Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 29 de enero de 2014

Una historia para Julia (LIII)


Sabés, papá tiene una amiga nueva: Leticia, es hija de un gran escritor argentino nacido en Gualeguay, donde ahora vivimos: Juan José Manauta. Escribí una nota sobre él en un diario y ella me escribió para agradecerme; así nos hicimos amigos, todavía no la conozco personalmente. Leticia escribe como el padre. Ella está leyendo nuestras historias, y me comentó la número XLVI. Ahí yo te cuento el significado que tiene para mí caminar con vos tomados de la mano. Y junto a las palabras, papá colocó dos fotos de nosotros en la vereda de casa. Cuando Leticia vio esta historia para Julia, me mandó, nos mandó, una foto de ella con su papá.

Una historia para Julia (LII)


Hace unos tres meses tuviste algunos días de escondite y refugio. Tus desapariciones hasta ese momento consistían en taparte la cara con las dos manos o con un trapo: pañuelo, repasador, remera o pantalón. No está, Julia, repetíamos a coro, hasta que nuevamente regalabas la sonrisa y decías algo cercano al “Atá”. El escondite en cuestión, entonces una vuelta de tuerca en las artes del borrarse, estaba ubicado entre el sillón y la puerta corrediza que da al patio. Te acostabas en el piso -te encanta el fresquito de la baldosa y no importa la estación- y el espacio rectangular te cubría a la perfección. No está, Julia, decíamos, y vos nada, te demorabas y te demorabas, hasta que decidías pararte y asomar la cabeza por sobre el costado del sillón. Sabés salir de escena, y esto es algo bueno. Verás que la vida también tendrá lugar para el refugio, un lugar, un encuentro privado con diversos usos. A veces a esconderse. A veces a hacer frente. ¿Cuándo una cosa o la otra?, no tengo dudas de que vas a saber decidir, lo sabe todo aquel que se conoce a sí mismo.

domingo, 26 de enero de 2014

La sombra de mi fusil (La foto, Tiempo Argentino, 26 de enero de 2014)


La única vez que apoyé un fusil sobre mi hombro, fue cuando me obligaron a pasar un año defendiendo a la patria. Fui a prácticas de tiro con mi fusil automático liviano. Primero debía apuntarle al chileno, y después resultó que no tanto al chileno, y sí a los ingleses. Me explicaron que el fusil era mi novia, que debía cuidarla y tenerla siempre limpia y dispuesta. Si iba a una guardia debía estar atento, no al posible ataque exterior, sino a las condiciones en que recibía el fusil: si había algo roto o un faltante, la patria le cobraba al soldado. Un fusil igual al mío, automático y liviano, le sirvió al sargento para aplicarle un culatazo en la cabeza a un gringo colorado que venía del campo: no había manera de que dejara de llamar escopeta al fusil. El sargento hizo su labor docente. No lo voy a negar, me entusiasmaba la posibilidad de usar mi fusil. Si estaba en un puesto de guardia alejado y algo ocurría debía avisar con un disparo al aire. Una vez cargué y estuve a punto, pero no, porque me cobraban las municiones. De la única manera que hubiese hecho una inversión, y esto lo hablé con mi viejo, era si me decidía a disparar sobre cabos, sargentos o tenientes. Ni el chileno, ni el inglés, no, mi munición para mi sargento: ellos las bestias, los borrachos, los que pagaban orgullosos el amor triste de las chicas de la ruta. En la Escuela de Caballería, Campo de Mayo, año 81, aprendí lo peor: a querer asesinar, a odiar, a robar al compañero. La ley: no a la vida solidaria. Recuerdo la vez que mi sombra tomó la sombra de mi fusil y le disparó al miserable: Berón de Astrada.

domingo, 12 de enero de 2014

Heartattack and vine de Tom Waits (Disco recordado, Tiempo Argentino, 12 de enero 2014)



Era mediodía. En casa de un amigo. Hace una eternidad. Como al descuido invitó con Tom. Hablábamos. Escuchaba a Waits de fondo, así hasta que empezó Jersey girl. Pedí el nombre del músico. Supe enseguida que yo quería para mi escritura la fuerza que este señor le imprimía a su arte. La creación garuaba desde las regiones de la sangre y la pasión. No lo podía creer. Estaba emocionado. Fue un golpe certero. Era su manera de contar que había conocido una chica de Nueva Jersey y que estaba enamorado, decía que no había nada mejor que su chica, y nada mejor que ir a buscarla para caminar a su lado. Desde ese día que escucho la voz áspera de Tom, que muchas veces es desgarradora. Quisiera poder raspar y acariciar con mi escritura para así contar que una vez fui a buscar a una chica de boina blanca y que no había nada, nada mejor en el mundo.

jueves, 9 de enero de 2014

Finirla (La foto, Tiempo Argentino 05/01/2014)


A todos nos llega. Habrá que finirla, muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota un día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que sólo se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de domingo bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso. Eterno el diquero en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos lares sobra el aire y viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro y afuera. Cuanta más moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma, también la madera de mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor que compuso un paisaje de La Boca en el interior de su sobretodo. Distinto hizo el fileteador que le mandó fioritura a la cáscara. Exhibía los navíos, uno para su mujer, en el living de su departamento en San Telmo. Es distinto irse en colores que en brillo de madera casi espejo. En mi caso elegí la palabra: tengo la receta de una rápida memoria escrita en un papelito para que bien encaje en la pilcha de todos los días. Y eso sí, encajonados los recuerdos, me voy para el fuego. Para hacerme humo y ceniza. La escritura es mi manera de sumar historias en la historia de la ciudad. Finirla como hoja y tinta, si es posible en letra de molde. Con la mirada detenida en el corazón de la llama. Escribiendo colores.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Las tierras blancas de Juan José Manauta (Libro recordado, Tiempo Argentino 15/12/2013)

Allá lejos y hace tiempo leí la novela de Manauta. Y esa lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: ahí su aroma durante 30 años. Hoy, el muchacho que fui, mira desde lejos, como si mirara desde Gualeguaychú, y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a su tiempo, fundamos nuestras almas simples. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy entre las páginas de esta novela. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero digo que existe una cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Hay hambre en Las tierras blancas: imágenes, palabras que duran toda una vida. Por Manauta supo el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas vivencias.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Nudos de hierro de Gabriel Montergous, mi amigo y maestro (Libro recordado, Tiempo Argentino 10/11/2013)

Los libros se quedan a vivir nuestras vidas por diversas razones. Por los personajes, no olvido a Francisco, a Bárbara, a Ennio Costello; y conmigo se quedó la casa de provincia que no paraba de achicarse por obra de los despreciables Caranchi. No me abandona la opresión vivida al ser testigo de cómo los patios y los lugares desaparecían: esa casa respiraba en la condena, porque su autor la había amanecido como ser vivo. Guardo en la biblioteca mi ejemplar firmado por Montergous. Lo coloqué algunas veces sobre la mesa del Tuñín de Rivadavia y Medrano, donde con Gabriel nos dedicábamos a la charla sobre la escritura. Fuimos amigos. Fue mi maestro, no de comas, sino de ética y oficio. Seguimos en contacto a pesar de su muerte. En los primeros días siguió sentado a la mesa del café, después viajó a las sierras, pero no dejó de ser compañía, y de leer mis escritos. Dentro de cada libro, hay un hombre: el autor, dijo Saramago. Es cierto: hay un hombre y su magia en la historia de este libro.