lunes, 18 de enero de 2021
Famatanca de María Neder
Todo comentario que se intente sobre Famatanca de María Neder será limitado, deshilachado, fallido, efímero. Ocurre así cuando una poeta escribe naciendo buen vino, escuchando música dentro de una historia de la humanidad. Una poeta de mirada atenta a los paisajes de lo humano. Famatanca es memoria y sabiduría. Duda, pregunta y ayer. Quisiera volver siempre a tu Famatanca, para encontrarme mientras te sospecho entre imágenes. Quiero seguir aprendiendo a respirar con tu quehacer mágico, tu oficio. Hay en el libro un aroma de eternidad, si hasta dan ganas de llevarlo bajo el brazo hasta el más allá. Alguno del otro lado podría preguntar: ¿Qué fue de vos en la vida?; Fui feliz lector de Famatanca de la Neder.
martes, 12 de enero de 2021
Anotación vírica IX
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| Francisco Lazo Toledo |
Novena selección a Mientras tanto:
Ayer salí a caminar unas cuadras. Por pura
desesperación. Por necesidad de saber del sol que salva, acompaña. Pero sabía
en el trayecto por el barrio que iba, que estaba en blanco. Poco veía, menos pensaba.
La desesperación nunca ayuda.
Al regreso leí un par de notas del Desde Boedo de julio. Una referida al
Día de la Independencia de Norberto Galasso, y la otra Boedonismo contra la peste de mi amigo poeta José Muchnik.
Hoy 9 de julio soplaba un viento frío. Tuve que vencer
el impulso de no volver a salir. Dejé en el refugio la bolsa con la compra en
el mercadito chino. Supuse que el sol del mediodía me llamaba, y puede ser,
siempre estoy pendiente de su presencia. Había transitado media cuadra por Garay
cuando supe exactamente dónde me dirigía. Iba hacia Boedo 1561.
La lectura tiene bellos riesgos. Una lectura que
abreva en humana sustancia deja finas nervaduras vitales, impensados bocetos,
pistas memoriosas, señales melanco, saudades de lo mejor. Presencias que se
adhieren al abrigo del puñado de almas que nos da color, aroma, sabor. Miradas
prendidas como aquellas flechitas que nacían en algunos yuyos, al costado de la
vía del Urquiza, cuando fui pibe en Martín Coronado. Los pibes del barrio
hacíamos ronda con las manos de soñar juegos simples.
Pienso que salí, sin saberlo, lustroso de flechitas
leídas. Por la vereda del sol sobre Avenida Garay. Una de las susodichas,
adiviné, me escribió el camino, los pasos, el alumbrado mientras tanto.
Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta
José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio
de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que
devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar
cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la
escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos
Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después
querer anotarlos en tanto libro.
Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de
una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien
trabaja de palabrero.
El buen fantasma de la ferretería como memorial.
También hubo sol. Llevaba flechitas prendidas en mi puñado de almas. De regreso
al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento.
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Cuando volvía -por Pavón, vereda del sol- desde Boedo
1561 vi a una mujer mayor parada a un lado de un auto, junto al cordón. Hablaba
con otra mujer mayor que, ubicada en la puerta de un edificio, sostenía una
bolsita con su mano derecha. Esta mujer dijo, cuando me acercaba a ella:
Saludos a mi sobrina. Y comenzó, con el brazo libre, a saludar como si fuera
enorme molino de viento. Pensé, mientras pasaba entre las señoras, en un aspa
fantástica. El brazo, la mujer toda, parecía saludar desde un puerto
imaginario. Movimiento para ser visto desde un barco aún más imaginario.
Sonreí. De pie en la esquina, giré para verla saludar. Cuánto saludo, cuánto
gesto para no más de seis metros.
Después aprecié la realidad de todas las distancias:
el abrazo, el beso, la caricia. Saber de nosotros a través del cuerpo. Luego
pensé en las memorias.
La mujer saludaba desde el puerto de Pavón. Poco
después la nao soltó amarras. El viento que lleva recuerdos, que infla la gran
vela de la vida junto a la que llevan nuestros muertos, nacía en un molino de
aspa solitaria.
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Una última puerta cancel nos separa del escalón de
entrada al infierno.
Se lee en el cartel pegado sobre el vidrio trasero de
un auto de alta gama: Fase 1: fusilar políticos, Fase 2: fusilar sindicalistas,
Fase 3: Argentina despega. En otro cartel pegado sobre auto al tono, se lee, se
pide por: Libertad de prensa. Al mismo tiempo los que dicen manifestarse en
defensa de la República atacan a periodistas que consideran enemigos. Oh,
alabado sea el eterno ejercicio del odio. No es una diferencia de ideas entre
ciudadanos. El falso libertario (así autodenominados) no discute ideas porque
es dueño de su única verdad. La triste encerrona del pensamiento nulo. El falso
libertario desea el mal, la muerte, odia al otro: siempre delincuente, sucio,
despreciable: la ilegalidad en masa que intenta tomar parte de su República. Se
habla de justicia con voz única de dueño. A su lado los que suspiran por
pertenecer, los que repiten el rezo. Enfrente el otro, el odiado que propone
justicia para todos.
9 de Julio, Día de la Independencia, en los
alrededores del Obelisco. Banderas argentinas. Carteles ofensivos.
Declaraciones a puro delirio en los manifestantes. La ausencia de las fuerzas
de seguridad de la Ciudad Autónoma. El jefe de gobierno, una vez más, mira para
otro lado. Todos actúan dentro de una supuesta legalidad. Todo es mentira. Nada
se sabe del aislamiento obligatorio en medio de la avenida y la plaza. El Rey
de Amarillo, en días previos, agitó aguas desde una entrevista. Completó el
spot publicitario del neoliberalismo por la tarde. Te invito a la tormenta de
la independencia. Vení, que se puede.
Escribo porque la tristeza se hace pensamientos,
imágenes, tinta. Para dejar marca, memoria, en este Mientras tanto de aislamiento en esta aldea natal de encrucijada.
Parece que no hay lugar para un blues de todos, pero igual lo sostengo.
Viento de odio. Flamea la bandera de la patria. Alta
en el cielo.
Y una última puerta cancel nos separa del escalón de
entrada al infierno.
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Cuenta Josecito de la ferretería que allá, en la
Francia, para condimentar la saudade melanco de no estar en Boedo, escribió
poema culinario titulado Pegrimón. Escribió sobre renglones espiralados de
pastas boedónicas, así las nombra el poeta. Pegrimón es escritura nacida de la
mixtura entre el pesto y el lagrimón, allí la esencia primordial que suma
presencias de alcaucil y aceitunas negras. Morrones en rojo fuerte para
decorar. Mantel rojo. Servilleta negra. Una pintura impresionista en ofrenda a
la amistad.
Así ocurre en la Francia que recupera la vida, luego
del aislamiento, y así nace la propuesta de José: preparar las pastas en Garay
para compartir con los amigos, cuando la vida en Boedo sea, luego del
aislamiento.
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Recién hoy, 22 de julio, vuelvo a la escritura de este
Mientras tanto.
Mi amigo Horacio, el bluesman, salió bien de la
operación de corazón a cielo abierto.
El aislamiento sigue en pie en el Área Metropolitana
de Buenos Aires, es decir los barrios de la Ciudad Autónoma y municipios de la
provincia. Aumentaron los contagios por el virus y los muertos. Pasamos de un
aislamiento más estricto a uno más relajado. Los ciudadanos de la pandemia
están agotados, como agotados los bolsillos. Hay para repartir desesperaciones.
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Puedo leer, en las nubes ancladas en la red que hay en
el cielo, que Antonio Machado –¿será cierta la frase?, ¿cuál el libro?-
escribió alguna vez: La muerte es algo
que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte
es, nosotros no somos. Cuando terminé de leerla pensé en la mujer que vivía
bajo la autopista, sobre Virrey Ceballos. Vivía allí hasta que alguien decidió
prenderla fuego. Murió asesinada. Sin tener tiempo para temer. Y tanto es que
esta mujer dejó de ser: cuando primero fue ignorada en vida, cuando después fue
tragada por las llamas, las especies vivas que hasta recortaron su identidad,
en pocos días, de las memorias ciudadanas, las especies casi muertas que
registran hechos hasta que se esfuman como noticias urgentes, esas especies
emocionales que, por lo general, indignan, y pasan, y vuelven a girar en la
calesita desde donde otea el mareado.
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En pleno aislamiento una mujer decide permitirse un
recreo, un trago de vida. Decide correr el riesgo. Le envía a su hombre una
frase que encontró en la red, la nube, en el cielo mismo. Al parecer Julio
Cortázar escribió: Yo quiero proponerle a
usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela. Al final será
mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por
extrañarle.
Cada uno en su casa. La frase parece escrita para la
ocasión. Afilada la palabra de decir. La mujer y el hombre leen, piensan, se
dicen palabras dulces, prometedoras, y juegan a los sueños. La frase es
argumento perfecto para ir, golpear la puerta y lograr el abrazo. ¿Fue
Cortázar?, ¿cuándo, dentro de qué pandemia? Así se preguntan los amantes. No
salen de sus casas.
viernes, 11 de diciembre de 2020
Anotación vírica VIII
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| Francisco Lazo Toledo |
Octava selección de Mientras tanto:
3 de julio. El frío hace aún más lento el mientras tanto del aislamiento. Hace
días que no registraba el impulso de la escritura.
Vivo en el dormitorio. En la torre del refugio. Bajo a
la cocina comedor solo cuando es hora de terminar con la visita del hambre.
Ando de campera bajo el cielo del refugio, se vienen momentos de fresquete
cuando el almuerzo y la cena. La radio me acompaña. También la memoria. No sé
cuántos, pero hace días que no se ve el sol. Y muchos más días cuento sabiendo
que no salí a dar mi caminata.
Ayer, cerca del mediodía, fui a comprar comida.
Paisaje húmedo y frío. Frío bajo la autopista. Caminé unas cuadras. Fui y volví
por Mármol. En la esquina con San Juan no había colchón sobre la vereda, contra
la pared. Tampoco utensilios para la sobrevivencia en la calle. No estaba el
hombre que vi habitar esa cercanía de cielo abierto. Cuánto dice una ausencia.
Cara o cruz.
Caminé frío, lento. De ida y vuelta, triste y en
silencio.
###
Apareció el sol sobre Avenida La Plata. Me rozó varias
veces. Entonces decidí caminar, recuperar mi paso sobre el barrio. Sucedió casi
sin darme cuenta. Caminé, pasaron las calles o se volaron, evaporadas en
compañía del sol. Tuve consciencia del paisaje cuando por Inclán casi llegaba a
Boedo.
Sucedió en el último tramo de vereda. Se dio un
corrimiento espacio temporal. El paisaje de hoy me llevó hasta uno de ayer. En
el paisaje -no podía ser de otra manera- pedía contarse una historia.
Sobre la vereda de Inclán había por lo menos cuatro
botellas grandes de gaseosa, llenas con agua, y atadas a un par de canteros.
Recordé al Turco, un personaje que conocí cuando ambos
éramos un tanto más jóvenes. Fue en Boedo, en el 99. Sucedió en el barrio, en
días en que casi toda Buenos Aires había sido invadida por las susodichas
botellas atadas a canteros, marcos de puertas y portones, y rejas. El Turco
lucía un tanto alterado. Le parecía una barbaridad fomentar la imposibilidad –a
través de estas presencias demoníacas- de que el perro dispusiera en libertad
de lugares donde hacer su necesidad. Porque indicó el Turco que los conjurados
negaban el derecho canino al “libregarco”, nombrada la acción así de manera explícita.
Este superhéroe o justiciero de barrio se había comprado una pistola Robin Hood
de aire comprimido y balines copita. Salió una primera vez. Eligió noche de
lluvia para poder mandarse con un piloto grande que ocultaría la pistola. El
Turco contó los tres primeros disparos. Confesó su fracaso. Los balines
rebotaban contra el plástico. Hizo pruebas en su departamento. La pistola no
servía para destruir botellas. Fue cuando le sugerí que por qué no encaraba el
desafío con un simple cuchillo de cocina, y procedía a degüello, que de esta
práctica bien sabía la historia de esta tierra. Y que si tenía dudas revisara
el gobierno de Bartolomé Mitre. Nunca más volví a ver al Turco. Todavía no me
explico sus ganas de hablar, de contarle a un desconocido. Con el tiempo las
botellas desaparecieron del barrio y de la ciudad toda.
Vuelto al presente y sobre la disposición defensiva
vista sobre Inclán, al menos cuatro en el fondo, aparecen preguntas:
¿renacimiento de una práctica del ayer?, ¿o vestigio, ruina u homenaje a un
mundo perdido?
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Todo se transforma en aislamiento. Todo se hace foto,
cuadro de historieta. Cierta locura y desesperación en los días primeros. La
lejanía con el pensamiento y la escritura. No poder concentrarme. El paso de
los días en total silencio. Tres cuadras hasta el mercadito chino. La radio
encendida todo el tiempo. Y otra vez, y siempre, el silencio, adentro y afuera,
y ella, la soledad. Más de cien días en el refugio. La distancia que me separa
de mi hija. La vida de alguna manera registrada en estas páginas. Una memoria.
Recuperada la escritura, la lectura. Escuchar la voz de las personas amadas. La
salida a caminar por el barrio. El puñado de amigos. Las ganas de contar mi
lugar bajo la pandemia. Descubrir de manera mágica la presencia cercana del
sol. Saber del sol que me invitó a retomar veredas olvidadas, a querer caminar.
Permitido el alto sueño en un pliegue de la siesta. Vuelve la ronda de mis
fantasmas amados. Vuelve la memoria que creí perdida, desangrada, colgada en un
cerco de alambre de púas. La vida sigue, las historias nacen. No estoy solo. A
mi lado, el otro.
###
Un paño rojo sobre una rama a media altura del árbol.
Enganchado de forma descuidada, como cuando se cuelga, con apuro, ropa en una
soga.
Ausencia en el altar del Gauchito Gil. Ni la
estampita. Ni el vaso con vino.
Ausencia de San Expedito en el otro altar.
En el piso de tierra que rodea la base del árbol, a
los pies de la primera ausencia: una vasija de barro con un poco de agua, y la
base de un bidón plástico degollado a unos diez centímetros de altura: guarda
una buena cantidad de corchos de botellas de vino.
Nada más en el ceremonial descubierto en mis
caminatas.
Aislamiento en el barrio.
Razones ocultas sobre la calle Las Casas.
###
Avenida La Plata 1961. Desde la vereda de enfrente
miro las ruinas del cine Antártida. Una imagen de ayer, remembranza: el cine
Víctor de Villa Bosch, el más cercano a mi Martín Coronado de infancia.
Un alto en la caminata por el barrio. Tarde nublada.
Silencio en las calles. Pude escuchar nuevamente el rastro sonoro de mis pasos.
Parecía película con secuencia en el cementerio. El hombre camina sobre un
sendero de grava.
Desde la esquina detengo la vista en la fachada
destruida. El frente pintado en paños blancos y celestes fue bien lavado por la
lluvia. Una crónica del paso de los días. Los típicos ventanales de cine que
nacen a partir del techo o alero sobre la vereda. Los vidrios rotos. Por los
huecos vuela la vida de las palomas hacia sus nidos. El esqueleto
de chapa del cartel que alguna vez llevó el nombre Antártida, sigue suspenso
sobre el techo.
Reparo en dos grandes maceteros. Cuadrados, hechos con
ladrillos, todavía pintados de blanco. Uno a cada lado del esqueleto que
sostuvo su palabra, muy cerca o sobre la base de la marquesina. Dentro de cada
macetero: la presencia de una palmera de buen tamaño. Presencias naturales
escapadas quizá de la película que a diario se proyecta en la encrucijada de
Castro y Rondeau. Las palmeras son un detalle lógico en la altura de la proyección
de este presente. Películas de sobrevivientes que atraviesan el desierto de la
calle, del aislamiento, de la pandemia, de la incertidumbre. En el barrio hay
palmeras queriendo hacer cielo sobre la avenida.
###
Escribí imágenes, historias, en los días de ayer, y
fue posible porque nació el encuentro justo. Esa necesidad de jugar a la magia.
Aquello ocurrió: felices los momentos del abrazo con la escritura del día.
Solo es posible la contemplación sobre las maneras de
ayer. Y puede no estar lejos ese ayer. Casi de cotidiano la calesita que nace eternidades
lleva vueltas completas de memorias.
Es hombre distinto el que anota las fotos del
aislamiento que aquel que anotó, por ejemplo, la aparición del carancho. Es
más, es un hombre distinto el que anotó las primeras miradas en el paisaje de
la pandemia, tan distinto al que hoy anota las últimas.
Hombre que espera habitar el afuera por venir, y nacer
otro. En esas veredas la escritura del nuevo tiempo, en el que soy el mismo y
otro cada vez que sucede historia y recreo, el aire en blanco que entiendo como
la vida en el mientras tanto.
###
No había una hoja de árbol sobre la vereda de Inclán,
entre Colombres y Boedo. Y allí estaba la vieja, la anciana encorvada que anoté
hace unos días. No había pala azul sin mango. Escobillón ralo, sí. Logró
destrabar una hoja en un cantero, y la guardó en el bolsillo de su abrigo
marrón. Iba vestida como la vez anterior. El mismo afán en su quehacer. Caminé
a su lado. Luego de unos metros, detuve los pasos y giré para mirarla. De
repente me pregunté: será de verdad. Ahí estaba, cerca de la esquina con
Colombres. Nueva pregunta: en qué casa de la cuadra vivirá. En ninguna adiviné
la respuesta. ¿Será de verdad la que aparece en las tardes? Volví a mirar, pero
ya no estaba en la vereda libre de hojas.
Cielo nublado. Pocas personas en la calle. El arte del
silencio invita a agregar fotos en esta memoria.
viernes, 27 de noviembre de 2020
10
Llorar como cuando murió mi viejo
comprender que la felicidad se va aguando
que fui joven cuando los goles
y con canas cuando con tres dedos astilló al poderoso
potrero de pelotazo inatajable
entender que todos nos quedamos más solos
llorar desde el mediodía de ayer
cuando comenzó el eterno día de esta lágrima
memoria del aroma que lo vio nacer
imperfecto en libertad
hacer de la vida un intento apasionado
alegría que se cultivó en el aire
como música de sueños
desde abajo
es la manera de contar las historias.
sábado, 14 de noviembre de 2020
Anotación vírica VII
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| Francisco Lazo Toledo |
Séptima
selección de Mientras tanto:
No hubo lluvia en el paisaje de la noche triste. Solo
hubo rendija ancha de avenida para que sople el viento frío. En la mañana
alumbró el sol, una vez más, sobre la vereda contraria a la escuela. El hombre
nace en el tiempo, me dijo un día mi amigo, el pensador Eise Osman, y muere en
el espacio. La sociedad del olvido: un espacio tan grande como salvaje. La
ciudad de las pandemias despierta cada día.
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El motor de un auto convoca a ronda cercana a tres
muchachos. Mecánicos y el dueño de una nave que brilla de punta en blanco. Solo
uno de los muy cercanos -que los motores tienen esa manía de atraer para mejor
ver- lleva barbijo arriado al cuello. Pude ver, en la caminata de esta tarde,
esta escena de cercanos en cada taller descubierto.
Cercanía del bajo autopista, calle paralela a Avenida
La Plata. Dos nenes jugando en la vereda, meta patín, sin barbijo, día martes
no entra en fin de semana recreativo.
En cada bajo autopista aparecen las señales del día
que señalan desde la noche anterior hasta la noche por venir. Disimulados en
rincones: colchones, trapos, mantas, alguna silla. La sobrevivencia de los que
viven en la calle.
Cuando arranqué la caminata pasé junto al refugio
vacío del hombre que, hace días, duerme sobre la vereda de la escuela, en
Avenida Garay.
En las calles del aislamiento, en esta ciudad triste,
se ve el límite claro: los ciudadanos condenados. En la misma ciudad aquellos
que por cansancio arriesgan movimientos sin lógica, como arriesgo mis pasos
vivos en la caminata que salva -un día más- el ánimo.
###
Ayer fui hijo que extraña al padre en el día del
padre. Ayer fui padre que extraña a la hija en el día del padre. Fue emotivo
que el saludo de Julia superara los doscientos kilómetros entre ciudades. Su
voz aislando este aislamiento. Hablamos. Fui feliz al escucharla, se lo dije.
Recordé al abuelo Rolando. Le dije que extrañaba a mi papá. Que tanto te
extraño, hija querida. El día no fue fácil para este hijo y padre que ahora anota
en el Mientras tanto. Tironeado por
buenos recuerdos y por extrañezas, soledades, tan de alto oleaje marino, a
veces, la memoria. Lejanos los árboles, el sol, esta tierra de barrio con
historia. Alumbré nombres en el aire del refugio para escucharme decir. Hubo
además el llanto. Existió este 21 de junio.
###
Mañana gris. Sensación de calesita. Por acá ya pasé. A
poco de bajar desde el dormitorio. Pasé, bajé. Hace un rato. Ayer. Y antes de
ayer. Más de noventa días, los ayeres en mi segundo aislamiento. Un algo
desesperación me golpeó el pecho. Un golpe desde adentro. Sucedió cuando vi la
olla vacía sobre la mesada de la cocina. Así se repite el mundo, pensé. Otra
vez acá. Otra vez en el día siguiente.
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Hoy es día triste de junio, de derrota. Sucede que
comprendí, una vez, otra vez, y una vez más, que perro que ladra no muerde.
Comprendí que hay que ser rápido y certero en el tarascón y mordida. Así quiero
ver nacer la otra historia. Muerdo porque me defiendo. Pero el perro sigue
ladrando, demasía de pedir permiso, permiso, y descuida el campito grande, la
tierra con dueño. Ladraderas maneras
construyen derrotas, pienso hoy, en día triste.
La olla vacía y el mundo, el paisaje en su lugar.
Mientras tanto sucede, repetido, el día.
###
Una Buenos Aires del pasado. Lejana y vital. Una
memoria. Con fuerza. Me veo, siento que sigo parado en aquella historia. Aire
de presente continuo. Sigo en eterno mientras
tanto. 1987. Mis pasos en la aldea natal. Esquina de Callao y Corrientes.
Escuché el comienzo de una canción: Ciudad
de pobres corazones de Fito Páez. No recuerdo el nombre de la disquería,
ubicada sobre Corrientes, a media cuadra de la encrucijada lunar. Bafles en la
puerta a buen volumen. Atendía Juan, el recuerdo de un buen tipo. Trabajé
varios años, luego del servicio militar, en un local de venta de loterías
provinciales, en el hall de la estación Callao. Entre compras mutuas conocí a
Juan. Escuché En esta puta ciudad...
y quise saber a quién pertenecía la canción. Me llevé el long play bajo el
brazo. No lo dudé. Desde mi querida Buenos Aires ya tenía noticia de su
condición traicionera. Buenos Aires, la amada, la odiada, toda una historia de
amor. Real. Salvaje. Desde Callao y Corrientes sentí el impulso de andar, de
escribir mi propia Buenos Aires, la ciudad de donde nunca me tendría que haber
ido. La ciudad a la que regresé. La ciudad donde hoy vivo el aislamiento. En
Buenos Aires mi fundación, mi amor y mi desamor. Mis soledades y mis miedos. El
poeta me invitó aquella vez a ser en la ciudad, una identidad devenida desde la
poética urbanía.
###
Quien fugó dólares, lo seguirá haciendo. ¿Cómo es que
mi presidente saluda el “compromiso” del fugador? Un compromiso con el país, la
patria. ¿La patria de quién?, me pregunté la vez que me tocó ser soldado y
defender a la patria: repito ¿la patria de quién? La de Ellos no es la mía. El latifundista
solo piensa en su compromiso con el latifundio.
Tiembla el cuore, duele la historia que hace pocos
días me contó el egregio José Saramago en su Levantando del suelo. El poder económico en Portugal, en la región
del Alentejo, los modos salvajes de los dueños del latifundio. Pobreza, hambre,
muerte. El hombre sojuzgado por el hombre. La violencia del sistema, cada día,
sobre la mesa del pobre.
No se debe felicitar al latifundista -cualquiera sea
su nombre- si se está a favor de la vida y la justicia.
###
Ayer escuché a mi presidente extender y reforzar las
medidas del aislamiento. Es necesario. El paisaje está claro. Entiendo el paso
atrás. Al mismo tiempo, y por primera vez, sentí miedo. La incertidumbre, su
esencia, su sima, se acomodó memoria adentro. Pensé en mis amores, mis personas
queridas. Sentí miedo frente a las horas futuras de la distancia. La radio
sobre la cama. Sentado. Solo. Cien días en la vida. Voy, vamos por más. La
mirada sobre el piso del refugio. Pensé. No tengo miedo a la ruleta rusa
cargada de virus. Pensé. Sentí. Tengo miedo a la continuidad de los encierros.
Que el diálogo sea entre mi puñado de almas, como hasta ahora. Ojalá.
La incertidumbre susurra una pregunta chiquita, un
algo astilla que crece en el cansancio: ¿podré?, y otra: ¿dónde está escrito el
destino de los extras? Me guardo en las fotos, blanco, negro y la memoria del
sol. Me sigo guardando en este Mientras
tanto.
###
La manita de la empleada del banco, una muchachita que
se ofreció –desliz impensado- a corroborar una aplicación, tocó apenas mi
aparato celular. Nada ofrecía la tecnología en mi poder. Entonces me estiré y
recuperé el tumor que le había pasado a la empleada. Mientras me recitaba un
mal poema de autor bancario, su manita volaba alto sobre el teclado de su
computadora. La manita estaba ansiosa. Aún mejor, pensé, con mayor decisión que
cuando esa manita busca entre lances de amor. Ansiosa, victoriosa la manita, al
fin, llega hasta la botella con pico aplicador de alcohol en gel. Recién ahí
aflojó la caripela del asco que llevaba entre los dedos finos de manita, y
entre los ojos claros de toda esta muchachita. Un asco goteante, lovecraftiano,
viscoso, tenebroso, un color que cayó del cielo. Un asco tan establecido en la
sociedad del aislamiento. Asco y miedo, una manera de despreciarnos de manera
civilizada. Oh, nuestro señor del desprecio. Una presencia así en la tierra
como en el cielo de cada día. Un asco y miedo por lo físico originado en el
otro, que seguro copula con el virus sin cuidarse. Quedó viejo el cartel:
perimido ser solo despreciado por pobre, extranjero, zurdo, peronista, negro.
Esa costumbre de escenificar el asco por el otro, el miedo por el otro. Ah, sí,
fue cierta la manito. Un fotograma de detalle en la película que nos contiene
como extras. Cierto el asco. Cierto el miedo. Ciertas las distancias.
jueves, 15 de octubre de 2020
De "Acrílicos y escrituras (memorias en pintura y tinta)". Pincel: Rolando Lois.
| Patio de conventillo |
15
Existió un
15 de octubre del año 30
y una vida
de pibe en conventillo de San Telmo
tantas
piezas en la ciudad puerto
y una casa
chorizo en Boedo.
El fuego
masticó el colchón de Virginia
patio de
conventillo: Independencia al 700
memoria y
llanto por la hermanita muerta
la pena
creció como yuyo fuerte: difteria.
De tan pibe
que fue se hizo hombre, mi padre.
Habla,
sigue hablando
pintando
pequeñas historias
antes y
después de su muerte.
De tanto
escuchar sucedidos
quise
contarlos y entonces la tinta
y porque
además mi abuelo, su padre
también fue
hombre de ejercer la vida
anotando la
palabra.
Desde el 30
llega este 15 de octubre
tocaba 90 y
hace casi un año que sos
presencia
en la ausencia, puñado de memorias.
Escribo
sucedidos.
Buenos
Aires aún espera.
sábado, 10 de octubre de 2020
Anotación vírica VI
Sexta
selección de Mientras tanto:
Francisco Lazo Toledo
Ese poder de la criatura para asestar el garrotazo, la patada, la bala. Para arrodillarse sobre el cuello de un hombre indefenso, para apuntar con posta de goma al ojo de quien resiste el atropello. También la criatura que atropella a un pibe con su camioneta de propietario. Siempre el mismo pensamiento. Vuelvo a él: ese poder hacer de la criatura humana que, alquilada por los dueños de todo –oficio que, con puerta abierta, siempre necesita trabajadores-, le rompe la cabeza al vecino del barrio, que nada más se manifiesta a favor de la vida. Que en barrios vivimos todos. Menos los dueños. Los Ellos, los que mandan a patear a los osados, los revoltosos, los violentos que alteran el orden del día. Falta aún anotar en todas las historias el nombre de los responsables, los que derraman la primera sangre.
###
Caminé rápido hasta el mercadito chino. Por el
circuito más corto. Sábado 6 de junio, en la hora de la siesta. Habían caído
algunas gotas. Ida y vuelta fugaz.
Entré al refugio con la idea de dejar la bolsa con la
compra. Volví a la vereda. En la última cuadra del regreso se soltó una primera
caricia de garúa. No quería perder la ceremonia de caminar por Boedo en ese
momento. El toque ínfimo de cada gotita en la frente, en las mejillas; el
barbijo aceptaría su parte. Pasar la mano sobre el pelo bajo la llovizna. Todo
mi cuento duró una vuelta manzana: Garay, Treinta y tres orientales, Pavón,
Mármol: una constelación donde lo fantástico se hace posible. Regresé bendecido
al refugio. La garúa se seca -vuelve a su naturaleza primera- mientras escribo.
El murmullo húmedo sigue de ronda en la memoria.
###
Se puede caminar por la ciudad neoliberal. También se
puede morir en una esquina: Luis Sáenz Peña y Chile. Puede ocurrir que el
miércoles te desalojen de la pieza del hotelucho. Causa: falta de pago. Se
puede armar ranchada en la esquina. Puede ocurrir que un hombre muera en una
esquina. Causa: frío o el real fantasma sintomático del virus. Se puede morir
en una esquina de Buenos Aires a principios del domingo. Se puede morir junto a
tu pareja, en domingo, en Buenos Aires, de cara a las nubes y la noche. Bien lo
sabe María Soledad. Bien lo saben los vecinos que asistieron y ayudaron al
enfermo los días previos. El sábado llegó manta de tapar la ausencia de luna y
estrellas. Nos ocuparemos, así dijo el sin nombre del Gobierno de la Ciudad. Se
puede morir en una esquina de Buenos Aires, de frío, de mucha humedad, de puro
bicho a fondo en los pulmones. Bien que lo entendió Leonardo Javier Macrino. Se
puede morir a metros del hotel donde te desalojaron. De poder, avisaría a los
que no tienen culpa. Las víctimas de la ciudad salvaje. En esta puta ciudad, cantó el poeta. Sobre el fondo de chapas que
rodea la esquina se puede ver el cartel publicitario: por 219 te llevás el
combo del día. Al pie del cartel los utensilios de sobrevivir de Leonardo y
María Soledad.
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Caminé unas pocas cuadras esta tarde. Iba distraído
por Treinta y tres orientales. Apenas tomo por Inclán, por mi izquierda, pasa
un perro de la calle. Perro marca perro, mantito negro, marroncito claro en
pecho y patas, petiso. Pensé en Batuque, el perro que fue de nosotros -más de
mi viejo-, y que hoy duerme bajo el limonero, también en la muerte. Allá, en
Martín Coronado. Miró el pichicho cuando pasaba a mi lado, murmullo de uñas
largas sobre la vereda. Nos miramos con ojos oscuros. Dos perros marca perro
por Boedo. Él, tan simple, como leve mi figura caminante. Se detuvo el perro en
la esquina de Mármol. Había tres obreros sentados a unos bancos de cemento. De
recreo. No mantenían la distancia sugerida para un feliz aislamiento. No usaban
barbijo. Sí tomaban gaseosa con vaso propio. Esa necesidad de aire. El perro se
detuvo frente a ellos, tal vez esperando una sobra de comida o gesto de amor.
No hubo nada para el perro, y perros hubo en esta
escritura, este mientras tanto de la
vereda por donde hoy se anota la vida.
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Llega la palabra de mi hija en la mañana, buen día, y
además llega el saludo de buenas noches, papá. Saberla, quererla desde este
aislamiento. Nombrarla, como a veces sucede, en el día, en la noche, en algún
suspiro en las horas. La nombro: Julia -un guiño entre mis almas-, como al
pasar, en el vientito de la vida. Nombrar en voz alta para escuchar su nombre,
y buscarla en nuestra foto –enmarcada sobre la mesita de luz-, cuando ella era
tan bebé. Volverá el abrazo en el boceto de un nuevo cotidiano. Volverá el día.
Las palabras. Las miradas. Sus sintonías otras, cuando termine el aislamiento.
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Jueves 11 de junio. Un centenar de tumbas. Un puñado
de fotos. Una intervención en la playa de Copacabana. Hombres y mujeres,
vestidos con la protección de los trabajadores de la salud, caminan entre las
tumbas bocetadas en la arena. Palas en mano. Palabra artística que pinta un
paisaje desolador. Banderas de Brasil enganchadas en algunas cruces negras. La
cantidad de muertos casi llega a cuarenta mil. Infectados quién sabe.
Bolsonaro, el presidente del país, insiste en su decisión de no parar el
mercado por una gripecita.
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Intrigado por la desaparición del Gauchito Gil de su
altar en el árbol de Las Casas, decidí caminar hasta el lugar. La curiosidad
como parte de la caminata diaria. Saber de la calle ayuda a transitar el día.
La figura sigue ausente. En su lugar hay un alambre
oxidado, sujeto a la base, que sostiene una estampa mínima del gaucho. A su
lado sigue el vasito con vino tinto. Hoy servido hasta la mitad.
Hubo cambios en la disposición de las ofrendas a los
pies del árbol. Un pozo chico en la tierra, entre el árbol y el límite de la
vereda, cercano al cordón. Las tapitas plásticas formaban una montañita sobre
la vereda, a un lado del árbol. Desaparecieron los dos bidones, vacíos de agua
y llenos de tapitas, y apareció uno, pero lleno de corchos de botella de vino.
Sin novedad para la olla de barro cocido con agua al pie del árbol, en medio de
unas piedritas blancas dispersas sobre la tierra. Del otro lado del árbol, San
Expedito tampoco registraba cambios.
Un viento frío apareció en el paisaje por donde
caminaba. Fue tránsito corto. Un puñado de minutos después regresé al
aislamiento en el refugio.
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Un par de tragos hasta el final. Una delgada línea en
la botella de gaseosa barata. Una bolsita transparente guarda algunas facturas.
Una tortita negra en primer plano. Un hombre de unos cuarenta años duerme sobre
la vereda de la escuela: Avenida Garay casi Avenida La Plata. En cercanías de
las cuatro de la tarde. Duerme sobre una cama hecha de trapos y cartones. Los
colores de una sábana, único refuerzo de abrigo para la noche.
Vuelvo a mi refugio. Luego de caminar unas cuadras.
Clima pesado. El nuberío
creciente confirma el acento en la condena.
Quién parará la lluvia.
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Cruza frente a mis ojos una lady de clase media. Espléndida. Exhibe figura al tono con su
velocidad. El andar prepotente de una juventud que sabe tiene el marroco
asegurado. Flamea tras su paso un último modelo de changuito de mercado
estampado con marca reconocible.
Mientras la damisela marca el paso en su camino para
hacer la compra, sobre Avenida Pavón, un hombre de unos cuarenta años -barba
entrecana, remera roja- tira de los extremos de dos cintas gruesas: el manubrio
desde donde se gobierna el paso errante del carrito cartonero. Un carrito flaco
como el hombre, sin caños; más bien chico si pienso en esas naves que muchas
veces se ven rodando en la ciudad, y controladas increíblemente por un solo
hombre. Asombra el carrito. Cartones perfectamente plegados. Un aprovechamiento
total del espacio. Tiempo para grandes bolsas. La bodega guarda sus secretos de
supervivencia. Las paredes del carrito, hechas de bolsas tejidas en plástico,
casi llegan hasta el cemento. Apenas se ven dos de las cuatro ruedas enanas que
lo hacen rodar por la avenida. Cruza Avenida La Plata el hombre y su
herramienta. Se estaciona contra el cordón de la estación de servicio. El
hombre toma la mochila vieja apoyada sobre dos bolsas negras. Levanta una y la
esconde debajo. Recién entonces se dirige hasta el contenedor cercano.
Postales de mi Buenos Aires, ciudad en aislamiento.





