí, siempre se aprende escuchando a Eise, agradecí, nos dimos un abrazo. Una vez más aparecía, fundacional, mi tránsito por la librería de Flores, una casa a la que siempre vuelvo.