Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 18 de julio de 2012

Una historia para Julia (XI)

Óleo de Eolo Pons
Me encuentro en tus ojos, los del misterio, y me digo que quiero contarte de cuando las personas caminan por los días y de cuando hay que irse para escondernos muy cerca de la ausencia. Quiero contarte, Julia, pero no sé si pueda. Nacemos a la vida, llegamos, abrimos los ojos, como vos, recién, hace un rato, llegar desde el abrazo de mamá Evangelina, o llegar desde la mar misterio, desde ese puerto ubicado a más de dos meses de tu sonrisa de hace un rato. Llegar es como volver de una siesta, de un sueñito. Hay siestas diferentes, unas cercanas, y otras un tanto alejadas. Siempre se vuelve a la siesta primera, de la que poco adivinan los hombres. Sabés, creo que yo venía conociendo mucho de esa siesta. Papá tiene amigos queridos en la siesta de la ausencia. Ellos duermen en otro barrio. Un tanto lejos están Néstor, Gabriel, Salvador, Liliana. Ellos se fueron después de vivir sus días, no están después de haber contado historias, después de haberlas disfrutado. Se fueron, pero igual los veo, los encuentro en la memoria, que es un lugar donde se guardan los recuerdos, un barrio donde se mezcla el tiempo, y es este tiempo y memoria el que puede atesorar la cara de mamá y papá, el cielo, la lluvia, la música, las caricias, los amigos, todo junto y sin orden para que vos, yo, cualquiera, pueda jugar con los momentos; y mejor si son alegres, y mucho mejor si hay más alegres que tristes. Creo, Julia, que papá venía como desparejo, con mucha historia y pensamientos alrededor de la siesta, esquina de Buenos Aires llamada muerte, es más, sé tantas historias alrededor de ella que casi podría pasar por sabihondo de café, y me doy cuenta que, a pesar de haber disfrutado de los días, de haber sido feliz porque viví lindas historias, es tu llegada, hija, la que por fin me empareja, la que me hace pensar en que ahora sí sé de la vida y de la muerte. Y quiero decirte que estoy convencido de que para caminar lindo por los días hay que saber de llegadas y de partidas: sólo así podemos ejercer la memoria.

1 comentario:

María Neder dijo...

Querido Edgardo, con esta escritura estás desperezando nuevos pasos, pienso que la paternidad, la maternidad, la abuelidad, son estados del ser, llegan, vienen a nosotros, se instalan íntimamente. Se vive o no se vive. A veces me parece imposible transmitirlos plenamente, se puede acaso acercar con palabras, y acercar un poco más, y un poco más. Hacer de nuestros ojos un zoom, sentir que entramos en lo mirado admirable. Ese ser que tiene "algo" nuestro y no sabemos qué. Escribir una página, un relato, un recorrido apenas o, acaso, el mejor poema y -sin embargo- de una u otra manera ese estado íntimo -nuestro, del Ser- (non è la stessa cosa) no es la misma cosa que una música o un texto o una foto o una pintura. El Arte representa, la vida, simplemente, se presenta y alguien ES lo supremo. Ocurre, noche a noche a día, cuando tenemos la tierra interna para vivirlo así, plena de agúita cálida y clara. Y las historias cambian su lenguaje, sus latidos, adquieren la extraña forma que se nos parece y aún no terminamos de ver.