La tierra de los
hombres está salpicada de puertos. Si el dibujo se hace a partir de los
sentimientos de pertenencia de las criaturas, el mapa portuario resulta
imperfecto y cambiante. Un puerto: un territorio: una ciudad y su zona de
influencia. El hombre que quiere y puede, elige dónde morir. Junto a cada puerto
hay un socio de la muerte. Este personaje, durante su vida, y lo seguirá
haciendo durante su muerte, será el encargado de tener trato con los fantasmas amanecidos.
En Gualeguay, el elegido por la suerte o el destino, fue Catón. Nacido a
principios del 1900 y muerto un día cualquiera de 1970. Catón realiza su
servicio con un agregado. Se toma el trabajo de acompañar los cortejos hasta el
cementerio. Luego de la hora de cierre del camposanto, acomoda sus elementos:
balde con agua y jarro, y una bolsa de galleta. Después de la cena vuelve al
cementerio e inicia la recorrida por las tumbas del día. Los fantasmas lo
siguen hasta la orilla del Gualeguay, donde Catón toma prestado el bote pobre
de un pescador. Pregunta a sus seguidores: Quién quiere partir hacia los
confines de la naturaleza, quién quiere quedarse en la ciudad y el río. Avisa:
El que se queda, trabaja más. La mayoría elige partir. Catón ofrece un jarro
con un poco de agua y media galleta a los que suben al bote. Los cruza de
orilla. Dice a los que se quedan: Es más trabajo porque hay que tentar la
memoria de los vivos, cada día. Los fantasmas aguardan siesteando en la
arboleda del parque Quintana. En la oscurecida construyen un carro de etérea
apariencia de lata. Algunos montan la nao, otros tiran de ella, otros corren
contra la brisa. El carro y su compañía baja en los fondos de las casas, en las
plazas, en las chacras. En cada lugar los fantasmas hacen la vida como si nada los
hubiera desplazado. Así se recuesta la memoria en la noche. La comitiva se
establece sobre un último lugar, y allí aguarda hasta que el sol indica que es
tiempo de hacerse niebla, humito, una simple apariencia de humedad.
domingo, 13 de septiembre de 2015
domingo, 2 de agosto de 2015
Un helado en la Luna (La foto, Diario Tiempo Argentino: 02 de agosto de 2015)
El caballero de
Providence le contó a Charles Dexter Ward, su amigo, que los gatos saltaban a
la Luna desde los tejados más altos de algunas mansiones. Porque el salto no
era posible desde todas, le expliqué a mi hija Julia mientras mirábamos por la
ventana cómo el gato negro y blanco del vecino caminaba las alturas rumbo a la
Luna. Lo que veíamos no era a orillas del Miskatonic, sino a unas cuadras del
Gualeguay, dos ríos con historias. Se ve que tanto en Arkham como en Entre
Ríos, se goza de lunas maravillosas que fomentan el misterio felino. En la
ciudad, Julia y yo, ya teníamos una Luna de considerables dimensiones, pero
nada que ver con la que hoy nos visita en la zona de chacras, que es donde vivimos.
Es más, puedo afirmar que mi familia goza de una Luna propia. Es la que sale de
entre los árboles, a la izquierda del jardín. Esplendorosa, poética luz que en
sus mejores noches nos permite ver el jacarandá y el espinillo, que se guardan
hacia el final del terreno. Tan fuerte y clara es su presencia que Julia, la
otra noche, me dijo que la Luna no tenía ojos ni boca, que tampoco tenía, y no
me dijo pómulos, pero los señaló en mi cara. Muchas cuestiones se desvirtúan en
Gualeguay debido a la presencia de esta Luna. Por ejemplo, la mayor cantidad de
apariciones de hombres lobo en la zona: una Luna tan tentadora agita distintas
sangres. El hombre lobo, confundida su esencia, sale en noches en que
definitivamente no hay la Luna que sabemos hace falta. Esta bestia gualeya
tiene características propias, de ahí mi calma al citar su presencia. Esta
criatura mata sólo la vaquilla que se va a comer en los fogones del campo,
donde corre el mate, el vino y la galleta. Muchos ciudadanos comunes son
aceptados en las enramadas y entonces las bestias y los hombres, gracias a la
Luna, viven de asado en asado. Le dije a
Julia que una noche la voy a llevar a tomar un helado de limón, pistacho y
crema del cielo a la Luna más grande, donde dicen que se ve la figura de un
burrito.
martes, 28 de julio de 2015
Nuevo libro: Una historia para Julia
Luego de unos años de silencio, estoy de
festejo con un nuevo libro: Una historia para Julia. Textos cortos que empecé a
escribir desde antes de nacer Julia, mi hija. En los 100 textos le cuento a
Julia pequeñas historias que tienen que ver con su crecimiento, con las
sorpresas que hay en el mejor paisaje en el que estuve: la paternidad. Es un
libro de autoría compartida: nada podría haber hecho sin mamá Evangelina, mi
compañera, y sin Julia y su mirada. Tres años de Julia en 100 textos, esta es
la propuesta de lectura.
El motivo de tapa es un óleo de mi viejo:
Rolando. Una maternidad pintada en 1962. Los modelos del artista plástico: mi
mamá Adela y yo.
La editorial es Ediciones del Clé del poeta
Ricardo Maldonado, que realiza sus magias, la escritura y la edición, en su
casa de Nogoyá, Entre Ríos.
La edición es cuidada, de buen gusto. Las
historias de Julia están bien vestidas de libro, da gusto tener un ejemplar en
las manos.
Julia anda por la casa con su libro, sonríe.
El libro de Julia, le digo.domingo, 5 de julio de 2015
Miedo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 05 de julio de 2015)
El miedo inicia su ronda en los tiempos más
tempranos de la vida. En el centro de esa calesita quedó mi memoria. El miedo básicamente
se construye de sucesivas capas de soledad. Quizás el miedo se funde en el
momento mismo en que perdemos el mar primordial, el refugio en la madre. A la
soledad heredada luego se sumaron las criaturas extrañas, aquellas que viven o
que usan las sombras para tomar forma y avanzar sobre hombrecitos que, como yo,
intentaban cumplir con el descanso de la siesta y la noche. Por más que mis
padres me daban pista de la no existencia de estos monstruos, yo sabía que
estaban, y que sabían esconderse cuando había adultos en mi pieza. Recuerdo también
una historieta en donde se derretía un espantoso tío Silas. La leí sentado en
la escalera que llevaba a la terraza de la casa. Era otoño, de tarde. Con esa
lectura volvieron todos los espantos almacenados en la memoria. Todos reunidos
en torno a mi soledad. Busqué refugio en la casa donde mi mamá me tejía un chaleco
contra fantasmas, para llevar debajo del saco mayor. Creo recordar que dijo: Es
contra el frío de los aparecidos. Mi mamá tiene Dios como toda la buena gente. Ella
tiene Dios porque tiene miedos, y miedo le tiene al mismísimo Dios. Es el miedo
una de las mejores maneras de conservar el rebaño. Cuando era pibe, el miedo,
la posible amenaza, se guardaba también al otro lado de la vía y en los
pasillos de la casa abandonada. En ella había, además de miedo, un altar con
una virgen y en una chapa nombres de personas, fecha de nacimiento y muerte. El
miedo de mamá era a la muerte, a lo desconocido. El socialismo de papá tuvo que
transar con el miedo de mamá, y me bautizaron ya grandecito. El cura cobró. Ellos
no eran casados por iglesia. Fui por un pasillo largo hacia la luz que debía
salvarme. Yo miraba hacia atrás y a la derecha, siempre los monstruos aparecen
de ese lado. Pensé: mejor un chaleco de mamá, que un Dios que alquila la luz
con plata de papá. Me llevaba mamá, pero iba solito.
martes, 16 de junio de 2015
Guía de Buenos Aires (una ficción) en bar La Poesía, Chile 502, San Telmo
Doce fotos de Eduardo Noriega pertenecientes a nuestro libro: Guía de Buenos Aires (una ficción), están siendo expuestas en la sala Raúl González Tuñón de La Poesía. La muestra cierra a finales de julio.
domingo, 14 de junio de 2015
La máquina (La foto, Diario Tiempo Argentino: 14 de junio de 2015)
Un milonga poco rana le dijo mil veces a la
percantina que no le diera más letra para que él encendiera su máquina de sacar
chispas. La susodicha máquina cortaba humo de cigarrillo, palabras, frases de
amor: las que eran lugar común y las que no, sábanas, sonrisas, momentos. Ella,
según el galán, se especializaba en sentarse en una butaca un tanto más alta
que el resto, y desde ahí proclamaba sus verdades. Ella era artista
surrealista. Pintaba un eterno cuadro con toros y libélulas que tomaban vodka
en vaso chico y a fondo blanco. En el cielo volaban hombres felices que escupían
para arriba. Había lugar para el obelisco, un tranvía, Gardel, una fina transparencia
olvidada, y el suelo estaba cubierto de agujeros de taco aguja, arte que ella
también había descartado. El milonga le preguntó qué era todo ese embrollo.
Ella, empapada de surrealismo, cumplió con una palabrería con aroma a cadáver
exquisito, poema tan distinto al tango que los dos venían escribiendo. El
milonga le batía: Qué decís, chirusa, que no todo es recorta y pega bretoniano,
y entonces ahí nomás, se le salía la cadena y en un segundo se encendía su
máquina de sacar chispas. Es posible que artefacto semejante lo hubiera
heredado de su padre; el sueño de un diálogo sensato, también. De muchacho
aprendió que la vida no es un poema, y menos surrealista. El milonga salía por
las noches, tenía su refugio en un sótano de Palermo que la jugaba de milonga
globalizada: cartón pintado y pretensión. Ahí soñaba, junto a un puñado de
abacanados milongueros, que eran hombres de antes, que eran el reaseguro de la
amistad porque vivían entre los códigos del tango. La filosofía del milonga
era: no desearás la mujer del próximo. Creía ser el último macho con una máquina
de sacar chispas. Pero después de la revolcada que refería a los amigos, no se
iba a un bulín, volvía a casa. La percantina seguía tomando vodka con las
libélulas, y él bebía, en copita, una medida de tiempo espeso cortado con un
pelo de bigote de Dalí.
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