Después de despertarte por última vez en tu
cama, cerca de las cinco o seis de la mañana, pasás a dormir un rato más en la
cama grande. Cuando despertás en cancha de 11 te gusta jugar entre nosotros:
hablás, gateás, te cuento que aprendiste a gatear después de aprender a
caminar, y llevás a cabo tu primer show de monerías. Existió el día en que
desperté y vos estabas sentada bien cerca de mi cabeza. Me ganó el bostezo. Vos
terminabas de sacarte una media: el movimiento fue perfecto, la guardaste en mi
boca. En otra mañana, mientras mamá Evangelina preparaba la mamadera en la
cocina, ocurrió la siguiente escena. Estabas sentada y te dejaste caer sobre la
almohada. En un segundo empezaste a hablar en tu idioma indescifrable. Tuve la
segura impresión de que en tu lengua había oraciones, expresiones claras y que
tu palabra transmitía sensaciones que alguien entendía. Tuve la impresión de
que charlabas amigablemente, tus brazos en movimiento reforzaban mi idea. En
todo momento mirabas al techo. Explicabas andá a saber qué cosa o contabas una
historia, que de eso se trata esta vida. Catorce meses y parecías sentada a una
mesa de café. Habrás hablado un par de minutos, después el silencio, tu mirada,
la sonrisa, el misterio, tu regreso a la cama.
lunes, 1 de julio de 2013
viernes, 28 de junio de 2013
Texto presentación del libro Paletas Artísticas (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP)) por Edgardo Lois
La paleta del pintor como apaisada
retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como
alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia
de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el
silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un
viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida
de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al
mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y
también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los
recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha
paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las
lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la
madera donde aguardan los colores.
La paleta del pintor puede descansar
sobre una mesita, o un banco alto, y puede, alta en el cielo, habitar el aire
del taller al compás de los vientos. El alma del mago también debe saber del
viento. La mano como vela de mástil mayor, flameante, puro desafío ante el
abismo de la luz o la de su ausencia.
Pero el secreto mayor jugará sus cartas
en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor
sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño
del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje
de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha
comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un
compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con
cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada
minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se
ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre,
y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de
lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la
paleta.
Hace cincuenta años que sé de la existencia
de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin
que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo
la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas
pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser
hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible,
explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es
un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta,
luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque
todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán
a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En
definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria
interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la
vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La
paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias
internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue
y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida
de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita
alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que
mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del
mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la
retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada
artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de
fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los
tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos,
intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que
de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora
sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el
mago, el alquimista.
Hay en este libro una propuesta distinta
para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la
vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta
en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la
creación. Este libro de la SAAP
funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono
de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre
una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: Mirá, hermano, esta vuelta,
el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que “sea”,
que “haga esquina” sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar.
Como es de esperar,
sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán
lluvias, garúas y vientos.
miércoles, 26 de junio de 2013
Una historia para Julia (XLI)
El 22 de mayo a la tarde: uno, dos y tres. Tus
primeros pasos entre los puertos más cercanos: mamá y papá. Hasta ese momento nuestra
maravilla consistía en ser testigos del instante en que soltabas amarras y te
quedabas paradita sola. Acentuabas el logro,
para festejarte y para contar con nuestra atención, con un gritito agudo
de felicidad. Ahí estabas, puro brillo, porque te dabas perfecta cuenta de la novedad.
Después del grito te mantenías un ratito con sonrisa y tensión al tono. Luego volvías
al apoyo. Sabés, ver cómo venís caminando hacia mí, apuradita, brazos que se
agitan y pasos cortos, es de las imágenes más maravillosas de las que he sido
testigo. Te cuento que en esta vida he visto maravillas: vi la cara de mamá
cuando le di el primer beso, vi el punto final de una novela que me llevó cinco
años escribir, vi la felicidad en personas que quiero, ja, pero ver cómo
caminás hacia mis brazos: tu sonrisa, la mirada, la emoción, sí, hija, como te
decía, he visto maravillas en el cielo de este mundo.
miércoles, 12 de junio de 2013
Una historia para Julia (XL)
Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu
primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena
de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y
se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia
y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba
toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo.
Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos
de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A
todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos,
hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo
nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están
alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la
cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas
que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y
trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los
adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus
manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la
galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde
todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te
reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre,
con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito,
sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no
importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo
guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres
acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el
escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el
Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y
papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría
de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera
regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una
memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu
sonrisa de cada día.
viernes, 17 de mayo de 2013
Descolgar un cuadro
En el 2003 firmé
la nota La diferencia entre Ingeborg y el
soldado obediente, en ella anoté: A
veces me digo que todo es una cuestión de memoria, de reconocerse frente al
espejo y frente a los demás. Claro que para ello hay que poder mirarse al
espejo, me digo mientras me alegro de que un tipo como Galtieri no respire un
minuto más sobre esta tierra. Que Galtieri no haya terminado en un calabozo es
otra historia a analizar, pero al menos ya no respira la misma ciudad que
respiran sus víctimas y los familiares de sus víctimas. No murió un viejito,
tampoco un soldado; no murió un escritor, tampoco un trabajador; no, no, murió
un bicho que ahora precisa de discursos para amanecer patriota. Pienso en
Malvinas, pude haber sido uno más, diez veces al polígono de tiro y a la
guerra, guerra en el sur, guerra en el sur; para mi general, el saludo de mi memoria.
Acabo de
enterarme de la muerte de otro asesino, del miserable de Videla, y ya van a aparecer
palabras tratando de abrirle, de alguna manera, las puertas del paraíso,
convengamos que no le faltaron misas ni bendiciones, y van a aparecer también
aquellos que afirman, con convencimiento y los respeto, que la muerte no se
desea ni se festeja. Los respeto, pero les cuento que tengo mis ceremonias para
la obtención de la felicidad, y entre ellas figura una que trata del deseo y
festejo de la muerte de los mal nacidos que contaminan esta vida. Fui feliz
cuando murió Martínez de Hoz con detención domiciliaria, y soy feliz hoy con la
muerte de este soldado de la patria, de la suya, jamás de la mía. ¿Por qué?, lo
anoté por Galtieri, ni un minuto más
sobre esta tierra.
Aprovecho para marcar una diferencia entre las muertes
de estos seres despreciables, y es que Videla murió donde le correspondía, en
la cárcel, y esto gracias a la decisión de un gobierno democrático con memoria.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXIX)
¿Sabés cuándo entré a ser conciente de que tenía
una hijita grande, grande, es decir, que ya había dejado de ser un bebé
indefenso y sólo contemplativo del mundo? Te cuento, creo que el nuevo estado
mental de papá se armó a partir de dos momentos. Una mañana, estábamos justo en
la curva donde se unen la cocina y el comedor. Estabas sentada sobre el cuadrilátero
de colores. Empezaste a moverte, hasta ahora no gateás, tu especialidad es el avance
con arrastre de cola. Así llegaste hasta el corralito, y una vez a tiro, tus
manos fueron hasta la pata más cercana: fuerza, empeño y decisión te llevaron a
pararte. Ahí estabas, casi un año, paradita a un lado del corralito, poniéndole
al cerco el cartel de armadura obsoleta. Te miraba, vos te reías. Saqué un par
de fotos. En otra mañana, mamá Evangelina y yo estábamos desayunando.
Escuchamos a la distancia que repetías, desde la cama grande, tu característico
“tatata”. Te fui a ver. Brillabas, no lo podía creer, habías sido tan chiquita,
y en ese momento eras tan chiquita y tan grande en la cama de mamá y papá. Quedé
tonto, se me caían las lágrimas, y vos no parabas de reírte, de moverte, de
hacer morisquetas. Jugamos un rato a escondernos detrás de nuestras manos, te
encanta. Saqué unas fotos. A partir de estas dos historias papá se dio cuenta
de que el universo había cambiado, de que se había ensanchado feliz, con aire nuevo.
Casi un año, Julia, un tiempo de ensueño.martes, 14 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXVIII)
En medio del proceso de mudanza ocurrió algo
azaroso. Pienso que a esa altura de los acontecimientos, ya tendrías real
percepción de que el mundo de colores y formas que habías contemplado durante
casi todo tu primer año, había dejado de estar a la vista. Papá lo guardaba en
cajas de cartón y bolsas. Hilo y cinta de embalar, tornillos y maderas, todo
había dejado de ser, y era extraño para nosotros, que en teoría comprendíamos
más que vos. Sin dudas el desarmado del rompecabezas te habrá afectado. Faltaban
pocos días para la partida, y me entero de que mi amigo poeta Rubén Derlis,
presentaba su último libro, el sábado previo a la mudanza, en el café La Poesía de San Telmo. Mamá y
vos viajaban a Gualeguay el viernes, el sábado la presentación y el lunes la
mudanza. Preparé el mínimo indispensable de ropa hasta el lunes, el resto a la
bolsa. Para el sábado dejé el saco en una percha. Y andaba con el saco de acá
para allá, lo colgaba y enseguida lo tenía que correr debido a mi rol de papá embalador
del mundo. Fue cuando me di cuenta de que había quedado libre el clavo de donde
colgaba el cuadro del abuelo Rolando: El color que cayó del cielo. Claro que
después de colgar el saco reparé en que quedaba exactamente sobre tu corralito.
Fue inmediato, estabas seria, mirabas a la altura con desconfianza y me mirabas.
Pensé que ibas a llorar, lo descolgué y te lo acerqué dando las explicaciones
del caso. Vos lo tocaste y todo volvió a la normalidad: el saco de papá, pero hasta
que volví a sostener la percha en la pared. Tu desconfianza volvió a decir
presente. Dejaste de jugar, te molestaba esa impostura de hombre o de papá. Entonces
lo entendí y lo descolgué definitivamente. Te dije: Julia, vas bien, que nunca
te gusten los disfraces, que nunca aceptes que alguien te mire, confiado, desde
arriba. Después pensé en que la mentira y la moneda muchas veces se sostienen
de un clavo. Quiero que sepas que no figuran entre las bellas artes.
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