Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 1 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLII)

Después de despertarte por última vez en tu cama, cerca de las cinco o seis de la mañana, pasás a dormir un rato más en la cama grande. Cuando despertás en cancha de 11 te gusta jugar entre nosotros: hablás, gateás, te cuento que aprendiste a gatear después de aprender a caminar, y llevás a cabo tu primer show de monerías. Existió el día en que desperté y vos estabas sentada bien cerca de mi cabeza. Me ganó el bostezo. Vos terminabas de sacarte una media: el movimiento fue perfecto, la guardaste en mi boca. En otra mañana, mientras mamá Evangelina preparaba la mamadera en la cocina, ocurrió la siguiente escena. Estabas sentada y te dejaste caer sobre la almohada. En un segundo empezaste a hablar en tu idioma indescifrable. Tuve la segura impresión de que en tu lengua había oraciones, expresiones claras y que tu palabra transmitía sensaciones que alguien entendía. Tuve la impresión de que charlabas amigablemente, tus brazos en movimiento reforzaban mi idea. En todo momento mirabas al techo. Explicabas andá a saber qué cosa o contabas una historia, que de eso se trata esta vida. Catorce meses y parecías sentada a una mesa de café. Habrás hablado un par de minutos, después el silencio, tu mirada, la sonrisa, el misterio, tu regreso a la cama.

viernes, 28 de junio de 2013

Texto presentación del libro Paletas Artísticas (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP)) por Edgardo Lois

La paleta del pintor como apaisada retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la madera donde aguardan los colores.
La paleta del pintor puede descansar sobre una mesita, o un banco alto, y puede, alta en el cielo, habitar el aire del taller al compás de los vientos. El alma del mago también debe saber del viento. La mano como vela de mástil mayor, flameante, puro desafío ante el abismo de la luz o la de su ausencia.  
Pero el secreto mayor jugará sus cartas en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre, y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la paleta.

Hace cincuenta años que sé de la existencia de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible, explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta, luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos, intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el mago, el alquimista.

Hay en este libro una propuesta distinta para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la creación. Este libro de la SAAP funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: Mirá, hermano, esta vuelta, el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que “sea”, que “haga esquina” sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar.
Como es de esperar, sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán lluvias, garúas y vientos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Una historia para Julia (XLI)

El 22 de mayo a la tarde: uno, dos y tres. Tus primeros pasos entre los puertos más cercanos: mamá y papá. Hasta ese momento nuestra maravilla consistía en ser testigos del instante en que soltabas amarras y te quedabas paradita sola. Acentuabas el logro,  para festejarte y para contar con nuestra atención, con un gritito agudo de felicidad. Ahí estabas, puro brillo, porque te dabas perfecta cuenta de la novedad. Después del grito te mantenías un ratito con sonrisa y tensión al tono. Luego volvías al apoyo. Sabés, ver cómo venís caminando hacia mí, apuradita, brazos que se agitan y pasos cortos, es de las imágenes más maravillosas de las que he sido testigo. Te cuento que en esta vida he visto maravillas: vi la cara de mamá cuando le di el primer beso, vi el punto final de una novela que me llevó cinco años escribir, vi la felicidad en personas que quiero, ja, pero ver cómo caminás hacia mis brazos: tu sonrisa, la mirada, la emoción, sí, hija, como te decía, he visto maravillas en el cielo de este mundo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Una historia para Julia (XL)

Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo. Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos, hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre, con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito, sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu sonrisa de cada día.

viernes, 17 de mayo de 2013

Descolgar un cuadro


En el 2003 firmé la nota La diferencia entre Ingeborg y el soldado obediente, en ella anoté: A veces me digo que todo es una cuestión de memoria, de reconocerse frente al espejo y frente a los demás. Claro que para ello hay que poder mirarse al espejo, me digo mientras me alegro de que un tipo como Galtieri no respire un minuto más sobre esta tierra. Que Galtieri no haya terminado en un calabozo es otra historia a analizar, pero al menos ya no respira la misma ciudad que respiran sus víctimas y los familiares de sus víctimas. No murió un viejito, tampoco un soldado; no murió un escritor, tampoco un trabajador; no, no, murió un bicho que ahora precisa de discursos para amanecer patriota. Pienso en Malvinas, pude haber sido uno más, diez veces al polígono de tiro y a la guerra, guerra en el sur, guerra en el sur; para mi general, el saludo de mi memoria.
Acabo de enterarme de la muerte de otro asesino, del miserable de Videla, y ya van a aparecer palabras tratando de abrirle, de alguna manera, las puertas del paraíso, convengamos que no le faltaron misas ni bendiciones, y van a aparecer también aquellos que afirman, con convencimiento y los respeto, que la muerte no se desea ni se festeja. Los respeto, pero les cuento que tengo mis ceremonias para la obtención de la felicidad, y entre ellas figura una que trata del deseo y festejo de la muerte de los mal nacidos que contaminan esta vida. Fui feliz cuando murió Martínez de Hoz con detención domiciliaria, y soy feliz hoy con la muerte de este soldado de la patria, de la suya, jamás de la mía. ¿Por qué?, lo anoté por Galtieri, ni un minuto más sobre esta tierra.
Aprovecho para marcar una diferencia entre las muertes de estos seres despreciables, y es que Videla murió donde le correspondía, en la cárcel, y esto gracias a la decisión de un gobierno democrático con memoria.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXIX)

¿Sabés cuándo entré a ser conciente de que tenía una hijita grande, grande, es decir, que ya había dejado de ser un bebé indefenso y sólo contemplativo del mundo? Te cuento, creo que el nuevo estado mental de papá se armó a partir de dos momentos. Una mañana, estábamos justo en la curva donde se unen la cocina y el comedor. Estabas sentada sobre el cuadrilátero de colores. Empezaste a moverte, hasta ahora no gateás, tu especialidad es el avance con arrastre de cola. Así llegaste hasta el corralito, y una vez a tiro, tus manos fueron hasta la pata más cercana: fuerza, empeño y decisión te llevaron a pararte. Ahí estabas, casi un año, paradita a un lado del corralito, poniéndole al cerco el cartel de armadura obsoleta. Te miraba, vos te reías. Saqué un par de fotos. En otra mañana, mamá Evangelina y yo estábamos desayunando. Escuchamos a la distancia que repetías, desde la cama grande, tu característico “tatata”. Te fui a ver. Brillabas, no lo podía creer, habías sido tan chiquita, y en ese momento eras tan chiquita y tan grande en la cama de mamá y papá. Quedé tonto, se me caían las lágrimas, y vos no parabas de reírte, de moverte, de hacer morisquetas. Jugamos un rato a escondernos detrás de nuestras manos, te encanta. Saqué unas fotos. A partir de estas dos historias papá se dio cuenta de que el universo había cambiado, de que se había ensanchado feliz, con aire nuevo. Casi un año, Julia, un tiempo de ensueño.

martes, 14 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVIII)

En medio del proceso de mudanza ocurrió algo azaroso. Pienso que a esa altura de los acontecimientos, ya tendrías real percepción de que el mundo de colores y formas que habías contemplado durante casi todo tu primer año, había dejado de estar a la vista. Papá lo guardaba en cajas de cartón y bolsas. Hilo y cinta de embalar, tornillos y maderas, todo había dejado de ser, y era extraño para nosotros, que en teoría comprendíamos más que vos. Sin dudas el desarmado del rompecabezas te habrá afectado. Faltaban pocos días para la partida, y me entero de que mi amigo poeta Rubén Derlis, presentaba su último libro, el sábado previo a la mudanza, en el café La Poesía de San Telmo. Mamá y vos viajaban a Gualeguay el viernes, el sábado la presentación y el lunes la mudanza. Preparé el mínimo indispensable de ropa hasta el lunes, el resto a la bolsa. Para el sábado dejé el saco en una percha. Y andaba con el saco de acá para allá, lo colgaba y enseguida lo tenía que correr debido a mi rol de papá embalador del mundo. Fue cuando me di cuenta de que había quedado libre el clavo de donde colgaba el cuadro del abuelo Rolando: El color que cayó del cielo. Claro que después de colgar el saco reparé en que quedaba exactamente sobre tu corralito. Fue inmediato, estabas seria, mirabas a la altura con desconfianza y me mirabas. Pensé que ibas a llorar, lo descolgué y te lo acerqué dando las explicaciones del caso. Vos lo tocaste y todo volvió a la normalidad: el saco de papá, pero hasta que volví a sostener la percha en la pared. Tu desconfianza volvió a decir presente. Dejaste de jugar, te molestaba esa impostura de hombre o de papá. Entonces lo entendí y lo descolgué definitivamente. Te dije: Julia, vas bien, que nunca te gusten los disfraces, que nunca aceptes que alguien te mire, confiado, desde arriba. Después pensé en que la mentira y la moneda muchas veces se sostienen de un clavo. Quiero que sepas que no figuran entre las bellas artes.