Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 17 de julio de 2013

Estado desmesurado de conciencia

Acrílico de Rolando Lois
La calle del cementerio era adoquinada. Inicié el camino hacia la salida. Lloraba, hacía tiempo que no lloraba por la muerte de un amigo. No era la primera vez que desandaba el camino desde el Crematorio de La Chacarita. Mi amiga Liliana había elegido las cenizas.
En ese momento me descubrí entrando a un lugar donde, al menos en estado de conciencia, nunca había estado. Fue como estar dentro de una onda expansiva, fue sentirme sustancia e impulso de recién llegado, y a la vez sentir la pertenencia a esa misma fuerza en expansión. A poco de la experiencia encontré estas palabras para nombrar lo ocurrido: un estado desmesurado de conciencia. Experimenté una manera de quedarme sin límites. Fue ahí que sentí, entenderlo desde lo intelectual fue trabajo para después, que era parte de una sabiduría, del misterio de la naturaleza. Fue algo así como entender que no estaba solo. Sé que en muchos momentos de la vida del ser humano, la soledad es el gran peldaño, pero no hablo de ese correlato cotidiano, hablo de sentirme conectado en la profundidad donde arañan las raíces. Me hubiese encantado poder contarle esto a mi amiga Liliana, se hubiese apasionado, ella siempre caminó por mundos distintos.
Sucedió que en pocos días supe de abismarme dos veces, la primera: en el cementerio, la segunda: momentos después de haber salido de la sala de parto donde nació mi hija Julia, una semana después de la muerte de Liliana. Digo que momentos después de haber salido de la sala, porque todo sucedió cuando la doctora me entregó a Julia recién nacida. Apenas se movía, supongo que extrañaría el mar y el silencio, y tenía los ojos bien abiertos. Voy a hablar de otra mirada. Nada importa que alguien me quiera explicar que en el momento en que nace un bebé no puede distinguir formas precisas. Yo hablo, como anoté, de la otra mirada. Ella desde su mundo, y yo desde el mío. Hablo de un encuentro. Y en él, los temblores, las emociones, y las preguntas. Porque dentro de mi hija había fundada una manera de ser, de sentir y de sentirse, en Julia había un alma. Pero había un alma: ¿desde cuándo?, y desconociendo el dato temporal, ¿cómo es que nace un alma?, es más: ¿de dónde vino la suya? En voz muy baja le pregunté: ¿de dónde venís, hija?
Liliana era de andar caminando entre mundos distintos, y tal vez yo también practique esa manera de caminar, quizás a un ritmo más reposado, que es la mejor sintonía para encontrarse con las ideas y las palabras sobre el papel.
En todo mi papelerío manchado con mi intento de dar con la literatura, podría afirmar que siempre le anduve husmeando el rastro a la muerte. No por miedo, sino porque ella fue en mi vida, lo sigue siendo, inspiración y cachetada certera para no dejar las acciones para mañana. Si mañana puedo no estar, si los próximos cinco minutos pueden ser mis últimos cinco minutos, debo vivir hoy, ahora. Pensar lo contrario es ser un creído, un semidios de lo más estúpido y simplista. Debo admitir que esta clase de ejercicios cercanos a la búsqueda de algún tipo de filosofía de vida, lo llevan a uno a afantasmarse cuando, en tren pensamientos, búsquedas y cuestionamientos, uno da, por ejemplo, con la incómoda sensación que brinda entender la absurdidad que rodea la existencia toda.
Entonces me encuentro en una encrucijada. No toco blues, pero es cierto que lo escucho con pasión. Me descubrí en tratos con una pertenencia, un barrio que queda un poco más allá, pero en el “mientras tanto” lo absurdo de una existencia insípida llena casi todos los casilleros.
Los viernes por la noche acudo a la catedral. Se entra por una puertita plena de misterio y enmarcada por una gran persiana que preserva el teatro del mundo. Está ubicada a una cuadra de la plaza y a un lado de la catedral verdadera. Se la conoce como la catedral del asado. En ella se juntan diez o doce amigos a comer. Ellos también van por la carne y el vino tinto, “hacen” misa clandestina. Cuando se acerca el final de la ceremonia, cuando las brasas se alejan en soledad, todos levantan sus vasos al cielo de chapa y brindan por los ausentes: Mingo y el Negro Carnevale. Estoy seguro de que más de uno esconde, muerde la lágrima. Es emocionante ser testigo y ser parte del homenaje.
Ahí no quedan dudas: no hay soledad en la naturaleza, y no quedan dudas de lo absurdo del recurso, pleno de impotencia, ante el hambre voraz del abismo y el gran misterio. Mientras tanto, nosotros, los afantasmados, a conciencia limpia o fragmentada, porque nunca olvidamos que la muerte nos espera, nos aferramos a la memoria.

jueves, 11 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIV)

En el comedor está el baúl de madera que hicieron los tíos Marta y Juan. Sobre el mismo teníamos algunas bebidas (ya las mudamos), y tenemos una planta muy linda, una foto tuya de tu primer día de vida, y una de las lámparas más lindas que hizo el tío Juan. La lámpara tiene dos bornes dorados y permanece desenchufada hasta que necesitamos encenderla. Desde que iniciaste las caminatas lunares por la casa, el baúl fue una especie de imán: debido a que estaban las botellas y unas copas, y a que era una superficie que quedaba de maravillas para tu altura. Mamá Evangelina se dio cuenta de que uno de los bornes estaba flojo. De vernos aprendiste rápido a que todo lo que sobresale en una superficie puede muy bien girar. Por eso los dedos de tu manito giran y giran sobre toda clase de utensilios. Cada vez giran con mayor precisión y el borne, el tornillo de caripela dorada flaqueó en su labor de ajustar. Otra acción que aprendiste es a pasar un trapo o una servilleta de papel sobre la mesa o tu silla para comer. Nos ves limpiar, y vos limpiás. Mamá te tejió una bufanda corta de color fucsia. Siempre estamos atentos a tus aterrizajes sobre el baúl debido a que tu foto tiene marco con vidrio, y por el detalle citado de la lámpara. La otra noche andabas con la bufandita en la mano. Llegaste al baúl y comenzaste a acercarte a la lámpara. Sabés que no hay que tocar, pero te acercabas. Comenzaste a limpiar todo aquello que había cerca: el baúl, el borde del corralito, un libro, y seguías acercándote en busca del borne que gira. La limpieza llegó a la lámpara. A cada momento me mirabas para saber si yo te espiaba, y sí, mi mirada era explícita. Vos dale que dale con la limpieza. Me volvés a relojear y entonces disimulo mi control. Enseguida largás la bufanda y tus deditos inician la labor. Te dejo hacer unos instantes, y vuelvo a mirarte. En un segundo tu manito estaba nuevamente sobre la bufanda y limpiabas con afán admirable. Tenés catorce meses, aprendiste muchas cosas, siempre estás atenta, tu mirada avisa de que en vos vive la inteligencia, por eso, de manera tan inteligente, hija, a tan corta edad ya aprendiste a hacer algo muy necesario en esta vida. Te miro y me digo: Julia ya aprendió a hacerse la boluda.

sábado, 6 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLIII)


Levantás la vista y te reís. Estamos lejos. Vos pegada a la mesada de la cocina, yo cerca de la mesa del comedor. Un trecho largo para tu destreza recién adquirida. Me mirás. ¿Pensarás en las posibilidades de éxito? Me agacho y te estiro los brazos: dale, vení con papá. Te reís. Das un paso y frenás. Soltás gritito de alegría y te largás. Levantás tus dos bracitos hasta la altura de tus hombros y venís, venís. Pasos cortos y balanceo. Avanzás cada vez con mayor seguridad. Manos en el aire. Te acercás. Estiro mis brazos. Llegás hasta papá y nos hacemos abrazo. En tu travesía la ubicación de tus brazos me hicieron recordar a la criatura del doctor Frankenstein, o mejor, a la criatura compuesta por el gran Boris Karloff para aquella vieja película. Me reí de la asociación y dejé que la maravillosa criatura me tomara del cuello.

lunes, 1 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLII)

Después de despertarte por última vez en tu cama, cerca de las cinco o seis de la mañana, pasás a dormir un rato más en la cama grande. Cuando despertás en cancha de 11 te gusta jugar entre nosotros: hablás, gateás, te cuento que aprendiste a gatear después de aprender a caminar, y llevás a cabo tu primer show de monerías. Existió el día en que desperté y vos estabas sentada bien cerca de mi cabeza. Me ganó el bostezo. Vos terminabas de sacarte una media: el movimiento fue perfecto, la guardaste en mi boca. En otra mañana, mientras mamá Evangelina preparaba la mamadera en la cocina, ocurrió la siguiente escena. Estabas sentada y te dejaste caer sobre la almohada. En un segundo empezaste a hablar en tu idioma indescifrable. Tuve la segura impresión de que en tu lengua había oraciones, expresiones claras y que tu palabra transmitía sensaciones que alguien entendía. Tuve la impresión de que charlabas amigablemente, tus brazos en movimiento reforzaban mi idea. En todo momento mirabas al techo. Explicabas andá a saber qué cosa o contabas una historia, que de eso se trata esta vida. Catorce meses y parecías sentada a una mesa de café. Habrás hablado un par de minutos, después el silencio, tu mirada, la sonrisa, el misterio, tu regreso a la cama.

viernes, 28 de junio de 2013

Texto presentación del libro Paletas Artísticas (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP)) por Edgardo Lois

La paleta del pintor como apaisada retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la madera donde aguardan los colores.
La paleta del pintor puede descansar sobre una mesita, o un banco alto, y puede, alta en el cielo, habitar el aire del taller al compás de los vientos. El alma del mago también debe saber del viento. La mano como vela de mástil mayor, flameante, puro desafío ante el abismo de la luz o la de su ausencia.  
Pero el secreto mayor jugará sus cartas en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre, y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la paleta.

Hace cincuenta años que sé de la existencia de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible, explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta, luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos, intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el mago, el alquimista.

Hay en este libro una propuesta distinta para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la creación. Este libro de la SAAP funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: Mirá, hermano, esta vuelta, el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que “sea”, que “haga esquina” sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar.
Como es de esperar, sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán lluvias, garúas y vientos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Una historia para Julia (XLI)

El 22 de mayo a la tarde: uno, dos y tres. Tus primeros pasos entre los puertos más cercanos: mamá y papá. Hasta ese momento nuestra maravilla consistía en ser testigos del instante en que soltabas amarras y te quedabas paradita sola. Acentuabas el logro,  para festejarte y para contar con nuestra atención, con un gritito agudo de felicidad. Ahí estabas, puro brillo, porque te dabas perfecta cuenta de la novedad. Después del grito te mantenías un ratito con sonrisa y tensión al tono. Luego volvías al apoyo. Sabés, ver cómo venís caminando hacia mí, apuradita, brazos que se agitan y pasos cortos, es de las imágenes más maravillosas de las que he sido testigo. Te cuento que en esta vida he visto maravillas: vi la cara de mamá cuando le di el primer beso, vi el punto final de una novela que me llevó cinco años escribir, vi la felicidad en personas que quiero, ja, pero ver cómo caminás hacia mis brazos: tu sonrisa, la mirada, la emoción, sí, hija, como te decía, he visto maravillas en el cielo de este mundo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Una historia para Julia (XL)

Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo. Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos, hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre, con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito, sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu sonrisa de cada día.