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Composición fotográfica de Mario Bellocchio |
Aquello que
ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Regresos. Rescates. Regresa la
ciudad como plano general de historias, momentos, sucedidos.
Siempre atento
al regreso a otro tiempo. Al aroma del pasado. Elegida ya la herramienta que hace
posible mi máquina del tiempo: la escritura.
Regresar a
ciudades queridas dentro de una misma Buenos Aires. Todas salvajes,
complicadas, siempre dolorosas. Y siempre en ellas el sueño, la poética
remembranza de la felicidad. Las historias levitan en el tiempo. Algunas me
conocen, saben, y entonces vuelven, casi en continuado, desde la sala de los
días alegres.
Escribo
fantasmagorías, representaciones de aquello que, sucedido ayer, retorna
recuerdos a través de una presencia, sea ésta persona, departamento alquilado, noche
de presentación de un poeta, esquina de café, una casa vieja de techos altos
con barrilete de San Lorenzo en cielo festivo de navidad.
Todo
sucedido ha tenido entidad dentro de la ciudad. Toda fantasmagoría hace posible
el regreso sobre el plano general -una toma de abrazo generoso- que establece
con claridad que el sucedido fue posible, ante todo, por el marco de viento
encrucijado que sabe traer el tango, el blues: una memoria de universo todo en el
grande escenario de Buenos Aires. Memorias ciudadanas. Historias, películas
nacidas desde una urbanía primordial,
fundante, especie de enredadera mágica que aroma como día de infancia las
sintonías del cemento que nos contiene, y nos dota de identidad y título.
Habitantes
de la ciudad/puerto. Nuestros fantasmas de origen en el cruce de caminos, así
desde el inicio de la película. En Buenos Aires los que esperaban hacer la
vida, y en la misma ciudad los que llegaban con igual objetivo. Llegar y
partir. Pasó ayer. Ocurre hoy. Y en medio los días que dura cada función de
cine. Se trata de rodar la película propia, escribir nuestra novela. Se trata a
su vez del quehacer aplicado a una pequeña obra. Los afluentes de la totalidad del
río como ensueño que diga: aquí estuve, esto o aquello es lo que fui. Una
pequeña obra que, desde lo esencial, nos guarde, aunque más no sea, en uno solo
de los momentos del mientras tanto.
Guardado en un poema, en un cuento, en un boceto a mano alzada, en una foto, en
este corto de cine que recreo como prueba de que, alguna vez, además de querer escribir
una novela, un cuento, un poema, soñé con hacer un corto dentro del mundo íntimo
de mi cine anotado.
Aquello que
ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Siempre estoy volviendo a una
película corta, pequeña, de compañía, una rama en el árbol, una historia de
lenta fugacidad. Una seguidilla de fotos. Llevo lo visto memoria adentro. Un sucedido
en medio del viento, una noche, sobre avenida Independencia. Quince minutos
después de una medianoche de Boedo. Navega este corto en el río de mi vida.
Sucedió, sucede, hace quince años. Fluye su regreso de escritura. Una película
que pide, para contarse, el tiempo que tarda un hombre en caminar dos cuadras a
paso tranquilo y atento. Ocupo ahora mismo mi silla en la vereda, en el cine
que bosqueja, visita, filma y vuelve a escribir la secuencia.
Abre la
pantalla. Recuerdo el desplazamiento. Un corrimiento dentro de la realidad de
la avenida. Y una pincelada de posible fantasía. Una secuencia rápida con
diferentes encuadres sobre las veredas. Nadie. Vacías. No hay extras. Soy el
equipo de rodaje. El testigo. El único.
Avanza una
camioneta blanca por el centro de la avenida. Lleva luces intermitentes. Es
guía. Su avance enaltece la lentitud. Giro a giro suma centímetros. Presencia
destacada que avisa la aparición de la historia. Engalanada de luz. Podría ser
fantasma de caballo de circo. Pero no. Anoto en el guión su esencia de práctico
de puerto. Habilidad de remolcador llegado desde las sombras. De hombre sabio
que dice por dónde el encuentro con la felicidad. Es guía en la noche del
cemento.
Detrás de
la camioneta. Detrás de la niebla madre de todas las nieblas, un filo metal
comienza una seguidilla de cortes. Tajos sobre sábana blanca. Ahora dice el
misterio. Vive la creación. El blanco no condiciona. Y libera el contorno de un
viejo barco. Chimenea herida, pintura rajada, óxido, carcoma. Violentada su
tumba provisoria en cercanía del Riachuelo, el barco viaja hacia su total
desaparición. Hay cementerios de barcos. En ríos, océanos. También en tierra.
Hay crematorios en que se dispone de las piezas del rompecabezas que hasta en
la muerte sostiene una forma barco. Hay misteriosos hacedores de criaturas de
metal. Trabajadores que, entre luces y herramientas, convocan una vida otra.
Convocarán los fantásticos escultores desde los recortes de la chatarra del
después.
El barco
navega, regresa, se mueve. Va montado sobre la amplia plataforma de un camión
gigante. En la parte más alta del barco hay un hombre. Solo. Entre sus manos
una “T” de madera. El hombre atento a los cables que puedan cruzarse sobre el
cortejo. El barco que recuerdo es representación y sintonía del paso del
tiempo. Transcurrir que trae silencios y presencias. Hay fantasmas junto a las
barandas. Vuelven. Navegan Buenos Aires. En la altura del barco, el hombre, el
único que aún respira, hace señales con la cruz de madera, la exhibe y reza,
“por las dudas” dice su línea de guión mientras abisma la mirada. Los
trabajadores de mar y río van ocupados, contemplan felices la orilla cercana.
Detrás un
segundo barco. Sale de la niebla la trompa del camión de transporte. Una
comunidad de fantasmas guarda silencio. Continúa el regreso. Un hombre en la
altura. Solo. Una “T” de madera. A la espera de señales en el cielo. Cruzaron
los barcos 24 de noviembre. El primero supera Sánchez de Loria. Restan Virrey
Liniers y Maza. En Boedo, imagino, aguarda una nueva puerta, un nuevo puerto de
niebla madre. Acompaña, acuna, a los viajeros del más allá. Alienta a los
habitantes de la ciudad donde termina el acentuado aroma a día de infancia,
donde todo sueño es posible. Un auto pasa veloz pegado al cordón. Imprime su
velocidad frente al testigo. Deja una estela de golpes rítmicos que rápido traga
el silencio. Otros autos en la avenida. Todos ruedan por los laterales de la
avenida mágica. “Ojalá muchos supieran de los regresos necesarios, de los
viajes misteriosos cuando es medianoche en la ciudad”, línea de la voz en of
del narrador, el testigo, el que filmó, y que hoy ha vuelto a filmar aquello
que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.
Barcos sin
nombre. Trabajadores sin nombre. Y aun así el regreso.
Barcos
fuera de lugar. En tránsito hacia el más allá profundo por senderos de nuestra orilla.
Es que siempre sabe el trabajador de mar y río. Una noche, mi tío Juan, entre filosofales
y maravillosos tragos de Jack Daniel’s, me dijo: Toda mi vida fui un barco fuera de lugar. Así dijo en un cuarto
piso sobre la encrucijada de San Juan y Muñiz. En Boedo. Los días lo habían
llevado hacia otras geografías. Lejos, salvo algunos recreos, de su aldea
natal: Buenos Aires. Ahora, mientras escribo, pienso en que todos podemos ser
un barco fuera de lugar. Y tantas las razones. La vida es cambio, oleaje para
el avance y el retroceso. A veces parece que los días fluyen y entonces la
felicidad en el río es posible. En otras el barco aguarda condenado sobre una
duna en el desierto. Es tanta la incógnita que hasta cuando todo fluye, la
película parece irreal. Barco fuera de lugar frente a una isla paradisíaca. La
vida como incertidumbre y fragilidad constante. Barco fuera de lugar después de
un óleo apocalíptico de Turner. La vida como movimiento entre debilidad y
fuerza. Sueño efímero y aventura maravillosa. La película mientras dura la
función de cine. Así nuestro barco, a consciencia, sabe que deberá partir hacia
la otra orilla. Una cuestión de tiempo. En un solo lugar no cuenta la
incertidumbre. La certeza salvaje de los días está, me digo, en el corto que
guardo en la memoria. Dos barcos escorados por el tiempo. Dos barcos que dicen
de la vida de ayer, en sueños con historias de feliz laboro, en sueños de pago
justo. Dos barcos que siempre dicen la vida mientras avanzan hacia los confines
de la naturaleza. En una noche más donde la memoria anota aquello que ya no es,
y que, sin embargo, sigue siendo. Sucedió y sucede en Boedo, sobre Avenida
Independencia, en Buenos Aires.
