Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 18 de enero de 2021

Famatanca de María Neder


 Todo comentario que se intente sobre Famatanca de María Neder será limitado, deshilachado, fallido, efímero. Ocurre así cuando una poeta escribe naciendo buen vino, escuchando música dentro de una historia de la humanidad. Una poeta de mirada atenta a los paisajes de lo humano. Famatanca es memoria y sabiduría. Duda, pregunta y ayer. Quisiera volver siempre a tu Famatanca, para encontrarme mientras te sospecho entre imágenes. Quiero seguir aprendiendo a respirar con tu quehacer mágico, tu oficio. Hay en el libro un aroma de eternidad, si hasta dan ganas de llevarlo bajo el brazo hasta el más allá. Alguno del otro lado podría preguntar: ¿Qué fue de vos en la vida?; Fui feliz lector de Famatanca de la Neder.

martes, 12 de enero de 2021

Anotación vírica IX

Francisco Lazo Toledo

 Novena selección a Mientras tanto:

 

Ayer salí a caminar unas cuadras. Por pura desesperación. Por necesidad de saber del sol que salva, acompaña. Pero sabía en el trayecto por el barrio que iba, que estaba en blanco. Poco veía, menos pensaba. La desesperación nunca ayuda.

Al regreso leí un par de notas del Desde Boedo de julio. Una referida al Día de la Independencia de Norberto Galasso, y la otra Boedonismo contra la peste de mi amigo poeta José Muchnik.

Hoy 9 de julio soplaba un viento frío. Tuve que vencer el impulso de no volver a salir. Dejé en el refugio la bolsa con la compra en el mercadito chino. Supuse que el sol del mediodía me llamaba, y puede ser, siempre estoy pendiente de su presencia. Había transitado media cuadra por Garay cuando supe exactamente dónde me dirigía. Iba hacia Boedo 1561.

La lectura tiene bellos riesgos. Una lectura que abreva en humana sustancia deja finas nervaduras vitales, impensados bocetos, pistas memoriosas, señales melanco, saudades de lo mejor. Presencias que se adhieren al abrigo del puñado de almas que nos da color, aroma, sabor. Miradas prendidas como aquellas flechitas que nacían en algunos yuyos, al costado de la vía del Urquiza, cuando fui pibe en Martín Coronado. Los pibes del barrio hacíamos ronda con las manos de soñar juegos simples.

Pienso que salí, sin saberlo, lustroso de flechitas leídas. Por la vereda del sol sobre Avenida Garay. Una de las susodichas, adiviné, me escribió el camino, los pasos, el alumbrado mientras tanto.

Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después querer anotarlos en tanto libro.

Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien trabaja de palabrero.

El buen fantasma de la ferretería como memorial. También hubo sol. Llevaba flechitas prendidas en mi puñado de almas. De regreso al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento.

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Cuando volvía -por Pavón, vereda del sol- desde Boedo 1561 vi a una mujer mayor parada a un lado de un auto, junto al cordón. Hablaba con otra mujer mayor que, ubicada en la puerta de un edificio, sostenía una bolsita con su mano derecha. Esta mujer dijo, cuando me acercaba a ella: Saludos a mi sobrina. Y comenzó, con el brazo libre, a saludar como si fuera enorme molino de viento. Pensé, mientras pasaba entre las señoras, en un aspa fantástica. El brazo, la mujer toda, parecía saludar desde un puerto imaginario. Movimiento para ser visto desde un barco aún más imaginario. Sonreí. De pie en la esquina, giré para verla saludar. Cuánto saludo, cuánto gesto para no más de seis metros.

Después aprecié la realidad de todas las distancias: el abrazo, el beso, la caricia. Saber de nosotros a través del cuerpo. Luego pensé en las memorias.

La mujer saludaba desde el puerto de Pavón. Poco después la nao soltó amarras. El viento que lleva recuerdos, que infla la gran vela de la vida junto a la que llevan nuestros muertos, nacía en un molino de aspa solitaria.

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Una última puerta cancel nos separa del escalón de entrada al infierno.

Se lee en el cartel pegado sobre el vidrio trasero de un auto de alta gama: Fase 1: fusilar políticos, Fase 2: fusilar sindicalistas, Fase 3: Argentina despega. En otro cartel pegado sobre auto al tono, se lee, se pide por: Libertad de prensa. Al mismo tiempo los que dicen manifestarse en defensa de la República atacan a periodistas que consideran enemigos. Oh, alabado sea el eterno ejercicio del odio. No es una diferencia de ideas entre ciudadanos. El falso libertario (así autodenominados) no discute ideas porque es dueño de su única verdad. La triste encerrona del pensamiento nulo. El falso libertario desea el mal, la muerte, odia al otro: siempre delincuente, sucio, despreciable: la ilegalidad en masa que intenta tomar parte de su República. Se habla de justicia con voz única de dueño. A su lado los que suspiran por pertenecer, los que repiten el rezo. Enfrente el otro, el odiado que propone justicia para todos.

9 de Julio, Día de la Independencia, en los alrededores del Obelisco. Banderas argentinas. Carteles ofensivos. Declaraciones a puro delirio en los manifestantes. La ausencia de las fuerzas de seguridad de la Ciudad Autónoma. El jefe de gobierno, una vez más, mira para otro lado. Todos actúan dentro de una supuesta legalidad. Todo es mentira. Nada se sabe del aislamiento obligatorio en medio de la avenida y la plaza. El Rey de Amarillo, en días previos, agitó aguas desde una entrevista. Completó el spot publicitario del neoliberalismo por la tarde. Te invito a la tormenta de la independencia. Vení, que se puede.

Escribo porque la tristeza se hace pensamientos, imágenes, tinta. Para dejar marca, memoria, en este Mientras tanto de aislamiento en esta aldea natal de encrucijada. Parece que no hay lugar para un blues de todos, pero igual lo sostengo.

Viento de odio. Flamea la bandera de la patria. Alta en el cielo.

Y una última puerta cancel nos separa del escalón de entrada al infierno.

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Cuenta Josecito de la ferretería que allá, en la Francia, para condimentar la saudade melanco de no estar en Boedo, escribió poema culinario titulado Pegrimón. Escribió sobre renglones espiralados de pastas boedónicas, así las nombra el poeta. Pegrimón es escritura nacida de la mixtura entre el pesto y el lagrimón, allí la esencia primordial que suma presencias de alcaucil y aceitunas negras. Morrones en rojo fuerte para decorar. Mantel rojo. Servilleta negra. Una pintura impresionista en ofrenda a la amistad.

Así ocurre en la Francia que recupera la vida, luego del aislamiento, y así nace la propuesta de José: preparar las pastas en Garay para compartir con los amigos, cuando la vida en Boedo sea, luego del aislamiento.

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Recién hoy, 22 de julio, vuelvo a la escritura de este Mientras tanto.

Mi amigo Horacio, el bluesman, salió bien de la operación de corazón a cielo abierto.

El aislamiento sigue en pie en el Área Metropolitana de Buenos Aires, es decir los barrios de la Ciudad Autónoma y municipios de la provincia. Aumentaron los contagios por el virus y los muertos. Pasamos de un aislamiento más estricto a uno más relajado. Los ciudadanos de la pandemia están agotados, como agotados los bolsillos. Hay para repartir desesperaciones.

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Puedo leer, en las nubes ancladas en la red que hay en el cielo, que Antonio Machado –¿será cierta la frase?, ¿cuál el libro?- escribió alguna vez: La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. Cuando terminé de leerla pensé en la mujer que vivía bajo la autopista, sobre Virrey Ceballos. Vivía allí hasta que alguien decidió prenderla fuego. Murió asesinada. Sin tener tiempo para temer. Y tanto es que esta mujer dejó de ser: cuando primero fue ignorada en vida, cuando después fue tragada por las llamas, las especies vivas que hasta recortaron su identidad, en pocos días, de las memorias ciudadanas, las especies casi muertas que registran hechos hasta que se esfuman como noticias urgentes, esas especies emocionales que, por lo general, indignan, y pasan, y vuelven a girar en la calesita desde donde otea el mareado.

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En pleno aislamiento una mujer decide permitirse un recreo, un trago de vida. Decide correr el riesgo. Le envía a su hombre una frase que encontró en la red, la nube, en el cielo mismo. Al parecer Julio Cortázar escribió: Yo quiero proponerle a usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela. Al final será mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por extrañarle.

Cada uno en su casa. La frase parece escrita para la ocasión. Afilada la palabra de decir. La mujer y el hombre leen, piensan, se dicen palabras dulces, prometedoras, y juegan a los sueños. La frase es argumento perfecto para ir, golpear la puerta y lograr el abrazo. ¿Fue Cortázar?, ¿cuándo, dentro de qué pandemia? Así se preguntan los amantes. No salen de sus casas.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Anotación vírica VIII

Francisco Lazo Toledo

 

Octava selección de Mientras tanto:

 

3 de julio. El frío hace aún más lento el mientras tanto del aislamiento. Hace días que no registraba el impulso de la escritura.

Vivo en el dormitorio. En la torre del refugio. Bajo a la cocina comedor solo cuando es hora de terminar con la visita del hambre. Ando de campera bajo el cielo del refugio, se vienen momentos de fresquete cuando el almuerzo y la cena. La radio me acompaña. También la memoria. No sé cuántos, pero hace días que no se ve el sol. Y muchos más días cuento sabiendo que no salí a dar mi caminata.

Ayer, cerca del mediodía, fui a comprar comida. Paisaje húmedo y frío. Frío bajo la autopista. Caminé unas cuadras. Fui y volví por Mármol. En la esquina con San Juan no había colchón sobre la vereda, contra la pared. Tampoco utensilios para la sobrevivencia en la calle. No estaba el hombre que vi habitar esa cercanía de cielo abierto. Cuánto dice una ausencia. Cara o cruz.

Caminé frío, lento. De ida y vuelta, triste y en silencio.

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Apareció el sol sobre Avenida La Plata. Me rozó varias veces. Entonces decidí caminar, recuperar mi paso sobre el barrio. Sucedió casi sin darme cuenta. Caminé, pasaron las calles o se volaron, evaporadas en compañía del sol. Tuve consciencia del paisaje cuando por Inclán casi llegaba a Boedo.

Sucedió en el último tramo de vereda. Se dio un corrimiento espacio temporal. El paisaje de hoy me llevó hasta uno de ayer. En el paisaje -no podía ser de otra manera- pedía contarse una historia.

Sobre la vereda de Inclán había por lo menos cuatro botellas grandes de gaseosa, llenas con agua, y atadas a un par de canteros.

Recordé al Turco, un personaje que conocí cuando ambos éramos un tanto más jóvenes. Fue en Boedo, en el 99. Sucedió en el barrio, en días en que casi toda Buenos Aires había sido invadida por las susodichas botellas atadas a canteros, marcos de puertas y portones, y rejas. El Turco lucía un tanto alterado. Le parecía una barbaridad fomentar la imposibilidad –a través de estas presencias demoníacas- de que el perro dispusiera en libertad de lugares donde hacer su necesidad. Porque indicó el Turco que los conjurados negaban el derecho canino al “libregarco”, nombrada la acción así de manera explícita. Este superhéroe o justiciero de barrio se había comprado una pistola Robin Hood de aire comprimido y balines copita. Salió una primera vez. Eligió noche de lluvia para poder mandarse con un piloto grande que ocultaría la pistola. El Turco contó los tres primeros disparos. Confesó su fracaso. Los balines rebotaban contra el plástico. Hizo pruebas en su departamento. La pistola no servía para destruir botellas. Fue cuando le sugerí que por qué no encaraba el desafío con un simple cuchillo de cocina, y procedía a degüello, que de esta práctica bien sabía la historia de esta tierra. Y que si tenía dudas revisara el gobierno de Bartolomé Mitre. Nunca más volví a ver al Turco. Todavía no me explico sus ganas de hablar, de contarle a un desconocido. Con el tiempo las botellas desaparecieron del barrio y de la ciudad toda.

Vuelto al presente y sobre la disposición defensiva vista sobre Inclán, al menos cuatro en el fondo, aparecen preguntas: ¿renacimiento de una práctica del ayer?, ¿o vestigio, ruina u homenaje a un mundo perdido?

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Todo se transforma en aislamiento. Todo se hace foto, cuadro de historieta. Cierta locura y desesperación en los días primeros. La lejanía con el pensamiento y la escritura. No poder concentrarme. El paso de los días en total silencio. Tres cuadras hasta el mercadito chino. La radio encendida todo el tiempo. Y otra vez, y siempre, el silencio, adentro y afuera, y ella, la soledad. Más de cien días en el refugio. La distancia que me separa de mi hija. La vida de alguna manera registrada en estas páginas. Una memoria. Recuperada la escritura, la lectura. Escuchar la voz de las personas amadas. La salida a caminar por el barrio. El puñado de amigos. Las ganas de contar mi lugar bajo la pandemia. Descubrir de manera mágica la presencia cercana del sol. Saber del sol que me invitó a retomar veredas olvidadas, a querer caminar. Permitido el alto sueño en un pliegue de la siesta. Vuelve la ronda de mis fantasmas amados. Vuelve la memoria que creí perdida, desangrada, colgada en un cerco de alambre de púas. La vida sigue, las historias nacen. No estoy solo. A mi lado, el otro.

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Un paño rojo sobre una rama a media altura del árbol. Enganchado de forma descuidada, como cuando se cuelga, con apuro, ropa en una soga.

Ausencia en el altar del Gauchito Gil. Ni la estampita. Ni el vaso con vino.

Ausencia de San Expedito en el otro altar.

En el piso de tierra que rodea la base del árbol, a los pies de la primera ausencia: una vasija de barro con un poco de agua, y la base de un bidón plástico degollado a unos diez centímetros de altura: guarda una buena cantidad de corchos de botellas de vino.

Nada más en el ceremonial descubierto en mis caminatas.

Aislamiento en el barrio.

Razones ocultas sobre la calle Las Casas.

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Avenida La Plata 1961. Desde la vereda de enfrente miro las ruinas del cine Antártida. Una imagen de ayer, remembranza: el cine Víctor de Villa Bosch, el más cercano a mi Martín Coronado de infancia.

Un alto en la caminata por el barrio. Tarde nublada. Silencio en las calles. Pude escuchar nuevamente el rastro sonoro de mis pasos. Parecía película con secuencia en el cementerio. El hombre camina sobre un sendero de grava.

Desde la esquina detengo la vista en la fachada destruida. El frente pintado en paños blancos y celestes fue bien lavado por la lluvia. Una crónica del paso de los días. Los típicos ventanales de cine que nacen a partir del techo o alero sobre la vereda. Los vidrios rotos. Por los huecos vuela la vida de las palomas hacia sus nidos. El esqueleto de chapa del cartel que alguna vez llevó el nombre Antártida, sigue suspenso sobre el techo.

Reparo en dos grandes maceteros. Cuadrados, hechos con ladrillos, todavía pintados de blanco. Uno a cada lado del esqueleto que sostuvo su palabra, muy cerca o sobre la base de la marquesina. Dentro de cada macetero: la presencia de una palmera de buen tamaño. Presencias naturales escapadas quizá de la película que a diario se proyecta en la encrucijada de Castro y Rondeau. Las palmeras son un detalle lógico en la altura de la proyección de este presente. Películas de sobrevivientes que atraviesan el desierto de la calle, del aislamiento, de la pandemia, de la incertidumbre. En el barrio hay palmeras queriendo hacer cielo sobre la avenida.

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Escribí imágenes, historias, en los días de ayer, y fue posible porque nació el encuentro justo. Esa necesidad de jugar a la magia. Aquello ocurrió: felices los momentos del abrazo con la escritura del día.

Solo es posible la contemplación sobre las maneras de ayer. Y puede no estar lejos ese ayer. Casi de cotidiano la calesita que nace eternidades lleva vueltas completas de memorias.

Es hombre distinto el que anota las fotos del aislamiento que aquel que anotó, por ejemplo, la aparición del carancho. Es más, es un hombre distinto el que anotó las primeras miradas en el paisaje de la pandemia, tan distinto al que hoy anota las últimas.

Hombre que espera habitar el afuera por venir, y nacer otro. En esas veredas la escritura del nuevo tiempo, en el que soy el mismo y otro cada vez que sucede historia y recreo, el aire en blanco que entiendo como la vida en el mientras tanto.

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No había una hoja de árbol sobre la vereda de Inclán, entre Colombres y Boedo. Y allí estaba la vieja, la anciana encorvada que anoté hace unos días. No había pala azul sin mango. Escobillón ralo, sí. Logró destrabar una hoja en un cantero, y la guardó en el bolsillo de su abrigo marrón. Iba vestida como la vez anterior. El mismo afán en su quehacer. Caminé a su lado. Luego de unos metros, detuve los pasos y giré para mirarla. De repente me pregunté: será de verdad. Ahí estaba, cerca de la esquina con Colombres. Nueva pregunta: en qué casa de la cuadra vivirá. En ninguna adiviné la respuesta. ¿Será de verdad la que aparece en las tardes? Volví a mirar, pero ya no estaba en la vereda libre de hojas.

Cielo nublado. Pocas personas en la calle. El arte del silencio invita a agregar fotos en esta memoria.

viernes, 27 de noviembre de 2020

10

 

Llorar como cuando murió mi viejo

comprender que la felicidad se va aguando

que fui joven cuando los goles

y con canas cuando con tres dedos astilló al poderoso

potrero de pelotazo inatajable

entender que todos nos quedamos más solos

llorar desde el mediodía de ayer

cuando comenzó el eterno día de esta lágrima

memoria del aroma que lo vio nacer

imperfecto en libertad

hacer de la vida un intento apasionado

alegría que se cultivó en el aire

como música de sueños

desde abajo

es la manera de contar las historias.


sábado, 14 de noviembre de 2020

Anotación vírica VII

Francisco Lazo Toledo

 

Séptima selección de Mientras tanto:

 

No hubo lluvia en el paisaje de la noche triste. Solo hubo rendija ancha de avenida para que sople el viento frío. En la mañana alumbró el sol, una vez más, sobre la vereda contraria a la escuela. El hombre nace en el tiempo, me dijo un día mi amigo, el pensador Eise Osman, y muere en el espacio. La sociedad del olvido: un espacio tan grande como salvaje. La ciudad de las pandemias despierta cada día.

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El motor de un auto convoca a ronda cercana a tres muchachos. Mecánicos y el dueño de una nave que brilla de punta en blanco. Solo uno de los muy cercanos -que los motores tienen esa manía de atraer para mejor ver- lleva barbijo arriado al cuello. Pude ver, en la caminata de esta tarde, esta escena de cercanos en cada taller descubierto.

Cercanía del bajo autopista, calle paralela a Avenida La Plata. Dos nenes jugando en la vereda, meta patín, sin barbijo, día martes no entra en fin de semana recreativo.

En cada bajo autopista aparecen las señales del día que señalan desde la noche anterior hasta la noche por venir. Disimulados en rincones: colchones, trapos, mantas, alguna silla. La sobrevivencia de los que viven en la calle.

Cuando arranqué la caminata pasé junto al refugio vacío del hombre que, hace días, duerme sobre la vereda de la escuela, en Avenida Garay.

En las calles del aislamiento, en esta ciudad triste, se ve el límite claro: los ciudadanos condenados. En la misma ciudad aquellos que por cansancio arriesgan movimientos sin lógica, como arriesgo mis pasos vivos en la caminata que salva -un día más- el ánimo.

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Ayer fui hijo que extraña al padre en el día del padre. Ayer fui padre que extraña a la hija en el día del padre. Fue emotivo que el saludo de Julia superara los doscientos kilómetros entre ciudades. Su voz aislando este aislamiento. Hablamos. Fui feliz al escucharla, se lo dije. Recordé al abuelo Rolando. Le dije que extrañaba a mi papá. Que tanto te extraño, hija querida. El día no fue fácil para este hijo y padre que ahora anota en el Mientras tanto. Tironeado por buenos recuerdos y por extrañezas, soledades, tan de alto oleaje marino, a veces, la memoria. Lejanos los árboles, el sol, esta tierra de barrio con historia. Alumbré nombres en el aire del refugio para escucharme decir. Hubo además el llanto. Existió este 21 de junio.

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Mañana gris. Sensación de calesita. Por acá ya pasé. A poco de bajar desde el dormitorio. Pasé, bajé. Hace un rato. Ayer. Y antes de ayer. Más de noventa días, los ayeres en mi segundo aislamiento. Un algo desesperación me golpeó el pecho. Un golpe desde adentro. Sucedió cuando vi la olla vacía sobre la mesada de la cocina. Así se repite el mundo, pensé. Otra vez acá. Otra vez en el día siguiente.

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Hoy es día triste de junio, de derrota. Sucede que comprendí, una vez, otra vez, y una vez más, que perro que ladra no muerde. Comprendí que hay que ser rápido y certero en el tarascón y mordida. Así quiero ver nacer la otra historia. Muerdo porque me defiendo. Pero el perro sigue ladrando, demasía de pedir permiso, permiso, y descuida el campito grande, la tierra con dueño. Ladraderas maneras construyen derrotas, pienso hoy, en día triste.

La olla vacía y el mundo, el paisaje en su lugar. Mientras tanto sucede, repetido, el día.

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Una Buenos Aires del pasado. Lejana y vital. Una memoria. Con fuerza. Me veo, siento que sigo parado en aquella historia. Aire de presente continuo. Sigo en eterno mientras tanto. 1987. Mis pasos en la aldea natal. Esquina de Callao y Corrientes. Escuché el comienzo de una canción: Ciudad de pobres corazones de Fito Páez. No recuerdo el nombre de la disquería, ubicada sobre Corrientes, a media cuadra de la encrucijada lunar. Bafles en la puerta a buen volumen. Atendía Juan, el recuerdo de un buen tipo. Trabajé varios años, luego del servicio militar, en un local de venta de loterías provinciales, en el hall de la estación Callao. Entre compras mutuas conocí a Juan. Escuché En esta puta ciudad... y quise saber a quién pertenecía la canción. Me llevé el long play bajo el brazo. No lo dudé. Desde mi querida Buenos Aires ya tenía noticia de su condición traicionera. Buenos Aires, la amada, la odiada, toda una historia de amor. Real. Salvaje. Desde Callao y Corrientes sentí el impulso de andar, de escribir mi propia Buenos Aires, la ciudad de donde nunca me tendría que haber ido. La ciudad a la que regresé. La ciudad donde hoy vivo el aislamiento. En Buenos Aires mi fundación, mi amor y mi desamor. Mis soledades y mis miedos. El poeta me invitó aquella vez a ser en la ciudad, una identidad devenida desde la poética urbanía.

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Quien fugó dólares, lo seguirá haciendo. ¿Cómo es que mi presidente saluda el “compromiso” del fugador? Un compromiso con el país, la patria. ¿La patria de quién?, me pregunté la vez que me tocó ser soldado y defender a la patria: repito ¿la patria de quién? La de Ellos no es la mía. El latifundista solo piensa en su compromiso con el latifundio.

Tiembla el cuore, duele la historia que hace pocos días me contó el egregio José Saramago en su Levantando del suelo. El poder económico en Portugal, en la región del Alentejo, los modos salvajes de los dueños del latifundio. Pobreza, hambre, muerte. El hombre sojuzgado por el hombre. La violencia del sistema, cada día, sobre la mesa del pobre.

No se debe felicitar al latifundista -cualquiera sea su nombre- si se está a favor de la vida y la justicia.

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Ayer escuché a mi presidente extender y reforzar las medidas del aislamiento. Es necesario. El paisaje está claro. Entiendo el paso atrás. Al mismo tiempo, y por primera vez, sentí miedo. La incertidumbre, su esencia, su sima, se acomodó memoria adentro. Pensé en mis amores, mis personas queridas. Sentí miedo frente a las horas futuras de la distancia. La radio sobre la cama. Sentado. Solo. Cien días en la vida. Voy, vamos por más. La mirada sobre el piso del refugio. Pensé. No tengo miedo a la ruleta rusa cargada de virus. Pensé. Sentí. Tengo miedo a la continuidad de los encierros. Que el diálogo sea entre mi puñado de almas, como hasta ahora. Ojalá.

La incertidumbre susurra una pregunta chiquita, un algo astilla que crece en el cansancio: ¿podré?, y otra: ¿dónde está escrito el destino de los extras? Me guardo en las fotos, blanco, negro y la memoria del sol. Me sigo guardando en este Mientras tanto.

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La manita de la empleada del banco, una muchachita que se ofreció –desliz impensado- a corroborar una aplicación, tocó apenas mi aparato celular. Nada ofrecía la tecnología en mi poder. Entonces me estiré y recuperé el tumor que le había pasado a la empleada. Mientras me recitaba un mal poema de autor bancario, su manita volaba alto sobre el teclado de su computadora. La manita estaba ansiosa. Aún mejor, pensé, con mayor decisión que cuando esa manita busca entre lances de amor. Ansiosa, victoriosa la manita, al fin, llega hasta la botella con pico aplicador de alcohol en gel. Recién ahí aflojó la caripela del asco que llevaba entre los dedos finos de manita, y entre los ojos claros de toda esta muchachita. Un asco goteante, lovecraftiano, viscoso, tenebroso, un color que cayó del cielo. Un asco tan establecido en la sociedad del aislamiento. Asco y miedo, una manera de despreciarnos de manera civilizada. Oh, nuestro señor del desprecio. Una presencia así en la tierra como en el cielo de cada día. Un asco y miedo por lo físico originado en el otro, que seguro copula con el virus sin cuidarse. Quedó viejo el cartel: perimido ser solo despreciado por pobre, extranjero, zurdo, peronista, negro. Esa costumbre de escenificar el asco por el otro, el miedo por el otro. Ah, sí, fue cierta la manito. Un fotograma de detalle en la película que nos contiene como extras. Cierto el asco. Cierto el miedo. Ciertas las distancias.

jueves, 15 de octubre de 2020

De "Acrílicos y escrituras (memorias en pintura y tinta)". Pincel: Rolando Lois.

Patio de conventillo

15

Existió un 15 de octubre del año 30

y una vida de pibe en conventillo de San Telmo

tantas piezas en la ciudad puerto

y una casa chorizo en Boedo.

 

El fuego masticó el colchón de Virginia

patio de conventillo: Independencia al 700

memoria y llanto por la hermanita muerta

la pena creció como yuyo fuerte: difteria.

 

De tan pibe que fue se hizo hombre, mi padre.

 

Habla, sigue hablando

pintando pequeñas historias

antes y después de su muerte.

 

De tanto escuchar sucedidos

quise contarlos y entonces la tinta

y porque además mi abuelo, su padre

también fue hombre de ejercer la vida

anotando la palabra.

 

Desde el 30 llega este 15 de octubre

tocaba 90 y hace casi un año que sos

presencia en la ausencia, puñado de memorias.

 

Escribo sucedidos.

Buenos Aires aún espera.

sábado, 10 de octubre de 2020

Anotación vírica VI

Francisco Lazo Toledo
Sexta selección de Mientras tanto:

Ese poder de la criatura para asestar el garrotazo, la patada, la bala. Para arrodillarse sobre el cuello de un hombre indefenso, para apuntar con posta de goma al ojo de quien resiste el atropello. También la criatura que atropella a un pibe con su camioneta de propietario. Siempre el mismo pensamiento. Vuelvo a él: ese poder hacer de la criatura humana que, alquilada por los dueños de todo –oficio que, con puerta abierta, siempre necesita trabajadores-, le rompe la cabeza al vecino del barrio, que nada más se manifiesta a favor de la vida. Que en barrios vivimos todos. Menos los dueños. Los Ellos, los que mandan a patear a los osados, los revoltosos, los violentos que alteran el orden del día. Falta aún anotar en todas las historias el nombre de los responsables, los que derraman la primera sangre.

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Caminé rápido hasta el mercadito chino. Por el circuito más corto. Sábado 6 de junio, en la hora de la siesta. Habían caído algunas gotas. Ida y vuelta fugaz.

Entré al refugio con la idea de dejar la bolsa con la compra. Volví a la vereda. En la última cuadra del regreso se soltó una primera caricia de garúa. No quería perder la ceremonia de caminar por Boedo en ese momento. El toque ínfimo de cada gotita en la frente, en las mejillas; el barbijo aceptaría su parte. Pasar la mano sobre el pelo bajo la llovizna. Todo mi cuento duró una vuelta manzana: Garay, Treinta y tres orientales, Pavón, Mármol: una constelación donde lo fantástico se hace posible. Regresé bendecido al refugio. La garúa se seca -vuelve a su naturaleza primera- mientras escribo. El murmullo húmedo sigue de ronda en la memoria.

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Se puede caminar por la ciudad neoliberal. También se puede morir en una esquina: Luis Sáenz Peña y Chile. Puede ocurrir que el miércoles te desalojen de la pieza del hotelucho. Causa: falta de pago. Se puede armar ranchada en la esquina. Puede ocurrir que un hombre muera en una esquina. Causa: frío o el real fantasma sintomático del virus. Se puede morir en una esquina de Buenos Aires a principios del domingo. Se puede morir junto a tu pareja, en domingo, en Buenos Aires, de cara a las nubes y la noche. Bien lo sabe María Soledad. Bien lo saben los vecinos que asistieron y ayudaron al enfermo los días previos. El sábado llegó manta de tapar la ausencia de luna y estrellas. Nos ocuparemos, así dijo el sin nombre del Gobierno de la Ciudad. Se puede morir en una esquina de Buenos Aires, de frío, de mucha humedad, de puro bicho a fondo en los pulmones. Bien que lo entendió Leonardo Javier Macrino. Se puede morir a metros del hotel donde te desalojaron. De poder, avisaría a los que no tienen culpa. Las víctimas de la ciudad salvaje. En esta puta ciudad, cantó el poeta. Sobre el fondo de chapas que rodea la esquina se puede ver el cartel publicitario: por 219 te llevás el combo del día. Al pie del cartel los utensilios de sobrevivir de Leonardo y María Soledad.

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Caminé unas pocas cuadras esta tarde. Iba distraído por Treinta y tres orientales. Apenas tomo por Inclán, por mi izquierda, pasa un perro de la calle. Perro marca perro, mantito negro, marroncito claro en pecho y patas, petiso. Pensé en Batuque, el perro que fue de nosotros -más de mi viejo-, y que hoy duerme bajo el limonero, también en la muerte. Allá, en Martín Coronado. Miró el pichicho cuando pasaba a mi lado, murmullo de uñas largas sobre la vereda. Nos miramos con ojos oscuros. Dos perros marca perro por Boedo. Él, tan simple, como leve mi figura caminante. Se detuvo el perro en la esquina de Mármol. Había tres obreros sentados a unos bancos de cemento. De recreo. No mantenían la distancia sugerida para un feliz aislamiento. No usaban barbijo. Sí tomaban gaseosa con vaso propio. Esa necesidad de aire. El perro se detuvo frente a ellos, tal vez esperando una sobra de comida o gesto de amor.

No hubo nada para el perro, y perros hubo en esta escritura, este mientras tanto de la vereda por donde hoy se anota la vida.

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Llega la palabra de mi hija en la mañana, buen día, y además llega el saludo de buenas noches, papá. Saberla, quererla desde este aislamiento. Nombrarla, como a veces sucede, en el día, en la noche, en algún suspiro en las horas. La nombro: Julia -un guiño entre mis almas-, como al pasar, en el vientito de la vida. Nombrar en voz alta para escuchar su nombre, y buscarla en nuestra foto –enmarcada sobre la mesita de luz-, cuando ella era tan bebé. Volverá el abrazo en el boceto de un nuevo cotidiano. Volverá el día. Las palabras. Las miradas. Sus sintonías otras, cuando termine el aislamiento.

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Jueves 11 de junio. Un centenar de tumbas. Un puñado de fotos. Una intervención en la playa de Copacabana. Hombres y mujeres, vestidos con la protección de los trabajadores de la salud, caminan entre las tumbas bocetadas en la arena. Palas en mano. Palabra artística que pinta un paisaje desolador. Banderas de Brasil enganchadas en algunas cruces negras. La cantidad de muertos casi llega a cuarenta mil. Infectados quién sabe. Bolsonaro, el presidente del país, insiste en su decisión de no parar el mercado por una gripecita.

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Intrigado por la desaparición del Gauchito Gil de su altar en el árbol de Las Casas, decidí caminar hasta el lugar. La curiosidad como parte de la caminata diaria. Saber de la calle ayuda a transitar el día.

La figura sigue ausente. En su lugar hay un alambre oxidado, sujeto a la base, que sostiene una estampa mínima del gaucho. A su lado sigue el vasito con vino tinto. Hoy servido hasta la mitad.

Hubo cambios en la disposición de las ofrendas a los pies del árbol. Un pozo chico en la tierra, entre el árbol y el límite de la vereda, cercano al cordón. Las tapitas plásticas formaban una montañita sobre la vereda, a un lado del árbol. Desaparecieron los dos bidones, vacíos de agua y llenos de tapitas, y apareció uno, pero lleno de corchos de botella de vino. Sin novedad para la olla de barro cocido con agua al pie del árbol, en medio de unas piedritas blancas dispersas sobre la tierra. Del otro lado del árbol, San Expedito tampoco registraba cambios.

Un viento frío apareció en el paisaje por donde caminaba. Fue tránsito corto. Un puñado de minutos después regresé al aislamiento en el refugio.

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Un par de tragos hasta el final. Una delgada línea en la botella de gaseosa barata. Una bolsita transparente guarda algunas facturas. Una tortita negra en primer plano. Un hombre de unos cuarenta años duerme sobre la vereda de la escuela: Avenida Garay casi Avenida La Plata. En cercanías de las cuatro de la tarde. Duerme sobre una cama hecha de trapos y cartones. Los colores de una sábana, único refuerzo de abrigo para la noche.

Vuelvo a mi refugio. Luego de caminar unas cuadras.

Clima pesado. El nuberío creciente confirma el acento en la condena.

Quién parará la lluvia.

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Cruza frente a mis ojos una lady de clase media. Espléndida. Exhibe figura al tono con su velocidad. El andar prepotente de una juventud que sabe tiene el marroco asegurado. Flamea tras su paso un último modelo de changuito de mercado estampado con marca reconocible.

Mientras la damisela marca el paso en su camino para hacer la compra, sobre Avenida Pavón, un hombre de unos cuarenta años -barba entrecana, remera roja- tira de los extremos de dos cintas gruesas: el manubrio desde donde se gobierna el paso errante del carrito cartonero. Un carrito flaco como el hombre, sin caños; más bien chico si pienso en esas naves que muchas veces se ven rodando en la ciudad, y controladas increíblemente por un solo hombre. Asombra el carrito. Cartones perfectamente plegados. Un aprovechamiento total del espacio. Tiempo para grandes bolsas. La bodega guarda sus secretos de supervivencia. Las paredes del carrito, hechas de bolsas tejidas en plástico, casi llegan hasta el cemento. Apenas se ven dos de las cuatro ruedas enanas que lo hacen rodar por la avenida. Cruza Avenida La Plata el hombre y su herramienta. Se estaciona contra el cordón de la estación de servicio. El hombre toma la mochila vieja apoyada sobre dos bolsas negras. Levanta una y la esconde debajo. Recién entonces se dirige hasta el contenedor cercano.

Postales de mi Buenos Aires, ciudad en aislamiento.