Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 15 de abril de 2019

Malvinas en abril


En 2012 escribí el texto Los muertos de abril (publicado en 2015 en http://www.periodicodesdeboedo.com.ar/los-muertos-de-abril/): Ocurre cada vez que se acerca abril. Pienso en los muertos, en los que se quedaron en las islas. Y pienso también en los muertos que de a poco empezaron a morir en las islas para luego ser enterrados acá, en casa, en la patria. (…). Hace unos días me fui de relectura, como cada vez que se acerca abril. Sucedió después que en uno de los programas de radio AM750 alguien deslizó una sugerencia: ver en youtube la presentación (2017) de José María Rodríguez, ex combatiente: Nada por lo que matar o morir | José María Rodríguez | TEDxBariloche. En 20 minutos el ciudadano habla, se define como NO héroe, sino víctima, y dice que NO fue gesta patriótica, sino acción política para sostener la dictadura. Palabras emotivas, certeras. Luego del recuerdo de John Lennon y su Imagina (1971): Imagina que no hay países / No es tan difícil de hacer / Nada por qué matar ni por qué morir / Y ninguna religión tampoco / (…), fui de búsqueda en mi escritura: recordé Subordinación y valor (para defender a la patria) (2009) (editado como ebook por www.pampia.com), libro/memoria que dediqué a mi servicio militar obligatorio. Y fui tras la lectura de un capítulo cercano al final:

Subordinación y valor nunca podría haber sido un simple anecdotario sobre la colimba. Nunca hubiera podido escribir un libro así, una escritura tranquila, ilustrativa, tomada con una calma semejante a como tomo los períodos de no escritura en el papel.
La cuestión de la patria, el usufructo de su conveniente filosofía hecha por los poderes de turno, tienta el blanco de mi página desde hace años.
Desde que le apunté al chileno en el polígono de tiro, allá en los primeros días del servicio, hasta que vi el diario sobre la mesa roja del comedor con la noticia de Malvinas, tuvo lugar en mi pensamiento el principio de una toma de conciencia; algo ocurrió tierra adentro de mi persona y empecé a preguntarme: a escribirme y escribir en silencio sobre la patria.
El silencio llegó a su fin con Subordinación y valor.
Recuerdo el diario sobre la mesa. Mi vieja lloraba apoyada en la mesada de la cocina. Mi vieja lloró mientras duró la gesta patriótica. Lloró como lloran sólo las madres, porque habría guerra, porque la hubo, porque me podían reincorporar, y porque la guerra, una simpleza, podía significar la muerte.
Recuerdo mi estupidez, mi extrema juventud, que hizo que ni pensara en la guerra cuando vi el diario en la mañana. No, pensé en el cuartel de la patria, en los golpes, en las humillaciones. Otra vez la noche, hasta ese extremo habían freído mi cerebro.
También recuerdo que en el momento de la invasión a Malvinas, yo trabajaba en un local minúsculo en el hall de la estación Callao del subte B, en Callao y Corrientes. Vendía billetes de loterías provinciales.
En mi memoria anterior a la toma de Malvinas, unos días antes, aparece una manifestación contraria a la dictadura. La misma intentó llegar o llegó a Plaza de Mayo. Fue el general Galtieri quien ordenó la represión y la Capital Federal fue un hervidero. En el Congreso hubo corridas y las escaramuzas llegaron hasta mi esquina. Era mentira, la luna no venía rodando por Callao, sino los cascos, los escudos y los gases lacrimógenos. Los perseguidos intentaron refugiarse en el subte, y las vainas de gas picaron en sus escaleras. Cuando el subte pasa por el túnel chupa, traga, el tren parece que se alimenta de aire, y ese aire lo toma de la superficie.
En un minuto me encontré en medio de una nube de gas que entró presta al hall y llegó hasta la mismísima estación, allá en la profundidad.
Cerré el negocio como pude y huí en busca del subte que me sacara de ahí. Casi no podía respirar, la piel me ardía, los ojos también. Llegué a la estación.
Recuerdo que cuando la flota inglesa estaba cerca de Malvinas, un sábado, el general, la dictadura, el poder, convocó a la Plaza de Mayo para un gran acto.
Los sábados trabajaba medio día. Tuve que salir a la calle en un momento y vi cómo la gente, las familias, en gran número, caminaba por Corrientes con banderas argentinas y entonaba cánticos. Más tarde vi en la televisión cómo la hinchada de la patria reunida en la plaza gritaba: ¡Los vamos a reventar!
La plaza estuvo de fiesta, y de fiesta estuvo la televisión, la radio, los medios gráficos y casi toda la sociedad. Todo transcurría como si fuera un partido de fútbol: les bajamos tres aviones, ellos dos, luego: vamos ganando.
Escribo, hago memoria, construyo la memoria, y siento vergüenza.
Recuerdo mujeres en el Obelisco tejiendo bufandas, señoras bien entregando joyas. Nada llegó a los soldados, todo se perdió en la nebulosa de siempre. En las pizzerías el maravilloso postre de pobre: la sopa inglesa, pasó a llamarse: sopa pucará.
Mi recuerdo se niega a seguir escribiendo estos días, y muchos recuerdan en silencio.
La defensa de los superiores intereses de la patria llevó al poder militar a escarmentar a aquellos que quisieron decir basta de dictadura.
La defensa de los superiores intereses de la patria llevó al poder militar a la gesta patriótica de Malvinas.
Se convocó a la gesta, y aquel que comió palos y gases unos días atrás fue a vivar la perorata del tirano.
Los que detentaban el poder, en ambos casos, invocaron a la patria. Y, cuando de la patria se trata, debemos despojarnos de las banderías y opiniones contrarias o peros posibles. La patria está por sobre todo lo demás, así nos enseñan.
¿Todos se despojan?, puede ser, los que nada tienen. Pero ellos no, porque ellos sí tienen una patria, son sus dueños, y no están dispuestos a perderla. El poder es el que en definitiva usa la idealización patriótica para defender sus superiores intereses.
Las Malvinas son argentinas, sí, pero esa es otra historia.
Mi memoria todavía no se explica cómo hoy se sigue confundiendo (hablo de la gente, el sistema apuesta a ello) la conveniencia política de una dictadura desgastada con una gesta patriótica. ¿Cómo entender que haya soldados ex-combatientes que sigan gritando Volveremos?
La patria del poder, la de ellos, es la que necesita este tipo de defensas; esa patria es la que puede mandar a sus ciudadanos inexpertos a una muerte segura. Pude ir a la guerra con seis sesiones de: ¡apunten al chileno!
Ningún soldado estaba preparado.
Los soldados no son héroes de la patria, son sus víctimas, ellos los asesinados por la dictadura que regía la patria. Y distinta es la muerte de los soldados profesionales, ellos tenían contrato, ellos tenían, habían elegido, un trabajo en el que sabían que un día podían tener que poner la vida sobre la mesa. Los soldados estaban obligados por ley.
Fuimos obligados a aprender a defender a la patria con subordinación y valor.
Volveremos, sí, cómo no, por la patria, sí, ¿la patria de quién?

El motivo de tapa para la edición de Subordinación y valor lo elegí desde mis almas. Vi, me vi, en el grabado del amigo Juan José Cartasso: la imagen desesperada de tantos colimbas: que pude haber visto (que yo mismo pude lucir) en las noches de la Escuela de Caballería en Campo de Mayo. Un grabado como espejo de la cara de los soldados en las islas, de la cara del soldado Carrasco, de la cara de tanto soldado, y de tantos ciudadanos que vieron consumado el chamuyo patriotero, la mentira.

jueves, 14 de marzo de 2019

Café Margot


Salí de caminata, en la mañana del 24 de diciembre, hacia uno de mis lugares queridos, fundacionales: el Margot. Necesitaba acentuar el regreso a mi Boedo.
Me acerqué por Colombres. Busqué la chapa que señalaba la vieja parada del colectivo 7 (esquina San Juan): pero ya no está a la vista: el árbol, su abrazo, terminó por hacerla memoria dentro de su cuerpo. Por Colombres, casi San Ignacio, bajo un balcón alto en el cielo había una moldura completa desprendida del susodicho cielo. Hubo suerte en la mañana de la vereda. Por el San Ignacio adoquinado, otra manera de nombrar el paso diverso del tiempo, llegué hasta el Margot.
Desde la noche anterior que revisaba dentro de mi almario. Hace años que sumé al vocabulario la presencia almario, término acuñado por Rubén Derlis (creo que en su libro Guía para vagabarrios), nacido hombre poeta en condición de homo boedensis, para luego dejarse ser en la categoría que completa dicha identidad, me refiero al ciudadano que descubierto boedensis apuntala su condición siendo además homo porteñensis.
Dentro de mi almario margotiano guardo amistad, solidaridad, la presencia de buenos fantasmas: recuerdos de los que ya partieron mientras se quedaban entre los recuerdos de mi eternidad limitada. En mi almario hay imágenes, voces, pistas de anécdotas, las pequeñas memorias que hacen esa memoria de identidad tan necesaria en la vida. Hay caricias y amores en mi almario boedense, placeres anclados entre las mesas del Margot.
Guillermina, la moza en la primera mañana, cuando habito mi regreso a la ciudad, me recibe con la mirada amable de cada día. Nada sabe uno del otro: actores silenciosos en el café. El mozo guarda para el cronista una importancia fundamental: la oportunidad de estar acompañado a través del diálogo ocasional que funda el mutuo conocimiento: reconocerse desde cada tarea. Recuerdo a Osvaldo, el mozo cómplice que en los primeros años de mi trabajo en el periódico Desde Boedo, dirigido por mi amigo Mario Bellocchio, acompañó mi escritura en el café. Recuerdo otros dos compañeros de trabajo: Alejandra en el México, y Guillermo, el Gallego, en el Cao.
Imposible hablar del Margot en Boedo sin que aparezca el aprendizaje en libertad que significó, para mi escritura, ser parte de Desde Boedo. En el Margot Derlis me presentó a Mario, y entonces me invitaron a ser colaborador. Acepté por el 2001, y acá estoy, haciendo memoria desde el mismo Margot para la misma idea de periódico. Mi escritura fue favorecida por esta doble pertenencia: periódico y barrio, por la toma de conciencia ciudadana, y por humanas revelaciones durante este mientras tanto. Estoy sentado a La mesa de soñar (una plaquita de bronce da pista de su sustancia) por ser símbolo de nacimientos culturales varios en el barrio, entre ellos: Desde Boedo.
Me permití anotar en otra página: (…) Café y encuentro / universo solidario y abrazo / y amor / la charla con compañeras y amigos / escritores y poetas / sabihondos de café: / eterno el Profe Ricardo, / el Gordo González, / Carlos Caffarena, / Diego Ruiz, / Silvia Palferro, la poeta, / naciendo recuerdos de su hermano muerto. / Todos ellos / mis muertos del café, / sus buenos fantasmas. (…). Recuerdo también la generosa presencia y charla amena de la poeta Nira Etchenique, del escritor Alfredo De La Fuente, el encuentro con Juan Núñez, y la vez que compartí la visita de Osvaldo Bayer. La agrupación Baires Popular, un puñado de amigos, lo invitó a almorzar en la trastienda del Margot. ¡Salud a sus memorias! Mientras pensaba en estos regresos, una mujer que dijo tener 85 años, que se despedía de una mesa vecina, me aclaró que era mayor, no vieja, viuda hacía 9 años; cerró su corta charla de esta manera: Ya no lloro. Dijo sentirse bien con su soledad. Saludé la felicidad de la memoria desde mi mesa.
En las paredes del Margot hay viejos carteles de publicidad: Pineral, Medias París, Hesperidina, Bagley, Cigarrillos Hollywood y Arizona, Cinzano, Quilmes, Fernet-Branca. Y cerca del cielo margotiano están los grandes carteles fileteados por Guillermo Pérez Bravo, el Gallego, a quien conocí fileteando un cartel en la trastienda, y que luego fue compañero de escritura, por años, en el Cao. Leo en la altura del filete: Café Margot declarado “Café Notable” de la ciudad de Bs. As. 1904-2003. Un filete al lado de una escultura: Rincón de Don Francisco Reyes En homenaje al gran artista de Boedo, cuyo nombre honra esta esquina Porteña. Café Margot. Hace unos años que el Gallego es otro buen fantasma, que anduvo por el Margot, pero que guardo en la memoria siendo capitán de la nao de tres mástiles llamada Cao.
En una mesa del Margot el Tata Cedrón me leyó/cantó Palabras sin importancia de Homero Manzi. Una hoja en su mano y toda la emoción ante el tesoro que le había legado su amigo Acho, hijo de Manzi, para que él le pusiera música.
La trastienda del Margot tiene sus historias. Los almuerzos de los sábados, la juntada de Baires Popular. Las tardes de los lunes, luego de que Rubén Derlis inaugurara los encuentros bautizados como Alpedismo Boedense, que consistían en convocar un puñado de conjurados para hablar al pedo sobre los temas que atardecieran, porque todo sucedía en el tránsito de la tarde a la noche. Se iba al Margot sin hoja de ruta, sin receta, en libertad, a ver, a estar presente cuando el otro aparecía, cuando el otro hablaba. Todo se funda en el otro, en reconocernos en el otro, en ser felices junto al otro.
En la trastienda trabajé mucho sobre mi escritura, elegía la mesa que da a la ventana, con vista a los adoquines de San Ignacio; me refugiaba en la bodega de la nave para mejor entrarle, en soledad, a la tinta roja de trazo fino. En esa trastienda transcurre el final de una novela escrita allí mismo hace unos años: Miedo de almanaque. En la trastienda tuve en brazos a Julia, mi hija, cuando tenía menos de un año.
Fui testigo, en las mesas del Margot, de muchos momentos inolvidables: el Gordo González exultante porque había descubierto que la panadería que, en difuso ayer, había acuñado la forma y nombre de la milonguita había estado ubicada en el barrio de Boedo donde, parecía asegurar la pasión de González, había ocurrido la mayor parte del big bang boedense que crearía la porteñidad. Escuché al Profe Ricardo explicar, como sabihondo que era, las razones por las que no comía pollo. Aseguraba que pollo comían los suicidas; fundaba su máxima en que al plumífero le prenden la luz y lo único que hace es comer, no vive, no hace el amor, no piensa, solo engorda a través del alimento balanceado. Si viera hoy el Profe que dicho alimento tiene formas diversas como el zócalo de tv o los slogans vacíos de contenido invitando a la insípida repetición.
En las mesas del Margot también pronuncié palabras de amor, eternas como eterno es el amor mientras dura, como eternos somos dentro de nuestra humana y limitada eternidad. Eternos en la imperfección y en el sueño. Eternos hacedores de los días, y en ellos tantos dioses y diablos, tanta buena voluntad, y tantas las veces en que no se estuvo a la altura.
Pensé, sentado a La mesa de soñar en el centro de la galaxia Margot, que somos un puñado de historias habitando distintas memorias. En el paisaje de un café siempre está el otro -los otros- siendo testigo feliz de ver de qué manera nacen los recuerdos.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Gómez de la Serna en el Margot


Hace unos meses que transito la lectura de Automoribundia 1888-1948 del egregio Ramón Gómez de la Serna (Madrid 1888-Buenos Aires 1963). Su autobiografía fue escrita en nuestra ciudad, tiempo/espacio que el escritor llevaba a buen resguardo en su memoria. Ramón llegó a la Argentina a principios de la Guerra Civil Española. Sólo regresó a su tierra de visita. Vivió casi toda su estancia porteña en un departamento ubicado en Hipólito Yrigoyen al 1900, Balvanera.
Señalo del Prólogo las primeras líneas: Titulo este libro “Automoribundia”, porque un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras. (…).
El libro (Editorial Guadarrama, España, 1974) tienta al lector, desde sus dos tomos de letra apretada, con una lectura en lentitud, reflexiva, atenta a la cantidad de pequeños universos propuestos, y toda su galaxia humana habitando la cintura de la dama de la escritura. Sobre el oficio anota: (…) Yo tengo el encanto de escribir. Entiéndase que no es este el encanto de escribir por escribir, sino el encanto de decir cosas, de encontrar la sinceridad, de poner sus comentarios a cosas que lo merecían como un piropo, como una crítica, como una denuncia, como una especie de revelación y constatación de la realidad, con la que de alguna manera redoblamos la vida ante nosotros mismos y ante los que nos comprendan.
Fue en una mañana de lectura en el Margot que encontré todo un relato de detalle sobre la relación que Ramón mantenía con una de las herramientas fundamentales del oficio: me refiero a la lapicera, o mejor, sus estilográficas: (…) Yo ya tengo siete plumas estilográficas en funciones; pero he tenido más, que se me han perdido, me las han quitado o se me han muerto. Mis plumas supervivientes podrían decir lo que dicen, con más presunción que dolor, los vástagos vivos de las grandes familias: “Éramos veinte, pero sólo vivimos siete”.
(…) las siete me son necesarias, cada una en su tiempo, cada una en un alternante y disparatado orden.
¡Qué caracteres más diferentes los suyos! Hay la pluma que produce erratas quizá por su propia comodidad, que sugiere la confusión, que no remata las letras. Hay la que tiene buena letra, la buena letra que a mí me falta casi siempre. Hay la que quiere a toda costa hacer letra redondilla, con los ojos de las oes muy hechos y cerrados. Hay la que tiene una letra cercenada, enconada, más sincera que las demás y con la que el pensamiento disfruta rematando ideas. Hay la que quiere describir y se esmera en ello. Hay la novelesca, que va trazando los tipos y sus pasiones como si se confesase, como si le dictase cada personaje y cada situación las palabras necesarias. Y hay muchas clases más, con distintos pruritos cada una, con su “facilidad” y su “dificultad” correspondientes.
De la estilográfica a la mano, y de ella, o a través de ella, hasta el hombre que pone al servicio de la vida su escuchismo, así llama Ramón a su arte de escuchar, y lo señala como una práctica necesaria para todo aquel que intente la palabrería sustanciosa. Sobre este hombre que escribe, llamado Ramón, anota Ramón: El escritor es realmente un ser con siete –siete, porque ese es el histórico, bíblico y desequilibrado número, el número simbólico, pues yo tengo en realidad lo menos treinta- plumas estilográficas metidas en el bolsillo que tenemos a mano izquierda en la americana, pero realmente clavadas en el corazón, martirio que resulta aun más verdadero cuando, como yo, se escribe en tinta roja.
Agrega el escritor sobre el quehacer mágico de sus estilográficas: En las largas veladas del trabajo, las siete me ayudan –plenas de tinta roja- y me traen experiencias renovadas y matices distintos, como las siete flautas de un nuevo carrizo que se matiza por medio de las siete plumas como el arco iris por los siete colores.
No las alterno con premeditación o con una subdivisión del trabajo absurda. Sucede a veces que durante varios días uso una de ellas porque está más “voluntaria” que nunca, porque está inspirada, porque quiere escribir, porque encuentra una especie de bifurcación y de ampliación de la vida en ese rasgueo de las letras continuado, voluptuoso, con cierta afrodisia en su producirse constante, embriagante.
¡Días felices, espirituales, delicados de esas plumas, y días acéfalos, rasposos, desiguales de esas mismas plumas!
Yo las quiero, y me siento muy unido a su suerte, pues por ellas me desangro. Las miro con esa familiaridad seria con que se mira la jeringuilla con que el médico nos saca sangre o nos inyecta vida.
A la larga son más tornadizas que aplicadas.
Gómez de la Serna dejó una vida en el café Pombo de Madrid, y a esa vida hecha tertulia literaria la anotó con tinta roja en dos libros: Pombo (1918) y La sagrada cripta del Pombo (1924). Y sobre una de las mesas del Margot, en algunas mañanas, rindo memoria y lectura a su Automoribundia, el mapa del tesoro para encontrarse con su vida, y sus amores. Señalo una historia, una pequeña película, la aparición de Magda: (…) Me sentía solo, helado como un pájaro en la nieve, desheredado de camiserías y sastrerías, alma en pena del Jardín del Luxemburgo, cuando un día encontré una bella dama rubia de ojos azules que con una niña de dos años jugando a su vera llevaba un niño de meses en su cochecito. Nuestras miradas se enredaron como si no pudiesen separarse, y como ella viese mi timidez desesperada, escribió unas palabras en el periódico que tenía en la falda, y como si moviese un vagón correo echó hacia mí el cochecito del niño. Yo paré el tope de su agarradero, tomé el diario, leí rápidamente que en él me decía que “ella era divorciada”, y le devolví niño, coche y diario, acercando mi silla de hierro a su silla de hierro.
Desde ese día París tenía objeto, y volví a ser niño para llegar a ser hombre. (…).Me acerco al final del primer tomo de Automoribundia. Voy de encuentro en encuentro dentro de mi café, sobre mesa de madera, y sobre mesa de madera escribió Ramón en el Pombo, y lo hizo libro, dos veces libro. Hace meses que pienso en una memoria de mi Margot en estos tiempos de regreso a mi Buenos Aires. Pienso: bien podría hacer libro esta manera de habitar una mesa de café. En el Margot escribo sobre un cuaderno, y tan cierto es el sonido que produce el roce de la punta fina y la tinta sobre el papel, (…)  ese rasgueo de las letras continuado, voluptuoso, con cierta afrodisia en su producirse constante, embriagante. Afrodisia en mi trabajo de guardar imágenes, anécdotas, lugares y lecturas. Pienso en Ramón y me gustaría jugar con siete lapiceras. En estos treinta años que lleva el trabajo de escritura siempre trabajé con dos a la mano: una a punto de morir y la otra a punto de nacer sobre el relato. Eso sí, siempre escribí, elegí, la tinta roja para mejor desangrar el puñado de almas que me impulsa.
Ramón en rojo: (…) Gasto más tinta roja que nunca, como si esa fuese la licuificación de la sangre, fluyendo la sinceridad humana en su propio color, en inacabable sangría.
Así como dijo Unamuno que el lenguaje es la sangre del espíritu, la tinta roja es la representación de esa sangre.
Respondo de ese modo a la máxima de Nietzsche según la cual sólo es escritor aquel que escribe con su sangre. (…).

viernes, 11 de enero de 2019

Rafael Vásquez: luz y recuerdo


Pensaba, en días pasados, en la palabra. Aquella palabra que, desde la infancia, se extiende a manera de abrazo. La palabra que abraza y alienta las ideas: así se irá bocetando el paisaje general donde se afirmará nuestro puñado de almas -nacidas a partir de nuestro rodar en la vida, nacidas en las memorias de nuestros muertos-, se afirmará nuestro puñado de patrias internas, esos territorios afectivos no negociables, que nos irán acercando a una marca, manera, pista que dice de una identidad (bondad de vida que se logra cuando hay diálogo, y no ruptura, entre esas almas y patrias). Entonces, desde los días de lectura de Tom Sawyer y Colmillo blanco, las palabras aprehendidas, me invitaron a la vida. Y anoto ahora que la palabra, las palabras, su maravilla, me llevaron hasta un mediodía cercano para encontrarme con el amigo poeta Rafael Vásquez.
Rafael Vásquez por Gonzalo Vásquez
Rafael es de 1930, y una vez más lo encuentro lúcido, cariñoso, y crítico de este mundo que nos toca, el que construimos desde la resistencia: Rafael es uno de aquellos ciudadanos que siguen siendo humanos en un mundo que, de cotidiano, nos invita a la veloz efectividad de la desatención, especialmente de las esquinas desde donde se habla de humanas ideas, almas y patrias internas. No hay enojo desbordado en Rafael, hay una profunda comprensión de los mecanismos desde donde se funda el engaño. Hay en el poeta una mirada humana para con el engañado, para con el hombre al que se llevó puesto la actuación, la bulla, la ignorancia, el fin de la curiosidad en estos tiempos interesados en el poder y la moneda, o en la cáscara primera: la figuración a cualquier precio.
Nos cruzábamos en algunos cafés del ayer en Buenos Aires; nos saludábamos; yo tenía alguna pista de su poesía. Rafael llevaba su palabra, y también una pertenencia destacada dentro de un paisaje nacido alrededor de la poesía y las ideas: fue integrante del grupo Barrilete, cuyo mentor fuera el poeta Roberto Santoro (desaparecido desde 1977), y fue Rafael parte de la dirección, entre 1963 y 1967, de la revista que publicaba dicho grupo.
Consigno a continuación la mayor parte de la obra de Rafael Vásquez: La verdad al viento (1962), Apuesta diaria (1964), La vida y los fantasmas (1968), La piel y la alegría (1973), Hay sol en Buenos Aires (1975), Cercos de la memoria (1992), Ese sitio sin paz de la memoria (2007), Explicaciones y retratos (2011), Pequeñas muertes, provisorios olvidos (2016). En prosa es autor de Informe sobre Santoro (2003). En 1964 recibió la Faja de Honor de la SADE. En 2014 el gran premio de honor de la Fundación Argentina para la Poesía.
Recibí su invitación para asistir a la presentación de Explicaciones y retratos (2011). Asistí. Escuché y me fui con el libro y la lectura iniciada. El lector como coautor del libro, siempre recuerdo el pensamiento escuchado al poeta Marcos Silber. Pasados unos días terminé el libro de Rafael, y entonces quise contarle, y también quise entrevistarlo, y luego aparecieron algunas notas que escribí para el periódico Desde Boedo y el diario Tiempo Argentino, y el destino quiso que nos juntáramos a hablar de escritura en los cafés, principalmente en su refugio de charla: La junta de 1810, sobre Avenida de Mayo, casi Perú.
En 2016 publicó Pequeñas muertes, provisorios olvidos, y fui otra vez lector del nuevo viaje a los recuerdos que proponía Rafael. Se sucedieron charlas, un par de notas, y ante todo la alegría, la felicidad ante la escritura del otro: poeta, y a esa altura: mi amigo.
Esta amistad, este sustancioso cambio de figuritas a través de los años, suma un nuevo relato. Hace unos días, en su café, el poeta me invitó a almorzar. Dos horas para ponernos al día. Y mucho agradezco su atención, su compañía, sobre mi largo relato. En fin, el encuentro tuvo su frutilla de coronación: Rafael me entregó su último libro, un librito, así lo llamó, por sus dimensiones (de la serie Summa Poética de Vinciguerra): Tanta luz de recuerdos (2018).
Luego de su lectura coincido con su autor, sus tres últimos libros, desde 2011, están unidos en una misma, explícita, sintonía fundada en el recuerdo. Al leer el poema de apertura, le dije: sos un laburante del recuerdo. Soy un convencido de que la memoria es la gran llave para esta vida: sin ella, sin ellos, los recuerdos, no hay presente posible, no hay futuro alguno con el que soñar.
Café en La Poesía junto a Rafael Vásquez (abril 2013).
La garúa de recuerdos se deja atraer por el oficiante, en este caso: poeta, y así garúa durante el día y hay oportunidad para la humedad de la escritura; así sucede también durante la noche y el sueño, y entonces nace la ceremonia constante que alienta el ejercicio de la memoria en cada próximo sueño: despierto o en la entrenoche, el olvido es actor fundamental cuando se trata de trabajar la susodicha garúa. En Sueños anotó Rafael: A veces me sorprendo dictándome entre sueños / una carta de queja / por alguna injusticia, demora, incumplimiento / que el sol de la mañana se llevará al olvido. / No puedo hablar de insomnio pero hay algo / que interrumpe la noche. Y la redacto. / O comienzo a apilar mis argumentos / y demoro la búsqueda del sueño. / Si por lo menos fuera algún poema, / el principio de un verso, la palabra / que me guiara despacio a la otra orilla. / Sé que al final también la olvidaría / porque la noche esconde los sentidos. / Y al despertar, con el papel en blanco, / me volvería a decir: / ¿cómo empezaba?
De la salvación podría llamarse una de las sintonías de la palabra. Salvación, la palabra, Salvación en la lectura de quien acompaña, el otro en La voz del semejante: Nadie vence la muerte. / Y es lo justo, pienso cuando los años / se acumulan y acuden los recuerdos. / ¿Qué señales dejamos? / La luz de los encuentros todavía / nos dicta un argumento. / La escritura nos salva. / Y aquella otra palabra que nos viene / cargada de poesía: la voz del semejante. / Vale la pena el día / cuando por la lectura / descubrimos la voz que no esperábamos.
Rafael Vásquez -una de sus maneras de ser poeta- mira sobre su memoria, y en ella hay retratos, partidas, y siempre el regreso de fantasmas amigos. Pienso en el poeta Héctor Miguel Ángeli, recientemente fallecido, a quien Rafael dedica De más, la crónica, me digo, de una partida que sugiere movimiento de eterno retorno; como si el poema no se detuviera: fina niebla circular en humana melancolía dentro de una escena eterna, cuando dice el poeta sobre el poeta: I No sé rezar. / Hay que olvidarse entonces de los dioses / y pedir que la vida te defienda. / Que no te falle el sol. / Que la noche te acune / con un sueño olvidado pero cierto. / Que la voz o la mano / te sirvan para hablarnos todavía. / Nunca es tarde / para esa simple defensa que nos junta, / que nos vuelve a pedir / otro tiempo con vos, otra esperanza. // II Eso te dije hace unos días. / Y no sirvió. / Porque la muerte te ganó de mano / y fue duro mirarte tan callado / con tus amigos cerca. / Y las conversaciones que no llegaste a oír: / conjeturas, suposiciones y débiles sospechas / de aquella misma madrugada / que no supo alumbrarte. / La noche había bajado. / Fue como si estuviéramos de más.
Rafael Vásquez es poeta de andar con el recuerdo en la tinta emotiva de su palabra. Agradezco su ejemplo de poeta trabajador: la valiente insistencia, sus almas y patrias internas. Saludo Tanta luz de recuerdos.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Soledad Buenos Aires


Volví a encontrarme con Soledad. Ella, la soledad, en mi Buenos Aires, la del regreso. Fue inevitable mirar el paisaje y el quehacer de las criaturas. Acallada la bulla extra, que descoloca a todo recién llegado que transita con cierta lentitud, quedaron expuestas las otras bullas, las del basamento, las paridas por la flecha indicadora de los tiempos en nuestra sociedad.
Deslizarse, caminar o caer dentro de un renovado maelström (¡Salud, Edgar Allan Poe!) donde la curiosidad se duerme, donde la atención corta el cordón umbilical con la criatura que, mareada en insípida repetición, se deja estar en veloz soledad mientras se hace olvido.
Veo en mi ciudad, y pienso en una especie de calesita malsana donde pocos saben –el olvido cada vez más fuerte- que siempre existe la posibilidad de bajarse. La sortija como símbolo que posibilita renovar el giro en aparente sintonía mejorada, pero siempre amarreta: mayor profundidad en la vorágine. Todo transcurre en el mientras tanto de nuestra sociedad injusta, donde hasta el esfuerzo de vivir con clara conciencia está manoseado por los vaivenes de la timba.
Caminar por Buenos Aires es hoy una invitación a esquivar astronautas en tránsito hacia las naves donde terminan de romper las últimas ataduras con la terrena urbanía.
Astronautas sobre una vereda de Boedo. Los veo venir hacia mí -como si fueran sánguches de miga vencidos (¡Salud, Pappo!)- con expresión de modesto big bang estrellado. No miran al frente, apenas unos últimos reflejos vitales les permite saber del boceto en que se transformó el afuera. Caminan en soledad. El que puede: pelo y traje de astronauta a la moda. Fino cablerío entrando y saliendo por las orejas. El falo bífido  de un renovado Alien (¡Salud, Ridley Scott!) nace en el dispositivo de comando que, desde el ariete tecnológico, va hasta los dueños de Houston, para que estos señores no tengan ningún problema.
Luces y sonidos. Tacto y dedos ansiosos. Ojos desorbitados. Luces y sombras dentro del astronauta que busca llegar a su nave para mejor ser o estar sangre adentro del dispositivo: ser a través de él, ser en la bulla de no ser. Ya no sé de dónde vengo, ni a dónde voy. Soy astronauta en un departamento. Soy astronauta en tren, subte o bondi. Soy tan anónimo entre tantas naves que hacen a mi nave. Soy una astronauta que sube rauda al colectivo y desenfunda el dispositivo como Alan Ladd pela el revólver en el último duelo de A la hora señalada. La astronauta de movimiento perfecto, de ansiedad afilada empieza a gatillar con los pulgares sedientos. Veo en mi ciudad, y luego intento la existencia, porque pienso y me pregunto.
No soy adherente a los andurriales por donde se arrastran los necios. O sea, no soy tan necio para de un plumazo negar las bondades de la tecnología. Soy usuario de la herramienta tecnológica: computadora, teléfono, redes sociales, y las bondades del ciberespacio en el que también hay nubes. Hago uso de blogs, de páginas, veo cine de ayer a través de youtube, fui usuario de Netflix. Tengo cinco libros editados como ebooks. Me digo que se puede hacer un uso positivo de la revolución digital. A la vez es triste saber del hombre que vive “conectado” la totalidad del día. Obvio: entre tanto astronauta debe haber gente que, por ejemplo, está leyendo un libro a través del dispositivo; pero no es posible que todos lean, que todos estén adquiriendo sustancia para hacer mejor la idea de la vida en esta sociedad: si así fuera, la soledad no andaría de fiesta entre tanta gente. No hace falta que los colectivos se fabriquen con ventanas, ya nadie mira por ellas. No imagino de qué manera el astronauta sabe que su sobrevuelo urbano se termina y debe bajar para mejor seguir en la nave que lo lleva hasta su nave madre, el refugio solitario donde vive madre: Hal 9000 (¡Salud Arthur C. Clarke!), o similar, que se encarga de todo sueño. Tan conectados y estamos unidos por tantos abismos insondables. Y uno de estos buches negros ciberespaciales es el encargado de comerse nuestro mundo, el cotidiano, el argento destino. De tanto astronauta visitando otros mundos sucede que se descuida la esquina primera del barrio.
Quien no hace esquina en el barrio se pierde de la fundación de la historia y las ideas que le tocan en su época, y nada tiene que ver que las semillas provengan del pasado: la vida, el mundo, pasa hoy, de ahí la necesidad de nuestra huella. Quien mira hacia otro lado, quien se funda como astronauta de su dispositivo: cuando el norte pasa por renovar su foto diaria antes de que sea demasiado tarde: si el norte del día pasa por el deseo irrefrenable de ser noticia en tanta red, y enseñar al otro -en tanto la juegue de público- que se lleva una vida exitosa y feliz, por siempre feliz; si todo es cuestión de dar me gusta a granel, si la memoria se reduce al simple hecho de cortar y pegar frases de gente que nunca se leyó para mejor aparentar que la revolución está bien dentro de tu corazón: si se pasa por lector de Calvino, Saramago o Pessoa, queda bien y te da vidas en el juego de una careteada por siempre vacía de contenido; esto, decía, es desentenderse de la realidad. Se puede ser astronauta que no sabe de política, solidaridad, derechos humanos, cultura, porque nunca leyó un libro (y cuando en sus manos tuvo la oportunidad de hacerlo), cuando la tecnología le tira el centro hecho disfraz sobre un área de cartón pintado. También se puede ser astronauta que de nada se enteró, porque simplemente iba a los besos con el Alien que le llega hasta la cabeza, y entonces se suceden incontables audios, caritas felices respondidas con más caritas, fotos y videos divertidos de burlados y animalitos juguetones. Y entonces, ¿qué pasa con el mundo fuera de la nave?
Este mundo globalizado empieza desde cada una de nuestras mañanas, y desde allí crece esa manía que identifica al poder que lleva nombre de concentración económica, ideológica, para mejor condenar a través de la exclusión a aquellos que, según salvaje aritmética, no pertenecen. Y es necesario señalar el éxito de los que concentran el poder real a nivel mundo para con los que nunca pertenecerán, esa otra vuelta de tuerca a la famosa imagen de la zanahoria a la que nunca llega el excluido que corre: es el sistema y sus secuaces, los hoy llamados medios de información, el que le ha hecho creer a millones de personas que la no pertenencia solo es un problema de papeles, de pasaporte, que en cualquier momento se arregla para ser y pertenecer a la vereda de los nuevos colonizadores. La discriminación siempre a la mano es una necesidad, porque yo sí, pero él no, otra buena manera de anular posibles solidaridades, un entrenamiento para nunca ver al otro.
Años atrás se era parte del mundo verdad si se estaba en tv, y hoy pesa más la imagen regalada: un carnaval de falsa moneda se retuerce en los terrenos de las redes sociales. En el ciberespacio se cuece mucha mentira, mucha máxima de quien nunca pensó, se vende, por ejemplo, alimento balanceado para pichones de nazis que no saben de su identidad aria devenida desde “novedosas” ideas de justicia.
Es necesario bajarse del Alien, dejar de ser astronauta que no tiene hermanos; cambiar soledad por solidaridad, ocuparse del pensamiento, la idea, la repregunta, la información veraz, que nos ayude a refundar la sociedad, a apuntalar un mundo que se cae a pedazos: volver a encontrarnos en el intento de ser humanos.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Tiempo y regreso


La ruptura temporal sucedió de manera inesperada. La historia de mi vuelta a Buenos Aires comenzó en el México. Para después quedaron el Margot y el Cao. El México fue el primer café donde en forma decidida empecé a trabajar mi escritura, y varias aristas de mi identidad.
En 2001 publiqué México, un refugio en Buenos Aires. Habité por años una de sus mesas. Y de vuelta al México me llevó una voz amiga que también regresaba desde el pasado. Otra buena presencia en los días tristes del presente. Propuse el café sin pensar mucho en mi historia con el lugar. Fue un movimiento reflejo.
Mientras caminaba hacia el café llegó hasta mí, otra vez, el aroma del río del tiempo. Caminaba, allá, en mi ayer de gran ciudad, siempre por su cauce: encontrándome, y encontrando historias: los recuerdos que respiran en la memoria. La vida como regreso consciente a los momentos.
En la ciudad/río de Gualeguay tuve la suerte de conocer al pensador, poeta, y notable cultor del aforismo: el amigo Eise Osman. En una tarde de charla, en su casona de calle Belgrano -la casa donde viviera su último año el egregio poeta Carlos Mastronardi-, Eise me dijo que el hombre nace en el tiempo, y que muere en el espacio, o sea, atrapado en una habitación, una cama, una silla de ruedas. Esta verdad, de poética intensidad y contundencia, vino a acentuar mi tinta de dibujar los detalles de cada relato que lleve, en su hueco de vida, la semilla de la memoria. Por ello se me ocurre anotar que todo relato humano es también nacido en el tiempo, y que gracias a la salud de poéticas razones queda a salvo del espacio.
A poco de recobrado el susodicho aroma, pasaba frente a una vidriera. Avancé un par de metros, pero volví sobre mis pasos. En la tarde se alumbró un descubrimiento: una relojería, su nombre: Lita. En su interior, sobre estantes de vidrio, había: relojes viejos, algunos con cierta apariencia menos antigua; una figura del Quijote hecha en madera; botellas vacías de bebidas alcohólicas; una plancha a carbón; una planchita eléctrica, se me ocurre que para llevar en la valija; relojes con cadena; collares de ayer y de dudosa perlería; teléfonos obsoletos; adornos para muebles guardando en su buche un reloj; un yacaré, o bicho por el estilo, embalsamado; relojes antiguos fijos en las paredes; y dos hombres, peinando canas, sentados de espalda a la vidriera; ellos eran la compañía del relojero, un hombre que también guardaba años en sus manos de trabajar con el tiempo. Los hombres sentados, pensé, son habitués; en la relojería matan las horas como en un viejo café de barrio.
El local respira en la profundidad. Veo desde la altura; la vidriera da sobre la vereda de Avenida La Plata, a metros del arranque de Alberdi. La imagen dice de la quietud, el único que se mueve es el relojero. Hay mucho tiempo hecho polvo sobre todos los objetos. Ninguno de los relojes de la vidriera está en marcha, creo que lo mismo sucede en el resto del negocio. Sin los tres fantasmas, podría pensarse que en la relojería solo vive la memoria en silencio. El tiempo puede haberse hecho polvo, pero todo vive a mitad de camino entre el día presente y la memoria. El relojero, con típica lente de aumento ajustada a su cabeza, hurga dentro de un reloj ayudado por una luz que avanza desde la pared: a voluntad se acerca o aleja, ya que cuelga de un brazo hecho con metales planos: entijerado, plegable: el brazo del pasado juega la luz de este día.
Llegué hasta el México por la vereda contraria, quería verlo dentro de un plano general. Se ajustaban recuerdos que habían retornado a través de pequeñas señales: tiritas del ayer, tiritas de colores de la cortina que siempre adorna, acompaña, la puerta por donde se va y se viene de la memoria; el tiempo acentuaba los bocetos del mapa que ahora se desplegaba en las entrañas de la esquina de Avenida La Plata y México.
En la puerta del café me encontré con la voz que dentro llevaba las voces de tantos amigos. Entramos. Enseguida miré hacia mi mesa, la de ayer. Ocupada. Elegimos otra, contra la pared.
Se acercó el mozo, y su cara me pareció conocida, pero no estaba seguro de que perteneciera al México de allá lejos. Pregunté si siempre había estado en el México, o si había trabajado en otro lugar. Podía haberlo visto en otro paisaje. Dijo: Trabajo acá hace 21 años. Y entonces nació urgente otra pregunta: Y Alejandra, La Colorada, sigue trabajando. Respondió: Sí, entra a las 4. Alejandra era la muchacha que me atendió en cada una de mis tardes de escritura. Hola, ¿cómo le va?, saludaba; nunca logré que me tratara de vos. Ella no lo sabía, pero su presencia era fundamental para mi trabajo de escritura, como fundamental fue Osvaldo en el Margot o El Gallego en el Cao. Sentía que me cuidaban, ellos, los hacedores de la sintonía de un paisaje maravilloso desde donde este escriba contaba historias.
Hablé con la voz amiga que venía del pasado, nos pusimos al día: yo contaba tristezas, y ella, por suerte, alegrías matizadas con las sorpresas que siempre dispensa la muerte inesperada de amigos.
La cerveza se fue de a poco, pero antes La Colorada, que ya no es colorada porque lleva su pelo negro, llegó a su trabajo. Pasó cerca, saludó, no me reconoció. La lectura de escombros no es para cualquiera. En un momento, miró y supo, entendió que el pasado se había dibujado en el presente. Se acercó. Hablamos para encontrarnos en la memoria. Seguía tratándome de usted.
La voz amiga, y en ella tantas voces, partió hacia su colectivo. Era alegría. Fue abrazo.
Decidí quedarme un rato más en el México. Mi antigua mesa se había liberado. La ocupé. A mi mesa volvió el amigo Carlos Volpe. Volvieron recuerdos de habitués de aquellos días, de los libros que ahí escribí; volví a ver a Alejandra levantando los toldos: gira la vara de hierro en el viento de la avenida: igual que ayer.
El México cambió. En su estética está la intención de reflejar el paso del tiempo. Donde antes había plantas, hay una cantidad de objetos ya en desuso para nuestro veloz cotidiano. Y grande fue mi sorpresa ver que faltaba el cuadro de Aníbal Cedrón que estuvo colgado tantos años, y que en su lugar, la pared toda, presentaba una buena cantidad de fotos viejas de Buenos Aires. Vistas en detalle supe que eran del barrio de Boedo, y es más, que todas las fotos eran fruto del trabajo de Mario Bellocchio, mi amigo director de Desde Boedo. Fotos provenientes del Archivo General de la Nación, de vecinos, y sobre ellas toda la reconstrucción poético/digital de la que es capaz Mario. Hay aroma a tiempo en las paredes del México.

Saludé a Alejandra, que me había invitado con un café, y bajé de la nao -en que había mutado el México- a la vereda, desde donde seguí pensando en el tiempo. Caminé veredas por donde ayer había caminado, recuperé el aroma perdido, el tiempo me hizo señales en la relojería, el reencuentro con la voz de los amigos, entrar al México, saberme en la memoria de Alejandra, ver las fotos de Mario.
Pensé en la mesa donde yo había dado la espalda a la vidriera, donde la voz amiga no veía la calle, donde Alejandra también había dado la espalda al ventanal. Pensé en un testigo tras el vidrio. Nosotros como fantasmas que, con seguridad, seremos atrapados por el espacio. Pensé, apoyado en poética verdad, en la ventaja que lleva el relato. Siempre podremos ser relato.

viernes, 12 de octubre de 2018

Hacerse tango


Hubo una vez un paisaje soñado donde sinceramente creí poder encontrar toda la felicidad. Fue en la ciudad/río de Gualeguay. Atrevida es esta criatura humana que hasta cree poder transmutar en realidad una ficción tan descabellada como el amor. Y entonces los días hablaron de tristeza, de no encuentro. Casi seis años fuera de Buenos Aires. Hoy miro la ruta, la misma que me trajo de regreso a la gran ciudad, y pienso en mi hija Julia habitando aquel paisaje donde hoy papá es ausencia, mientras este hombre intenta remontar escombros y pelearle a la distancia.
Foto: Mario Bellocchio.
Volver. Vuelvo a “ser” en el barrio de Boedo, y en San Cristóbal. ¿Volveré a ser como el hombre que se fue?, ¿volveré a recuperar mis patrias internas, mis almas, en esta ciudad tan querida como odiada? Volver escribió Alfredo Lepera: Yo adivino el parpadeo / de las luces que a lo lejos, / van marcando mi retorno. / (…) / Y aunque no quise el regreso, / siempre se vuelve al primer amor. / (…) // Volver, / con la frente marchita, / las nieves del tiempo / platearon mi sien. / Sentir, que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada / errante en las sombras / te busca y te nombra. / Vivir, / con el alma aferrada / a un dulce recuerdo, / que lloro otra vez. // Tengo miedo del encuentro / con el pasado que vuelve / a enfrentarse con mi vida. / Tengo miedo de las noches / que, pobladas de recuerdos, / encadenan mi soñar. / Pero el viajero que huye, / tarde o temprano detiene su andar. / Y aunque el olvido que todo destruye, / haya matado mi vieja ilusión, / guarda escondida una esperanza humilde, / que es toda la fortuna de mi corazón. Y es cuando después de repasar esta letra, me digo: che, escriba, parece que te hiciste tango.
En La casita de los viejos Enrique Cadícamo anotó: Barrio tranquilo de mi ayer, / como un triste atardecer, / a tu esquina vuelvo viejo... / Vuelvo más viejo, / la vida me ha cambiado... / en mi cabeza un poco de plata / me ha dejado. / Yo fui viajero del dolor / (…) // Vuelvo vencido a la casita de mis viejos, / cada cosa es un recuerdo que se agita en mi memoria, / mis veinte abriles me llevaron lejos... / (…). Vuelvo a hacerme tango porque es en la casa de mis viejos donde hoy -luego de haber quemado todas las naves en la gran ciudad cuando la partida- vuelvo como primera estación en esta nueva historia. En el tango de Cadícamo es la madre la que está enferma, en cambio, en mi tango es Adela, mi vieja, y además Rolando, mi padre. Ellos precisan de mi ayuda, como mi hermano, y me digo que yo también necesito la ayuda de ellos, y este es otro tango a escribir desde mi tango.
La casa de mis viejos está en Martín Coronado, a un puñado de metros de las vías del ferrocarril Urquiza. Ya no está la canchita de fútbol del costado de la vía. Ya no está el terreno baldío ubicado enfrente de mi casa de infancia. Ya no está la casa abandonada ni los árboles de su entrada, y la calle de tierra es hoy cemento sin huella. Sólo en algunos rincones de la casa de mis padres todavía me veo haciendo tal o cual cosa. Me veo cuando me reencuentro con un plato de donde comió el pibe que fui. Me veo en los ambientes, digo, aún puedo encontrarme en el reflejo sobre el vidrio de una ventana, en el espejo del botiquín del baño, en el espejo circular que hay en la cocina. Desde ellos me ven pibe mis habitantes, mis almas de persona mayor parapetada tras los escombros.
La vejez no es más que aguantar las diversas sintonías de la indefensión, así anoto en estos días en que tanto veo y escucho a mis padres.
Vuelvo a Buenos Aires y estoy nervioso, además de triste, porque me falta el abrazo de mi hija. Desde mi regreso, desde que pasé a ser un exiliado del amor, solo me acerqué a la estación cabecera del Urquiza: Federico Lacroze, una zona neutral. Pero pienso: cómo será caminar otra vez por mi Boedo, mi San Cristóbal, sabiendo que ya no estoy de visita; caminar como regresado, como ángel que perdió el cielo de la mirada fresca de la infancia, y entonces, en intenso volver, podré sentarme en una mesa del Margot, en una mesa del Cao, sobre Matheu, ahora que nuevamente puede ser mía. En ambos cafés voy a quedar al borde de la lágrima y la memoria, porque Julia no está conmigo, porque a ambos cafés, con menos de un año, la llevé para decirle que ahí, en esta mesa y en aquella, papá fue feliz. Voy a quedar al borde de la lágrima también porque voy a convocar a mis muertos, fieles compañeros en los días de la memoria. Y luego de mirar por la ventana, el afuera, para mejor encontrarme en el adentro, sacaré lapicera roja tan de sangre para que garue palabras sobre la página en blanco. De esta manera sería encontrarme con una bella costumbre dormida en la no memoria de Gualeguay: escribir en mis cafés amados. Amada Buenos Aires cuando me refugio en alguno de mis cafés.
Y fue en el viaje en tren hasta Federico Lacroze donde fui testigo del tránsito de una parte de la larga caravana de los condenados. Personas que, de manera sucesiva, elevaban su voz para pedir ayuda a los pasajeros. Los motivos: problemas de salud, alguna discapacidad, o sencillamente pedían dinero para comer. No importa la razón que lleva a una persona a pedir moneda, dicho esto para aquellos que enseguida creen descubrir una mentira, el engaño. Ante todo es un hombre que pide, un hombre desesperado, indefenso ante el sistema inhumano hoy tan acentuado por los que dijeron ser poco menos que la reserva moral de este país. Hay tristeza en la calle, en la gente. La moneda no alcanza, y bien lo sé, ya que mi regreso a Buenos Aires es sin trabajo, y con apenas unos mangos en el bolsillo.
De mi biblioteca escorada en Gualeguay tomé, antes de la partida, Automoribundia I y II 1888-1948 (1948) de Ramón Gómez de la Serna. De su Prólogo señalo las primeras líneas: Titulo este libro “Automoribundia”, porque un libro de esta clase es más que nada la historia de cómo ha ido muriendo un hombre y más si se trata de un escritor al que se le va la vida más suicidamente al estar escribiendo sobre el mundo y sus aventuras. (…). Y este relato y reflexión: (…) Un día llevé a un niño de cuatro años al Bazar X y le ofrecí todo lo que se le antojase: el caballo mejor, la reluciente espada, el peto y el quepis de húsar, la pelota más grande, etc., etc., hasta que en cierto momento, colmados sus deseos y su paciencia, cuando yo le ofrecía más cosas, estalló en la más desconsolada de las llantinas y comenzó a gritar, consternando a todo el puerto fenicio de las vitrinas: “¡No quiero más! ¡No quiero más!”.
Por si aquel caso era un caso excepcional de un niño desinteresado y único volví a repetir la experiencia con otro niño de cuatro años, y el resultado fue el mismo, comprobando que el niño tiene límites en sus deseos, que no está poseído aún por la avaricia, que no lo quiere todo y no le fanatiza el desaforado deseo de los hombres de apoderarse de mucho más de lo que se necesita para jugar a vivir.
Arriba, en la supuesta cima, los desaforados, y abajo, en la sima, los sufrientes. Vuelvo hecho tango a mi Boedo, a mi San Cristóbal: universo Buenos Aires en estos días de fiebre amarilla, y tristeza, de afuera y de adentro. Anotó además Gómez de la Serna en el Prólogo: No perdurará nadie sino por la menor cantidad de farsa que ha habido en su vida. (…).