Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Esquina Margot

 

Margot de Rolando Lois

Boedo y San Ignacio. Encrucijada. Avenida rápida y pasaje adoquinado. Pasaje que, con cierta pereza de estío, resguarda el puñado de almas. En ellas la necesaria esencia de proa para alcanzar el destino en el río de lo humano.

Espíritu. Tierra, aire, agua, fuego. Fantasía. Emotivos frutos en el árbol de la clara consciencia que, despierta y ensoñante, da nombre a las cosas que hacen a esta vida.

Boedo y San Ignacio. Esquina madre. Ahí mismo, encrucijado, uno de los centros sobre el que gira mi galaxia: la ciudad de Buenos Aires. Ahí mismo, entonces, encrucijado de recuerdos, el café Margot en el barrio de Boedo. En su identidad de abrazo aguarda una multitud de historias que ya no son, y que, sin embargo, siguen siendo. Margot como encrucijada plena de palabras. Nacida es esta palabrera urbanía en un cruce de poética imperfecta. Feliz, desesperadamente humana su sustancia. Nacido viento el tango. Nacido viento el blues. Encrucijada que tienta al tiempo. Una historia cada vez, los sucedidos dentro de la órbita en la que gira el habitué en tanta ceremonia de encuentro. La esquina se hace, por momentos, rincón de plaza de barrio. Entonces gira la calesita de la memoria. Regreso. Rescate. De vuelta. La sortija se balancea en el viento. En cada giro el impulso de escribir la encrucijada, la esquina, Margot de Buenos Aires. Siempre el giro. Sucedió, sucede. Un canto rodado plano que bien va de rebote en rebote sobre la superficie del río de los días. Cuando al fin se hunda, en renglones circulares, de cara al cielo, podrán leerse las historias. Sucede esta tinta, dice de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Sucede en Boedo y San Ignacio, Margot, uno de los centros de giro de mi galaxia.

Barrio de Boedo. En Margot los óleos pintados por mi padre. Colgados de la pared sobre la ría de mesas. Los cuadros ya no están. La exposición tuvo su tiempo, su tarde de inauguración, los amigos, y los testigos casuales sorprendidos por el acto de alumbramiento. ¿Cuáles las palabras de presentación, quién el presentador? Cada pregunta abre senderos. ¿Importa, acaso, la ubicación temporal? No en esta memoria que solo pretende bocetar sucedidos felices de ayer. Sucedió una tardecita de otoño. Momentos aquellos que ya no son, y que, sin embargo, siguen siendo. Alma adentro de Margot respira la memoria, lo invisible permanente abraza nuestro espíritu.

En la trastienda de Margot fue absoluta realidad, en el maravilloso mientras tanto de un día pasado, la alegría en la mirada de mi hija siendo apenas bebé. Sus ojos sobre las pocas mesas del ambiente. Anoto sus ojos. Anoto el lugar mágico donde trabajé por años en la escritura. Un lugar de quehacer casi cotidiano. Una magia la escritura a mano. Murmullo de punta fina sobre papel, sobre hoja de cuaderno apoyado en mesa de madera ajada por el tiempo. Escribir con tinta roja en el Margot. Otra magia de encrucijada fue, es, a través de una ventana, encontrar memorias mirando los adoquines de San Ignacio. Cada vez que veo una calle adoquinada busco el pastito que crece entre las uniones de la multitud. La búsqueda del pastito mínimo que late por entre los intersticios de la vida. El amigo poeta Rubén Derlis escribió un poema que guarda esta imagen. Generoso aquel que obsequia bondades para mejor andar cada día.

Y entonces mi hija regaló su mirada. Y mi padre regaló la suya.

Puede soñar el poeta que habita memorias en Margot. De hacerlo puede, él mismo, anotarse poema al tiempo que se descubre puente. Agradecer además al destino que bien sabe de tender puentes. Escribir orillas, acercarlas durante el paso propio, en la huella su andar en el eterno aire de mientras tanto. Ser en el puente, en el poema en que el padre escribe una tinta que acerca al abuelo y la nieta. Que el abuelo hace un tiempo que es un buen fantasma, y la nieta ya es piba que escribe y dibuja en los primeros años de la escuela primaria. Fantasmagoría como poema sobre aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Ocurrió en Margot. Y ocurre, vuelve, regresa, se rescatan los sucedidos, en este ensayo de casi poema que intenta bocetos interiores en el café, en la encrucijada de Boedo y San Ignacio.

Fundar un puente, un poema que convoque a los buenos andantes de las aventuras de ayer. Andantes que oficien de guías memoriosos en esta esquina de ciudad. Que convoque además a los buenos fantasmas. Bienvenidos así todos aquellos que transitaron los pasillos entre las mesas de Margot. Convocadas las señales, los rastros que lleva el viento parido desde la luz de una luciérnaga maga. Alumbrar los momentos idos desde el más allá de la memoria en la cuna primera: el barrio de Boedo.

Y en la vereda de esta línea se hace presente la sonrisa de Bombón. Muchacho simple de lavoro silente. Usa pocas palabras. Repite: Bombón, quizá porque es como le dicen en su casa, o tal vez la repite porque aprendió que significa saludo cariñoso. En la vereda de sábado, mesas y sillas al sol. Reunión de escritores en Margot. Bombón adelanta su mano de pedir monedas. Las recibe. Pero ahora mismo mueve el brazo. Indica final. Terminado. No acepta más. No hay manera de que acepte una sola más. Ocurre hoy en la vereda, y sabido es que su “basta” también ocurre en el Margot profundo. Bombón saluda con su mano. Sonríe. Camina hasta su carrito de plástico verde donde junta diarios viejos y latas vacías de gaseosa. El carrito estacionado sobre Boedo. Camina la avenida. Se aleja. Bombón trabaja todo el día. Bombón en aquella mañana de sábado, presencia que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Veo los primeros números del periódico Desde Boedo sobre “La mesa de soñar” en Margot. Rubén Derlis me presenta en este preciso momento de la escritura al hacedor del periódico: Mario Bellocchio. Regreso. Rescate. De vuelta a contemplar aquel inicio de amistad. Corrían tiempos de encrucijada cuando el encuentro. Corren tiempos de encrucijada cuando este ensayo de poema circule entre lectores. Rubén y Mario invitaban a la escritura. Ser colaborador de Desde Boedo. Aquella oportunidad y distinción de ayer, sigue siendo.

Estamos sentados a una mesa. Nadie puede siquiera sospechar lo que está a punto de ocurrir en Margot. El Tata Cedrón brilla de alegría. Me dice: Escuchá, escuchá. Es un pibe con juguete nuevo. Pura emoción. Una hoja en su mano. Lee, tararea, sueña su canto. Una letra: Palabras sin importancia de Homero Manzi. Letra que nunca tuvo música. En manos del Tata la dejó Acho, hijo de Homero. Ofrenda para la música del Tata. Ofrenda ocurrida durante una caminata por Colombres, México, Boedo. Transcurre la media mañana sobre la mesa. Soy testigo. Tiempos de compartir el barrio con el Tata. Amigos de café, comida en casa, tinto y sobremesa. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

El poeta lunfa, el Profe Ricardo De Biase, acaba de sentarse a “La mesa de soñar”. Transcurre la charla y las miradas por el ventanal que da a Boedo. Una mujer -que hoy nubla su nombre- es la tercera presencia en la mesa. El Profe acaba de quejarse de su alimentación precaria. Vive solo. Un bohemio. Viene desde otra Buenos Aires. Ella pregunta si come pollo. Para decir más claro, el Profe retira la pipa de su boca, y pronuncia doctoral: No, pollo comen los suicidas. Luego hace silencio, como si estuviera procesando la próxima línea de un poema, y concluye: Los pollos, cuando tienen hambre,  se comen entre ellos, no hacen nada, no caminan, no cogen, un asco. Sigo escribiendo sobre aquella escena que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Pasan los años, y la escritura continúa. Además de las bondades de un poema de fantasmagoría, me digo, es también cierto que en el velorio del Profe supe que no era él a quien veía en el ataúd. Se cerró la tapa a unos metros de San Juan y Boedo. Pero en eterno mientras tanto el Profe sigue de pipa y sabihonda filosofía en Margot.

Distintos Margot transitan el río del poema que habla de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. La vida pasa veloz como avenida. Sobre la susodicha velocidad se descubren hombres jugando el rol de los susodichos pollos. En esta encrucijada, siempre presente la oportunidad, el llamado de los adoquines del pasaje. El pasaje como pausa y toma de consciencia. Como elogio de la lentitud. Un regreso a la memoria. Volver. Regreso a Margot. Rescate mutuo desde tantos aislamientos.



jueves, 12 de agosto de 2021

Departamentos de Buenos Aires

Hugo Ditaranto, poeta

Un departamento que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Esta memoria que inicia asegura, ante todo, un orden emocional. Ciertos fueron los sucesivos departamentos -uno propio, los demás alquilados- que protegieron parte de los días, entre 1993 y 2013, de la humana aventura del poeta Hugo Ditaranto.

Vuelve el refugio de fundación. Ubicado en Florencio Balcarce y Rivadavia. 5to. piso. Urgencias económicas evaporaron la propiedad. Luego fue un itinerario de alquileres. El departamento de Terrero que ya no es, y que, sin embargo… El departamento de Doblas y Rosario… El departamento de Rojas, frente a Primera Junta… El departamento de Formosa, casi Avenida La Plata, que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Fui testigo.

Conocí al poeta durante mi trabajo de librero. En Caballito. Galería París, al fondo. Año 93. Nos conectó una magia. Escuché su apellido. Su padre había sido amigo de mi padre. Ambos artistas plásticos. Nació nuestra amistad en un cruce de caminos. Ditaranto del año 30. Me llevaba 32 pirulos. Hablar de libros fue el puente para el encuentro. Fue la oportunidad de conocer a un escritor de carne y hueso. Y un escritor a quien enseñar mis intentos de escritura. Me impresionó su manera de andar por el mundo. Poeta, bohemio, divertido y triste, de puteada en mano el maestro, irreverente y sensible, apasionada su alma, desesperadamente humano y, como todos, falible por naturaleza.

Muchas veces lo visité en el departamento de Balcarce. El ventanal de la biblioteca daba al Parque Rivadavia. Allí había vivido el escritor Conrado Nalé Roxlo. Ditaranto era un incansable contador de historias. Sucedió una noche de viernes, en la biblioteca. Escuché hablar del loco: En realidad uno es dos. Mientras uno hace las cosas normales, cotidianas, a las que nos somete la vida, el loco vuela en otra órbita, no para. El loco piensa, se mete en el pasado, filosofa en todo momento. Es él quien la mayoría de las veces descubre las mierdas que acechan en esta tierra. Después de un tiempo, el loco se calma, la tormenta se calma, las aguas buscan el equilibrio, y entonces no queda más que sentarse a escribir. Él pensaba en un enanito. Un enanito, igualito a él, era quien le dictaba, le tiraba ideas, desde uno de los estantes de la biblioteca. Además tenía una historia especial con el lugar: A veces me digo, ¿no será Conrado?, porque sabés... pobrecito, murió en el baño... a veces entro y lo veo ahí tirado, durmiendo... y entro despacito para no pisarlo. Inmensa tristeza habrá significado haber tenido que abandonar aquel refugio, que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo en esta fantasmagoría de poeta escritor, el mago de aquel departamento.

Una fuga pasional de escritura marcó su inicio. Los pibes de la cuadra jugaban a la pelota bajo la lluvia. La felicidad estaba en la calle. Y la calle en el barrio de Liniers. El canto de sirenas invitaba a jugar. Pero mamá dijo: “Usted se queda adentro”. Medida injusta, así tomó la escena el pibe que mañana sería poeta. Recostado sobre el piso de pinotea, al pie de un dibujo, anotó esta línea que regresa: Día gris hoy te aborrezco…

Me gusta volver a caminar por mis departamentos alquilados. Avanzo memoria en mano, como si renovara la mirada sobre las historias. De esta misma manera vuelvo a transitar ambientes de los departamentos alquilados por el amigo poeta. De todos estos lugares salen al encuentro, en cada visita y rescate, pequeñas imágenes, fotos, palabras y presencias. Tantos días compartidos, tanta charla.

Pero en el momento del regreso a aquellas secuencias de departamento de poeta, destaca una en especial. Un sucedido en el refugio de calle Formosa, cerca del café México. Otoño. Una tarde de 2005. Entré al departamento del 4to. piso. En un sillón esperaba Dolores. Una viajera del tiempo.

Digo hoy que caminaba el comedor aquel, los alrededores de la mesa, el buen fantasma del poeta Roberto Santoro, desaparecido por la última dictadura cívico-militar desde 1977. Los asesinos lo secuestraron de la escuela técnica de Jujuy e Independencia. Era preceptor. Poeta y editor. Hombre militante. Publicaba poetas en carpetas simples de librería, broche y un puñado de hojas sueltas en su interior. Sus sellos: Ediciones Gente de Buenos Aires y Editorial Papeles de Buenos Aires.

En la declaración jurada de su carpeta No negociable, el poeta escribió: Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada. El poeta incluyó El gran bonete: a mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?

Dolores fue, es, seguirá siendo, la compañera del poeta que no paró de preguntar.

Estamos de regreso. De “rescate”. Recuerda el amigo poeta Rubén Derlis que mucho le gustaba a Santoro esta palabra.

Dolores está sentada. Había llegado a puerto hacía unos minutos. Ditaranto nos presenta. En el aire flota el recuerdo de un puñado de poemas. El buen fantasma de Santoro hace ronda en el departamento. Andar de desaparecido, rompiendo su humano oleaje contra el muelle de la historia en esta tierra. Memoria, Verdad y Justicia. Nunca Más.

Dolores extrae de una bolsita plástica una carpeta naranja. Enseña la tapa a Ditaranto: Una razón suficiente, número 38, la última, la que Santoro no llegó a armar y distribuir. Dolores habla de la casa de la madre de Santoro, donde vivieron al principio. Luego se mudaron a la vuelta. La biblioteca y muchos papeles del poeta quedaron en la casa materna. La carpeta 38 que estoy viendo, a la que vuelvo, proviene del techo de un placard. Hasta ese cielo llegaron las manos de Dolores después de tantos años. Las mismas manos que guardaron algunos ejemplares en la bolsita plástica que permanece, de pie, al lado del sillón donde Dolores se hace lágrima. En el departamento Ditaranto sale disparado hacia la memoria.

En el departamento de calle Formosa
El poeta vuelve, regresa, rescata desde una eternidad de casi 30 años, el último encuentro, en el café Ramos de Montevideo y Corrientes, con el poeta que recibía los poemas. Decime turro, cuándo me vas a editar los poemas. Dijo Santoro: Dejámelos.

Contiene la carpeta una declaración jurada: La poesía / duerme en el corazón de todos los hombres / no la despierten / un inesperado día amanecerá cantando..., y diez poemas. Uno es Destino: Con tu viejo esqueleto ya madera / llegó un titiritero hasta mi aldea. / Nos dijeron las mentiras que los sueños traen. / Nos inventó unos pájaros de fuego. / Contó una historia alegre que era triste. Habló de la manzana y del plumero. / El destino del hombre llegó como la lluvia. / Mondraguín, el muñeco más solo / se me pegó al recuerdo, y fue casi mi alma. / Un aire azul definió los misterios. Y poblé mi soledad de fantasía. / Y entonces Mondraguín me dijo sus secretos: / - Con su viejo esqueleto ya madera / llegó un titiritero hasta mi aldea, / y yo me fui con él.

El poeta Ditaranto dice una vez más en el departamento de calle Formosa: No lo vi más... Escucha Dolores, escuchan los poetas. Ambos regresan desde la tinta. Ditaranto pierde la voz. Es un momento. Inaugura la ceremonia del silencio. En renovado mientras tanto se eterna una reparación histórica. Soy testigo en el departamento de calle Formosa que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Pasan los años y sigo de regreso a los departamentos alquilados por el amigo poeta. Sigo declarando como agradecido testigo en aquella tarde. Desde esta nueva fantasmagoría vuelve el Tano Ditaranto y algunos de sus libros: Agropenario (Premio Fondo Nacional de las Artes), 1964; A pesar de todo (Premio Hoy en la Cultura), 1965; Cal y sombra, 1966; Álbum de familia, 1970; La mandrágora alucinada, 2000.

Hugo Ditaranto se fue, con un puñado de poemas en la carpeta de la vida, junto a Mondraguín, en 2013.

La felicidad habita en el ejercicio del poema que dice la fantasmagoría. Desde íntima urbanía el regreso de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

jueves, 8 de julio de 2021

Independencia, entre Castro Barros y Colombres

 

Rolando Lois (acrílicos)

Aquello que ya no es, y que sigue siendo. Regreso. Rescate. Historias que algunos hombres guardan en la memoria. Se extiende el recuerdo de lectura en lectura, de boca en boca. Entre miradas. A salvo quedan pequeñas señales. Otra vez, fragmentos de aquello que ya no es, y que sigue siendo. La fantasmagoría como arte para que ciertos sucedidos retornen sabores. Toda una galaxia: Buenos Aires calesita gira atenta al regreso.

Transitaba la ciudad del dolor. El país, el mundo. Andar de otro día en pandemia. Mis pasos iban dirigidos hacia la esquina de Quito y Yapeyú. El impulso en la mañana. Necesitaba ir a pararme en la puerta de la casa donde el pibe que fui había visto el esqueleto del barrilete de los Marchi. Así apareció la primera fantasmagoría de la jornada.

En la caminata del regreso me detuvo el semáforo en Independencia y Quintino Bocayuva. Algo hizo contacto en la memoria. Se bocetó un mapa del tesoro. Caminé por la Avenida hasta la cuadra marcada por el recuerdo, entre Castro Barros y Colombres. Crucé a la vereda de numeración par, y me detuve sobre el cordón, cercano a la mitad de cuadra.

Desde la vista en la media mañana, de a poco, emprendí mi camino hacia el rastro aparecido. La construcción de mi fantasmagoría, la segunda del día, me llevó a la figura de mi padre: Rolando Augusto (1930-2019). Primero apareció su ausencia reciente, luego fue tomando forma su presencia y memoria.

Pude volver a una mañana en Boedo, barrio donde mi padre –así afirmaba- se había hecho hombre. En Boedo fue pibito, muchacho de bar, y hombre joven. Aquella mañana a la que regreso se inició con nuestro encuentro en el Margot. Él viajaba desde Martín Coronado, siempre una aventura y disfrute volver a un café en el corazón de su barrio. En ese tiempo yo alquilaba un departamento sobre Muñiz, entre San Juan y Carlos Calvo. Después de hablar en torno a la mesa margotiana, comenzó una caminata tranquila. Mi padre tenía la costumbre de nombrar (de ver) los lugares que ya no estaban, como si aún permanecieran a la mano; nombraba como si todo estuviera ocurriendo en su ayer. Una vuelta de calesita y cuore al invisible permanente que escribió el poeta Rubén Derlis.

Rolando por Alejandro Lois


Como tantas veces, andábamos juntos por el barrio, juntos hablando del barrio, el suyo y el mío. La casualidad, en una de las volteretas de mi vida, me había llevado hasta Boedo. Viviendo y escribiendo en Boedo fui consciente de la presencia del barrio en mi memoria, y en mi oficio. Rolando siempre fue de contar pequeñas historias. Me interesaron desde mis días de pibe hasta cuando hombre. Sin ser muy consciente de lo que hacía, empecé a escribir algunos de esos sucedidos. Apenas llegado a Boedo, un algo misterio se dejó ver; sobre los papeles ya se escribía un pasado.

En el otoño de 2001, parado junto a mi padre sobre Independencia, entre Castro Barros y Colombres, sobre el cordón de la vereda par, ambos sabíamos que éramos, por “histórica” pertenencia, ciudadanos de Boedo. Teníamos el sol de frente.

Rescato aquel sol en la mañana. Lo regreso. Estoy en él 20 años después, sabiendo, sintiendo la realidad de la fantasmagoría que, fiel a la mágica urbanía, entra, aparece, como si cada memoria fuera bar de esquina, y dentro la mesa de café del ensoñante, el centro sobre el que giran días y hacedores. Así fue como regresé al otoño de 2001 para escuchar a mi padre. Y también para comprender que él, aquella vez, se vio sumergido -con impulso decidido, porque yo preguntaba, quería saber e intentaba ser parte de sus visiones- en el oleaje que lo llevaba hasta la casa de Independencia 3765. Fui médium. Invité a mi padre. Volvé. Andá. Entonces hoy sé que mi padre vivió una fantasmagoría que decía todo un universo, aparecido a principios de los ‘40 y terminada su expansión hacia fines de los 50.

La casa ya no era física. Pero mi padre regresó mientras hacía pie en el lugar. De a poco se fue descorchando la memoria, comenzó a fluir. Y en ese momento, el escritor que yo quería ser, tuvo temor de que tantos momentos y personas se perdieran, que volvieran a dormirse una vez terminada la excursión y aventura en el tiempo. Brotaban las señales como chorro de agua de bomba. Mi padre dijo en la mañana.

Luego caminamos hasta mi departamento de Muñiz. Después de almorzar, encendí el grabador para felicidad de quien recordaba, de quien procuraba el resguardo, y de los tantos aparecidos devueltos a la vida. Aquel relato hecho por mi padre dio origen a un texto que titulé: La creativa ilegalidad del abuelo, y que circulara como cuadernillo de Informes del Sur de Baires Popular con el título: Un intento de desalojo en los años ’40.

Al regreso de mis viajes en el susodicho día en pandemia, volví a ser viajero en el tiempo, y leí, después de tantos años, la fantasmagoría de mi padre, su viaje hasta un ayer lejano: recuerdos a 60 años; a ellos sumé mis 20 años de regresos en el viento que dice el mundo orbital de una casa chorizo en Boedo.

Siempre la palabra abriendo el juego: ¿Acá perdiste las bolitas?, pregunto una vez más. Nunca las encontré, dijo mi viejo. A principios de los ’40 enterró en el patio de tierra del fondo, cerca del gallinero, una vieja salivadera repleta, hasta el borde, de bolitas. No pudo volver a las bolitas, al tesoro; sin embargo, en la memoria de mi padre, en la mía, en las historias que contaba, en el escrito de 2001, en estas líneas, persiste la realidad de las bolitas. Vuelve la casa toda de Independencia. Al frente el local de la carpintería Serra. El pasillo del costado llega a cinco habitaciones. La primera pertenece a la carpintería. Sigue la habitación donde vive el matrimonio Chávez; después un matrimonio de viejitos; y luego la de una pareja de cordobeses, padres del Lagrimita. Después seguíamos nosotros, pegados a la cocina y el baño, dijo mi viejo. Regresa el Lagrimita y su llanto. También regresa el Antonito, su verdugo. Vuelve el paso sugerente, saca pecho la Licuadora, novia del Antonito. Sin nombre vuelven los viejitos de la tercera habitación, pero vuelven. El viejito murió y la viejita se fue, y entonces llegó el Turco y su joven mujer. Los Chávez se fueron, y llegó un matrimonio joven: Alejandro y Angelita. En el fondo de la casa había dos galpones. Mi abuelo Julio Martín administra el lugar. En esta cuadra de Independencia se suicidó el hermano del Pulga. Lo había dejado la novia. Ya no sé... ¿quién era el Pulga...?, pero cómo jugaba a la pelota... se los limpiaba a todos... jugó en la quinta de Racing, dijo mi viejo. En ese mundo existe la farmacia San Luis, el almacén El buzón. En la esquina con Castro Barros el almacén y bar Don Enrique. En la esquina con Colombres la empresa de mudanzas Amancio Fernández, frente a la tienda que vende paraguas. En Fernández trabaja el padre de tres hermanos que se llevaría la uremia; el último fue Changato, así le decían, jugaba bien al fútbol: Es que me da una pena, dijo mi viejo mientras lloraba en 2001. Hacia finales de los ’50, en uno de los galpones del fondo, se comprometían mis padres. Después mi abuelo Julio Martín aplicaría una acción de creativa ilegalidad para esquivar el desalojo. Pero dicen, con razón, que todo llega. Luego de la casa chorizo de Independencia 3765, la familia Lois inició el largo viaje hacia Martín Coronado.

Regreso, desde este presente en Boedo pandémico, hasta aquella mañana de 2001 junto a mi padre, y en esta fantasmagoría veo la fantasmagoría de mi padre, y entre tantos regresos, en la escritura de ayer y en la de hoy, al fin entiendo una parte de mi herencia: esa poética necesidad de resguardar las historias de ayer. Historias simples, chiquitas, dibujadas a mano alzada desde la urbanía natal, para que sigan de ronda y fuga en el tiempo que toca a los que trabajan y viven la memoria.

Mi padre, Rolando Augusto, mi viejo, vivió en estado de fantasmagoría, tuvo la poética necesidad de contar historias, y de pintarlas al óleo y al acrílico, con crayones, a pincel y espátula; y entonces quedó su esencia en las maneras de mi identidad y escritura, esa misma necesidad de contar, de vivir fantasmagorías, de rescatar. De regresar a los barrios. Otra manera de volver a casa, siempre.

Junto con mi viejo tenemos la costumbre de andar señalando lugares y buenos fantasmas en el aire.

viernes, 11 de junio de 2021

Marcos Silber: Regreso de poeta


La muerte de Marcos Silber, amigo poeta, maestro, se hizo puerto en la ciudad puerto bajo pandemia. Hace días que viajo entre pensamientos. Como todo viajero que retorna, trato de asegurar imágenes, momentos, lugares. Regreso a los libros del poeta. En mis manos cada dedicatoria. En el mientras tanto de la memoria aferro la mano del hombre generoso que inició travesía. Hace días que ando como lluvia lenta, pensativa, una gota acá, otra más allá. Hay tristeza y alegría en la lluvia. El arte de la fantasmagoría permite que aquello que ya no es, siga siendo. Me digo que Marcos Silber fue hombre que escribió poesía, y es lugar luminoso al que vuelvo.

Regreso a una tardecita. Faltan cinco guitas para la primera parte de la noche. Camino por Palermo. Oscurecidas las calles. Una esquina. Doblo a la derecha. Camino hasta el caserón. Soy en aquella vez. Entro a La Peña del Colorado. El regreso prescinde de detalles de preámbulo y mirada. Estoy frente al centro de este universo Colorado. Me encuentro sentado a una mesa. Bebo una copa de vino. El público es numeroso. Sin embargo, en el regreso no identifico caras, nombres. Estoy solo. Veo a dos hombres sobre el escenario. Cada uno sentado a una mesa de bar. A la izquierda de la pintura: el poeta Marcos Silber. A la derecha: el poeta Leopoldo “Teuco” Castilla. En la mesa de Marcos, una copa de vino; en la del Teuco, infaltable, su scotch. Vuelvo a aquella noche de otoño sobre calle Güemes, o tal vez noche de invierno, por oscura; acaso vuelvo a una peña de hace unos quince años. Soy en aquella vez cuando los hombres amigos, poetas, felices hombres amigos poetas, hablaban oficio, escrituras, y sonreían la vida. Porque tan felices éramos en esa noche de poesía, tragos y amigos. Regreso. Rescato. Invito. Acaso fuera por el 2006, tiempos de después de Thrillers (Historias en “16”) de Marcos, y El amanecido del Teuco. El ejemplar del libro del Teuco lo guardo dedicado por ambos poetas. Es que tanto acaricia la felicidad. En el regreso que anoto no es necesario identificar el poema, la afirmación, tampoco definiciones, títulos, los maravillosos malabares de la palabrería. Tan solo miro, veo, contemplo, comprendo la magia. Escucho la risa de ambos hombres, el tono de sus voces, las pausas en el decir, sin apuros; acompañado el decir por el trago feliz y pequeños silencios.

Desde que supe de la partida de Marcos, pensé en las lágrimas de dos de sus amigos poetas: el Teuco Castilla y Rubén Derlis. Fue el poeta Cedrón quien jugó, sobre paño virtual, una foto de principios de los 70. Un grupo de jóvenes hacedores en una ciudad en blanco y negro, en un balcón; de izquierda a derecha: Marcos Silber, Beatriz Mazliah, María del Cármen Suárez, José Antonio Cedrón y Rubén Derlis. Así tuve noticia de Marcos sin pipa, sin barba. A su lado la poeta Beatriz Mazliah, que conocí en el Margot de Boedo por el 2001. Juntos en la foto. Juntos partieron este 22 de mayo.

Marcos Silber fue poeta de regresar al hombre, a la historia eterna que invita a los días. Sus poemas pueden ser grandes fantasmagorías. Maravillosas, certeras imaginaciones. Su palabra en el paisaje. Me contó en una entrevista: (…) Infinidad de veces lo dije, también escribo por venganza. Escribo a dos manos, la mía más la de mi viejo analfabeto.

Marcos y una primera fantasmagoría que señala hacia el origen, su poema 1911 (Bajo continuo, 2008): Lo veo. / Desde la borda del poema lo veo. / Catorce años tiene el que va a ser mi padre. / Viene en el ARLANZA. No me ve. / No tiene rostro la tierra que lo espera. / Avanza la nave que muerde aguas de extraños idiomas. / No lee ni escribe el que va a ser mi padre. / Helado trae el dibujo de la letra. / Oigo el naufragio de sus vapores adentro / y su silencio me da de garrotazos por la cabeza. / Grandotas tinieblas le bailan alrededor. / Duele el frío sobre la cubierta. / El muchachito no me ve pero me dicta: / “congoja”, apunte la palabra “congoja”, hijo, / y apunte “susto”, y no deje de apuntar “soledad”. / Una palabra de lana vuela hacia su cuello, / otra de abrigo desciende sobre los hombros. / No lee ni escribe el que va a ser mi padre. / Respira un verde aire de consuelo / cuando me sueña escribiendo / en su sueño de más felicidad. / Y detiene el que será su forzado carro de labor / para dictarme: / apunte, hijo: / la palabra “trabajo” y “techo” y “cama” apunte / y también “sopa de pollo” / con sus flotantes monedas de oro. / Lo veo. No me ve. / Le oigo, “tome mi mano, hijo; / guíela, / escribamos…”.

Una segunda fantasmagoría. En la misma entrevista que le realizara en 2007, Marcos rescata el camino de su madre: En la cocina grande de la casona, mi madre me sirvió los platos más suculentos de la dieta literaria. Muchas veces sin alcanzar mi comprensión, pero donándome un cúmulo de sensaciones auditivas/sonoras de gran intensidad emotiva. Ritmo, color, vuelo. Composición arquitectónica del cuerpo de las palabras. Me enseñó a conmoverme. Me mostró el rostro de la vida y aun de la muerte. Me enriqueció. Luego sería la propensión por el asombro, la vocación por el ensueño, el deslumbramiento por la belleza.

Regresa el poeta a la madre en el poema Sepia (Testigos de tormenta, 1997): Juega la muchachita; aún no es la madre de mí; / como relámpagos de fiesta sus trenzas, y dos ciruelos / de incendio en las mejillas; juega y se ve pequeña / que juega con los copos que juegan con ella. / En la calle de las nieves. / En Kiev. / No se muda no avanza no aparece en la siguiente foto / para evitar entrar en el tiempo y volverse después / madre de mí, y al fin dolerme dolerme como agujas / de fuego en cada ojo cuando cese de ser la madre de mí / y desampare, y quede yo así, dejado, pequeño, solo, / abandonado y solo. / En la calle de las nieves. En Kiev.

Regreso al poema Tumbadora. Vuelvo. De rescate. Trabaja el poeta sobre la mesita del comedor. Lo acompaña la noche en su departamentito de José Hernández. Acompañan los libros de sus amigos, de sus admirados. Paredes tapizadas de libros. Transcurren los últimos momentos de la última pipa del día. Papeles a la mano. Tinta. El murmullo de mientras tanto de la primera escritura, la del boceto, el momento de tirar, de fijar líneas madre para las palabras que nacen después. Así es como regreso. Construyo esta fantasmagoría del nacimiento de un poema. Ésta mi necesidad, luego de haber entendido que escribir la damisela de la muerte es una ceremonia que aleja a la susodicha, la entretiene en menesteres extraños a nuestra escritura; en tinta viva por el día y la noche, así avanza el poeta en la vida. Sospecho un feliz proceso de escritura allá por 2012 (Visita guiada): Me sorprenderá solo, o no, / pero con certeza sin previo aviso. / Ya ronda, trabaja en las inmediaciones, / ya se cargó a varios vecinos / no se deja ver pero comenzaron sus avisos / sus golpes de pico cada vez más cercanos; / ya sacudió el árbol de la amistad / y arrancó varios de los más queridos. / ¿Contra qué alzarse? ¿Contra quién? / No cabe más que levantar palabras como rocas / para una muralla de todos modos estéril. / Pero alzada, mágica, grandiosa, como acantilada / para cerrarle el paso a la tumbadora; / o la obligue al menos a un gran rodeo, / que la retrase un tiempo, un día, / un sueño, un minuto más, / un poema siquiera.

Todo llega. Partió Marcos Silber. Ha tachado el poema de su cuerpería. Marcos Silber, el humano lugar, se construye, vuelve a los días de fundación, vuelve para invitar viajes de regreso. Anoto fantasmagorías, vueltas de calesita por el “Barrio”: “aquello que ya no es / sigue siendo / mientras el hombre dice / recuerda, trae / rescata vagabundos / historias de náufragos del tiempo / aferrados a esquinas, bares, amores de barrio // escritores de crónicas y poemas / tinta viajera / laborar de fantasmas entre pena y alboroto // el recuerdo de la feliz ceremonia del vino // vuelve la mirada de una mujer / el abrazo entre amigos // la ciudad que ya no es / sigue siendo / mientras el hombre / regresa memorias”.

Regreso. Lo fui, soy afortunado, un puñado de hombres escritores acompaña mi escritura: Hugo Ditaranto, Gabriel Montergous, Rubén Derlis, Marcos Silber y Rafael Vásquez. Volver al encuentro estético, al compromiso ético. Siempre de regreso. En el necesario rescate, mi agradecimiento.

jueves, 6 de mayo de 2021

En el cielo de Quito y Yapeyú

Marta Marchi junto al barrilete (Foto de Bruno Marchi, papá).


Una acción simple. Guardamos un papel con valor emotivo: una carta, una anotación mínima, el primer dibujito hecho por la hija, en un cajón de madera que todavía pertenece a un mueble. Momento simple en el que desconocemos que el susodicho cajón acaba de nacer como memoria, y que como tal procederá. Puede afirmarse con vera argumentación que el cajón está en condiciones de abandonar el mueble para compartir algunas de las imágenes que guarda, y que para ello, en cierto modo, puede, necesita, tomar vuelo, como hace -así juega- la memoria cuando siente la caricia urgente de una intención, sea a consciencia, o bien debida a una misteriosa, impensada, presencia nacida de un cruce azaroso de palabras en el cotidiano simple, por ejemplo, en un día más en el aislamiento repetido causado por una pandemia cualquiera.

Hablaba por teléfono con Adela, mi vieja, cuando la palabra abrió besana, y entonces se abrieron caminos nuevos. Dijo ella que a Marta Marchi le había gustado el video. El artefacto artístico cultural señalado se debía al arte, como locutor, de Claudio Fabián Hernández Ramos, un amigo que leía las primeras líneas de una crónica que escribí hace un tiempo, y en la que aparecía el nombre de algunas calles del barrio de Boedo. El video llegó a mi hermano Alejandro, y desde su celular afincado en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires, viajó al de Marta Jaime, mi tía, mi madrina, hermana menor de Adela, que vive en tierras del temible Imperio del Norte, y desde allá lejos arribó al celular de Marta Marchi en provincia de Buenos Aires. Ella vio y escuchó cómo Claudio leía, y recordó, y luego comentó a mi vieja su emoción frente a los nombres de calles por las que caminó en la infancia y juventud.

Cuando Adela refirió el comentario agregó un dato propio: la casa de los padres de Marta Marchi estaba en Quintino Bocayuva. Instantáneamente pensé: ¿en Boedo?; pensé: yo estuve en esa casa; pensé: siempre vuelvo a lo visto e imaginado en esa casa; pensé: nunca supe su ubicación. Adela contó que el barrio era lindo, que la puerta de la casa estaba siempre abierta a la vereda, en una esquina, y que entraban muchos gatos. Dije que la recordaba. Ella confirmó: Vos eras chico. Arriesgué una cifra: 10 años. Y menos también, dijo Adela. Pensé: entonces estuve a finales de los 60.

¿Quién es Marta Marchi?, una amiga y compañera de estudios de Marta, mi tía. Allá lejos se hicieron amigas, y como se ha visto siguen conectadas en la distancia.

Las palabras alumbraron un camino impensado. El azaroso descorche de la memoria había renovado la besana, y me llevaba a abismarme sobre una imagen eterna.

Pregunté a Adela: Quintino y qué. Me dije: voy hasta la esquina, debo volver al lugar. No me acuerdo, fue la respuesta. ¿Podrás averiguar? La tía Marta aseguró Quintino y Yapeyú. Aclaré que eran paralelas.

Así llegué hasta Marta Marchi. Hasta ella y su historia de había una vez.

Necesario es a esta altura anotar que, allá por el 69, cuando pibito fui y estuve de visita en la casa de Marta, se fijó entre mis almas un detalle sobre el que fue inevitable preguntar. Recuerdo la luz del mediodía en el ambiente grande que daba a la esquina: el comedor. Mi interés de chico fue atrapado por el mundo que flotaba cerca de un techo. A altura considerable, eran tiempos de casas con techos lejanos, casi como cielos, colgaban los esqueletos de algunas máquinas voladoras, barriletes nunca vistos ni imaginados. Los sigo viendo. Hace más de 50 años que los veo suspensos en la memoria. Por eso los sigo modificando, interviniendo. Llegué, urgido ante tanta invitación al vuelo, a agrandar las alas a uno para que fuera más avión que barrilete. Conté mi recuerdo a Marta y ella agregó palabras.

Marta Marchi de regreso a la casa de la abuela paterna: Fany. Casa de infancia que tuvo dos claves en letras y números: Quito 3902 y Yapeyú 405: una esquina con todo el cielo. En la casa los papis de Marta: don Bruno Marchi y doña Isabel Valenti. Bruno siempre orbitado por sus hermanos: tío Aurelio y tío Héctor.

Quito y Yapeyú hoy.


Habló Marta de cajón volador, de cajones voladores, sí, de esos barriletes que yo había visto despojados de papel, cercanos al cielo de después de esta historia. Hubo un primer barrilete, y un primer vuelo de bautismo desde el techo de la esquina, y además se utilizaron los techos de una casa contigua, que también era propiedad de la abuela Fany. Ocurrió en la navidad de 1943. Frente a los ojos de niña de una Marta maravillada. Ella cuenta que en su casa siempre sucedían maravillas y fantasías. Una ensoñación alegre le gana la voz. Asegura la memoriosa que en algún cajón, entre más papeles, papelitos y fotos queridas, debe estar la foto que también dice de la navidad del 43, cuando fue verdad el primer barrilete, cuando fue verdad -una marca en el cuaderno del tiempo- el primer vuelo.

Aquel primer barrilete tuvo forma rectangular. Un metro de ancho. Y dos metros de largo. El armazón estaba trabajado con varillas finas de madera. Sobre el lomo del artefacto celeste surgían, desde el centro del cuerpo, dos alas de unos cincuenta centímetros, y que se afinaban hacia los extremos. En el centro de la nave estaban dispuestas las ventanas por donde pasaba y se embolsaba el viento. A diferencia de los barriletes comunes, no llevaba cola de trapo. Y sí coincidía con otros ejemplares de su especie en la vestimenta: llevaba papel de barrilete sobre el armazón. Y aquí es donde se abre una puerta notable en este cielo y barrio de ayer. Podría decir que aquella fue una navidad en colores. Porque los colores tentaron a los hermanos Marchi, y entonces quisieron acentuarlos.

Marta aclaró un detalle de importancia: El barrilete tenía los colores de San Lorenzo. Y hubo un piolín resistente para remontar el poderoso artilugio, y -aquí el acento Marchi- hubo además un cable como accesorio de vuelo. En el cable lamparitas rojas y azules llegaban y decoraban la máquina voladora. Entre 50 y 60 metros de piolín y cable. Una vez izado en el cuerpo del aire de la noche, uno de los hacedores -vaya uno a saber cuál- se encargó de enchufar y desenchufar –a buen ritmo- el cable para iluminar la presencia cuerva en el cielo del barrio.

El mágico navío estelar alborotó a algunos vecinos. Siempre da su presente el extraño que ante todo se asusta y no festeja, que no sabe o no puede, y entonces llama a la policía. La fuerza llegó a investigar los sucesos en la casa de los Marchi. La orden fue detener el arbolito azulgrana en el cielo.

Cuenta Marta: Mi papá era un genio, con los hermanos hacían barriletes de muchos tamaños y globos de papel grandes, ¡ay, esas calles de Quito y Yapeyú! Soy la única sobreviviente de esa casa. Me acuerdo de cómo prendían y apagaban las luces del barrilete, era espectacular, esas cosas que maravillan. Y yo era tan chiquita. Recuerdo también los globos grandes elevándose desde la terraza de la casa. Se remontaban los cajones en navidad, y en otros días, íbamos a los costados de la General Paz, con más lugar debido al tamaño.

El cajón rectangular con los colores y luces cuervas se dibujó en el mueble del aire, y nació barrilete para mejor decir esta historia de barrio feliz. El cajón de la mesita de madera donde el escritor trabaja guarda sucedidos, como así lo hace la memoria. Ambos artefactos, artilugios, magias y máquinas para atesorar ciertos hechos, pueden hacerse al vuelo consciente o azaroso. Remontó el cajón. Remontó la memoria. Remontó la memoria de Marta hasta la navidad del 43. Remontó mi memoria hasta aquella casa allá por el 69. El día que vi los armazones de la gesta y sueño colgando del techo. Remontar desde este presente con pandemia, en estos tiempos complicados. Desde este nuestro mundo de hoy volver a ciertos momentos. El arte de representar lo que ya no es, pero que sin embargo está, y sigue siendo mientras la memoria boceta imágenes de fantasmagorías de esta ciudad de Buenos Aires. Sucedió, sucede cerca del límite donde Almagro se hace Boedo, y Boedo se hace Almagro, una tierra de abrazos porque es de dos, podría poemar Rubén Derlis, tantos barrios, y tantas personas, sucedidos, y todos los tiempos que hicieron, que hacen el tiempo.



jueves, 8 de abril de 2021

Fantasmagorías de Buenos Aires

Xul Solar
Escribo sobre fantasmagorías de mi ciudad. Y entonces cada uno con la suya. Escribo sobre el arte de representar aquello que ya no es, y que, sin embargo, con mayor o menor turbación para nuestro puñado de almas, sigue existiendo, continúa de nacimiento, de creación, una criatura que asoma y toma forma desde el sueño memorioso, por lo general feliz, de la infancia y la juventud. Una fantasmagoría de mi Buenos Aires, un refugio que ya no pertenece a la realidad de estos días. Pero regresa, puede hacerlo, desde el más allá de nuestra eternidad limitada.

El tiempo avanza inexorable en su andar recreativo de guadaña. Cada hombre se funda en la construcción de su ciudad. Pero los guiños del sol y la luna van opacando ese hogar. Esa manera de estar que tiene la vida: al tiempo que avanza, y ella que cede, descuenta. La ciudad se irá refundando como otra. Una pura otredad a la vista que apenas, y con suerte, deja unos pocos mojones del ayer marcados en un mapa del tesoro que no importa a neopiratas. Ciudades perdidas para muchos ausentes de cuerpo presente. Pero la que ayer fuera centro de universo no completa el tango triste cuando el ciudadano activa el artilugio mágico de la memoria, su mecanismo de refugio, de regreso creativo.

Escribí unas líneas que reflejaban un recuerdo de mi infancia. En pandemia vi, sobre Avenida Garay, un hombre que, en lugar de protegerse del virus con barbijo, usaba una recreación perfecta de la máscara de la Momia de Titanes en el Ring de Martín Karadagian. La momia descubierta, tan cercana en cuadras a lo que fuera el Cine Nilo sobre el mil y pico del ayer de Boedo, lavaba autos dentro de una sombra generosa. Envié el textito al amigo poeta Rubén Derlis. Festejó la semblanza, y anotó: Siempre es un rescate. Rescate, palabra muy querida por Santoro.

Contesté que sí, que rescatar es salvar, traer desde la picadora universal. Sacarle la letra del buche. Un acto de resistencia poética, diría el amigo poeta José Muchnik, conocido como Josecito de la ferretería, una nave que fuera de su padre, aterrizada en el 1561 de Boedo.

Derlis agregó: Y no se equivoca.

Estoy seguro de que en ese momento Derlis se abrazó a la palabra resistencia, poética y de las otras que también lo son, porque la poesía anda siempre en el aire que toman todas las cosas y los seres de este mundo. Y Derlis anotó: Yo, en lo más profundo e íntimo siento que ya no tengo “mi” ciudad, sino que estoy viviendo en una  ciudad de otros. Pero bueno, a llorar a la iglesia. Te digo que este tema da para un seminario.

Rubén Derlis escribió en Guía para vagabarrios (2003): (…) Por las calles de Boedo lo invisible permanente rebasa de emociones el alma, hay que sostener muy fuerte el corazón, amarrarlo a la hombría, para que las palabras vueltas poemas en cada esquina no le desacomoden peligrosamente los latidos, porque este es esencialmente un barrio para sentir. (...) En este barrio, casi no quedan cosas materiales que palpar, talismanes porteños de invocación para acercar la magia: la puerta y el cancel de la casa donde habitó un pintor, el café convocante de los últimos y veros bohemios, la mesa predilecta del poeta junto a una hiniestra inexistente. (...) Quedan escasos lugares visibles de aquellos que cobijaron a los tantos nombrados (...).

El hombre lo sabe, y trata de empatar la historia con la emoción que lo habita. Él también es como una ciudad que vuelve cuando se encuentra con su propia mirada en el espejo del baño.

Xul Solar
Resistencia poética proclama José Muchnik. En su libro Josecito de la ferretería (2015) rescata su ciudad de infancia, su mirada del barrio desde el mostrador de los días. Escribir es resistencia poética, es rescatar la ciudad de ayer para que no desaparezca de la memoria, para que siga siendo base de los gestos elegidos desde cada identidad alumbrada. Orbitando la ferretería escribí hace un tiempo: “Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después querer anotarlos en tanto libro. // Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien trabaja de palabrero. // El buen fantasma de la ferretería como memorial. También hubo sol. (…) De regreso al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento”.

Los lugares de pertenencia, de identidad, que hacen a las ciudades, que nos irá ocultando el transcurrir de nuestro tiempo, crecen, se dan desde la naturaleza humana, las maneras de ser y las historias de las personas que, en tanto mortales, van quedando en la memoria de momentos y ambientes. Desde estas ciudades volvemos con la caricia de la nostalgia, el toque melanco, la saudade.

Al poeta Derlis le contaba que me siento extraño visitante en una ciudad que no me gusta. La arquitectura se mueve, apresta su juego de escondidas. No adhiero a ciertas ansiedades que no hacen más que allanar el desesperado interés por lograr la abundancia de moneda. Llegado desde mi ciudad busco la vieja encrucijada de San Juan y Boedo, busco el boliche mistongo donde era una fiesta entrarle al especial de salame y queso junto a una ventana. En sus baldosas vivían remembranzas de varias Buenos Aires. Y después me gustaba más la ciudad que contenía al amigo poeta Rafael Vásquez en su café La Junta de 1810, sobre Avenida de Mayo, a cuadras de su casa. Me gusta cómo sigo viendo al poeta, tan parecido al Quijote, Hugo Salerno, que ya partió para su ciudad, ahí la mesa donde escribió su Baldío natal. ¿Dónde lo veo?, en la trastienda del café Margot, donde sigo saludando a tantos ausentes que, de vez en cuando, aparecen por mis escrituras del regreso. Tantos buenos fantasmas en Margot. Hola, Profe Ricardo De Biase, poeta. Hola, Silvia Palferro, poeta. Hola, Alfredo De La Fuente, poeta, escritor. La ciudad, la mía, la que ya no es y sigue siendo, quedó más a la vista dentro del silencio del aislamiento primero. Sin la velocidad de la bulla era más fácil encontrar sus señales en pandemia. Una ciudad más solidaria, no tan de emprendedores con calculadora.

Esta ciudad de Buenos Aires no es la mía, y sin embargo sigo siendo en ella, la dama que me lleva mientras somos dueños de la maravillosa calesita de la memoria. La vida es con cada vuelta. Siendo extraños en el presente, ante la percepción de ausencia, comienza a girar el mecanismo del mágico artilugio que reconstruye ciudades dentro de nuestra presencia poética, siempre barquitos de papel en el cauce del río que nos lleva.

Escribió José Muchnik en su Buenos Aires Guía poética (2002), más precisamente en Como una nostalgia abierta avisa al caminante: (…) No sé si le servirá esta ayudita, ya le dije, acá se vive del rebusque, cada uno se fabrica sus nostalgias, con sus pentagramas, sus vacíos y sus silencios. No hay recetas. (…).

En Desde estos años (2017), en el poema Badalona, Derlis y la receta para habitar su fantasmagoría de la ciudad: Cuando a dos manos y entrecerrados ojos / escarbo en mis entrañas, / me toco Buenos Aires / y su magia convoca la poesía. // Allí están tus esquinas de veladas nostalgias, / tus calles donde yacen bajo el absurdo asfalto / adoquines insomnes y fragmentos de vías, / y mi vagar por “los barrios amados”, / cenizas de otros sueños. (…).

No, no hay receta para la fantasmagoría que represente el fantasma que somos en la ciudad otra, y el que seremos cuando el último giro de la calesita. Pero en el mientras tanto importa el recuerdo, y las herramientas del artesano: un poema, una foto, una caricia, un beso, un escenario, una película, una charla; herramientas a la mano sobre una mesa de café, dentro de una pantalla, o mientras se otea el techo del refugio desde la cama.


jueves, 11 de marzo de 2021

Verdín en Buenos Aires


 

Descubrí en el silencio el origen de la esquina verdín. Una foto de Buenos Aires. Fue durante una caminata por el barrio de Boedo. A primera hora de la tarde de uno de esos días en que caminar unas cuadras, buscando sol y vida, quebraba la monotonía del invierno en solitario aislamiento. Caminaba por San Juan. Entre Mármol y Treinta y Tres Orientales bocetó su huella una verdulería. Vi una pila de cajones de madera vacíos. La torre se apoyada sobre una tapa metálica cercana a un árbol. Por entre sus límites desbordaba agua. A borbotones la bruja de la ansiedad desperdiciaba cada tranco de fortuna vital. El hombre, cuenta la leyenda, vive esculpido en el susodicho líquido elemento. La suelta de agua originaba una cascada en el cordón de la vereda, y se mandaba la bullente hacia la esquina con Treinta y Tres. Seguía la mano de circulación aprovechando la inclinación de la avenida. Corría en libertad. Humana libertad en la ciudad bajo pandemia. Corre y vuela el virus en un presente continuo.

La ciudad, mejor, su tiempo de eterna damisela, y el nuestro, variopinta muestra de sabihondos hacedores del grande hormiguero, se quebró. En marzo del 2020 se abrió el paréntesis que la histórica escritura aún no cierra. El mundo de lo humano rodaba como pedacitos de tierra roja hacia el abismo; tan solo piedritas, tan chiquititos somos. Entonces el mundo estaba siendo cacheteado por un malevo de porte, y yo pensaba, dentro del adn de la estupidez, en la molestia que sería tener que usar el tapaboca de manera obligatoria. Desde el inicio -una de las pocas veces en que me tuve fe en esta vida trabada- sentí que por el momento no figuraba en la lista del virus. Tomaba mis recaudos, andaba a cierta consciencia, pero nunca sentí esa mezcla de terror y asco que descubría en la alta mirada de la carátula de muchos ciudadanos. Todos podíamos ser sospechados de infectos, o de malvados que al grito de “redistribución ya” sueñan con expropiar a los ciudadanos sanos; todos podemos, acentuados los marcadores del odio en sociedad, ser portadores del virus. Toco, toco el aire, ni eso cuando estalló la pandemia y su aislamiento, y cayó sobre las pandemias anteriores (no olvidar el neoliberalismo). Estalló la incertidumbre como si fuera virus de mil caras y sintonías, y entonces el interrogante cotidiano sobre el mañana en un mundo, cada vez, tan de cristal, nunca tan finito, se hizo urgencia y miedos, tembladeral de pensamientos, preguntas abismales.

En estos meses de aislamiento -y cuando algunos bien intencionados soñaban con que, en el mientras tanto de la peste, seríamos más solidarios y justos, y que clarita se mostraría la verdad vital del mundo todo: una sociedad nueva a partir de la consideración del otro como hermano-, se repetían en la ciudad las imágenes que probaban que la posibilidad de resbalar al abismo sigue bien afirmada, siempre a la mano de la historia.

El diario laborar de los cartoneros. El quehacer casi invisibilizado por la bulla y velocidad de los últimos tiempos, quedó explícitamente a la vista en el paisaje de pandemia. El silencio y la quietud en el espinel hicieron visibles a las esforzadas obreras. Cartoneros de trabajo hormiga andaban el barrio trabajando los sobrantes de la civilización; siempre asomados al abismo contenedor de cada día. En las calles del grande hormiguero de injusticia cotidiana, el que no tuvo oportunidad esta vez se reflejaba en el espejo. En la ciudad los carros cartoneros de diversos calados hacían la calle en el silencio de la pandemia, así hasta que las puertas comenzaron a reabrirse, el Mercado no largaba la ecuación ni las pantallas, y entonces retornó la bulla de parir invisibles.

Hoy todo sucede dentro de las fauces de las pandemias. En el silencio se resbala a la vista de quien quiera y pueda ver. Ciudadanos de segunda o tercera categoría sobreviviendo en la calle. Dentro de los desgarrones provocados por la ciudad rica, aún más aislados dentro de los aislamientos de siempre, resisten en las veredas: una esquina, un negocio que ya no levanta la persiana, los tramos de techo alto. Hombres desamparados en cada día. A la vista. Nada piensa o dice el pensador de Rodin. ¿A quién? Gana el silencio. Olvido de bajo autopista. Colchón enrollado. Noche de antes de ayer, de ayer y de mañana. Una mierda de paloma pica la baldosa desde el techo de cemento grueso. Día que certero sigue hasta la nueva mañana. Ajustada la simple repetición del tiempo. Murmullo eterno en la altura veloz, entre hombre y cielo. No dice, no piensa el pensador de Rodin sentado sobre una lata. En voz baja pide reza la aparición de un recuerdo. Olvido de bajo autopista. Desde el techo del mundo cae, además, la mierda de las palomas. Y en el aire un verde de verdín rodea al hombre solo.

En una esquina se puede morir de simple muerte urbana. Una mujer mayor, barbijo bajo en el cuello, abandonados su bolso, el bastón; la boca abierta, toda quieta dentro del taxi varado en una esquina de Boedo. Resbalón y muerte en una esquina, como si un verdín que no se ve tuviera su fantasma verde sobre el cemento. Hasta el vuelo de la ambulancia acompañé a la mujer que sufrió muerte tan urbana, anónima.

Y en esa misma esquina fui testigo, en otra travesía de mercadito chino, del mientras tanto maravilloso de la vida: el tiempo de juego entre un hombre y el perro de una vecina. El hombre utilizaba un árbol para esconderse de la mirada del perro. En cada reaparición, cada piedra libre, el perro era toda la felicidad. Un recuerdo simple, una belleza. Un juego de esperanza. Una manera de esquivar el verdín de Buenos Aires. De adelantar el tranco. Jugar a la escondida detrás del árbol de la vida. Un juego con intermitencias.

Conocí el verdín en Martín Coronado. Zanjas de la infancia. Sobre el verdín de fondo –nacido en el barro o el cemento- el agua sucia, y sobre el agua barquitos de papel en la lluvia. Y el desafío de hacer patinar la rueda trasera de la bicicleta en el verdín de verde memoria. Y no volví a ver verdín alguno en mi vida hasta que un día sobreviví al desliz del paso (uno más) en San Juan y Treinta y Tres, a metros del negocio del amigo Darío. Descubrí así la aureola del verdín, su mancha voraz de elemento fundante de un posible relato simbólico del destino. Supe el origen del verdín, recordé el agua de escribir que bulle desde la vereda de la verdulería.

El verdín es la prueba de vida de los escribas que aseguran el carácter azaroso de los días. Existiendo desde la primera esquina de los tiempos, avisa que siempre se está a tiro de la patinada con destino de olvido, fracaso, o de aviso para la corrección, el retroceso, o la puntería fina y necesaria para adelantar el tranco. Sentir, entender, necesitar, la presencia del verdín para no olvidar que el desliz puede asomar como febo en este mundo tan pleno de malabarismos pifiados en la niebla, y seguridades de cartón pintado. Extensivo el verdín avisaba a la humanidad que la cruza salvaje de intereses podía parir un virus y levantar las paredes de terror de una pandemia. Pero en este mundo de cada vez sin memoria poco se escucha y se ve, y menos aun cuando es un algo misterio que avisa desde la modesta y verde humedad de una esquina en el tiempo.

Para escribir una nota, un circuito de relato, será necesario montar palabras que digan imagen y pensamiento alrededor de un tema. Pensar el verdín, y coser las hilachas. Un rudimento de idea y vivencia. Fotos de la memoria mientras aún sucede la ciudad en pandemia. Y hubo la aparición certera de una magia. Casi terminaba la nota cuando comenté al amigo Darío, vero habitante del lugar, mi escritura sobre el verdín en la esquina. Hizo memoria: la presencia del agua y el verdín tiene casi 20 años. La lista de deslizados, con suerte o sin ella, es larga. ¿El gobierno de la Ciudad militando la toma de consciencia sobre la fragilidad de esta vida? Sobre el cemento, en pintura roja, se lee en cada calle que da forma a la encrucijada: ¡Cuidado con el verdín!

Y hubo más, cuando se secaba esta nota en la pantalla, el agua, hace unos días, detuvo su marcha. Hoy el verdín se evapora, y se hace fantasma eterno en el cuerpo del aire.